Mostrando entradas con la etiqueta Prensa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Prensa. Mostrar todas las entradas

29 diciembre 2014

Chesterton, Pérez-Reverte y la estupidez humana

Gracias a un amigo, leo un artículo de Arturo Pérez-Reverte titulado “Somos gilipollas”. Es un texto que no me resulta especialmente ofensivo, pues los he leído peores, mucho peores. Sin embargo, no deja de asombrarme la capacidad que don Arturo tiene para, abordando un asunto particular, generalizar con tanta alegría.
 
En ese texto Pérez-Reverte llama gilipollas a una periodista por pronunciar ciertas palabras: “El rey se vino de allí sin hablar de derechos humanos”. La cita hace referencia al viaje oficial de Juan Carlos I a Arabia Saudí. El que una periodista haya hecho un comentario que a su juicio sea desafortunado no le autoriza a insultarla como lo hace, y menos aún a extrapolar esa aseveración y llamarnos a todos los demás gilipollas. Al menos don Arturo tiene el detalle de no decir el nombre de la interesada. Será que en el fondo es un caballero. Pero lo que más me irrita no es tanto esa falta de respeto como su predilección por las generalizaciones.
En una ocasión le preguntaron a Chesterton qué pensaba de los franceses. No lo sé, respondió él, no los conozco a todos. Esta anécdota define bastante bien mi postura hacia las generalizaciones. Me parecen muy injustas y peligrosas. No todos los políticos son iguales, por ejemplo. De igual modo, en el seno de la Iglesia hay distintas iglesias, diferentes formas de entender la acción pastoral, aunque parezca una institución monolítica. Lo mismo sucede con los jóvenes o con los votantes del PP: no se pueden englobar, así a lo bruto, al estilo pérezrevertiano, en una categoría absoluta y generalizadora. Decir que los votantes del PP son unos fachas o que los jóvenes son unos irresponsables son afirmaciones cuanto menos arbitrarias y decididamente tendenciosas. Entiendo que puedan resultar tentadoras, pero no estamos en la barra de un bar tomándonos unos carajillos: hablamos de artículos de opinión, de textos que aspiran a influir sobre los lectores. ¿No fue Flaubert quien dijo que Dios estaba en los detalles? ¿Y qué es la generalización sino la eliminación de las aristas, de la discrepancia?
 
El que yo no comulgue con esa forma de redactar de don Arturo no tiene mayor importancia. Es simplemente que concebimos de manera distinta la escritura de un artículo de opinión. Para mí, casi por definición, el pensamiento ha de matizar, debe hilar fino; tan fino que me obligue incluso a replantearme mis propias convicciones, lo que creo cierto y seguro, aunque sólo sea un poquito. En ese sentido la escritura es un proceso de aprendizaje. Al concluir un texto salgo siendo una persona distinta de la que era. El acto de escribir ha de cambiarme, de otro modo no me sirve para nada. Es puro egoísmo, sí: escribo para ser mejor persona, más reflexiva que cuando comencé el proceso.
A diferencia de lo que quizá le interesará a Pérez-Reverte, para mí el pensamiento —o el artículo de opinión— ha de huir de las líneas gruesas, ha de evitar categorizar con autoridad y sin un ápice de duda. Ya lo dijo Voltaire: la fe afirma o niega; la ciencia, duda. Para lo único que sirve la opción del autor cartagenero es para sentirnos mejor con nosotros mismos confirmando lo estúpidos, gilipollas, vagos o sinvergüenzas que son todos los demás. No nos engañemos: aunque don Arturo utilice la primera persona del plural, nunca se mezcla con aquellos a los que con tanta severidad juzga. Aunque en un ejercicio de falsa solidaridad se incluya en ese enorme saco común, en realidad se sitúa al margen, recubierto por un aura incontaminada que le permite ver pero no mancharse. Ese plural le confiere una pátina de persona honesta y directa, sin pelos en la lengua. Sin embargo, es una fachada que le sirve para esconderse, para seguir despotricando contra los demás sin analizar su propia conducta. Cuando abandone ese plural y comience a escribir en primera persona del singular criticándose a sí mismo tanto como critica e insulta a los demás, hablaremos.
Quizá para algunos de sus seguidores leer esas groseras generalizaciones puedan representar una especie de catarsis que les alivie de estar rodeados de tanto inepto; que colme, de manera simbólica, esa necesidad primitiva de golpear –aunque sólo sea con las palabras—a quienes les irritan. En mí no tiene efecto ese bálsamo: quizá porque al estudiar la cultura —aquello que nos aleja de la naturaleza—rechazo todas aquellas prácticas que nos devuelven a ella. Piénsese, sin ir más lejos, en un país donde todos los articulistas escribieran columnas de opinión como él. Viviríamos en un ambiente irrespirable.
 
En cualquier caso su actitud sólo sirve para atrincherarnos tras una supuesta capa de pureza que resiste ahora y siempre al invasor, a esos seres alelados e ignorantes que nos rodean y que no merecen más que nuestro desprecio. Don Arturo es un hombre viajado, supuestamente leído, y todas estas cosas ya debería saberlas. No es necesario salir a buscar la ignorancia, la ineptitud o la estupidez por otros lares. Esos rasgos ya están en nosotros mismos.
Y aquí estoy yo, algo menos gilipollas que cuando comencé el artículo.

El de Pérez-Reverte está aquí.

 


22 noviembre 2011

Se nos ha muerto Javier Pradera (1)

 
Ayer fue para mí un día triste, muy triste. No, no hablo de resultados electorales. Estos, mas o menos, estaban ya descontados y se ha hablado y se hablará mucho más. Tiempo habrá para ello dentro de unos pocos meses, cuando el nuevo Gobierno comience a hacer su labor, a aplicar su programa, tomar decisiones y analizar cómo se va montando el variable puzzle de los grupos parlamentarios.

Me levanté mientras desayunaba por una llamada: un amigo desde Madrid me comunicaba que se nos había muerto Javier Pradera, uno de los grandes intelectuales de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, que acaba en este año. Entre unas obras y otras, especialmente en el campo del ensayo y el artículo periodístico; también y considerablemente en el mundo editorial, Pradera se ha erigido como una figura central de la España contemporánea, "la materia gris de la cultura", como dijo sobre él el escritor Javier Cercas. Cuando se hablaba en estos términos, modestia aparte, este veterano de mil batallas sonreía y negaba el calificativo.

Javier Pradera ha muerto como había vivido: con dignidad. La dignidad del hombre que se esfuerza por ser justo, para lo que es preciso no solo conceptos, intuiciones e ideales, sino la voluntad de ponerlos y ponerse en constante prueba. Es algo que demanda no poca capacidad de resistencia. Y Pradera ha sido un resistente hasta el final. No hace mucho, quien me llamó para darme la mala nueva me comentó que estaba seriamente enfermo. Sin embargo, el mismo día en que se lo llevó su muerte, publicaba El País el que habría de ser su último artículo: Al borde del abismo".

Visto hoy, el título resulta cuanto menos irónico. La importancia de Javier Pradera trascendía mucho más allá de su trabajo, pues no era necesario haber tenido un trato íntimo con él para comprender lo que ha sido para nuestro país su trayectoria como actor y pensador político, como agente cultural de primer orden y como periodista, siempre de forma discreta y generosa, siempre sabiéndose responsabilizar de cada una de sus opiniones y posturas, siempre anteponiendo lo que creía adecuado a su propia conveniencia. Este su último artículo lo dictó, como otros, a su mujer, Natalia Rodríguez-Salmones. No veía ya las teclas. Pocas semanas antes, una perseverante enfermera se esforzaba en el hospital, con una manzana en la mano: "A ver Francisco, esto que va a comer, ¿cómo se llama?" Y Pradera, examinándola de reojo, respondía: "apple". Lúcido e irónico hasta el final que sabía estaba llegando.

 

Fue una de esas figuras singulares que inspiraron la Transición democrática española y una incipiente estirpe intelectual que, en aquellos tiempos, procuraba para España un modelo de sociedad y de cultura bastante más alto que el que después produjo la historia. En mis años de facultad, por los 70, se oía hablar de Pradera con una mezcla de enigma y de mitología, de personalidad algo sátira. En su despacho de Alianza, solía recibir a algunos postulantes, que llevaban algún desatinado ensayo en el cerebro o bajo el brazo. Al salir, afirmaban que él era solamente un fenicio, un comerciante camuflado, cosa que todo el mundo celebraba como una evidencia de lo contrario y que acrecentaba la figura.

Entre los no tan remotos tiempos en que los editores hurtaban sin piedad ni respeto la obra a sus autores y el tiempo actual, heredero directo de la salida a bolsa de los grandes grupos editoriales, donde la única perspectiva es el beneficio económico puro y duro, hubo un largo periodo en el que la edición se concibió también como un oficio de caballeros, según explica José María Guelbenzu en un artículo muy recomendable sobre Kurt Wolff.

Él pertenecía, con estilo propio, a esta clase de personas de dignidad. Su dedicación editorial abarca tres nombres míticos en la edición en lengua española: el Fondo de Cultura Económica (FCE), como primer director (1962-1966) de la delegación en España, Tecnos, Siglo XXI editores y Alianza Editorial, como miembro del consejo de dirección. En las dos primeras, al lado de otro nombre legendario, Arnaldo Orfila; en la tercera, junto con los otros dos impulsores de Alianza, José Ortega Spottorno y Jaime Salinas. Tres casas editoriales de enorme impacto en la intelectualidad de nuestro país, pero solo la última es netamente española. No hay hombre o mujer cultos del año 66 hasta ahora que no se haya formado en buena parte gracias al catálogo de Alianza Editorial. En su trayectoria literaria y de editor Pradera, era su convicción de que una editorial ha de ser una contribución necesaria al desarrollo intelectual del país, de una parte, y vehículo de conocimiento universal de otra; es decir, un constante flujo cultural de ida y vuelta. Al referirse a su labor en FCE escribió: "Aprendí mucho, aprendí la tradición de que los libros no son mercancías, sino bienes culturales. Fondo de Cultura fue y es modelo y paradigma editorial, no sólo por los libros que ha publicado sino, sobre todo, por la forma de comprender la cultura latinoamericana y española". Junto a Fernando Savater, fue director de la revista Claves de la razón práctica. Recibió el Premio Francisco Cerecedo, de la Asociación de Periodistas Europeos, en 1984.

Siempre actuó como un consejero de príncipes, en un discreto segundo plano, aunque de enorme influencia y autoridad, sin desear ni esperar otra cosa que el desempeño de ese papel, siempre atento y a veces próximo, por otra parte, a los lugares de decisión y a los movimientos del poder.

Esa actitud discreta e importante, cultivada como rasgo de carácter, le movió a la labor editorial en sellos que, como hemos señalado, se han grabado en la historia de las luces de este país, legando unos catálogos editoriales que, contemplados desde la distancia del tiempo, parecen concebidos para una sociedad de vanguardias del pensamiento y de ciudadanos ávidos de conocimiento. Y, efectivamente, hubo una época en que ése parecía un destino inexcusable, la identidad oculta de un pueblo, maltratado por circunstancias y errores históricos, al que le había llegado su hora, el momento de restañarlos y conjurarlos de una vez por todas.