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21 enero 2015

El Banco Central Europeo y la financiación de los Estados

Henry Ford, el fundador de la conocida automovilística, comentó una vez: “es bueno que la gente no conozca cómo funciona nuestro sistema bancario y monetario, porque si lo hiciese, creo que habría una revolución antes de mañana por la mañana”. Sin ser tan extremos en las conclusiones que Ford vaticinaba, es cierto que el desconocimiento de cómo funciona, al menos en términos básicos, el sistema bancario y monetario —financiero en definitiva— actual es absoluto. Poco interés de buena parte de la población y conveniencia de quien maneja este entramado por ocultarlo o distorsionar el discurso es lo que motiva en gran medida esta situación. Sin embargo, la simpleza del mecanismo que permite que el dinero circule por la economía y acabe en nuestros bolsillos es absoluta. Nunca algo tan sencillo pareció tan complicado. Por ello, a lo largo de estas líneas intentaremos explicar, aplicado al caso de la Eurozona, cómo funciona todo el entramado monetario y financiero que rodea a la creación de dinero y qué camino sigue hasta llegar a la economía real.

Dinero físico y dinero virtual

Antes de entrar a hablar en detalle del funcionamiento financiero europeo, conviene aclarar previamente ciertas cosas: la primera, que el valor del dinero como tal reside en la confianza que los usuarios de ese dinero le dan al mismo. Si mañana todo el mundo se levantase con la absoluta e inamovible creencia de que el Euro no tiene ningún valor y que la mejor manera de realizar nuestros intercambios es usando gallinas, los euros perderían todo su valor y pasarían a ser unos curiosos objetos con un número por delante y una cara o un monumento por detrás. El valor del dinero existe en tanto en cuanto la sociedad que la utiliza cree firmemente en que ese es el único elemento legal y válido para hacer intercambios y transacciones económicas —dinero fiduciario que se llama—. Tiene un porqué detrás. Esa confianza y la exclusividad como herramienta viene dada por el poder del Estado, que avala tal objeto como portador de valor gracias a su monopolio de la violencia legítima y su capacidad política, económica y militar para mantener ese estatus. Así, en lugares donde el Estado es inexistente, caso de los llamados “estados fallidos”, no es extraño que el dinero que circule sea el emitido por la facción o grupo que controle el lugar. El más fuerte impone su ley, incluyendo la monetaria.
 
Lo segundo que debemos considerar es el hecho de que en el mundo actual el dinero que se mueve es eminentemente virtual y apenas está respaldado por dinero físico —monedas y billetes—. En 2013, por el mundo había dinero circulando por valor de unos 55 billones de dólares —dividido en distintas monedas—, de los cuales unos 5,2 billones eran monedas y billetes. Esto quiere decir que aunque las cifras puedan bailar ligeramente —dinero negro, por ejemplo—, en el mundo hay 10,5 dólares virtuales por cada dólar físico. Además, hay que considerar que esto es una media de todo el mundo. En zonas con una economía más básica y menos dependiente del sistema bancario —el Sur global—, la proporción es más baja, mientras que en las regiones más “financiarizadas” del planeta, la relación supera con creces la proporción de diez a uno. 
 
Al comprar un artículo por internet o al hacer una transferencia nadie duda de que el dinero ha ido de unas manos a otras, y nadie ha tocado una sola moneda. Las transacciones económicas actuales son, cada vez más, movimientos de números entre cuentas bancarias. Simples anotaciones; sumas y restas. El dinero físico se utiliza casi exclusivamente para operaciones cotidianas, y aun así hay elementos como las tarjetas de crédito, dinero plástico que se vale del dinero virtual, que compiten como método de pago. Sin embargo, la percepción generalizada es la de que el dinero físico es mayoritario y casi el intermediario natural en una operación, cuando en absoluto es así y de hecho, cada vez tiene una presencia más marginal a nivel global.