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13 marzo 2015

La vida sin cultura

Quizá lleguemos a ver cómo será la vida sin cultura. De momento ya tenemos indicios de lo que está siendo, paulatinamente, un mundo que ha optado, al parecer, por desembarazarse de la cultura de la palabra pese a poseer índices de alfabetización escolar sin precedentes. Hace poco un editor me comentaba que el problema —o, más bien, el síntoma— no eran los bajos niveles de venta de libros sino la drástica disminución del hábito de la lectura. Si el problema fuera de ventas, decía, con esperar a la recuperación económica sería suficiente; sin embargo, la caída de la lectura, al adquirir continuidad estructural, se convierte en un fenómeno contemporáneo que necesariamente marcará el futuro. El preocupado editor —un buen editor, de buena literatura— añadía que, además, la inmensa mayoría de los libros que se leen son de pésima calidad, desde best sellers prefabricados que avergonzarían a los grandes autores de best sellers tradicionales hasta panfletos de autoayuda que sacarían los colores a los curanderos espirituales de antaño.
 
 
De querer preocupar todavía más al editor, y a los que piensan como él, se podría analizar detenidamente la última encuesta sobre la lectura que hace unas semanas apareció en los medios de comunicación. No sólo un tanto por ciento muy elevado de la población jamás leía un libro sino que se vanagloriaba de tal circunstancia. Para muchos de nuestros contemporáneos la lectura se ha hecho agresivamente superflua e incluso experimentan una cierta incomodidad al ser preguntados al respecto. Dicen no tener tiempo para leer, o que prefieren dedicar su tiempo a otras cosas más útiles y divertidas. Nos encontramos, por tanto, ante una bastante generalizada falta de prestigio social de la lectura que probablemente oculte una incapacidad real para leer. Dicho de otro modo: el acto de leer se ha transformado en un acto altamente dificultoso y, para muchos, imposible. Me refiero, claro está, a leer un texto que vaya más allá de la instrucción de manual, del mensaje breve o del titular de noticia. Me refiero a leer un texto de una cierta complejidad mental que requiera un cierto uso de la memoria y que exija una cierta duración temporal para ir eligiendo en libertad, y en soledad, los distintos caminos ofrecidos por las sucesivas encrucijadas argumentales.
 
El pseudolector actual rehúye las cinco condiciones mínimas inherentes al acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libertad y soledad. Él abomina de lo complejo como algo insoportablemente pesado; desprecia la memoria, para la que ya tenemos nuestras máquinas; no tiene tiempo que perder en vericuetos textuales; no se atreve a elegir libremente en la soledad que, de modo implacable, exige la lectura. En definitiva, nuestro pseudolector actual ha sido alfabetizado en la escuela y, en muchos casos, ha acudido a la universidad, pero no está en condiciones de confrontarse con el legado histórico de la cultura humanista e ilustrada construido a lo largo de más de dos milenios. Este pseudolector —en el que se identifica a la mayoría de nuestros contemporáneos— no puede leer un solo libro verdaderamente significativo de lo que hemos llamado, durante siglos, “cultura”.
 
Quien escuche una opinión semejante rápidamente alegará que hemos sustituido la cultura de la palabra por la cultura de la imagen, el argumento favorito cuando se conversa de estas cuestiones. De ser así, habríamos sustituido la centralidad del acto de leer por la del acto de mirar. Surgen, como es lógico, las nuevas tecnologías, extraordinarias productoras de imágenes, e incluso las vastas muchedumbres que el turismo masivo ha dirigido hacia las salas de los museos de todo el mundo. Esto probaría que el hombre actual, reacio al valor de la palabra, confía su conocimiento al poder de la imagen. Esto es indudable, pero, ¿cuál es la calidad de su mirada? ¿Mira auténticamente? A este respecto, puede hacerse un experimento interesante en los museos a los que se accede con móviles y cámaras fotográficas, que son casi todos por la presión del denominado turismo cultural.
 

 
Les propongo tres ejemplos de obras maestras sometidas al asedio de dicho turismo: La Gioconda en el Museo del Louvre, El nacimiento de Venus en los Uffizi y La Pietà en la Basílica de San Pedro. No intenten acercarse a las obras con detenimiento porque eso es imposible; apóstense, más bien, a un lado y miren a los que tendrían que mirar. La conclusión es fácil: en su mayoría no miran porque únicamente tienen tiempo de observar, unos segundos, a través de su cámara: de posar para hacerse un selfie. Capturadas las imágenes, los ajetreados cazadores vuelven en tropel a la comitiva que desfila por las galerías. ¿Alguien tiene tiempo de pensar en la ambigua ironía de Leonardo, o en la sensualidad de Botticelli, o en el sereno dramatismo de Miguel Ángel? Es más: ¿alguien piensa que tiene que pensar en tales cosas?
 
Paradójicamente, nuestra célebre cultura de la imagen alberga una mirada de baja calidad en la que la velocidad del consumo parece proporcionalmente inverso a la captación del sentido. El experimento en los museos, aun con su componente paródico, ilustra bien la orientación presente del acto de mirar: un acto masivo, permanente, que atraviesa fronteras e intimidades, pero, simultáneamente, un acto superficial, amnésico, que apenas proporciona significado al que mira, si este niega las propiedades que exigiría una mirada profunda y que, de alguna manera, se identifican con los que requiere el acto de leer: complejidad, memoria, lentitud, libre elección desde la libertad. Frente a estas propiedades la mirada idolátrica es un vertiginoso consumo de imágenes que se devoran entre sí. Al adicto a esta mirada, al ciego mirón, le ocurre lo que al pseudolector: tampoco está en condiciones de confrontarse con las imágenes creadas a lo largo de milenios, desde una pintura renacentista a una secuencia de Orson Welles: las mira pero no las ve.
 
De ser cierto esto, la cultura de la imagen no ha sustituido a la cultura de la palabra sino que ambas culturas han quedado aparentemente invalidadas, a los ojos y oídos de muchos, al mismo tiempo. El pseudolector, que ha aceptado que a su alrededor se desvanezcan las palabras, marcha al unísono con el pseudoespectador, que naufraga, satisfecho, en el océano de las imágenes. La casi desaparición del acto de leer y, pese a la abundante materia prima visual, el empobrecimiento del acto de mirar llevan consigo una creciente dificultad para la interrogación. En nuestro escenario actual el espectáculo tiene una apariencia impactante pero las voces que escuchamos son escasamente interrogativas. Y con bastante justificación puede identificarse el oscurecimiento actual de la cultura humanista e ilustrada con nuestra triple incapacidad para leer, mirar e interrogar. Cuando en la última reforma educativa se defiende enfáticamente que la lógica filosófica va a ser sustituida, en la enseñanza escolar, por la “lógica del emprendedor” no hace sino sancionarse el fin de una determinada manera de entender el acceso al conocimiento. Aunque ni siquiera quien ha acuñado esta frase sabe qué diablos significa la “lógica del emprendedor”, aquella sustitución es perfectamente representativa del modo de pensar dominante en la actualidad.
 
El mundo político se ha adaptado sin titubeos al nuevo decorado, expulsando de su retórica cualquier conexión cultural. Esto habría sido imposible en los últimos tres siglos. Pero el mundo político, el que más crudamente expresa las oscilaciones de la oferta y la demanda, no es sino la superficie especular en la que se contemplan los otros mundos, más o menos distorsionadamente. La expulsión de la cultura —o de una determinada cultura: la de la palabra, la de la mirada, la de la interrogación— es un proceso colectivo que afecta a todos los ámbitos, desde los medios de comunicación hasta, paradójicamente, las mismas universidades. No obstante, en ninguno de ellos es tan determinante como en el de los propios ciudadanos, que han dejado de relacionar su libertad con aquella búsqueda de la verdad, el bien y la belleza que caracterizaba la libertad humanista e ilustrada. La utilidad, la apariencia y la posesión parecen, hoy, valores más sólidos en la supuesta conquista de la felicidad.
 
Y puede que sea cierto. Igual la vida sin cultura es mucho más feliz. O puede que no: puede que la vida sin cultura no sea ni siquiera vida sino un pobre simulacro, un juego que sea aburrido jugar.

21 enero 2015

El Banco Central Europeo y la financiación de los Estados

Henry Ford, el fundador de la conocida automovilística, comentó una vez: “es bueno que la gente no conozca cómo funciona nuestro sistema bancario y monetario, porque si lo hiciese, creo que habría una revolución antes de mañana por la mañana”. Sin ser tan extremos en las conclusiones que Ford vaticinaba, es cierto que el desconocimiento de cómo funciona, al menos en términos básicos, el sistema bancario y monetario —financiero en definitiva— actual es absoluto. Poco interés de buena parte de la población y conveniencia de quien maneja este entramado por ocultarlo o distorsionar el discurso es lo que motiva en gran medida esta situación. Sin embargo, la simpleza del mecanismo que permite que el dinero circule por la economía y acabe en nuestros bolsillos es absoluta. Nunca algo tan sencillo pareció tan complicado. Por ello, a lo largo de estas líneas intentaremos explicar, aplicado al caso de la Eurozona, cómo funciona todo el entramado monetario y financiero que rodea a la creación de dinero y qué camino sigue hasta llegar a la economía real.

Dinero físico y dinero virtual

Antes de entrar a hablar en detalle del funcionamiento financiero europeo, conviene aclarar previamente ciertas cosas: la primera, que el valor del dinero como tal reside en la confianza que los usuarios de ese dinero le dan al mismo. Si mañana todo el mundo se levantase con la absoluta e inamovible creencia de que el Euro no tiene ningún valor y que la mejor manera de realizar nuestros intercambios es usando gallinas, los euros perderían todo su valor y pasarían a ser unos curiosos objetos con un número por delante y una cara o un monumento por detrás. El valor del dinero existe en tanto en cuanto la sociedad que la utiliza cree firmemente en que ese es el único elemento legal y válido para hacer intercambios y transacciones económicas —dinero fiduciario que se llama—. Tiene un porqué detrás. Esa confianza y la exclusividad como herramienta viene dada por el poder del Estado, que avala tal objeto como portador de valor gracias a su monopolio de la violencia legítima y su capacidad política, económica y militar para mantener ese estatus. Así, en lugares donde el Estado es inexistente, caso de los llamados “estados fallidos”, no es extraño que el dinero que circule sea el emitido por la facción o grupo que controle el lugar. El más fuerte impone su ley, incluyendo la monetaria.
 
Lo segundo que debemos considerar es el hecho de que en el mundo actual el dinero que se mueve es eminentemente virtual y apenas está respaldado por dinero físico —monedas y billetes—. En 2013, por el mundo había dinero circulando por valor de unos 55 billones de dólares —dividido en distintas monedas—, de los cuales unos 5,2 billones eran monedas y billetes. Esto quiere decir que aunque las cifras puedan bailar ligeramente —dinero negro, por ejemplo—, en el mundo hay 10,5 dólares virtuales por cada dólar físico. Además, hay que considerar que esto es una media de todo el mundo. En zonas con una economía más básica y menos dependiente del sistema bancario —el Sur global—, la proporción es más baja, mientras que en las regiones más “financiarizadas” del planeta, la relación supera con creces la proporción de diez a uno. 
 
Al comprar un artículo por internet o al hacer una transferencia nadie duda de que el dinero ha ido de unas manos a otras, y nadie ha tocado una sola moneda. Las transacciones económicas actuales son, cada vez más, movimientos de números entre cuentas bancarias. Simples anotaciones; sumas y restas. El dinero físico se utiliza casi exclusivamente para operaciones cotidianas, y aun así hay elementos como las tarjetas de crédito, dinero plástico que se vale del dinero virtual, que compiten como método de pago. Sin embargo, la percepción generalizada es la de que el dinero físico es mayoritario y casi el intermediario natural en una operación, cuando en absoluto es así y de hecho, cada vez tiene una presencia más marginal a nivel global.

31 diciembre 2014

Bienvenido Mr. Putin

...a la guerra económica

Cuando Vladimir Putin, presidente de Rusia, decidió intervenir en el conflicto ucraniano otorgando apoyo logístico y armamentístico a los rebeldes del este del país, probablemente lo hizo considerando las posibles consecuencias de su acción en el corto, medio y largo plazo, además de en clave local y regional. Llegaría a la conclusión de que, salvo intervención de Moscú, Ucrania, no sin pocas dificultades, vencería a los rebeldes prorrusos, perdiendo así la neutralidad de un país estratégico en el statu quo entre Rusia y el occidente europeo. Igualmente consideraría la debilidad política de la Unión Europea, enfrascada en pulsos internos y con una crisis económica cuya resolución es la prioridad absoluta de Bruselas, por lo que salvo enérgicas condenas y ayudas testimoniales a Kiev, su capacidad de respuesta iba a ser bastante limitada. Tampoco vería excesivo peligro en el papel de la OTAN, una organización político-militar que dada su orientación defensiva y las escasas capacidades ofensivas que presenta, poco iba a enturbiar la actuación rusa en suelo ucraniano.

Ni siquiera Estados Unidos le podía suponer un problema; enfrascado en un Oriente Medio que se desmorona por momentos, la importancia de Ucrania en la política exterior de Washington era nula. Si todo no marchaba según lo previsto, Rusia siempre podría jugar la carta de cortarle el gas a Europa, una frase que pone firme a todo el continente de inmediato. Así, el saldo entre ventajas e inconvenientes era claramente favorable a una intervención en el país vecino.

Una de las primeras maniobras, y claramente la más directa y arriesgada, fue la ocupación de la península de Crimea por tropas rusas en febrero de 2014, seguida al mes siguiente de un referéndum sobre la integración de la región a la Federación Rusa, cuyo resultado fue favorable a ello. Sin que se produjese combate alguno, Putin añadía otro episodio a la lista de éxitos de su particular realpolitik, iniciada con éxito en los años noventa en el Cáucaso. La reacción occidental a esta maniobra fue la esperada: condenas, declaraciones reprobatorias y la negativa a reconocer tal anexión —algo que tampoco reconoce la ONU y que desde el punto de vista del Derecho Internacional es un hecho ilegal—. La continuación de la política del apaciguamiento.

Con este error sobre sus espaldas, el pulso entre Rusia y sus adversarios ha pasado de una Blitzkrieg rusa a un camino muy cuesta arriba que por poco ha acabado en bancarrota para Moscú. Sin duda, el mayor interrogante actual para la potencia de los Urales es si continuar insistiendo en su política sobre Ucrania y para con la Unión Europea y arriesgarse a seguir recibiendo certeros disparos sobre su economía o dar un paso atrás y esperar que los dioses financieros sean clementes con el país.

El inicio de esta guerra —económica— tuvo más un carácter político que estrictamente económico. Los primeros movimientos se encaminaron más a tantear y advertir al adversario que a desvelar las cartas. Una escalada en el conflicto económico podía tener efectos tan perjudiciales como una guerra convencional, por lo que si se atajaba antes de llegar a cierta fase crítica, ambas partes se ahorrarían muchos disgustos.

Así, las primeras medidas de castigo provenientes de la UE y EEUU hacia Rusia se produjeron al poco tiempo de la anexión de Crimea. Algunos altos funcionarios rusos veían congeladas sus cuentas y activos en territorio comunitario y estadounidense, una medida dirigida a la élite del Kremlin que se podría considerar como justa al no castigar así a la población rusa pero enormemente ineficaz y sin coste político alguno para las altas esferas de la Federación.

Sin embargo, la medida realmente dolorosa provino del G7, que decidió a última hora excluir a Rusia de un encuentro en la ciudad de Sochi y trasladar la reunión a Bruselas. Se jugaba pues la baza de aislar internacionalmente a Rusia, algo que sí suele tener un alto coste político y económico, más aún para el gigante euroasiático, con aspiraciones de potencia global. Aun así, no era suficiente. Los beneficios para Rusia todavía eran bastante más altos que los costes por mantener el apoyo a los rebeldes prorrusos que se habían hecho fuertes en el este del país, en las regiones de Donetsk y Lugansk.

Por aquel entonces, Putin ganaba tiempo con discursos llamando al diálogo entre las partes en conflicto, y mensajes cordiales hacia el entendimiento con la UE. Tiempo era lo único que necesitaba, esperando que Ucrania colapsara o que el conflicto llegase a tal punto muerto que se aceptase la influencia rusa sobre el este del país. Sin embargo, en la zona atlántica también eran conocedores de este hecho, y al contrario que Rusia, tiempo es precisamente lo que no tenían.

A finales de abril de 2014, Estados Unidos y la UE volvieron a mover ficha para presionar a Rusia. Se ampliaron las sanciones contra altos funcionarios, y Washington impuso limitaciones a la exportación de alta tecnología a Rusia. Una vuelta de tuerca al conflicto económico, que pasaba de las sanciones personales a sanciones comerciales.

   No favoreció al entendimiento el hecho de que aunque Putin apoyase las elecciones presidenciales ucranianas del 25 de mayo y pidiese a los rebeldes que aplazasen su consulta independentista del día 11 de ese mismo mes, estos hiciesen caso omiso de Moscú. Esto ponía al presidente ruso en una delicada posición; o retirar el apoyo a las milicias prorrusas, lo que suponía destruir gran parte del éxito del modus operandi de la influencia rusa en las exrepúblicas soviéticas o reafirmarse en el apoyo a los rebeldes, lo que enconaba la tensión con el resto de Europa. Putin se encontraba encadenado a una situación que pretendía controlar, algo que no es nada agradable para una persona de su visión y estilo político.

   Mientras la guerra arreciaba en Ucrania, Bruselas y Washington volvían a apostar un poco más fuerte. A finales de julio se decidía sancionar a importantes empresas rusas, en especial bancos y corporaciones energéticas, cerrando el grifo de la financiación. Las empresas Gazprom o Rosneft se veían seriamente perjudicadas por esta decisión, puesto que la facilidad de financiación en Europa es mucho mayor que la existente en Rusia. Los costes empezaban a aumentar peligrosamente para Moscú mientras la guerra permanecía empantanada y el país se acercaba peligrosamente a la recesión. El factor tiempo empezaba a dejar de ser un aliado para convertirse en una molestia.

   Tampoco Rusia iba a quedarse de brazos cruzados mientras desde el oeste le presionaban más y más. Había aplicado sanciones contra algunos funcionarios norteamericanos, pero no había ido más allá. Sin embargo, en agosto decidió apuntar a una flaqueza económica, social y política de la Unión: la política agraria. Así, el 6 de agosto, Putin ordena suspender las importaciones de productos ganaderos, hortalizas, pescado y leche entre otros de todos aquellos países que habían impuesto sanciones contra su país. Además de la UE y Estados Unidos, esta medida se extendía a países como Australia, Canadá o Noruega, si bien la zona comunitaria fue —y es todavía— la más afectada.

Embargo Rusia alimentos

Pérdidas de miles de millones para la agricultura europea fueron las consecuencias inmediatas de la decisión rusa dada la condición del producto y la imposibilidad de encontrar mercados, ya que la agricultura europea es poco competitiva, de ahí que esté tan protegida por la Unión. Putin había esperado para devolver el golpe, pero este había sido certero y dañino. Parecía que Rusia también sabía cómo jugar a este tipo de guerra.

Tocada y casi hundida

13 diciembre 2014

Alemania, la hegemonía sobre Europa


Una victoria en 2005 y sendas reelecciones en 2009 y 2013 han convertido a Angela Merkel en uno de los líderes europeos actuales más longevos en el cargo. Al mérito de haber superado exitosamente tres citas electorales se le añade el hecho de que dos de ellas han sido durante una de las crisis económicas más profundas que Europa ha sufrido en décadas.

Sus inicios fueron agridulces. La situación de la economía alemana a su llegada al cargo en 2005 era mala, con un paro elevado y un bajo crecimiento. Sin embargo, las expectativas sobre el futuro eran más favorables. Lo más difícil ya lo había hecho su antecesor Schröder con la Agenda 2010, un plan que Merkel reconoció como positivo para Alemania al llegar a la cancillería. El país encontraría gracias a este plan su nuevo rumbo y su lugar dentro de la economía internacional, pero sus efectos se han demostrado una década después incompatibles con el desarrollo general tanto de la Eurozona como de la Unión Europea. Y es que la cara del modelo germano es la cruz de muchos países comunitarios.

Comienza el desequilibrio




Uno de los logros de la Agenda 2010 había sido, desde el punto de vista macroeconómico y empresarial, la paulatina reducción de costes laborales dentro de las fronteras alemanas. Cuando Merkel  llega al poder esta tendencia continúa, y dado el apego que desde el partido democristiano CDU/CSU se le tenía a la hoja de ruta que el SPD había iniciado con la Agenda 2010, no iba a ser ella quien la detuviese. El objetivo era sacar a Alemania del bajo crecimiento, así como reintegrar nuevamente a la economía productiva a los millones de parados que se habían ido generando desde la reunificación alemana; la manera, fomentando la exportación de bienes, especialmente a países de la zona euro, ya que gracias a la competitividad ganada en los últimos años mediante los ajustes laborales, las empresas alemanas habían mejorado enormemente su posición en el mercado internacional y sus productos tenían mejor salida. Además, la medida era doblemente efectiva, ya que desde la entrada en circulación de la moneda única los países de la Eurozona habían perdido la herramienta monetaria para ganar en competitividad devaluando sus monedas. Ahora decidía el Banco Central Europeo por todas.


Así, la estrategia de austeridad mas la ya plenamente integrada política de I+D en las empresas alemanas, permitió al país mantener un modelo basado principalmente en la industria tecnológica y de bienes de equipo altamente competitiva a la vez que aguantar el tirón de la deslocalización hacia Europa del este —Polonia, República Checa o Rumanía— y los productos más baratos de otras economías como China. De hecho, entre los años 2003 y 2008, el mayor exportador global de bienes fue Alemania. A partir de ese año quedó superada por la potencia asiática y Estados Unidos, aunque de momento mantiene un liderazgo indiscutible en Europa.

La cuestión es que ese modelo de fomento de la exportación en detrimento del mercado interior fue creando año tras año mayores desequilibrios en las balanzas comerciales con otros países. Desde la teoría, lo ideal es que los saldos comerciales entre países estén compensados y, en caso de que en algún momento haya desequilibrios, estos no se alarguen demasiado en el tiempo. Sin embargo, el ejemplo alemán se aleja bastante del óptimo. Año tras año exportaba por mucho más valor de lo que importaba a pesar de comerciar prácticamente con los mismos tipos de artículos —aquí entra el valor añadido y la calidad de los productos alemanes—. Así, los estados que no pudieron compensar sus desequilibrios con Alemania exportando la diferencia a terceros países, tuvieron que recurrir al endeudamiento para suplir ese desequilibrio y aunque durante la primera década del siglo XXI los países comunitarios, especialmente los de la periferia europea, tenían un endeudamiento público bajo, el privado empezó a aumentar a un ritmo considerable. Cabe destacar además que salvo Alemania, pocos países de la Unión Europea tienen saldos comerciales positivos por una afección habitual en las economías desarrolladas: dificultad para vender sus productos en el exterior —a veces causado por la baja competitividad— y las masivas importaciones de materias primas o productos baratos de otros países. Por tanto, y a pesar de que por aquellos años Alemania estuviese encantada con su situación comercial, estaba obligando a bastantes economías europeas a endeudarse para seguir comprando productos alemanes. Miles de millones de euros iban agrandando año tras año un enorme agujero comercial que casi se tornaba en espiral ya que pocos países, por no decir ninguno, podían hacer el esfuerzo competitivo necesario para atajar su déficit con Alemania.

Sin embargo, entre el comienzo del nuevo milenio y el estallido de la crisis, Alemania era problema y también solución. Gracias al euro, la libertad de movimiento de capitales —entre otras cosas—, el superávit comercial y los buenos resultados empresariales que los germanos cosechaban, los desequilibrios que otros países tenían con los teutones fueron financiados en gran medida por los bancos alemanes, además de empezar a invertir ingentes cantidades de dinero en la pujante periferia europea, caso de Irlanda, España o Grecia. Así pues, todo quedaba en casa. Las economías europeas podían seguir comprando masivamente a Alemania ya que esta dejaba pagarlo cómodamente a plazos, mientras que las cada vez mayores cantidades de capital que industrias y bancos germanos acumulaban buscaban destino con impaciencia al ser su país un mercado saturado y sin rentabilidad ninguna. Miles de millones de euros alemanes fueron a parar al entonces boyante sector español de la construcción, a la Irlanda bautizada como “tigre  celta” o a la Grecia renacida con los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004. Hasta 2008, todo aquello fue un aparente win-win sin fin. Sin embargo, la burbuja que la barra libre de financiación alemana y la adicción que esta había creado en buena parte de la Unión era considerable. Y ninguno estaba preparado para que la fiesta terminase.

Berlín, capital europea de facto



El eje París-Berlín ha sido fundamental dentro de la construcción europea. Incluso integrando otros núcleos de poder más periféricos como Londres, Roma o Madrid, la Unión tuvo durante algunas décadas una repartición de poder algo más descentralizada. Sin embargo, la llegada de Merkel a la cancillería alemana ha puesto de relieve que Berlín ha de ser un centro, por no decir el centro, indiscutible.

El hábil juego de la política exterior alemana en los últimos tiempos ha sido enormemente fructífero para ellos y en gran medida también para la Unión. Schröder tuvo que hilar fino con las relaciones transatlánticas, ya que aunque Alemania participó en la invasión de Afganistán en el marco de la lucha contra los talibanes, rehusó colaborar en la similar operación en Irak en 2003, lo que tambaleó sus relaciones con Estados Unidos y parte de los socios europeos. Sin embargo, la entonces vocación pacifista del país se ha reconocido a largo plazo como positiva para Alemania, ya que evitó participar en el desastre que se ha convertido Irak y ahuyentó los fantasmas que podían quedar sobre el país germano respecto a su belicosidad.

Sin embargo, este desencuentro entre Berlín y Washington permitió a Alemania seguir fomentando su Ostpolitik. La expansión de la comunidad europea hacia el este en 2004 supuso un desplazamiento del centro de gravedad político de la Unión desde la zona atlántica hacia la región centroeuropea. Y de los beneficiados, además de los nuevos integrantes, Alemania era de los principales. Ganaba países vecinos a su causa política, eliminaba trabas económicas y comerciales entre los nuevos adheridos y su país y sobre todo, aparecían nuevos territorios mucho más competitivos sobre los que deslocalizar parte de la producción industrial y de servicios alemana, que a su vez estaba geográficamente próxima a la propia Alemania. Y eso sin contar con los crecientes flujos migratorios que acudían al país germano gracias a la libertad de movimiento de personas, algo que se traducía en mano de obra barata y cualificada.

En igual medida, y aquí viene uno de los grandes valores añadidos políticos de Alemania, es la sintonía entre Berlín y Moscú. A pesar de la aparente enemistad que separa la Europa occidental de Rusia, la confianza existente entre Putin y en especial Merkel es absoluta. Líderes pragmáticos y con un sentido de estado considerable, ambos presidentes han construido otro de los ejes vertebradores del continente, el nexo entre el oeste y el este europeo. Aunque no es una relación que se airee demasiado, la importancia del gas y el petróleo ruso para el oeste, así como la maquinaria europea para el este son de vital importancia. Y ambos saben lo que se juegan. Como dato, durante el año 2014 —especialmente duro en las relaciones UE-Rusia— Putin ha hablado por teléfono con Merkel en 35 ocasiones; con Obama sólo 10.

De puertas para adentro, Alemania también ha proyectado su poder sobre las estructuras comunitarias. Hasta la llegada de la crisis en 2008, sus mayores esfuerzos estaban encaminados a que desde el BCE se controlase la inflación —único objetivo de la institución— para mantener estables los precios y mantener así la competitividad. Sin embargo, con el estallido de la crisis, su posición dominante se ha extendido a otras estructuras comunitarias dada la inacción de las instituciones comunitarias y descoordinación del resto de socios europeos, especialmente Francia. Así pues, por voluntad propia u obligada por las circunstancias, Alemania se ha erigido como guardián de la construcción europea, faro del progreso y látigo de la díscola periferia comunitaria.

Una crisis y muchos dilemas


En términos generales, tanto en Alemania como en buena parte de Europa se tiene una visión sentimental y sesgada de los porqués de la crisis continental. Independientemente de que gran número de los alemanes crea que la periferia europea está de fiesta, no  trabaja y sean vagos por naturaleza, el gobierno germano no se rige por esa visión. No obstante, es una buena cortina de humo, como así demostraron los arrolladores resultados del CDU/CSU en las elecciones de 2013. Simplemente, lo que Alemania lleva haciendo desde 2008 es defender sus intereses en el sentido más amplio. El desequilibrio generado por su agresiva política comercial ha llegado a ser tan grande y su facilidad crediticia ha sido tan alegre que ellos mismos han acabado siendo rehenes de su éxito. En este sentido, crearon tales interdependencias con tantos países europeos que han acabado encadenados al destino de estos, por lo que la caída de uno significa que Alemania puede ser arrastrada detrás. Y aunque es evidente que los alemanes no quieren caer por culpa de otros, Europa tampoco se puede permitir que su locomotora económica se debilite.

El fin de fiesta de la periferia europea ha despertado del sueño a numerosas empresas de Alemania, especialmente sus bancos. Se han encontrado con miles de millones de euros comprometidos en dudosas y peligrosas inversiones —incluyendo deuda soberana— que pueden no retornar a manos alemanas, generando un dominó que afectaría igualmente y de manera grave a la economía germana. Los rescates en Grecia, Irlanda, Portugal y España siguen esta lógica, apoyada por la necesidad del BCE de evitar que todo el entramado económico comunitario se hunda. El interés alemán en estas operaciones es, en un primer momento, recuperar todo o gran parte del dinero invertido, algo difícil en países con unos niveles de endeudamiento público y privado tan altos. Para ello, han recomendado encarecidamente seguir las recetas que ellos aplicaron cuando su situación era aparentemente la misma que la europea actual —bajo crecimiento y alto desempleo—: austeridad y devaluación interna. Rescatar la Agenda 2010 y hacer una versión extendida de la misma. Bajo esta lógica, el adelgazamiento del gasto público estatal y promover medidas flexibilizadoras del mercado laboral permitirán la devaluación interna del país, que unida a la inyección de capitales procedente del BCE, debería servir para la recuperación de los países comunitarios en crisis.

Sin embargo, las recomendaciones alemanas están lejos de seguir el altruismo. Alemania necesita irremediablemente que los socios europeos se recuperen económicamente. Si bien es cierto que la UE no puede subsistir sin Alemania, lo es igualmente que la economía alemana necesita del resto de las europeas para seguir funcionando. El persistente mensaje de austeridad y devaluación ha acabado calando en la troika europea —Comisión Europea, BCE y Fondo Monetario Internacional—. Para los dos primeros pesa más la influencia alemana en sus instituciones que la idoneidad de las medidas; para el FMI, imbuido desde hace décadas de una perspectiva neoliberal, se ajusta perfectamente a su visión.

Sin ser menos cierto que muchas economías europeas necesitan ganar en competitividad de cara al futuro, esto se está haciendo a base de destruir la demanda interna de los países al empobrecer a la población. Alemania necesita que los socios europeos vuelvan a comprar sus exportaciones, pero estos no lo pueden hacer siguiendo las recetas alemanas, ya que se debilita su economía y su capacidad de compra. Además, en ese periplo devaluativo, al ganar en competitividad exterior, incluso pueden desplazar en el mercado a los productos alemanes. Un terrible círculo donde no se tiene claro en qué punto está la salida.

Con el tiempo, la fe depositada en Alemania y su líder se desvanece. Al descontento surgido en el sur europeo se le ha ido sumando la poca colaboración del presidente francés Hollande una vez sustituye a Sarkozy en el Elíseo —aunque no haya hecho de verdadero contrapoder— y en los últimos tiempos, el hartazgo del BCE de seguir recibiendo órdenes de Berlín y del Bundesbank. Así, tarde, pero todavía a tiempo, el sector que exige en la UE otra forma de hacer las cosas, distinta “a la alemana”, gana terreno, mientras que los germanos cada vez se ven más arrinconados y sin que sus planes de reordenar la economía europea y su construcción política hayan salido como tenían previsto.

10 diciembre 2014

Neoliberalismo, Globalización y Antiglobalización



El cuerpo doctrinario conocido como liberalismo surge en el siglo XVIII, de la mano de su teórico más importante, Adam Smith. Surge como un cuestionamiento de las restricciones feudales al comercio y la producción, crítica económica al patrimonialismo y a las barreras para la libertad de intercambio de trabajo por salarios, impulsó la transformación de la producción simple en acumulación y lo amplia a capital. En el combate de las limitaciones que el feudalismo imponía al desarrollo de las fuerzas productivas, el liberalismo cumplió funciones revolucionarias en un sentido amplio, si bien con consecuencias nefastas para las explotaciones agrícolas de auto-consumo, a las que expulsó de los campos para convertirlas en proletarios y de las masas de las colonias y semicolonias que contribuyeron con su sudor y sangre a la acumulación originaria o primitiva del capital.

Adam Smith

El liberalismo fue la ideología dominante en los países de desarrollo industrial temprano, con Inglaterra como ejemplo clásico de imperio dominante liberal; sin embargo, fue resistido por las naciones de despegue industrial tardío, como EE.UU., Alemania, Japón, que impulsaron políticas proteccionistas y de impulsó al consumo y mercados internos, desarrollando y ampliando la industrialización y la masificación del mercado interno por medio del trabajo asalariado. Más adelante, en la década de los 60 y los 70 en países de Asia seguirán el mismo camino.

La resistencia al auge del Keynesianismo se organiza en torno a las instituciones educativas como: la Universidad de Chicago, el London School of Economics y el Instituto Universitario de Altos Estudios Internacionales de Ginebra. Dada la entrada del capitalismo en su “edad de oro” los argumentos por la implantación de un capitalismo duro y libre de reglas, no encuentran un eco muy amplio, sus argumentos acerca de los valores positivos de la desigualdad social y el desempleo estructural, sonaban solamente en círculos reaccionarios muy limitados. Otras influencias derivan de la admiración por el Maltusianismo y el social darwinismo, ambos del siglo XIX.

En un clásico del pensamiento neoliberal, “el camino de la servidumbre” de Von Hayek define: “es la sumisión del hombre a las fuerzas impersonales del mercado la que, en el pasado, me hizo posible el desarrollo de una civilización, que sin ello no habría podido desarrollarse; es mediante esta sumisión como participamos cotidianamente en la construcción de algo más grande de lo que todos nosotros podemos comprender plenamente”.

Los ejes del pensamiento neoliberal, como vemos se expresan en la sumisión “a las fuerzas impersonales del mercado”, considerando toda lucha como una rebelión contra “un sistema de coordinación neutro, impersonal, benéfico universalmente y que traduce un conjunto de mecanismo que funcionan espontáneamente”. No existe racionalidad posible frente a algo más grande de lo que todos podemos comprender plenamente, o más bien, permite cualquier irracionalidad e inhumanidad como producto.

Características principales del neoliberalismo

   En lo económico:


·    Libertad absoluta de mercados: limitando la reglamentación e intervención estatal al mínimo, desregulando los mercados en especial el financiero, e impulsando el abandono de criterios de sustentabilidad ecológica a favor de criterios de rentabilidad.

·      Privatización o liquidación de los servicios y monopolios estatales.

·  Intervención sobre las variables macroeconómicas para evitar déficits  presupuestarios y comerciales, reducción de inversiones sociales.

·   Contención de los salarios en busca de un competitividad internacional y aumentar la tasa de ganancia del capital.

·     Contrarreforma fiscal, aumentando los impuestos indirectos, principalmente sobre el consumo (IVA) y disminuyendo los directos sobre los ingresos altos; promoción de políticas fiscales atractivas para el capital financiero internacional especulativo.

·      Promoción del comercio orientado hacia las exportaciones.

   En lo ideológico:

·    Mercantilización de derecho y conquistas de los trabajadores; conversión de los mismos en bienes y servicios a ser adquiridos en el mercado. La salud, la educación, y el seguro social, dejan de ser derechos indiscutibles de la dimensión humana y se convierten en mercancías, al margen de las funciones estatales.

·   Identificación de lo estatal con todo lo malo, corrupto e ineficiente y al  mercado con lo eficiente y bueno.

·   Imposición de un sentido común neoliberal, con gran penetración en las masas, apuntalada por la liquidación de todo pensamiento alternativo en los grandes medios de comunicación y por una paralela de la contracultura revolucionaria.

·    Al mismo tiempo, potenció en el seno de las organizaciones populares y de izquierda a la corriente posibilista, que no encuentra alternativa alguna y se convierte en portavoz del pragmatismo derrotista que no vislumbra nada fuera de la atenuación de los rasgos externos de la política neoliberal.

·  Desarrolla una esfera del consumo virtual, a través de la televisión fundamentalmente, donde su carácter simbólico no disminuye su capacidad de legitimar al neoliberalismo como sistema de vida y reproducción de las relaciones sociales.

·     Caracterización como utópica de toda opción de organización social diferente y alternativa.

   Efectos del liberalismo en las sociedades:

·     Los individuos se manejan competitivamente en la búsqueda de maximizar su producto. Sin embargo, la realidad social, económica y política muestra que los que confluyen en el mercado, se agrupan en torno a intereses de clase y que la opción por las políticas refleja correlaciones de fuerzas entre la clases y fracciones de éstas. Son los capitalistas organizados en corporaciones e instituciones internacionales los que mandan sobre el mercado.

·     La intervención estatal ha cambiado de signo, no ha desaparecido; los estados intervienen para privatizar, antes que para nacionalizar, intervienen para socializar las deudas de los banqueros repartiendo sobre toda la población al rescate de los ahorradores defraudados. Sin ningún pudor, intervienen para entregar los fondos del IPS a la patronal industrial, a tasas por debajo de la media del mercado y sin garantías reales que garanticen su devolución. 

·   Actúan contra las huelgas y tomas de tierra, interviniendo a favor de la patronal o los latifundistas, consistiendo la actuación de grupos parapoliciales y paramilitares contra los luchadores populares y sus organizaciones.

·      La desregulación se traslado de protagonistas. De regular para la sociedad, se regula para los sectores afines empresariales y contra los trabajadores y campesinos. Se limita el consumo local para priorizar el despegue de los sectores agroexportadoras. La regulación del FMI, Banco Mundial y otras dependencias del imperialismo acrecientan su control sobre el espacio local.

·    La privatización no liquida los monopolios, solo los cambios de signo; de público a privado, frecuentemente, en procesos viciados con características de corrupción y arreglos para privatizar a favor de los amigos.

·      Cambios violentos en la restructuración de la clase trabajadora, dislocando a la misma en fracciones y segmentos polarizados.

·  Merecen una especial mención especial los jóvenes y las mujeres que constituyen los sectores más golpeados por el martillo neoliberal, y con índices de desempleo muy duros.

La globalización


El proceso de la globalización no es nuevo en los análisis marxistas. Ya en los principios de su actividad, Marx y Engels señalaban el carácter eminentemente internacional del proceso de formación y reproducción de capital. En palabras del Manifiesto Comunista: “espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a los productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar todas las partes, establecerse en toas partes, crear vínculos en todas partes”.
“Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materia prima indígena, sino materia original venida de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no solo se consumen en le propio país, sino en todas las partes del globo”.
“… Se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la intelectual… en una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza”.
Las consecuencias de la globalización, entendida como un proceso que profundiza las fases anteriores del desarrollo capitalista y que, adicionalmente, deslocaliza y simplifica los procesos productivos, no son otras que aquellas que ya Marx veía como consecuencia de la Ley General de Acumulación Capitalista. Por otra parte, la concentración y centralización del capital. Y por último, la proliferación de quienes viven en la más abyecta miseria material y espiritual, lo único que a nivel planetario y con descomunal deterioro del ecosistema.

Karl Marx
Karl Marx
Al revisar la historia de la humanidad, se ve que la ampliación de los mercados, ya sea por el pillaje abierto o disfrazado de apertura mercantil, se inicia vigorosamente con el desembarco de las potencias europeas en América. Se toma un gran empuje con la revolución industrial y los avances tecnológicos debidos a la invención del motor de vapor, que impulsaría el auge de los ferrocarriles y los grandes cargueros movidos por éste. Asociado al fenomenal impulso de los medios de transporte, se produce un auge sin precedentes del comercio entre las nacientes naciones imperialistas.

La siguiente fase fue impulsada por el motor de combustión interna, que provoco el auge del automóvil y la definitiva globalización de la revolución de los transportes de masas. Este proceso de internacionalización sufrió un estancamiento prolongado con la crisis de los años 30 y fue retomada con menos fuerza después de la II Guerra Mundial.

Ahora bien, para captar mejor el fenómeno, es preciso profundizar un poco más en las fases de desarrollo del capital. Como ya se señalo, en la segunda fase se internacionalizó el capital comercial. En la tercera, a la que Lenin llamó imperialismo o fase superior a la internacionalización del capital comercial se sumo la del capital financiero, comprendido por Lenin como la fusión de los capitales bancario e industrial. Esta fusión se manifestó en la inversión directa e indirecta, en distintos países.

La fase actual se caracteriza por la profundización de las fases anteriores y la deslocalización de los procesos productivos industriales ya fragmentados, para disminuir los costos de las materias primas y auxiliares y la mano de obra, sacrificando a su vez la menor ganancia posible vía impuestos.

Todo ello, acompañado por un proceso revolucionario colosal y veloz en la composición organizada del capital y los medios de comunicación. Es evidente que el proceso se acelera bruscamente a partir de los 80, y que la caída del bloque soviético, los avances hacia la liberalización de China, Vietnam y otros estados anteriormente no vinculados profunda y abiertamente al mercado capitalista global, ha dado un impulso fundamental a esta tendencia.

Pero en lo fundamental, el discurso de los “globalitarios” apunta a construir una suerte de realidad virtual: la absoluta inviabilidad de cualquier opción por fuera de las leyes neoliberales de la globalización en marcha. Es lo que los franceses denominan “pensamiento único” y que algunos sectores de la izquierda reformista están adoptando en forma absolutamente acrítica con respecto al proceso histórico-social real del capitalismo contemporáneo. El mito neoliberal de la globalización apunta hacia el carácter supuestamente inexorable e inescrutable de la globalización, esconde las responsabilidades concretas de los gobiernos y las clases dominantes, en los desastres sociales que sus políticas producen y se convierte en medio de justificación ante las masas.

Características de la globalización


Los elementos fundamentales se caracterizan y diferencia a esta situación, de la mera aceleración de la internacionalización y marcan el surgimiento de un nuevo modo de restructuración de la economía mundial son los siguientes:

·  Expansión capitalista a escala realmente planetaria, cubriendo efectivamente, de una manera u otra, todas las formaciones sociales. Globalización tanto de la esfera de la producción como de la comercialización, yendo mas allá, “de la simple yuxtaposición de mercados nacionales, a la unificación efectiva del mercado mundial, y éste como horizonte natural, de las grandes transnacionales”. (Husson 1994)

·  Constitución de bloques regionales supranacionales en niveles desconocidos hasta ahora, donde veremos que el movimiento transversal de la comunicación, es acompañado, de reestructuraciones verticales de las economías regionales en torno a tres polos: EE.UU., Europa y Japón.

·      Surgimiento de compañías totalmente mundializadas, que actúan a partir de una base planetaria de desarrollo, producción y distribución de sus productos y servicios. (Petrella 1989)

·      Crecimiento de los procesos de mundialización sin una simultánea aparición de organismos supranacionales de regulación. El refuerzo de instituciones supranaciones se ve rebasado por lo hechos. El FMI, el Banco Mundial, la OMC y estructuras menos formalizadas cumplen funciones crecientes de ordenamiento de los procesos globales, como demuestran sus actuaciones frente a la crisis de la bolsa de octubre del 87, la guerra del golfo, las crisis mexicanas del 82 y la del 95. Esta coordinación de esfuerzos del imperialismo, no elimina las contradicciones internas, por lo que es difícil coincidir con las tesis del Ultraimperialismo, que pretende que las potencias imperialistas están regidas por un solo centro decisorio. En ese marco se inscriben las pensiones entre MERCOSUR y NAFTA.

·      Los flujos financieros se desplazan con absoluta libertad y facilidad. Este mercado mundial de capital-dinero se ha constituido a través del proceso de internacionalización progresiva del capital, y ha tenido un salto cualitativo excepcional con el proceso de globalización. Su característica principal se da en el hecho de que una masa creciente de rentas fructifica, independientemente de la utilización de un factor productivo directo, sea en forma de capital productivo, trabajo o tierra.

·      Revolución tecnológica e informática.

·      El carácter predominante de la cultura de la imagen por encima de la palabra escrita, que marca una revolución en sí misma, controlada por un sector monopolístico muy concentrado, es impulsado a su vez por el carácter inmaterial que va adquiriendo la producción de mercancías, donde los costos de investigación de mercados, diseño, desarrollo de producto y marketing son una parte cada vez más dominante de los costos de las mercancías.

Estas son algunas de las características de esta nueva fase del capitalismo, contrario sensu de las opiniones de sus apologistas. La misma no implica el fin de la historia, ni mucho menos de la lucha de clases; marca una inflexión en el desarrollo del capital, que se debe encarar con herramientas apropiadas para darle una respuesta con contenido transformador, que aprovechando el desarrollo de las fuerzas productivas que la misma libera, ponga limites a su carácter de clase.

La globalización se interrelaciona con el neoliberalismo y ambas forman parte de una contraofensiva del capital a nivel global, intenta construir una nueva relación entre el capital y el trabajo en todos los terrenos, social, político y económico.

Antiglobalización

El movimiento antiglobalización, es un amplio conjunto de movimientos sociales formado por activistas provenientes de distintas corrientes políticas, que a finales del siglo XX convergieron en la critica social al denominado pensamiento único y a la globalización. Acusan a este proceso de que, mientras beneficia a las multinacionales y a los países más ricos, acentúa la precarización del trabajo, consolida un modelo de desarrollo económico injusto e insostenible, y socava la capacidad democrática de los estados, entre otros aspectos negativos. Generalmente, los activistas y simpatizantes mantienen una ideología izquierdista, contraria al liberalismo económico (economía de mercado y comercio libre). Existe cierta controversia sobre el término que define este movimiento. Sus partidarios prefieren el término “altermundismo” o “alterglobalización” para evitar definirse por opción y porque el termino “antiglobalización” daría una imagen imprecisa y negativa. El nombre altermundismo viene precisamente del lema “Otro mundo es posible”, nacido en el Foro Social Mundial, que cada año reúne a movimientos sociales de izquierda política internacional.

Características del movimiento antiglobalización

En el contexto de la crisis del “socialismo real”, el movimiento altermundista es un movimiento contestatario de carácter mundial y constituye una respuesta de la izquierda a la fata de representación y a la globalización neoliberal. Si bien el movimiento antiglobalización ha sido perpetrado por elementos contrarios a la revolución y está yendo hacia el reformismo, no es menos cierto que ha logrado éxitos, como las cumbres sin acuerdos, la no implementación del ALCA, etc. Pero es necesario, como inclusive se ha llegado a reconocer en los Manifiestos del Movimiento de Resistencia Global, que la lucha sistemática a través de un trabajo continuado y a largo plazo, con abandono de las dinámicas tradicionales de acción que lo han caracterizado hasta ahora.

Este movimiento contempla en su programa puntos muy interesantes, como poner fin al terrorismo del Estado, el retiro de las tropas de ocupación de Irak, la solución pacífica al conflicto Palestino-Israelí, reducción de los gastos militares, la prohibición de las armas de destrucción masiva, el cumplimiento por su parte de los Estados Unidos y sus aliados de la Carta de las Naciones Unidas.

También hay consenso en cuanto a la exigencia de la supremacía de los Derechos Humanos por encima de los Tratados Comerciales, el reclamo de los Derechos de las Comunidades a la tierra, el agua, los bosques y la cultura. A lo que se agrega la condonación de la deuda externa de los países más pobres, la puesta en vigor de la Tasa Tobin, la reforma del FMI, el Banco Mundial y la OMC y su accesibilidad a los países en vías de desarrollo. Incluyen además, el cumplimiento por todos los países del Protocolo de Kyoto sobre el calentamiento global y el control de los productos transgénicos, el derecho a la información así como la protección de las culturas de las naciones y pueblos contra la cultura extranjerizante, globalizada, y la lucha contra la feminización de la explotación. Entre otros, son lo temas que contempla en sus debates el movimiento antiglobalizante.

Comercio entre los grandes países emergentes

El fenómeno de la globalización es producto del proceso del desarrollo histórico del capitalismo y constituir una fase peculiar de éste, la lucha contra este fenómeno exige el movimiento antiglobalización una dinámica que combine la movilización de masas, los medios técnicos y las experiencias concretas con un proyecto de transformación general sistemática. Aunque es desconocido hasta donde llega la importancia de este movimiento en las luchas sociales, por una nueva globalización, hasta hoy muestra constancia y una gran solidaridad. A esto se suma que importantes movimientos de izquierda de muchos países del mundo van encontrando en el movimiento una organicidad y una estrategia de trabajo encaminada a la integración de fuerzas y la posibilidad de construir un camino alternativo a la globalización en neoliberal. Lo que constituye a pesar de sus limitaciones y debilidades, una perspectiva loable del movimiento antiglobalización, que va camino a convertirse en un nuevo actor mundial dentro de las relaciones internacionales con el que habrá que contar en un futuro no muy lejano.

10 diciembre 2011

La Unión Europea avanza

La cumbre europea ha comenzado al fin un gran proyecto de unión económica que complete la unión monetaria


Ha muerto una Europa y otra ha empezado a nacer. La cumbre de Bruselas ha alumbrado por fin un gran proyecto (aunque aún incompleto) de unión económica que complete la unión monetaria iniciada con la creación del euro en 1999. Era una asignatura pendiente clave. Iba en ella la supervivencia de la moneda única, seguramente del mercado interior y quizá de la propia Unión. Para garantizarla, la cumbre ha tenido que prescindir de lastre, de quienes se negaban a dar el paso. Al final, sólo Reino Unido, por intereses nacionalistas o fundamentalistas; es decir, por miedo al ala más conservadora del partido en el gobierno, ha quedado fuera. Otros, tras un primer rechazo, como Hungría, han aceptado. acepta someter el acuerdo a su Parlamento. Suecia, la República Checa y el resto de países de la UE que no están en el euro harán lo mismo.
Contrariamente a lo que pueda parecer, no surge una UE más fracturada, porque las fracturas ya estaban, pero siempre se aplazaba su sutura. No nace una Unión con menos miembros, porque los 27 seguirán siendo los 27. Pero habrá dentro de ellos una eurozona ampliada más articulada, una Unión premium, con voluntad expresa de emprender no sólo su “integración presupuestaria”, sino también de trazar una “política económica común”. Palabras mayores. Se inaugura así la doble velocidad formal (aunque de hecho la libertad de circulación de Schengen y el propio euro ya venían a constituir dobles círculos) que permitirá cancelar el chantaje del veto de un solo socio, y por tanto la parálisis del conjunto, posibilitadas por la persistencia del voto por unanimidad. Como por ejemplo, ante la necesidad de avanzar hacia una unión económica que comportará una más honda regulación financiera y bancaria común, una convergencia impositiva (al menos en Sociedades y con la Tasa Tobin) y la desaparición de estatutos privilegiados de algunos.
Jacques Delors, presidente de la
Comisión Europea entre 1985 y 1995.
Hay que celebrar esa doble velocidad, porque la velocidad única que teníamos no era velocidad, era ir siempre al ritmo lento del socio más perezoso o egoísta. Era, cada vez más, la parálisis. Ahora habrá un “grupo de vanguardia” (como evocaba Jacques Delors), nutridísimo, quizá de 25 socios. Un “núcleo duro”, como por vez primera propusieron, en septiembre de 1994, los demócrata-cristianos alemanes Karl Lammers y Wolfgang Schauble en un sonado documento que consagró la idea de la doble velocidad. Esperaban entonces que eso no implicara “el abandono de la esperanza de que Gran Bretaña asumirá su papel en el corazón de Europa ya sí en su núcleo”, vana esperanza.
Esas formulaciones abrieron paso en el Tratado a las “cooperaciones reforzadas” y a las “cooperaciones estructuradas”, como la prevista para la eurozona en el artículo 136. Y eso no debe resultar necesariamente en una “Europa a la carta”, más desordenada, con capas impermeables de miembros siempre condenados a no promocionar de categoría. Para evitarlo conviene recordar que esas cooperaciones exigen, según el vigente tratado, que se respete y no se fragmente el acervo jurídico comunitario; que no se diluya el peso de las instituciones comunes; que se trate de asociaciones más estrechas pero siempre abiertas a la incorporación de los restantes socios.
En azul, los países
 componentes de la EFTA
La vía abierta ayer, por mayoría cualificadísima, al nuevo Tratado, certifica la segunda muerte de la EFTA, que parecía haberse infiltrado en, e infectado a, la Unión. La EFTA era la Asociación de Libre Comercio que promovió en 1959 Reino Unido para competir contra la Comunidad Económica Europea creada por el Tratado de Roma en 1957. La alternativa de una zona de mero librecambio sin articulaciones económicas superiores murió por inanición, al ingresar algunos de sus socios más relevantes (Austria, Finlandia, Suecia) en la UE en la ampliación “nórdica” de 1995. Quedó en un Espacio Económico Europeo que ha ido sirviendo como sala de espera y aprendizaje para los candidatos aún no preparados para el ingreso. Pero si la EFTA-institución quedó arrumbada, no así su filosofía, que Londres desarrollaba apoyando con gran ímpetu cualquier ampliación, porque así era más fácil diluir la articulación o cohesión interna del club, y ejerciendo todo tipo de —siempre sofisticado— filibusterismo institucional.
En realidad, todas las ampliaciones (al Oeste, al Sur, al Norte y al Este) fueron precedidas o inmediatamente seguidas de una profundización, a través de una reforma del Tratado, para que no chirriasen las costuras de una asociación inicialmente pensada para seis socios, hoy casi quintuplicada. El problema es que, como ha demostrado la poca vivacidad de los avances europeos desde la vigencia del último gran texto, el de Lisboa, éste estaba incompleto (sobre todo en lo económico, con cambios menores desde Maastricht) y era poco funcional para permitir decisiones ágiles de 27 Estados miembros.
Con la de ahora, las grandes mutaciones en la unificación económica se han producido cada veinte años. En 1970, con el Informe Werner que abrió paso a una coordinación monetaria que culminó en el Sistema Monetario Europeo (la segunda serpiente) de1979; en 1991, con el Tratado de Maastricht que diseñó la moneda única, creada en 1999. En 2011, cuando lo que se prometía como una unión fiscal limitada a vigilar la disciplina presupuestaria, ha puesto las bases de un compromiso más amplio de integración económica.

El presidente de la Comisión Europea,
José Manuel Barroso, con el
primer ministro británico David Cameron
Con el paradigma anterior, consistente en mantener a todos en el mismo barco a cualquier precio, ganaba el chantaje. Con Margaret Thatcher y John Major, pero también con Toni Blair y Gordon Brown, aunque en menor medida porque era algo más proeuropeos, en caso de conflicto el problema lo tenía Europa. Ahora el problema lo tiene Reino Unido. Si hay niebla en el canal de la Mancha, son las islas las que marginadas, contra el famoso titular de The Times, “Europa está aislada”, de la época imperial. Y si perdemos un poco de Gran Bretaña, ganamos a cambio un mucho de Polonia, la revelación europeísta de la temporada.
Con la experiencia de más de medio siglo, la nueva planta de la Unión debe plantearse la eliminación casi completa del requisito de unanimidad. No ya por furor europeísta, sino por pragmatismo. Desde que se liberalizaron los movimientos de capitales en los años ochenta y se generó la globalización, mercados y agentes financieros toman sus decisiones casi al nanosegundo. Mientras que Gobiernos e instituciones se arrastran durante meses para conseguir redactar un reglamento que, una vez impreso, requiere al instante ser modificado. Las decisiones por mayoría cualificada deben ser la norma, también por ser más rápidas. Es la única manera de adaptarse a la velocidad de los mercados e intentar encauzarlos. La vía para superar dualidad de velocidades que debe preocuparnos: la del dinero y la de la democracia.
El resultado de la cumbre es más Europa y un avance del federalismo y la cesión de soberanía al centro. Con todas sus consecuencias: se fija una regla fiscal en todas las constituciones para no superar el 0,5% estructural. En España eso ya está prácticamente hecho. Además, se avanza por el camino de las sanciones automáticas en el caso de los incumplidores, y cada país tendrá que informar de las emisiones de deuda (aunque no queda claro si habrá limitaciones para emitir).

ESPAÑA


José Luis Rodríguez Zapatero y Herman Van Rompuy, anteayer en Bruselas
Rodríguez Zapatero reconoció que el estímulo más urgente que necesita la economía española es que se rebajen los altos costes que paga por financiar su deuda y que vuelva a fluir el crédito a familias y empresas. Para lograrlo, sería fundamental el respaldo del Banco Central Europeo (BCE) y, aunque no ha querido apartarse de la ortodoxa declaración de fe en su independencia, ha pedido que tenga una “posición equilibrada”. Es decir, que como la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra, no solo se ocupe de vigilar la inflación, sino que actúe como prestamista de último recurso. “No tengo ninguna duda de que [el BCE] sabe que tiene que contribuir a la estabilidad de la zona euro, aunque se guíe por sus propias evaluaciones y análisis.”

Rajoy y Sarkozy se reúnen antes
de la reunión de líderes del PPE
Zapatero ha jugado en Bruselas el doble papel de presidente saliente y comisionado del entrante, con el que se ha mantenido en permanente contacto. Le llamó el jueves por la noche nada más aterrizar y volvió a hacerlo el viernes. Las noticias no eran buenas: no había podido cumplir el encargo de Rajoy de garantizar para España el derecho de veto en el futuro fondo de rescate permanente, como tienen Alemania, Francia o Italia. Para ello habría sido necesario que la minoría de bloqueo se redujera del 15% al 10% de los votos, ya que la participación española es del 11,9%. Pero Zapatero ha tropezado con el argumento de que, si se ha abolido la unanimidad, es para evitar la parálisis del fondo y de que el 85% de mayoría es el mismo porcentaje vigente en el Fondo Monetario Internacional (FMI). “Se lo he explicado [a Rajoy] y lo ha entendido perfectamente.”

03 diciembre 2011

Tiempos difíciles

 Como es sabido, Carlyle bautizó la economía de ciencia triste (dismal science), nombre que reaparece cuando la realidad se vuelve sombría, cuando aumenta la pobreza, la miseria, cuando crecen las diferencias entre ricos y pobres y estos no ven fin a sus desgracias, ni salida a la situación. Pero no es la ciencia la triste sino la misma realidad que quiere retratar y explicar, pues obviamente es incapaz de mejorarla.



Portada de hoy de El País:
"La destrucción de empleo pone a la
Seguridad Social al borde del déficit",
Merkel: "Habráaños de dificultades",
"Cospedal rebaja un 3% el sueldo
a sus funcionarios", "Imputados tres
cargos de Camps por los pagos a
Urgandarín"...
Todas las noticias, que son como enunciados definitorios de los distintos aspectos del mundo, trazan un cuadro siniestro de dificultades y estrecheces que, además, durarán años, según Angela Merkel. Los datos que hablan de deuda, déficit y ruina son incontrovertibles y sobre esa situación fatal sube al puente de mando de toda Europa la derecha con un programa último de desmantelamiento del Estado del bienestar.

Tras las duras medidas y recortes aplicados por CiU en Cataluña, vinieron ayer los del PP en Castilla-La Mancha, que no se quedan atrás y permiten calibrar el alcance de los que estará preparando Mariano Rajoy. El PSOE ya ha acusado a Cospedal de "dinamitar" el Estado del bienestar y los sindicatos anuncian acciones en la calle. Es decir, parece estar fraguándose una confrontación social. Pero ésta probablemente no será muy intensa por tres razones. La primera porque el PP llega con la legitimidad reforzada de la mayoría absoluta que le asegura la estabilidad parlamentaria pase lo que pase en la calle.

La segunda razón es que los datos, además de abrumadores, son objetivos. La situación es la que es: no hay dinero (en el mercado), no hay crédito, no se invierte, no aumenta el PIB (incluso quizá vuelva a retroceder), no se genera riqueza, no se pueden remediar las situaciones de carencia. Todo esto son hechos. Los hechos, claro, son susceptibles de interpretación pero, de momento, la única que se escucha y en la que se basan las medidas que están tomándose, tanto en España como en el resto de Europa, es la de la derecha neoliberal. Apenas hay interpretación alternativa, de izquierda.

Esa es la tercera razón. Es muy difícil que prosperen las movilizaciones extraparlamentarias cuando no están integradas en una teoría viable que dé una explicación de las circunstancias y muestre un proyecto de salida con un objetivo claramente expuesto. En la izquierda reina la confusión. Desde el momento en que no plantea la sustitución del modo de producción, del capitalismo, por otro, sus propuestas sólo pueden ser de reformas de aquel. Pero reformas son también las que hace la derecha, lo que quiere decir que el enfrentamiento entre ambas no es antagónico sino de matices. La dos, izquierda y derecha, plantean la salida de la crisis sin cambiar el modo de producción. No es suficiente acicate para mantener vivas las protestas callejeras y para que éstas tengan algún impacto en las medidas del gobierno.

En realidad, el movimiento 15-M es una especie de manifestación previa de esta situación. Su generalización apunta a la existencia de motivos para la protesta. Pero su inoperancia prueba que, si bien es relativamente fácil criticar lo existente, es mucho más complicado formular alternativas. Podría tratarse de tiempos de revolución. En verdad la palabra aparece de vez en cuando (por ejemplo, la spanish revolution), pero no encuentra revolucionarios que la invoquen ni gentes que la sigan.