domingo, 8 de febrero de 2015

Monterroso, el breve


Caricatura de Augusto Monterroso


   Cuentan de él que en una recepción de mucha gala —zapatos brillantes, lamés y lentejuelas— le presentaron a la mujer de un embajador, o un banquero, o algo, diciendo que era el autor del conocido cuento del dinosaurio. La señora le tendió la mano con indolencia, agitó un par de veces las pestañas pintadas de rímel como el casco de un petrolero y dijo: «Ah, el cuento del dinosaurio, recién lo estoy leyendo, ya le contaré cuando termine». Nadie dijo nada, naturalmente, pero hay que reconocer al comentario cierta falta de oportunidad tratándose de un cuento que tiene exactamente siete palabras, cuarenta caracteres, diecisiete consonantes, veintiuna vocales, cuatro tildes —«Cuando despertó, el dinosaurio aún seguía allí»—, y que pasa por ser el más corto de la historia de la literatura, tan corto que una señora decente puede leerlo de un tirón mientras parpadea.
   Y es que hay que reconocerle a Monterroso una manifiesta tendencia al miniaturismo ya desde su propio nombre, podado a lo largo de los años hasta convertirse en Tito. Este amor a la brevedad lo explicó en una conferencia que impartió, junto a Bryce Echenique. Cuando éste comentó que escribía casi sin corregir, Monterroso le respondió que en su caso corregía casi sin escribir, lo que provocó sonrisas y codazos cómplices en el auditorio.
   Porque a Tito lo que de verdad le gustaba eran las palabras, sobre todo esas esquinadas, gamberras, que visten un doble significado y que dan para juegos, tropezones y equívocos. Y decía: «El dulce lamentar de dos pastores» no es lo mismo que «El dulce lamen tarde dos pastores». Y ahí se quedaba tan ancho. Como un tahúr del Mississippi —manguitos y chaleco de seda—, sacaba las palabras en un fajo para hacer con ellas malabares, trucos de ilusionista, fintas y volatines. Y decía: AMAR DESEA LOLA ESE DRAMA.
   O esa otra frase que durante un tiempo utilizó como divisa de su escudo de armas, y que puede leerse igual en ambas direcciones: ACÁ SOLO TITO LO SACA, que tiene su gracia transgresora y equívoca.
   Al parecer guardaba una foto en la que se le veía junto a un amigo, y en la que él mismo había escrito: «Tito posando al lado de una persona de altura normal», porque, coherente con la brevedad de su literatura, se fue también él mismo resumiendo, plegando y replegando, haciendo breve, que no es ni mucho menos lo mismo que pequeño.
   Parece que una vez sus alumnos de la universidad le preguntaron si podían tratarle de tú. Y Monterroso, solemne, les dijo que sí, pero que sólo durante la clase. La última vez que estuvo en España fue en el Escorial, donde impartía un curso, y escribió una dedicatoria en uno de sus libros que firmó «a.mtr», todo con minúsculas.
   Todo el mundo, por cierto, lo trataba de tú. Aún había clases.