domingo, 9 de octubre de 2011

Unamuno vuelve a ser concejal de Salamanca


«Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo.» (Antonio Machado)
 Durante los próximos meses, ya que el 31 de diciembre de este año se cumple el 75 aniversario del fallecimiento de Unamuno, se trabajará en la realización de una serie de actos que se llevarán a cabo en 2012 y que pretenden contar con el apoyo de la familia de Unamuno, los Ayuntamientos de Salamanca y Bilbao, de donde es originario, y otras entidades como Universidad de Salamanca, Diputación Provincial y Junta de Castilla y León.


El Pleno del Ayuntamiento de Salamanca, a propuesta del Grupo Municipal Socialista, ha aprobado por unanimidad este viernes 7 de octubre “dejar sin efecto” la inhabilitación de Miguel de Unamuno como concejal del Consistorio. El alcalde 'popular' de Salamanca, Alfonso Fernández Mañueco, ha anunciado durante su intervención que su grupo aceptaba el texto y apoyaba la moción porque es el momento de “superar etapas y de mirar al futuro y no al pasado (…) Unamuno no puede ser causa de enfrentamiento ni arma arrojadiza entre fuerzas políticas y es preciso “centrarse en los proyectos de futuro”, ha dicho el primer edil. Para apoyar esta opinión ha recordado la frase del pensador de origen vasco y que vivió en Salamanca durante una importante etapa de su vida: “Somos padres de nuestro porvenir y no hijos de nuestro pasado”.

Recordemos con este motivo algunas de las circunstancias, aunque sobradamente conocidas, que rodearon aquella destitución.

En 1931, con la llegada de la República, es reintegrado al rectorado salmantino. Se presenta a las elecciones a Cortes y es elegido diputado como independiente por la candidatura de la conjunción republicana. En 1933 decide no presentarse a la reelección. Al año siguiente se jubila de su actividad docente y es nombrado Rector vitalicio, a título honorífico, de la Universidad de Salamanca, que crea una cátedra con su nombre.

En julio de este año de 1934 muere Concha, su mujer:

…se me fue mi santa mujer (q.e.D.g. ) que era mi costumbre y mi alegría, y me daba lo que siempre más me faltó: serenidad y contento de vivir. Nunca creyó en la muerte, como yo nunca he creído en la vida.

En 1935 es nombrado ciudadano de honor de la República.

Al iniciarse la guerra civil, el 18 de julio de 1936, apoya durante unos meses a los rebeldes, creyendo las palabras iniciales de éstos de querer restaurar el propio orden republicano. El escritor quiso ver en los militares alzados a un conjunto de regeneracionistas autoritarios dispuestos a encauzar la deriva del país. Cuando el 19 de julio la práctica totalidad del consistorio salmantino es destituida por las nuevas autoridades y sustituida por personas adictas a los rebeldes, Unamuno acepta el acta de concejal que le ofrece el nuevo alcalde, el comandante Del Valle. En el verano de 1936 hace un llamamiento a los intelectuales europeos “para que apoyen a los sublevados, declarando que representaban la defensa de la civilización occidental y de la tradición cristiana, lo que causa tristeza y horror en el mundo” (Fernando García de Cortázar, Los mitos de la Historia de España, capítulo “La tercera España”, pp. 294–295). A raíz de esta declaración, el Presidente de la República, don Manuel Azaña, lo depone de todos sus cargos.

No obstante, el entusiasmo por la sublevación pronto se torna en decepción, especialmente ante el cariz que toma la represión en Salamanca. En su mesa se amontonan las cartas de mujeres de amigos, conocidos y desconocidos, que le piden que interceda por sus maridos encarcelados, torturados y fusilados. A finales de julio, sus amigos salmantinos, Prieto Carrasco, alcalde republicano de Salamanca y José Andrés y Manso, diputado socialista, habían sido asesinados, así como su alumno predilecto y rector de la Universidad de Granada, Salvador Vila Hernández. En la cárcel se hallaban recluidos sus íntimos amigos el doctor Filiberto Villalobos y el periodista José Sánchez Gómez, éste a la espera de ser fusilado. Su también amigo, el pastor de la Iglesia anglicana y masón Atilano Coco, estaba amenazado de muerte y de hecho fue fusilado en diciembre de 1936. A principios de octubre, Unamuno visitó a Franco en el palacio episcopal para suplicar inútilmente clemencia para sus amigos presos.

El 12 de octubre de 1936 se celebraba en dicho paraninfo de la universidad de Salamanca el Día de la Raza, aniversario del descubrimiento de América por Colon. Millán Astray había llegado escoltado por sus legionarios armados con metralletas, afectación que conservaría a lo largo de toda la guerra.

De lo ocurrido en ese acto, las distintas fuentes vienen a coincidir fundamentalmente con la exposición de los hechos que a continuación se sigue, teniendo en cuenta que, al ser los hechos y las palabras tomados de asistentes al mismo, puede variar ligeramente de otros relatos:

Varios oradores soltaron los consabidos tópicos contra lo que llamaban la “anti-España”. Un indignado Unamuno, que presidía el acto como Rector y que había estado tomando apuntes sin intención de hablar, se puso de pie y pronunció un apasionado discurso. “Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana; yo mismo lo hice otras veces, Pero, no, la nuestra es solo una guerra incivil (...) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión (...) Se ha hablado también de catalanes y vascos, llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí esta el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo mismo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española, que no sabéis...”

En ese punto, Millán Astray empezó a gritar: “¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?” Su escolta presentó armas y alguien del público gritó: “¡Viva la muerte!” Entonces Millán gritó: “¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!” Se excitó sobremanera hasta tal punto que no pudo seguir hablando. Tomando aliento, se cuadró mientras se oían gritos de “¡Viva España!”.



Se produjo un silencio mortal y unas miradas angustiadas se volvieron hacia Unamuno. “Acabo de oír el grito necrófilo de ‘¡Viva la muerte!’. Esto me suena lo mismo que ‘¡Muera la vida!’. Y yo, que he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja que me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que el mismo es un símbolo de la muerte. ¡Y otra cosa! El general Millán Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono mas bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos, Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Me duele pensar que el general Millán Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido, como dije, que carezca de esa superioridad de espíritu, suele sentirse aliviado viendo como aumenta el numero de mutilados alrededor de él (...) El general Millán Astray quisiera crear una España nueva, creación negativa sin duda, según su propia imagen. Y por ello desearía una España mutilada...”

Furioso, Millán gritó: “¡Muera la inteligencia!” A lo que el poeta José María Pemán exclamo: “¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!” Unamuno no se amilanó y concluyó: “¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir, y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España”. Millán se controló lo suficiente como para, señalando a la esposa de Franco, ordenarle: “¡Coja el brazo de la señora!”, cosa que Unamuno hizo, evitando así que el incidente acabara en tragedia.

Pero esta fue la última vez que Unamuno habló en público.

Aquella noche, Unamuno fue al casino de Salamanca, del que era presidente. Cuando los miembros del casino, algo intimidados por este acontecimiento, vieron la venerable figura  del rector subiendo las escaleras, algunos gritaron: “¡Fuera! ¡Es un rojo, y no un español! ¡Rojo y traidor!” Unamuno entró y se sentó. Un tal Tomás Marcos Escribano le dijo: “No debería haber venido, don Miguel, nosotros lamentamos lo ocurrido hoy en la universidad, pero, de todos modos, no debería haber venido.” Unamuno se marchó, acompañado de su hijo, entre gritos de “¡Traidor!”. El único que salió con ellos fue un escritor de segundo orden, Mariano de Santiago. Unamuno tenía setenta y dos años.

Al día siguiente, los periódicos de Salamanca publicaron los discursos de Pemán, Heredia, Francisco Maldonado y José María Ramos, pero ni siquiera mencionaron que Unamuno hubiera hablado. A partir de entonces, el rector ya casi nunca salió de su casa, y la guardia armada que le acompañaba tal vez era necesaria para garantizar su seguridad. La junta de la universidad “pidió” y obtuvo su dimisión del cargo de rector.

Ese mismo día, en el transcurso de una reunión ordinaria del Pleno del Ayuntamiento de Salamanca, la corporación se constituyó en sesión secreta y uno de sus miembros, el Sr. Rubio Polo, que habían sido nombrados por el mando militar en sustitución de los concejales elegidos democráticamente en las urnas, dio lectura a la siguiente moción:
“Recogiendo un estado de opinión unánime, pública y privada respecto de la actitud incongruente, facciosa y antipatriota de ciudadano de honor de la República, Alcalde honorario y Concejal de esta Excma. Corporación Don Miguel de Unamuno y Jugo, exteriorizada en las frases vertidas, con descortesía rencorosa, alevosía y premeditación, al final del acto académico celebrado ayer en nuestra “Alma Mater” con motivo de la Fiesta de la Raza.- El concejal que suscribe tiene el deber de proponer y propone al Excmo. Ayuntamiento en pleno que, considerando incurso a dicho Sr. en un caso de incompatibilidad moral corporativa, de vanidad delirante y antipatriota actuación ciudadana, más lo preceptuado en el nº 2 del artículo 47 de la vigente Ley Municipal.-

“Por el buen nombre de la Corporación, por el respeto debido a las Autoridades legítimas del Movimiento salvador de España.- En desagravio al glorioso Ejército y a las Milicias Nacionales.- Por la santa memoria de los mártires del honor, que inmolaron sus vidas en defensa de la Religión y de la Patria.- Por las madres y los huérfanos que lloran.- Por España, en fin, apuñalada traidoramente por la pseudo intelectualidad liberal-masónica cuya vida y pensamiento, como dicen los titulares de El Debate en su edición del 12 de julio último, refiriéndose al humanista Erasmo, retrato físico y moral de otros Erasmos modernos de menor cuantía, solo en la voluntad de venganza se mantuvo firme, en todo lo demás fue tornadiza, sinuosa y oscilante, no tuvo criterio, sino pasiones; no asentó afirmaciones, sino propuso dudas corrosivas; quiso conciliar lo inconciliable; el Catolicismo y la Reforma; y fue, añado yo, la envenenadora, la celestina de las inteligencias y las voluntades vírgenes de varias generaciones de escolares en Academias, Ateneos y Universidades.-

“Acuerde haber visto con hondo disgusto tan sinuosa y desconsiderada actitud, que estatutariamente comprende la pérdida del cargo y prerrogativas anejas al mismo.”

Los últimos días de vida (de octubre a diciembre de 1936) los pasó bajo arresto domiciliario en su casa, en un estado de resignado desamparo, consternación y soledad. Veía a la España nacionalista como “militarización africanista pagano-imperialista”. A los pocos días, el 20 ó 21 de octubre, en una entrevista mantenida con el periodista francés Jérôme Tharaud (común y erróneamente atribuida al escritor Nikos Kazantzakis):

Tan pronto como se produjo el movimiento salvador que acaudilla el general Franco, me he unido a él diciendo que lo que hay que salvar en España es la civilización occidental cristiana y con ella la independencia nacional, ya que se está aquí, en territorio nacional, ventilando una guerra internacional. (...) En tanto me iban horrorizando los caracteres que tomaba esta tremenda guerra civil sin cuartel debida a una verdadera enfermedad mental colectiva, a una epidemia de locura con cierto substrato patológico-corporal. Las inauditas salvajadas de las hordas marxistas, rojas, exceden toda descripción y he de ahorrarme retórica barata. Y dan el tono no socialistas, ni comunistas, ni sindicalistas, ni anarquistas, sino bandas de malhechores degenerados, excriminales natos sin ideología alguna que van a satisfacer feroces pasiones atávicas sin ideología alguna. Y la natural reacción a esto toma también muchas veces, desgraciadamente, caracteres frenopáticos. Es el régimen del terror. España está espantada de sí misma. Y si no se contiene a tiempo llegará al borde del suicidio moral. Si el miserable gobierno de Madrid no ha podido, ni ha querido resistir la presión del salvajismo apelado marxista, debemos tener la esperanza de que el gobierno de Burgos tendrá el valor de oponerse a aquellos que quieren establecer otro régimen de terror. (...) Insisto en que el sagrado deber del movimiento que gloriosamente encabeza el general Franco es salvar la civilización occidental cristiana y la independencia nacional, ya que España no debe estar al dictado de Rusia ni de otra potencia extranjera cualquiera, puesto que aquí se está librando, en territorio nacional, una guerra internacional. Y es deber también traer una paz de convencimiento y de conversión y lograr la unión moral de todos los españoles para restablecer la patria que se está ensangrentando, desangrándose, envenenándose y entonteciéndose. Y para ello impedir que los reaccionarios se vayan en su reacción más allá de la justicia y hasta de la humanidad, como a las veces tratan. Que no es camino el que se pretenda formar sindicatos nacionales compulsivos, por fuerza y por amenaza, obligando por el terror a que se alisten en ellos, ni a los convencidos ni convertidos. Triste cosa sería que el bárbaro, anti-civil e inhumano régimen bolchevístico se quisiera sustituir con un bárbaro, anti-civil e inhumano régimen de servidumbre totalitaria. Ni lo uno ni lo otro, que en el fondo son lo mismo.
Y a los pocos días, en esta ocasión sí con Kazantzakis:


En este momento crítico del dolor de España, sé que tengo que seguir a los soldados. Son los únicos que nos devolverán el orden. Saben lo que significa la disciplina y saben cómo imponerla. No, no me he convertido en un derechista. No haga usted caso de lo que dice la gente. No he traicionado la causa de la libertad. Pero es que, por ahora, es totalmente esencial que el orden sea restaurado. Pero cualquier día me levantaré —pronto— y me lanzaré a la lucha por la libertad, yo solo. No, no soy fascista ni bolchevique; soy un solitario.

En una carta, fechada el 21 de noviembre, escribe a Lorenzo Giusso:
La barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre los hunos y los hotros. Y aquí está mi pobre España, se está desangrando, arruinando, envenenando y entonteciendo...

Murió en su domicilio de Salamanca el 31 de diciembre de 1936, de forma repentina, tras una tertulia vespertina que mantenía regularmente con un par de amigos. El último día de su vida desayunó a las ocho y media y a las diez se levantó. Estuvo jugando con su nieto, el hijo del poeta José María Quiroga y de su hija Salomé. A las cuatro de la tarde recibió la visita del catedrático señor Aragón.

—¿Cómo va, don Miguel?

—Bien.
Estaban en el “cuarto de estar” en una mesa camilla junto al brasero. De pronto don Miguel se puso intensamente pálido e inclinó hacia un lado la cabeza. Empezó a oler a quemado. Su interlocutor vio como la zapatilla de don Miguel ardía sin que él retirase el pie... Estaba ya sin sentido.

A pesar de su virtual reclusión, en su funeral fue exaltado como un héroe falangista. A su muerte, Antonio Machado sintetizó en pocas palabras, sin conocer en su totalidad los hechos que hemos narrado, pero hablando desde el profundo conocimiento del que fue amigo y se consideraba discípulo: «Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en la guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo

Al entierro de Miguel de Unamuno acuden falangistas con camisa azul, otros llevan a hombros el féretro, y hay quienes a su paso le saludan brazo en alto.

El último poema de Unamuno está fechado tres días antes de su muerte («28, día de inocentes, XII-36»):

Morir soñando, sí, mas si se sueña
morir, la muerte es sueño; una ventana
hacia el vacío; no soñar; nirvana;
del tiempo al fin la eternidad se adueña.
Vivir el día de hoy bajo la enseña
del ayer deshaciéndose en mañana;
vivir encadenado a la desgana
es acaso vivir? Y esto qué enseña?
¿Soñar la muerte no es matar el sueño?
¿Vivir el sueño no es matar la vida?
¿a qué poner en ello tanto empeño
aprender lo que al punto al fin se olvida
escudriñando el implacable ceño
—cielo desierto— del eterno Dueño?