miércoles, 18 de marzo de 2015

Centenario de ‘La Metamorfosis’, de Franz Kafka, el amante dubitativo

Todo individuo que guarde unas inquietudes fantasea con la idea de hacer algo que perdure en el tiempo y en la memoria de otros. El arte es un legado. La palabra escrita, cuando ha conseguido cambiar o alterar mínimamente la existencia del lector (de miles de lectores a lo largo de décadas y décadas), pasa a ser historia. Con el centésimo aniversario tan reciente de esa obra maestra literaria que es La Metamorfosis de Franz Kafka, célebre e importante a todos los niveles como pocas, podemos hablar de perdurabilidad con propiedad. Una perdurabilidad que traspasa lo físico, que se esconde en nuestras ediciones ajadas, en las estanterías de todas las librerías del mundo con olor a papel nuevo, en el imprescindible reservado de todas las bibliotecas, pero, sobre todo, en el espacio que muchos hemos reservado en nuestro hemisferio derecho para las obras que nos ayudaron a despertar como un día despertó Gregorio Samsa.

Kafka es mucho más que uno de los autores estandarte del siglo XX, mucho más que una influencia para toda la literatura existencialista posterior. Kafka ha llegado a convertirse en un concepto. Hablamos de situaciones kafkianas cuando los acontecimientos se complican y retuercen en exceso, cuando no vemos final a una pesadilla cotidiana e incluso cuando la vulgaridad de la burocracia nos saca de nuestras casillas. Lo kafkiano resulta más mundano que surrealista o simbólico, con frecuencia.

Toda la obra del autor sigue siendo un siglo después objeto de estudio y continúa abierta a múltiples interpretaciones por parte de críticos literarios y estudiosos. Es sabido, incluso por quien aún no se ha adentrado en el sugestivo y vasto terreno de su obra, que el trabajo de Kafka está cargado de simbolismo y navega por innumerables cuestiones existencialistas, que la desesperación que impregna sus textos es una crítica al sistema y, en un sentido mucho más individualista, al comportamiento y la actuación del ser humano, a sus motivaciones.


Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó convertido en un monstruoso insecto.

Directamente y sin aviso, poniendo todas las cartas sobre la mesa. Así comienza esta novela corta de 1915 que con los años no ha hecho más que crecer en la memoria cultural. Su protagonista, el célebre e inmortal Gregorio Samsa, es un comerciante que mantiene a su familia y que un día cualquiera amanece convertido en un insecto gigante. Dicha mañana supone el punto de inflexión definitivo en la vida de Samsa, el momento en que todas las revelaciones comenzarán a desfilar ante sus ojos.

La metamorfosis de Kafka es la obra literaria de culto por excelencia, una de esas novelas que inspiran a jóvenes de todo el mundo cuando comienza a despertar su interés por la cultura y el pensamiento. Quizá el secreto de esto yace en las posibilidades que ofrece dentro de su escueta complejidad, en su abanico de interpretaciones. Es fácil verse en Gregorio Samsa cuando uno deja de plasmar mentalmente una escena en la que cuelga sin esperanza del pomo de la puerta. Y es que el despertar de Samsa, esa pesadilla que se trunca para continuar, lo es todo. Un amanecer (nublado, seguramente, el peor gris de la historia) tras una noche inquieta e impertinente que representa el rey de todos los cambios.

La inquietud, mencionada casi de pasada, no deja de ser una inquietud similar a la que el lector que está asumiendo su propio rol en la historia pueda sentir durante la jornada previa a cualquier decisión vital o ante cualquier representación fundamental en este teatro de la vida. Una representación que bien puede llamarse entrevista de trabajo, prueba médica, cita temiblemente desastrosa o examen.

Aún más importante es el significado de esa metamorfosis. Un significado claramente marcado por el autor pero voluble a manos de quien, literalmente, sostiene la historia delante de sus ojos. Ese cambio y progresiva decadencia de Samsa, su incapacidad para comunicarse desde el fatídico amanecer, nos ha servido a todos de escenario para recrear nuestras propias historias de desastre, nuestras evoluciones, nuestros miedos al rechazo, al silencio, a la pérdida de nuestra identidad. Kafka trató de retratar al individuo frente a un sistema social equivocado, pero todo arte es cuestión de tiempo y perspectiva. Más allá de la indefensión y la incertidumbre, del desconocimiento propio y la batalla día a día, el autor tejió un telón de egoísmo y conveniencia a través de la despreciable reacción de la familia de Samsa una vez han perdido, más que a un hijo y a un hermano, su sustento.

Kafka en su tiempo

Hubo tiempos que se recurrió a Dostoievski. No obstante, quizás nadie pueda expresar mejor la sensación que los hombres de hoy experimentan ante el azaroso mundo que los rodea. Diciendo esto, y con una sola lectura, se puede preguntar: ¿qué se manifiesta de la condición humana en una novela que no sobrepasa las setenta páginas? (dependiendo de la edición) ¿qué tendría que decir la historia de un hombre insecto que transcurre la mayor parte de la narración dentro de su habitación y con la mínima interacción incluso con su familia? ¿Cuál es la paradoja que deja un final tan desilusionador, tan fatídico?

La respuesta a las preguntas anteriores se encuentra precisamente en la biografía de Kafka, forjándose entre ésta y la novela la verdadera historia, la real contemplación que se debe efectuar al volver a leer aquella escrita de puño y letra del autor. En una primera lectura la novela La Metamorfosis no se diferencia de otras narraciones —no se sabe si decir que es un relato largo o una novela corta— cuyos personajes principales son tan excéntricos como Gregorio Samsa, que en una mañana amanece convertido en una criatura repulsiva. Pero una lectura posterior, de antemano tomando las precauciones de investigar —incluso superficialmente— la vida del autor y su contexto histórico, induce la elaboración espontánea de reflexiones que sorprenden por su contemporaneidad.

A pesar que sus dos padres eran judíos Kafka nunca tuvo raíces sólidas en el judaísmo, ni una conciencia que siguiera los parámetros culturales correspondientes a él. Hijo de un vendedor ambulante, nieto de un carnicero, su infancia transcurrió en un ghetto, sin embargo, su padre fue capaz de superar la escasez de su nivel económico para situar a su familia en los estratos altos de la sociedad de Praga, aunque ya nunca el hombre podría olvidar su niñez en las calles oscuras y sucias, ni las maneras toscas de los hombres y mujeres de esfuerzo. En esta clase alta Kafka nunca podría identificarse con sus integrantes, pero tampoco con aquellos que regían sus vidas con el yiddisch y menos aún con la desgarrada cultura checa de entonces. Los años en que vivió incluyen acontecimientos famosos: la primera guerra europea, la invasión de Bélgica, las derrotas y las victorias, el bloqueo de los imperios centrales por la flota británica, los años de hambre, la revolución rusa, el tratado de Brest Litovsk y el tratado de Versalles, que engendraría la segunda guerra.

Por lo tanto no es de sorprenderse que Kafka haya sido descrito como un hombre de personalidad independiente, lo que se entiende como una medida de protección ante lo inestable que le llegaban a ser las personas y el entorno. De tal manera se evita el peligro de la pérdida o el abandono, evitar volver a experimentar el trauma producido por ellos. El joven Kafka muy temprano tendría que asimilar la muerte de sus hermanos Georg (1887) y Heinrich (1888) lo que, por su puesto, hizo mella en el hombre y en su obra, más aun cuando careció del consuelo de unos padres siempre ausentes o impertérritos. Frank Kafka indudablemente creció en solitario, sin más manifestación amorosa que aquella otorgada por la sirvienta, sin que obviamente pudiera suplir la de sus padres que salían de casa de muy temprano para ir al trabajo. Solo conoció de ellos una autoridad inculta, caprichosa y absolutista. La inseguridad ante el padre se trasmutó a una inseguridad ante el mundo, llegando a establecerse en su inconsciente como un temor angustiante, haciendo de sus pesadillas y escritos imágenes de esos temores.

Por ende, no es de extrañar la configuración de los personajes de la novela; un padre indiferente, de conductas endurecidas y frías por una vida de trabajo, merecedor de todo respeto pero no de acercamiento. Por otra parte la madre, incapaz de rehuir de los instintos maternales fuera de su razón, pero finalmente no muy distinta al padre en su lejanía. La única unión verdaderamente afectiva la conforma la hermana, única entidad capaz de penetrar en la habitación de su hermano enrarecida y densa, saturada por un olor a putrefacción y con aquella presencia superficialmente inidentificable e ilegitima.

Buscando la manera de encontrar un arraigo el personaje lo halla constituyéndose a sí mismo en un engranaje dentro de una maquinaria entre afectiva y mecánica. Así, como tal, se hace indispensable, conformando una particularidad dentro del total, con una identificación e importancia dada completamente por su funcionamiento. Por ello Samsa ahora se conforma con muy poco, percibiendo a la ternura en un plato con despojos de comida en el suelo depositado por su hermana, el interés hacia él en las conversaciones de su familia en la sala, cuyo tema no es otra “cosa” que su permanencia y destino (no existe dialogo donde se cuestione la causa de tal transformación)… y hasta él mismo ve a la propia desaparición como una muestra de afabilidad hacia sus seres queridos. Busca justificación frente al desapego, inducido tanto por él como por los demás. Oyendo detrás de las puertas las diálogos de sus familiares, Gregorio siente culpabilidad, por tener que obligarlos —por su puesto involuntariamente— a prescindir de los beneficios económicos que conllevaban sus largas jornadas como vendedor viajero, tener que llevarlos a abandonar la comodidad por el trabajo, tener que obligarlos a soportar su repentina dependencia. Llevado por la culpa comprende aquel rechazo, aquel aislamiento, aquella repugnancia que va más allá de su simple aspecto. El insecto no es más que una metáfora de ese miedo de convertirse en un desvalido. El distanciamiento de sus directos hace referente al abandono, al extrañamiento que el propio autor sufrió en vida, desunido de todo grupo o afecto, donde la autosuficiencia es la única protección para no convertirse en un insecto que en un principio provoca pena, luego distanciamiento y finalmente repugnancia.

Y ese miedo encuentra referente hoy en día, donde si bien el ser humano está resignado al sometimiento de los designios de las redes de apoyo que le pueda brindar la sociedad, también se está convencido que ellas están en directa subordinación con el aporte que ellos le otorguen. Es decir, la sociedad actual, cuyas características son bastante conocidas y expuestas, no conforma más que un ejemplo de esta autosatisfacción. Y la sensación de miedo, de culpa, está presente, producida por el sentimiento de desprotección e individualismo ya parte de las condiciones de subsistencia. Por tanto, se puede entender que las características de la personalidad de Frank Kafka, desarrollada por su desenvolvimiento incierto en diagonales culturales, socioeconómicas, afectivas, sean un referente tan actual. La cultura, la ostentación, la condicionalidad de los afectos, hace de los sujetos entes aislados dentro una globalización, refugiados en sí mismos, aliviándose en privado, a puertas cerradas para incluso los más cercanos. La autosuficiencia es considerada una cualidad, debido que así se logra una tolerancia en una sociedad que no justifica debilidades y dependencias. El desarraigo dado por las circunstancias a Kafka hoy en día se vuelve en una constante, incluso valorado frente a ataduras que impidan un desarrollo humano regido por el acaparamiento y la satisfacción de las necesidades principalmente ajenas y por consecuencia las propias.

Kafka, el seductor




Sin embargo, la propia naturaleza humana hace irresistible la búsqueda de apegos, aunque a veces momentáneos, debido a temores o a incapacidades. Frank Kafka en su vida adulta se volvería un seductor reconocido, encontrando refugio y sentido en las relaciones amorosas. En ellas vencería la sensación de soledad, creyendo hallar una complementación. Y fueron férreos amores, con nombre propio: Felice Bauer, Grete Bloch, Julie Wohryzek, Milena Jesenská yDora Dyamant. Pero serían amores aciagos, con compromisos matrimoniales que el autor de La Metamorfosis rompería en último momento. Sin duda, esto demuestra una búsqueda que jamás se cumple, por incompetencia o acobardamiento. Le fue una forma de luchar por curarse de ese extrañamiento que padeció, como extranjero, en un mundo extraño sin confiar en nada ni en nadie, marcado por esas marcas profundas que nacen en la infancia. Frank Kaffa dibuja en La Metamorfosis al hombre de hoy, llevando sobre sí una soledad y una frustración permanente, desenvolviéndose en una sociedad saturada por fuerzas desconocidas, fuera de la comprensión y más aun de control y, por consiguiente, afrontada con temor y cuestionamientos. De la misma manera que el humano actual sobrelleva su propio desarraigo en la cotidianidad Kafka lo hizo sobre el papel, enfrentándose a su entorno y finalmente consigo mismo, en una lucha que duró hasta su muerte y que para el hombre actual continúa sin treguas o términos. Quizás cuántas veces, tal como seguramente lo experimentó Kafka, nos hemos sentido como un insecto, como un monstruo escuchando y tratando de darle significado a los sonidos del mundo a través de las paredes de una habitación, un mundo obviamente con un sentido pero uno extraño, del cual nos hallamos excluidos.


En una carta escrita en 1919 para su padre el autor expresa su convicción de que éste le consideraba un parásito. Por esto y por los antecedentes antes expuestos, es evidente que la presencia de ese insecto no es solo un truco literario, sino que venía predeterminada por fuerzas no analíticas, manifestantes de la identidad más profunda y, por lo tanto, más verdadera. La novela fue escrita como una escapatoria, realizada en medio de las sombras con tal de ser lo más secreta posible, pero ejecutada tan impremeditadamente, tan vehemente, tan visceralmente, que es descubierta fácilmente. Su literatura es solo la expresión leal de sí mismo, tanto en su contenido como en su elaboración. Kafka escribió La Metamorfosis inspirado por las imágenes de un sueño. A la mañana siguiente se pondría en campaña para escribir tan excéntrica obra. Sin embargo, tal labor debería hacerse con esfuerzo, en medio del desvelo y el cansancio de los días trabajando en una compañía de seguros (Kafka se graduó como doctor en Derecho en 1906). Gracias a las cartas que el escritor envió a Felice Bauer, sabemos del angustioso proceso de creación que inició el 5 de noviembre:
 Ojalá tuviera libre toda la noche, para dedicarla a escribir de un solo tirón, sin abandonar la pluma. Sería una noche maravillosa.
Así le gustaba trabajar; queriendo encausar todos sus esfuerzos en plasmar las imágenes elaboradas por su mente, sin más afán que buscar una liberación siempre dolorosa pero finalmente saludable, dejando en muy segundo lugar la publicación. Durante el proceso de creación, novela y escritor se hicieron uno, indispensables uno del otro para ser comprendidos.

Finalmente, como convencido que su obra era tan enrarecida como él mismo, que no sería comprendida por ese mundo que le rodeaba, encargó antes de morir en 1924, a su amigo y colega escritor Max Brod, que destruyera todas sus novelas, cuentos y diarios. Pero finalmente éste no cumplió. Esta sería redescubierta gracias al entusiasmo que experimentaron por ella varios eximios escritores como André Breton o Sartré. Solo después de 1957 se pudo encontrar en las librerías de Praga, ciudad donde vivió toda su vida, ediciones de La Metamorfosis. Desde entonces, la fuerza de su obra ha sido tan importante que el término “kafkiano” se aplica a situaciones sociales angustiosas o grotescas. Frank Kafka se enfrentaría a Gregorio Samsa en una reyerta que sucumbiría con la muerte de uno en manos de la tuberculosis, y del otro, bajo la inanición y las heridas, sobre el suelo de una casa abandonada por sus moradores. La imagen final; la propia familia en un vagón de tren rumbo al sosiego otorgado por la esperada muerte del hijo, del hermano, del insecto, revela al lector ejecutante de la segunda lectura de este relato la condición, primero de Kafka, luego de Gregorio Samsa, y finalmente del “hombre moderno”.

La valoración de La Metamorfosis

¿Es La Metamorfosis su mejor obra? Es esta una cuestión bastante subjetiva aunque desde el punto de vista literario podría tener lugar un extenso debate tratando de dar respuesta. Tal vez ni siquiera sea la más representativa. Pero desde luego, si tenemos en cuenta la repercusión posterior a un nivel más personal, el número de lectores que a lo largo del tiempo han ido haciéndola de algún modo suya, Kafka siempre será el creador de aquel pobre desgraciado que un día despertó siendo un insecto.

Puede que al leer esto se piense en esa soberbia novela que es El Proceso, tan aplicable al funcionamiento del mundo real, incluso tal vez se recuerde la esencia que guarda esa inacabada El Castillo. Si me preguntan, si por alguna absurda razón me viera obligado a escoger entre las posibilidades que ofrece su trabajo, existen ciertas posibilidades de que acabara decantándome por En la Colonia Penitenciaria, esa novela breve que gira en torno a un aparato de tortura y ejecución del que, a cada página que pasamos, sabemos un poco más.

Hoy, por supuesto, hacemos referencia a La Metamorfosis. Porque acaba de cumplir cien años y no queremos dejar pasar la oportunidad de rendirle un pequeñísimo homenaje, porque ha pasado a la historia como una pieza clave para todo aquel que se interesa por la literatura duradera e influyente, por las letras que no sólo ofrecen una evasión rápida bajo la sombrilla y que invitan a indagar, entender e interpretar. Una lectura que ha ganado amantes de diversas edades.

Cien años después, La Metamorfosis sigue funcionando como un excepcional referente, influyendo en todos los lectores que tienen la suerte de chocar con historias de esta talla, llevándolos a realizar cuestiones incómodas que resultan muy necesarias. Es un símbolo de lo perdurable, una prueba de que, aunque algunos días resulte aterrador, amanecemos, y cada nuevo “yo” es una batalla que librar.