domingo, 18 de enero de 2015

Octavio Paz







El 31 de marzo de 1914 nació el que fue quizás uno de los más importantes poetas en lengua española la segunda mitad del siglo XX: el mexicano Octavio Paz. Menos fecundo que el chileno Pablo Neruda, otro ganador del premio Nobel de literatura —con quien mantuvo una relación tempestuosa tanto por discrepancias políticas como por desacuerdos poéticos—, la obra de Paz abarca no solamente el ámbito de la poesía, sino que constituye también una vasta reflexión acerca de los valores y las responsabilidades del artista, y una profunda contribución a la historia de las ideas en México. Es más, Paz poseía un talento extraordinario para la crítica literaria y colaboró, a través de continuas contribuciones con revistas de gran importancia, a dar aliento a varias generaciones de escritores jóvenes en México. Asimismo, consideraba como una obligación moral, en cuanto poeta y ciudadano, participar de lleno en la vida política de su tiempo, muchas veces generando polémicas que nunca rehuyó.

El centenario de su nacimiento, que ha dado lugar a que Fondo de Cultura Económica de México haya reeditado en quince volúmenes este mismo año su obra completa, parece el momento idóneo para considerar su vasta producción y evaluar hasta qué punto es vigente después de la desaparición de su creador. En este aniversario, uno de sus colaboradores más fieles, Gabriel Zaid, ha escrito que «la tendencia mecánica del tiempo, contra la cual hay que luchar, es la incuria, la tontería, la desfiguración, el olvido y la destrucción de todo lo que queda a la intemperie» y hasta se vio en la obligación de preguntarse: «¿Quedará algo de Paz?»

Octavio Paz nació en pleno auge de la Revolución mexicana, durante los años de violencia que trajeron al país guerra, grandes conmociones y sufrimientos a un nivel comparable a lo sucedido en Europa en la Primera Guerra Mundial, que estaba a punto de estallar al otro lado del Atlántico. En Mixcoac, por aquel entonces un pequeño pueblo al sur de la ciudad de México, el abuelo de Paz le contaba historias de la lucha republicana en el siglo XIX; su padre iba y venía entre la revolución y el alcohol; y su madre, Josefina Lozano, hija de andaluces nacida en México, le despertaba emociones fuertemente encontradas: «Madre del mundo, huérfana de mí / abnegada, feroz, obtusa, providente, / jilguera, perra, hormiga, jabalina, / carta de amor con faltas de lenguaje, / mi madre: pan que yo cortaba / con su propio cuchillo cada día».

Paz consideraba una obligación moral participar de lleno en la vida política de su tiempo, muchas veces generando polémicas que nunca rehuyó


Por todo esto, tal y como escribió Paz muchos años después, en su casa de Mixcoac «el mantel olía a pólvora». Los ejemplos de su abuelo y de su padre lo empujaban en una dirección muy bien definida. Como señala Enrique Krauze, «El legado estaba implícito: si el patriarca liberal y el caudillo zapatista habían sido revolucionarios, el nieto debía ser más revolucionario que ambos». La exploración de las dimensiones de esta revolución ocupará a Paz durante toda su vida. ¿Qué es lo primordial: la revolución social, es decir, los cambios radicales que inaugurarán una sociedad más justa y menos solitaria, o la revolución poética: encontrar un nuevo lenguaje que no dependa de las viejas y gastadas fórmulas del pasado, abriendo así las puertas a un mundo más generoso y solidario?

Al igual que muchos jóvenes de su generación, Octavio Paz consideraba que la revolución en México estaba inacabada. Había que seguir profundizando en ella, con una reforma agrícola más amplia y con el establecimiento de un régimen de justicia social que reconociera, entre otras cosas, los derechos de los pueblos indígenas de México: para estos jóvenes, la nueva revolución debía ser marxista. Aunque nunca se afilió a un partido izquierdista, Paz ingresó en la Unión de Estudiantes Pro Obreros y Campesinos, una organización con ribetes marxistas, y más tarde escribiría para el periódico de filiación comunista El Popular.


Al mismo tiempo, cuando todavía no había entrado en la universidad, el adolescente Paz escribió una Ética del artista. En ella se declaraba a favor de un arte «comprometido» contra cualquier arte «puro» que solamente existiera en su propio mundo. Sin embargo, sus simpatías poéticas en esta época temprana residen con el grupo de Los Contemporáneos, poetas que miraban más allá tanto de México como de una poesía explícitamente política. Uno de ellos, Jorge Cuesta, esbozó una definición de las características del grupo que podrían igualmente ser aplicadas al joven Octavio Paz: «Nacer en México; crecer en un raquítico medio intelectual; ser autodidactas; conocer la literatura y el arte principalmente en revistas y publicaciones europeas; no tener cerca de ellos sino muy pocos ejemplos brillantes, aislados, confusos y discutibles».

Una de las voces más importantes que encontró el joven Paz en estas revistas europeas fue el autor anglonorteamericano T. S. Eliot. Al lado de los franceses Paul Valéry y Stéphane Mallarmé, la poesía de Eliot y, sobre todo, la traducción de The Waste Land (El páramo) al español en 1930 impresionaron al poeta mexicano. Para él, la descripción del vacío espiritual del mundo moderno, combinada con una forma poética resueltamente moderna, le ofrecía un ejemplo que fecundó su propia obra durante mucho tiempo. Casi sesenta años más tarde, al ganar el prestigioso premio T. S. Eliot de poesía, Paz escribió, en una carta dirigida a su gran amigo y editor Pere Gimferrer el 31 de octubre de 1988: «Lo leí por primera vez en 1930, cuando tenía diecisiete años; desde entonces me acompaña, me intriga, me irrita, me conmueve. Para Eliot lo único que de verdad cuenta y hace soportable el diario tedio y el horror diario no está en el tiempo sucesivo, sea el de la historia o el del vivir cotidiano, sino en la intersección de los tiempos, en esos raros momentos en que, simultáneamente, somos tiempo y destiempo». Asimismo, los ensayos que escribió Eliot acerca de la poesía y su relación con la historia marcaron profundamente a Paz a lo largo de su vida: las indagaciones acerca de la ética del artista siguieron siendo una constante en su obra.

Sin embargo, la poesía que escribió Paz a principios de los años treinta no tiene la complejidad o la incertidumbre del autor de Four Quartets. Mientras trabajaba en una escuela rural en el Yucatán en los primeros meses de 1937 escribió el poema «No pasarán», retomando el grito desafiante de «La Pasionaria» en España. Gracias a este poema fue invitado al Segundo Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura organizado por el Gobierno republicano en Valencia en julio de 1937. La intolerancia que observó entre los distintos grupos de la izquierda marcó para siempre su posición política. En un plano personal, siempre se arrepintió de haber callado mientras los congresistas proponían una moción condenatoria de André Gide por las críticas que hacía a la Unión Soviética después de un largo viaje que realizó al país en 1936.

Cincuenta años más tarde, Paz volvió a Valencia para conmemorar aquel malogrado congreso. Esta vez, Paz dio el discurso inaugural y aprovechó la oportunidad para criticar de nuevo a los revolucionarios, quienes, desde su punto de vista, «donde han conquistado el poder han amordazado a los pueblos». Se refirió, asimismo, a la condena de André Gide, y se culpó de su silencio: 

«Aunque muchos estábamos convencidos de la injusticia de aquellos ataques y admirábamos a Gide, callamos. Justificamos nuestro silencio con […] especiosos argumentos. Así contribuimos a la petrificación de la revolución».

En realidad, lo que el joven Octavio Paz vio y vivió durante los pocos meses que estuvo en España en 1937 representaron para él la última oportunidad en que presenció una revolución verdadera, no «petrificada». Desde aquel momento, Paz empezó a ver con una suspicacia creciente la tentativa de imponer a un pueblo una ideología determinada. Asimismo, llegó a negar la poesía social que él mismo había escrito: en 1949 publicó Libertad bajo palabra, que consideraba como su primer libro de madurez. También, bajo la influencia de André Breton y otros amigos surrealistas que encontró durante su larga estancia en París, terminó un libro de poemas en prosa, ¿Águila o sol?, en el que es evidente que la pérdida de toda certidumbre política y poética lo lleva a una crisis profunda, que sólo resuelve parcialmente hacia el final.

Además, en 1950 salió a la luz la que se considera como una de sus obras más canónicas: El laberinto de la soledad. Paz nunca fue un «especialista»: no había seguido una carrera universitaria, y tampoco había realizado estudios formales en disciplina académica alguna. El impulso para escribir sobre México y los mexicanos surgió, como cuenta en Itinerario, de sus esfuerzos para entender su propia soledad, «el bulto infantil» que toma conciencia de su propia existencia: «esa tarde comenzaste a ser tú mismo; al descubrirme, descubriste tu ausencia, tu hueco: te descubriste. Ya lo sabes: eres carencia y búsqueda». Más allá de esta búsqueda personal, en El laberinto de la soledad intenta explorar la identidad de sus compatriotas a través de la historia: desde la Conquista hasta los «pachucos» mexicanos perdidos en Estados Unidos en los años cuarenta. Los ocho capítulos de este libro revelan que, en aquel momento, Paz se hallaba quizás más cerca del concepto del «absurdo» de la vida propuesto por los existencialistas, tan en boga durante los años difíciles que siguieron a la Segunda Guerra Mundial, que de sus amigos surrealistas. El laberinto de la soledad explora su relación con el pasado, su relación con lo sagrado, su manera de integrar un enfoque analítico (basado, según él, en una lectura del Moisés de Sigmund Freud) con aseveraciones tan amplias como «La Reforma [del siglo XIX en México» es la gran ruptura con la madre» y que suena hoy como desmesurado. En palabras del crítico Anthony Stanton: «Existe aquí una tensión (como en toda la obra de Paz) entre dos utopías que tiran en direcciones opuestas: el mito de un futuro abstracto y el mito de un pasado perdido». Sin embargo, el libro, transcurridos más de sesenta años desde su primera aparición, conserva una gran vigencia, comparable quizá solamente a las Mythologies descubiertas en el mundo moderno por el escritor francés Roland Barthes.

En 1952, Paz regresa a México durante cinco años. Su fama es más grande fuera que dentro del país. Ya una parte de los escritores jóvenes mira con sorna su actitud «cosmopolita», y él mismo desprecia lo que su amigo, el poeta inglés Charles Tomlinson, ha llamado sus esfuerzos en pro de «la desprovincialización» de su México natal, aunque sin llegar a los extremos de los años posteriores. Es la época de su reflexión más profunda acerca del lenguaje poético, explorado en El arco y la lira. Para muchos críticos mexicanos, ese libro se convirtió de inmediato en «un clásico moderno». Para el académico británico Tom Boll, sin embargo, el ensayo de Paz peca de «ser constantemente sentencioso, una actitud exacerbada por rígidos valores del bien y del mal».

Paz vio y vivió durante los pocos meses que estuvo en España en 1937 su última oportunidad de presenciar una revolución verdadera


Paz escribe también dos extensos poemas que hicieron mella en su momento y que, seguramente, seguirán leyéndose muchos años después de su muerte. Se trata de El cántaro roto y, más adelante, el fundamental Piedra de sol. En aquel poema, frente al «páramo» que Paz describe de manera notable y su «cacique gordo de Cempoala» que siempre pisotea los sueños y deseos de los humildes, hay que oponer una fe en el deseo y la palabra poética: «hay que desenterrar la palabra perdida, soñar hacia dentro y también hacia fuera». Este proceso de búsqueda y afirmación se logró de manera magistral en una de las obras claves de su madurez, Piedra de sol, un poema que es, como escribió en el momento de su aparición Ramón Xirau, «elegía, amor, protesta, aceptación y renuncia, contentamiento y desesperación se unen ahora en un todo homogéneo». Finalmente, el poeta puede aceptar la historia y el paso del tiempo gracias a los momentos de éxtasis que le ofrece el deseo: «el mundo nace cuando dos se besan», y la sinuosidad de la palabra poética es el garante de poder volver al río del tiempo con esperanza. A juicio de José Emilio Pacheco, «mientras exista la lengua española, será uno de los grandes poemas de la poesía mexicana».

Ese nuevo optimismo en cuanto a las posibilidades del lenguaje por aprehender los más íntimos sentimientos se complementó a principios de los años sesenta con un nuevo matrimonio y una nueva aventura como embajador en India. Su trabajo diplomático no resultó muy oneroso; como detalló a su amigo el compositor norteamericano John Cage: «Casi no existe el comercio entre México y la India. Las relaciones entre los dos países son excelentes». En la poesía que escribió en estos años, recogida en Ladera este (1969) o en el más experimental Blanco (1967), sigue explorando momentos de éxtasis y la posibilidad de reconciliación con la historia.

Sin embargo, un nuevo vuelco en la historia de México produjo un cambio dramático en la vida del poeta: la revuelta de los jóvenes en París, Estados Unidos y también en su país en la primavera de 1968. Su insistencia en la libertad y su rechazo de las ideologías del pasado resultaron muy estimulantes para Paz. En las cartas que escribió por entonces al director del Fondo de Cultura Económica, el argentino Arnaldo Orfila Reynal, demuestra al principio su apoyo y entusiasmo, en particular por lo que veía en las demandas estudiantiles en México: «Su programa es más concreto y, además, coincide con los intereses y las necesidades generales, tanto del proletariado como de la nueva clase media mexicana, a la que pertenecen la mayoría de los estudiantes. Aunque estas clases y grupos han participado en la relativa prosperidad que ha resultado del extraordinario desarrollo económico del país, ni esa participación ha sido proporcional al aumento de la riqueza ni, sobre todo, se ha traducido en una real participación política».

Estas esperanzas fueron destruidas por la masacre de la plaza de Tlatelolco en octubre de 1968, cuando las fuerzas del orden abrieron fuego y mataron a cientos de manifestantes. La reacción de Paz fue inmediata: renunció a su puesto de embajador (fue, al parecer, el único diplomático mexicano que protestó de esta manera frente a la matanza) y condenó la represión. En un discurso que después sería publicado con el título de Posdata, comparaba el régimen del Partido Revolucionario Institucional (PRI) con los gobernantes aztecas por su afán de exigir sacrificios humanos para mantenerse en el poder. No obstante esta condena, su rechazo de las demandas revolucionarias de muchos grupos de jóvenes marcó el comienzo de unos años difíciles en su propio país.

Cuando regresó definitivamente a México en 1976, su obra se había visto ya consagrada a nivel internacional (el homenaje a ese reconocimiento sería la concesión del premio Nobel de Literatura en 1990) y se convirtió en lo que su gran amigo Enrique Krauze llamó «una figura tutelar de la literatura mexicana […] un patriarca protector, poderoso y sabio». Sin embargo, lo que Paz había considerado como un nacionalismo estrecho de miras durante los años treinta, es decir, el rechazo por parte de muchos intelectuales de todo lo que viniera de fuera y frente al que Paz había protestado, se volvió entonces en su propia contra, ya que el hecho de regresar ahora como una de las figuras más importantes de la literatura mundial provocó en México el repudio de una nueva generación de escritores politizados.

En 1978 fundó la revista Vuelta, que durante casi veinte años fue la publicación literaria más influyente de México. En sus páginas, Paz y sus colaboradores, tales como Gabriel Zaid o Enrique Krauze, proponían ideas que consideraban ser de una izquierda moderada y democrática. Tal y como ha escrito este último: «El Paz que encontré en 1976 no era ya un Paz revolucionario. Mejor dicho, sí lo era, pero de otro modo: su pasión crítica […] se volvía contra sí mismo, no para negar la aspiración humana a la fraternidad, la justicia, la igualdad y la libertad, sino para depurarla de la mentira en que la habían convertido las ideologías dogmáticas y los regímenes totalitarios».



Como puede verse, Paz interpretaba las críticas de la izquierda mexicana de los años setenta y ochenta a través del prisma de la intolerancia de que había sido testigo en España en 1937. Tal vez parte de su respuesta estridente se debiera a un sentimiento de culpa por no haber protestado no solamente en el Congreso de Valencia, sino también en 1939, cuando no se atrevió a defender a André Breton o León Trotski en contra del Partido Comunista Mexicano y sus aliados. El elevado tono de estas confrontaciones resulta evidente en su respuesta a Carlos Monsiváis en 1977, cuando este lo atacó por no ser más crítico con el PRI en México y con el imperialismo a nivel internacional. En Vuelta, Paz le contestó: 

«Me acusa de autoritario en el mismo párrafo en que se atreve a imponerme como condición de la crítica al socialismo burocrático “el reconocimiento de sus grandes logros”. ¿Se ha preguntado si esos “grandes logros” se inscriben en la historia de la liberación de los hombres o en el de la opresión? Desde los procesos de Moscú —y aun antes— un número mayor de conciencias se pregunta cómo y por qué una empresa generosa y heroica, que se proponía cambiar a la sociedad humana y liberar a los hombres, ha parado en lo que ha parado. El análisis y la denuncia de las nuevas formas de dominación —lo mismo en los países capitalistas que en los “socialistas” y en el mundo subdesarrollado— es la tarea más urgente del pensamiento contemporáneo, no la defensa de los “grandes logros” de los imperios totalitarios».

En el mismo sentido, a diferencia de lo que había visto y vivido en la España republicana de 1937, Paz nunca pudo aceptar que las guerras civiles en América Central fuesen la expresión de genuinas insurrecciones populares. Veía todo a través de las iniquidades del estalinismo en la Unión Soviética, y no quiso ver que quizás el dominio del «gigante del norte» (Estados Unidos) había sido en el siglo XX casi tan nefasto en América Latina como el de la Unión Soviética dentro de su propia esfera de influencia. Llegó a criticar de manera muy dura a los sandinistas y a su gobierno en Nicaragua: «Desde un principio los dirigentes sandinistas que buscaron inspiración en Cuba han recibido ayuda militar y técnica de la Unión Soviética y sus aliados. Los actos del régimen sandinista muestran su voluntad de instalar en Nicaragua una dictadura burocrático—militar según el modelo de La Habana».

Las nuevas generaciones de poetas mexicanos se preocupan menos por la voz altisonante que ve la poesía como un deber sacro


Tampoco se veía como un escritor «oficialista», a pesar de que dirigía un programa de televisión de mucho prestigio y gozaba de una posición privilegiada entre los intelectuales de la época. Abogaba por una reforma del PRI, pero no entendió, al parecer, la importancia del surgimiento de un verdadero partido de izquierda, el Partido de la Revolución Democrática, en la segunda mitad de los años ochenta. Sin embargo, a pesar de su combatividad y protagonismo en la vida intelectual y política de su país, en su fuero interno siempre sentía «una angustia indefinible» en México, tal y como reveló en una carta a Pere Gimferrer en julio de 1988: «Es una sensación que me acompaña desde mi niñez: ¿qué hago aquí? Un perpetuo malentendu envenena mi relación con mi propia gente, sobre todo con los escritores, los artistas y los intelectuales, es decir, con todos aquellos que deberían ser, ya no mis amigos, al menos mis compañeros. He escrito páginas y páginas —más de dos mil— para desvanecer ese equívoco y todo ha sido en vano. Cada regreso es un volver a empezar; cada salida, una fuga».

Tal vez esa angustia fue una de las razones que lo llevaron a escribir otro de sus libros más elocuentes acerca de la vida de una monja rebelde del siglo XVIII en México: Sor Juana Inés de la Cruz. Su estudio de la vida de Sor Juana podría interpretarse como su respuesta a la crítica de que no era más que un amateur en cuestiones de historia. Su análisis de la Nueva España es mucho más riguroso que en sus apreciaciones históricas anteriores. Su valorización de Sor Juana como poeta revela sus conocimientos profundos de la poesía barroca española, y sus opiniones acerca de las razones por las que ella aceptó dejar de escribir son muy sentidas y se encuentran presentadas de manera muy meticulosa.

Después de su muerte en abril de 1998, a la edad de ochenta y cuatro años, los esfuerzos por establecer una institución duradera que preservara la memoria del poeta y de su obra no han prosperado. Se planeaba crear una fundación que llevara su nombre en la casa que, según la leyenda, fue una de las primeras moradas del conquistador Hernán Cortés en Coyoacán, al sur de Ciudad de México. La fundación iba a albergar sus manuscritos, su colección de arte y de valiosos objetos precolombinos, sus cartas a colegas y amigos, etc. El proyecto contaba con el respaldo decidido del presidente de la república, Ernesto Zedillo, pero, sin embargo, debido a un sinfín de desgracias, el proyecto no pudo realizarse, y los primeros presidentes del Partido de Acción Nacional, que alternaron en el poder con el PRI durante el período 2000-2012, no demostraron el mismo interés.

Tampoco se ha publicado una biografía autorizada del poeta: lo más cercano sigue siendo el libro de Guillermo Sheridan (que iba a ser el director del malogrado proyecto de la fundación), Poeta con paisaje, que trata sobre todo del período que concluye a finales de los años cuarenta. Quedan muchos ámbitos de su vida personal y de su relación con la obra poética que no han sido explorados de forma rigurosa. Y otro tanto sucede con los manuscritos y con su abundante correspondencia, que está empezando ahora a aparecer por fin de manera parcial. En palaras de Enrique Krauze, «el grueso de su archivo personal permanece inédito o continúa disperso. Mientras esos y otros papeles no afloren a la luz, todo acercamiento a su vida íntima será no sólo fragmentario, prematuro y parcial, sino acaso irresponsable». Por su parte, uno de sus colaboradores y amigos más fieles, Gabriel Zaid, concluye una lista de dieciocho puntos por hacer para que algo de Octavio Paz sobreviva: «Lo más elemental de todo sería que las obras completas estuvieran en todas las bibliotecas nacionales de todos los países, en las bibliotecas de todas las universidades que tuvieran carreras de letras españolas o literatura comparada y en las bibliotecas públicas de todas las ciudades con un millón de habitantes o más de habla española. Lo ideal es que las bibliotecas recibieran el ofrecimiento de las obras como un donativo, que se haría efectivo al recibir su solicitud formal».

Asimismo, las nuevas generaciones de poetas mexicanos se preocupan menos por la voz altisonante que ve la poesía como un deber sacro y, por regla general, buscan acercarse a la vida de todos los días. Paradójicamente, quizá, con la desaparición del Estado de un solo partido, la necesidad de tener profetas—poetas clamando en el desierto se ha vuelto menos necesaria. Al igual que poetas románticos como Shelley o Hölderlin, Paz creía que el hombre «habita el mundo en tanto que poeta». En los últimos años de su vida, había muchos en México que, a veces por envidia o por iconoclasia, afirmaban que el poeta había traicionado esta postura moral. Según ellos, Paz había aceptado los privilegios de un sistema político corrupto y desgastado, y su gran pecado era la hipocresía: predicaba una pureza moral que no practicaba en su propia vida. Sin embargo, sus mejores poemas y sus trabajos críticos más penetrantes provienen de una lucha constante, muchas veces desgarradora, por captar el momento fugaz que para el poeta se encuentra en la base de toda verdad. Sin lugar a dudas, estos son los textos que quedarán de este gran poeta de México y del mundo. Y qué mejor epitafio podría tener que estas líneas que él mismo escribió en 1977, incluidas en la colección Árbol adentro (1987):

Mixcoac fue mi pueblo: tres sílabas nocturnas,
Un antifaz de sombra sobre un rostro solar.
Vino Nuestra Señora, la Tolvanera Madre.
Vino y se lo comió. Yo andaba por el mundo.
Mi casa fueron mis palabras, mi tumba el aire.