miércoles, 26 de octubre de 2011

Lo que Internet oculta

La primera conversación que tuve sobre Internet fue en 1993 con Javier O., quien entonces era compañero de carrera y profesión y, como yo, novato en esta incipiente "república". Por entonces, el sistema más usado en Internet por los grupos de discusión era Usenet, que permitía (permite) intercambiar opiniones, artículos, proyectos… con otras personas interesadas en el mismo tema específico. Pero, en conjunto, esta "Red", nos decíamos, iba a ser una gran fuente y modo de distribución de la información e, incluso, un gran negocio, aunque podría crear algunos problemas. Uno de ellos era que iba a potenciar la irreflexión y la imprudencia, puesto que, siendo su distribución geográficamente difusa, podrían encontrarse gente de todo tipo que, a su vez, serían capaces de conectarse unos con otros; con lo que, más que una red lógica, nos encontraríamos en una maraña de datos en la que necesitaríamos distinguir lo fidedigno y aprovechable. Otro, que —si la red era mal empleada— podría dañar la cultura democrática por alentar la imagen intolerante de la sociedad global desde algunas oscuras cavernas. Esas preocupaciones de Javier las enunció a modo de profecía, pero también preveía otras mucho más agradables: ver cómo mucha gente publicaría en la red diversos y abundantes tipos de información —sus conocimientos, sus ideas, sus noticias, sus descubrimientos…— sabiendo que sus palabras podrían leerse desde cualquier lugar habitado de este planeta.
 

Casi veinte años después, el lenguaje de Internet ha evolucionado, pero las preocupaciones no han cambiado mucho. La principal inquietud entonces y ahora parece recaer sobre la seguridad y la privacidad; o por el uso de la tecnología digital por delincuentes, algo que se ha visto claramente confirmado. En segundo lugar, el fomento de ideologías nocivas, sigue siendo una cuestión abierta.

Según profetizó hace tiempo Nicholas Negroponte, el Daily Me podría ser el periódico más leído de los tiempos que vienen. Su traducción española sería Yo Diario o Mi periódico: se trata de una recopilación de artículos, noticias y fuentes adaptada a los deseos de cada persona. ¿Por qué comprar un periódico con noticias internacionales, crítica de libros y cotizaciones de Bolsa, si yo sólo quiero deporte? Bueno: para eso existen periódicos deportivos, ¿no? Pero el lector del periódico personalizado del futuro podría pedir --por ejemplo-- que sólo le llegaran noticias deportivas, relacionadas con los clubes de la ciudad de X., y noticias nacionales con un sesgo político de derechas. O bien, exclusivamente noticias internacionales procedentes del periódico Y o Z, ajedrez y crítica de restaurantes.
Cass R. Sunstein es profesor universitario dedicado principalmente al estudio del derecho constitucional, derecho administrativo, derecho ambiental y de economía conductual. Actualmente se desempeña como Director de la Oficina de Información y Asuntos Regulatorios (OIRA) en la administración Obama y como profesor en la cátedra Felix Frankfurter de la Facultad de Derecho de Harvard. Sunstein postula en su libro Republic.com 2.0 (Princeton University Press, 2007) que las noticias personalizadas no son buenas para la comunidad: "Sin experiencias compartidas, una sociedad heterogénea tendrá mucho más difícil resolver problemas sociales". Los progresistas sólo leen periódicos progresistas, y los conservadores sólo fuentes conservadoras, mientras que, según Sunstein "la gente debería estar expuesta a materiales que no han escogido con antelación. Los hallazgos no planeados y no anticipados son centrales para la misma democracia. Son importantes para asegurarse contra la fragmentación y el extremismo, que son frutos predecibles de cualquier situación en la que personas de mentalidades parecidas hablan sólo entre ellos".

Las fuentes de información y especialmente los buscadores nos dicen que solo están dando a la gente lo que la gente quiere. Pero podemos preguntarnos: ¿qué significa “lo que quiere?” Porque todos queremos muchas cosas diferentes. Hay un yo compulsivo, un yo de corto plazo, que hace clic en todos los artículos triviales y hay un yo de largo plazo que quiere estar informado sobre lo que pasa en el mundo, en aquello que conforma nuestra actitud como ciudadanos o en nuestros intereses materiales o intelectuales. Y ambas formas son intencionales todo el tiempo. Tenemos esas dos fuerzas internas. Y los mejores medios de comunicación ayudan al yo de largo plazo a encontrar un poco de equilibrio. Usando una alegoría para entendernos, nos dan algo así como información nutricional sobre las verduras, la carne y el postre y en consecuencia uno puede lograr una dieta; en términos de conocimiento, una información equilibrada. El yo compulsivo nos llevaría a estar rodeado de calorías vacías, de información basura.

Eli Pariser, ex director del grupo de activismo Moveon.org, en su último libro, The Filter Bubble: What the Internet is Hiding from You, Penguin Press, 2011, (La burbuja de los filtros: lo que Internet te oculta), argumenta que finalmente se está llegando a una distopía informativa. Gracias a los avances en la personalización, todos buscamos más lo que nos gusta y está de acuerdo con nuestra ideología (tómese esta palabra en su más amplio sentido), y menos de lo que desafía nuestras creencias. Yahoo! Noticias rastrea los artículos que leemos; Amazon Books registra el tipo de libros que elegimos y preferimos; y Netflix almacena las películas que seleccionamos. A medida que las empresas con presencia en Internet se esfuerzan por adaptar sus servicios (incluyendo noticias y resultados de búsqueda) a nuestros gustos personales, surge una consecuencia no deseada y peligrosa: quedar atrapados en una “burbuja de filtros” que nos obstaculiza el acceso a toda la información y que podría desafiar y restringir nuestra visión del mundo.


The Filter Bubble:
What the Internet is Hiding from You
El modelo favorito de Pariser, con el que comienza su libro, es la personalización que ahora ofrece Google para dar sus resultados de búsqueda según 57 criterios diferentes adaptados a la experiencia del usuario que guarda en sus supercookies, incluso si no se está conectado a través de una cuenta de Gmail. Si inicias sesión en Google, entonces Google obviamente tiene acceso a todo tu correo electrónico en Gmail y todos los documentos que has subido; a mucha información. Un ingeniero contó a Pariser que, incluso cuando sales, hay 57 señales que Google rastrea –“señal” es la palabra que usan para las variables que miran. Todo, desde la dirección IP de tu ordenador –que es básicamente tu dirección en Internet–, qué tipo de portátil, PC y software estás usando, incluso cosas como el tamaño de la letra o cuánto tiempo te quedas mirando un enlace concreto. Y usan eso para desarrollar un perfil tuyo, una idea de qué tipo de persona eres. Como consecuencia, usan toda esa información para confeccionar a medida el contenido que te muestran. Uno pensaría que alguien preocupado por los peligros de personalización debería prestar más atención a Facebook, pero Pariser cree que la combinación de las 57 variantes de Google incluye llegan a tomar la forma de distintos marcos ideológicos. El año pasado, dice, propuso a dos amigos que comparten puntos de vista económicos y políticos parecidos que buscasen el término “BP”. Uno encontró en los primeros resultados de la búsqueda información sobre inversiones de la empresa. El otro, noticias sobre el vertido de petróleo en el Golfo de México. Curiosamente, esta sola anécdota puede servir como paradigma a la reivindicación central de su libro.
Todos estos reparos son ecos de aquellos expresados por Nicholas Negroponte y Cass Sunstein, quienes advirtieron del uso excesivo en la Web del narcisismo diario que se alimenta, por poner un ejemplo claro, del “me gusta” en Facebook o las puntuaciones que damos en las informaciones que nos interesan. Actualmente, y en Facebook en particular, esto es un problema porque en esa red la información se trasmite presionando el botón “Me gusta”. Y el botón “Me gusta” tiene un desequilibrio muy particular. Es fácil de presionar “Me gusta” cuando el post es del tipo ‘Acabo de correr una maratón’, ‘Te recomiendo este libro’ o cualquier otro que exprese una opinión coincidente con la tuya en cuestiones sociales o políticas; pero es muy difícil presionarlo cuando la opción es ‘La guerra en Afganistán ya lleva diez años’. A nadie le gusta que dure tanto tiempo. Y si pulsamos ese botón para decir que me interesa un enlace sobre esa información, muchos podrían entender lo anterior.

Eli Pariser
En lugar del Daily Me de Negroponte, decidido por el mismo usuario, nos encontramos con una personalización prefabricada. En última instancia, esto es malo para nosotros y para la democracia. Muchos ven estas nuevas herramientas de comunicación como algo que puede socavar el discurso cívico. La “burbuja de filtros” nos empuja en la dirección opuesta. Crea la falsa impresión de que todo lo que existe corresponde a nuestras ideas egocéntricas. La pérdida de variedad en la información, de la pluralidad de ideologías en los resultados de nuestras búsquedas y de nuestras preferencias, es el pago que hacemos por conseguir un contenido más comprensivo pero también intelectualmente menos abierto. Y, a su vez, nos hace más vulnerables a la propaganda y la manipulación.

Internet se está convirtiendo cada vez más en una cámara de resonancia donde los sitios web adaptan la información a las preferencias que detectan de cada usuario. Cuando los usuarios buscan la palabra “Egipto”, algunos preferirán consultar las últimas noticias sobre la revolución y otros querrán consultar solamente los resultados relacionados con unas vacaciones en ese país. Los cincuenta principales sitios web toman un promedio de 64 bits de información personal cada vez que alguien visita su página y luego diseñan sus sitios de acuerdo a las preferencias que los usuarios manifiestan. ¿Qué efecto tendrán estos filtros online para el futuro de la pluralidad democrática en el uso de la información? Mientras estos sitios sacan provecho al adaptar sus anuncios para visitantes específicos, los usuarios pagan un alto precio por vivir en una burbuja de información fuera de su control. En lugar de poder acceder ampliamente a información variada, estamos sujetos a estrechos filtros.

Esto va en contra de lo que en un principio atrajo a tanta gente a un buscador como Google, es decir, el hecho de que los algoritmos que había desarrollado realmente permitían ofrecer la mejor información que había en la red. Si uno examina qué decían del algoritmo original de Google, verá que se referían al mismo en términos explícitamente democráticos: que la red era una manera de votar, que cada página votaba por la credibilidad de otras páginas. Y esto es un cambio con respecto a aquello. Ahora Google se está transformando en un espacio donde cada persona puede tener resultados distintos según dónde haga clic. La mayoría de la gente solo usa los tres primeros enlaces que aparecen en una búsqueda. Está pasando en los sitios más importantes y cada vez más en los sitios de noticias. Por ejemplo, en las noticias de Yahoo! se hace exactamente lo mismo: adaptan los artículos que uno ve en el sitio ‘Yahoo! Noticias’ a lo que el sitio cree que a uno le interesa. También el plan de Google News es que, una vez que perfeccionen este algoritmo personalizado, se lo ofrecerán a otros sitios web de noticias, de modo que cualquier sitio de noticias pueda usar todos esos datos para adaptarse a ti. Hay cosas realmente importantes que van a quedar fuera si esos algoritmos no son muy buenos. Y lo preocupante es que esto está ocurriendo de manera invisible. No lo vemos en funcionamiento. No podemos decir en qué se diferencia el Internet que una persona ve del Internet que ven las demás, pero cada vez hay más diferencias. Si un buscador no te muestra rápidamente el tipo de información que necesitas, realmente te la pierdes. Y esto no sólo está pasando en los buscadores, sino en toda la red.

Pero también los usuarios utilizamos lo que se llama sesgo de confirmación, que es básicamente nuestra tendencia a sentirnos bien con información que confirma lo que ya pensábamos. Y de hecho esto se puede observar en el cerebro. Hay un pequeño aumento de la dopamina cuando alguien te dice que tienes razón. Es así como vamos construyendo nuestra propia red social. Nos hacemos “amigos”, o seguidores o fans de las personas que coinciden en nuestros gustos, aficiones e ideología. Por lo tanto, si pudiéramos construir nosotros mismos un algoritmo que nos mostrara lo que cada uno quiere y si el único propósito fuera conseguir que la gente hiciera clic más veces y viera más páginas, ¿para qué mostrarle algo que les hiciera sentir incómodos, o que les indicara que no tienen razón o que hay otras cosas en el mundo además de nuestras propias y estrechas ideas? Todo esto refuerza la polarización dentro de la sociedad, en el sentido de que la gente no está en contacto ni escucha los puntos de vista de otros con la que pueden estar en desacuerdo. Basta con echar un vistazo a nuestros propios “amigos” o “seguidores” en una red social para confirmarlo.

En resumen, todo esto plantea una especie de problema mayor con respecto a lo que pensábamos de Internet. Tendemos a pensar en Internet como una especie de medio en el que cualquiera puede conectarse con cualquiera, muy democrático, libre para todos y mucho mejor que aquella vieja sociedad con guardianes que controlaban el flujo de la información. Realmente, no es así cómo están funcionando las cosas. Lo que estamos viendo es que un par de grandes compañías tienen la mayor parte del flujo de información y actúan como los nuevos guardianes. Esos algoritmos hacen lo mismo que los editores humanos, pero de forma mucho menos visible y con mucha menos responsabilidad.

Si extrapolamos esto a toda la actividad de los medios de comunicación dedicada a ampliar los esfuerzos para personalizar la búsqueda basándose en la experiencia social en línea, ahora es posible imaginar un mundo en el que cada persona crea su propio espacio mental y aprehende del mundo exterior únicamente lo que le interesa y le es servido sin esfuerzo. Todo ese miedo teórico que surgió desde hace mucho tiempo se está convirtiendo en un problema real en nuestra sociedad. El lado oscuro de la personalización tiene especial relevancia para los que trabajan en la intersección del periodismo con la tecnología. Mientras que la Web ha proporcionado a los editores numerosas herramientas a fin de individualizar sus alternativas de comercio y de entretenimiento, no ha hecho lo mismo con las noticias per se. La inversión ahora está fluyendo y concentrándose en este tipo de filtro de personalización de los contenidos. Pero hay que decir que los medios tradicionales de información que ahora podemos consultar a través de sus páginas web lo están haciendo mucho mejor que los buscadores. El Washington Post puso en marcha no hace mucho Trove, “un motor de información y noticias personalizadas”, el New York Times tiene News.me, un “servicio de suscripción personalizado de noticias” —como se aprecia la descripción es casi idéntica. En España, por poner un ejemplo más cercano, El País ofrece Eskup, que permite compartir información y opinión entre otros usuarios y también con los redactores. Otras aplicaciones en línea, como Paper.li crean “revistas” personalizadas basadas en tus propias publicaciones en Facebook, Twitter y otras redes. Esta forma de actuar estaría más acorde con la deseada neutralidad en la red.