lunes, 26 de diciembre de 2011

Siria, el zarpazo de un tigre herido

Artículo de Simon Sebag Montefiori, historiador británico, en El País25 de diciembre de 2011

Las revoluciones, esas misteriosas convulsiones de luchas callejeras e intrigas a base de secretos susurrados, las fluctuaciones de las insondables mareas del poder, se desarrollan por fases, y los levantamientos de los dos países árabes más importantes, Egipto y Siria, se encuentran ahora al borde de un nuevo momento trascendental. En las revoluciones, la primera fase es la del aumento de las protestas populares; la segunda fase es la represión despótica para aplastarlas, y la tercera es la de la supervivencia y el impulso creciente de la revuelta, hasta desembocar en la caída del tirano si pierde el apoyo de su Ejército o su corte.
La primera etapa es la más apasionante para la prensa occidental y la más emocionante para los jóvenes participantes, un material digno de Los Miserables y otras obras parecidas, pero suele ser la menos importante. Las revoluciones no terminan casi nunca como parecen empezar, y las consecuencias siempre son totalmente distintas de las intenciones de los revolucionarios. Tardan años, a veces decenios, en aparecer, no meses; y lo que importa es quién controla a quién al final. La esperanza es que sea el pueblo el que de verdad acabe por controlar el Estado.

(...)

El propio El Asad ha puesto el dedo en la llaga: aunque se presenta como un caballero árabe dispuesto a morir en la refriega, quizá entiende también que estas dictaduras dinásticas de Oriente Próximo son esencialmente monárquicas. Es difícil ver de qué forma podría retroceder; su poder, férreo y manchado de sangre, solo puede morir con el rey. Churchill tenía razón al decir que “los dictadores cabalgan sobre tigres de los que no se atreven a bajar”.
El tigre sirio está tocado, pero no hay nada más peligroso que un tigre herido.



sábado, 24 de diciembre de 2011

Casa L: Antonio Gala y la muerte

Del blog Casa L: Antonio Gala y la muerte:

Acabo de oír la entrevista que Montserrat Domínguez le ha hecho a Antonio Gala en la SER.

Me ha impresionado y me ha emocionado oir a un ser humano hablar con tanta naturalidad de la muerte. Me ha parecido una actitud tan humana, tan poco afectada, tan poco desvirtuada por las religiones y por las imaginaciones ultramundanas, que, junto a la pena, ha hecho que surja en mí un foco de paz, de sosiego...

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sábado, 10 de diciembre de 2011

La Unión Europea avanza

La cumbre europea ha comenzado al fin un gran proyecto de unión económica que complete la unión monetaria


Ha muerto una Europa y otra ha empezado a nacer. La cumbre de Bruselas ha alumbrado por fin un gran proyecto (aunque aún incompleto) de unión económica que complete la unión monetaria iniciada con la creación del euro en 1999. Era una asignatura pendiente clave. Iba en ella la supervivencia de la moneda única, seguramente del mercado interior y quizá de la propia Unión. Para garantizarla, la cumbre ha tenido que prescindir de lastre, de quienes se negaban a dar el paso. Al final, sólo Reino Unido, por intereses nacionalistas o fundamentalistas; es decir, por miedo al ala más conservadora del partido en el gobierno, ha quedado fuera. Otros, tras un primer rechazo, como Hungría, han aceptado. acepta someter el acuerdo a su Parlamento. Suecia, la República Checa y el resto de países de la UE que no están en el euro harán lo mismo.
Contrariamente a lo que pueda parecer, no surge una UE más fracturada, porque las fracturas ya estaban, pero siempre se aplazaba su sutura. No nace una Unión con menos miembros, porque los 27 seguirán siendo los 27. Pero habrá dentro de ellos una eurozona ampliada más articulada, una Unión premium, con voluntad expresa de emprender no sólo su “integración presupuestaria”, sino también de trazar una “política económica común”. Palabras mayores. Se inaugura así la doble velocidad formal (aunque de hecho la libertad de circulación de Schengen y el propio euro ya venían a constituir dobles círculos) que permitirá cancelar el chantaje del veto de un solo socio, y por tanto la parálisis del conjunto, posibilitadas por la persistencia del voto por unanimidad. Como por ejemplo, ante la necesidad de avanzar hacia una unión económica que comportará una más honda regulación financiera y bancaria común, una convergencia impositiva (al menos en Sociedades y con la Tasa Tobin) y la desaparición de estatutos privilegiados de algunos.
Jacques Delors, presidente de la
Comisión Europea entre 1985 y 1995.
Hay que celebrar esa doble velocidad, porque la velocidad única que teníamos no era velocidad, era ir siempre al ritmo lento del socio más perezoso o egoísta. Era, cada vez más, la parálisis. Ahora habrá un “grupo de vanguardia” (como evocaba Jacques Delors), nutridísimo, quizá de 25 socios. Un “núcleo duro”, como por vez primera propusieron, en septiembre de 1994, los demócrata-cristianos alemanes Karl Lammers y Wolfgang Schauble en un sonado documento que consagró la idea de la doble velocidad. Esperaban entonces que eso no implicara “el abandono de la esperanza de que Gran Bretaña asumirá su papel en el corazón de Europa ya sí en su núcleo”, vana esperanza.
Esas formulaciones abrieron paso en el Tratado a las “cooperaciones reforzadas” y a las “cooperaciones estructuradas”, como la prevista para la eurozona en el artículo 136. Y eso no debe resultar necesariamente en una “Europa a la carta”, más desordenada, con capas impermeables de miembros siempre condenados a no promocionar de categoría. Para evitarlo conviene recordar que esas cooperaciones exigen, según el vigente tratado, que se respete y no se fragmente el acervo jurídico comunitario; que no se diluya el peso de las instituciones comunes; que se trate de asociaciones más estrechas pero siempre abiertas a la incorporación de los restantes socios.
En azul, los países
 componentes de la EFTA
La vía abierta ayer, por mayoría cualificadísima, al nuevo Tratado, certifica la segunda muerte de la EFTA, que parecía haberse infiltrado en, e infectado a, la Unión. La EFTA era la Asociación de Libre Comercio que promovió en 1959 Reino Unido para competir contra la Comunidad Económica Europea creada por el Tratado de Roma en 1957. La alternativa de una zona de mero librecambio sin articulaciones económicas superiores murió por inanición, al ingresar algunos de sus socios más relevantes (Austria, Finlandia, Suecia) en la UE en la ampliación “nórdica” de 1995. Quedó en un Espacio Económico Europeo que ha ido sirviendo como sala de espera y aprendizaje para los candidatos aún no preparados para el ingreso. Pero si la EFTA-institución quedó arrumbada, no así su filosofía, que Londres desarrollaba apoyando con gran ímpetu cualquier ampliación, porque así era más fácil diluir la articulación o cohesión interna del club, y ejerciendo todo tipo de —siempre sofisticado— filibusterismo institucional.
En realidad, todas las ampliaciones (al Oeste, al Sur, al Norte y al Este) fueron precedidas o inmediatamente seguidas de una profundización, a través de una reforma del Tratado, para que no chirriasen las costuras de una asociación inicialmente pensada para seis socios, hoy casi quintuplicada. El problema es que, como ha demostrado la poca vivacidad de los avances europeos desde la vigencia del último gran texto, el de Lisboa, éste estaba incompleto (sobre todo en lo económico, con cambios menores desde Maastricht) y era poco funcional para permitir decisiones ágiles de 27 Estados miembros.
Con la de ahora, las grandes mutaciones en la unificación económica se han producido cada veinte años. En 1970, con el Informe Werner que abrió paso a una coordinación monetaria que culminó en el Sistema Monetario Europeo (la segunda serpiente) de1979; en 1991, con el Tratado de Maastricht que diseñó la moneda única, creada en 1999. En 2011, cuando lo que se prometía como una unión fiscal limitada a vigilar la disciplina presupuestaria, ha puesto las bases de un compromiso más amplio de integración económica.

El presidente de la Comisión Europea,
José Manuel Barroso, con el
primer ministro británico David Cameron
Con el paradigma anterior, consistente en mantener a todos en el mismo barco a cualquier precio, ganaba el chantaje. Con Margaret Thatcher y John Major, pero también con Toni Blair y Gordon Brown, aunque en menor medida porque era algo más proeuropeos, en caso de conflicto el problema lo tenía Europa. Ahora el problema lo tiene Reino Unido. Si hay niebla en el canal de la Mancha, son las islas las que marginadas, contra el famoso titular de The Times, “Europa está aislada”, de la época imperial. Y si perdemos un poco de Gran Bretaña, ganamos a cambio un mucho de Polonia, la revelación europeísta de la temporada.
Con la experiencia de más de medio siglo, la nueva planta de la Unión debe plantearse la eliminación casi completa del requisito de unanimidad. No ya por furor europeísta, sino por pragmatismo. Desde que se liberalizaron los movimientos de capitales en los años ochenta y se generó la globalización, mercados y agentes financieros toman sus decisiones casi al nanosegundo. Mientras que Gobiernos e instituciones se arrastran durante meses para conseguir redactar un reglamento que, una vez impreso, requiere al instante ser modificado. Las decisiones por mayoría cualificada deben ser la norma, también por ser más rápidas. Es la única manera de adaptarse a la velocidad de los mercados e intentar encauzarlos. La vía para superar dualidad de velocidades que debe preocuparnos: la del dinero y la de la democracia.
El resultado de la cumbre es más Europa y un avance del federalismo y la cesión de soberanía al centro. Con todas sus consecuencias: se fija una regla fiscal en todas las constituciones para no superar el 0,5% estructural. En España eso ya está prácticamente hecho. Además, se avanza por el camino de las sanciones automáticas en el caso de los incumplidores, y cada país tendrá que informar de las emisiones de deuda (aunque no queda claro si habrá limitaciones para emitir).

ESPAÑA


José Luis Rodríguez Zapatero y Herman Van Rompuy, anteayer en Bruselas
Rodríguez Zapatero reconoció que el estímulo más urgente que necesita la economía española es que se rebajen los altos costes que paga por financiar su deuda y que vuelva a fluir el crédito a familias y empresas. Para lograrlo, sería fundamental el respaldo del Banco Central Europeo (BCE) y, aunque no ha querido apartarse de la ortodoxa declaración de fe en su independencia, ha pedido que tenga una “posición equilibrada”. Es decir, que como la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra, no solo se ocupe de vigilar la inflación, sino que actúe como prestamista de último recurso. “No tengo ninguna duda de que [el BCE] sabe que tiene que contribuir a la estabilidad de la zona euro, aunque se guíe por sus propias evaluaciones y análisis.”

Rajoy y Sarkozy se reúnen antes
de la reunión de líderes del PPE
Zapatero ha jugado en Bruselas el doble papel de presidente saliente y comisionado del entrante, con el que se ha mantenido en permanente contacto. Le llamó el jueves por la noche nada más aterrizar y volvió a hacerlo el viernes. Las noticias no eran buenas: no había podido cumplir el encargo de Rajoy de garantizar para España el derecho de veto en el futuro fondo de rescate permanente, como tienen Alemania, Francia o Italia. Para ello habría sido necesario que la minoría de bloqueo se redujera del 15% al 10% de los votos, ya que la participación española es del 11,9%. Pero Zapatero ha tropezado con el argumento de que, si se ha abolido la unanimidad, es para evitar la parálisis del fondo y de que el 85% de mayoría es el mismo porcentaje vigente en el Fondo Monetario Internacional (FMI). “Se lo he explicado [a Rajoy] y lo ha entendido perfectamente.”

sábado, 3 de diciembre de 2011

Antonio Machado, el admirable desconfiado

«La inseguridad, la incertidumbre, la desconfianza, son acaso nuestras únicas verdades... La inseguridad es nuestra madre; nuestra musa es la desconfianza. Si damos en poetas es porque, convencidos de esto, pensamos que hay algo que va con nosotros digno de cantarse. O si os place, mejor, porque sabemos qué males queremos espantar con nuestros cantos.» (Juan de Mairena, XLIV). Habla Machado, por boca de Juan de Mairena. (¿Hasta qué punto es Mairena intérprete de lo que piensa Machado? ¿No es posible que, después de creado el personaje, éste se haya independizado, insubordinado, y haya dicho o escrito cosas con las que Machado no estaba del todo de acuerdo? Mairena es más bien un aspecto, una faceta de Machado: el Machado audaz, escéptico, irónico, más andaluz y más alegre que el «otro» Machado.) Cuando Mairena se torna serio, melancólico, no podemos ya dudar de que coincide, totalmente, con Machado: de que escribe (o habla) desde el centro mismo de Machado.
A veces resulta muy difícil convencerse de que Mairena dice las verdades —todas las verdades— de Machado. El tono semidisparatado, semisentencioso del maestro apócrifo nos hace creer que no estamos en presencia del Machado serio. («El ademán garboso nos ha perdido. Yo os aconsejo que habléis siempre con las manos en los bolsillos,» dice Mairena.) (J. M. XXIX.) Machado respetaba mucho la filosofía, muy poco a los filósofos. «Los grandes filósofos son los bufones de la divinidad» (J. M. II) ¿es elogio o burla? Quizá porque respetaba la filosofía, y aborrecía de la «pose» y del dogmatismo, protegía cada incursión suya por los campos filosóficos tras una doble máscara: la de su alter ego, Martín o Mairena, y además les obligaba, sobre todo al último, a contradecirse, a desdecirse, a contar anécdotas y bromas, a pedirnos que no les hiciéramos caso: «No toméis demasiado en serio —¡cuántas veces os lo he de repetir!— nada de lo que os diga. Desconfiad sobre todo del tono dogmático de mis palabras. Porque el tono dogmático suele ocultar la debilidad de nuestras convicciones.» (J. M. XLVIII.) En su libro sobre Machado nos cuenta Serrano Plaja: «quiero recordar aquí que otro día en que fui a verle con Emilio Prados, hablando de temas literarios, fue la conversación hasta dar en la palabra «filosofía». A este respecto, Machado declaró “que de esas cosas no podía escribir en serio”.» (Pág. 29.) Creía, en efecto, que sin un minimum de precaución y de ironía todo filosofar se convertía en una actividad superflua. Se acercaba a sus temas en forma parcial, fragmentaria, dando grandes rodeos, interrumpiéndose para volver a empezar. Pero seguía acercándose.
  Porque los temas filosóficos que le interesaban la radical soledad del hombre, el impulso hacia la comunión, o, como dice Abel Martín, «la incurable «otredad» que padece lo “uno”» (J. M. II), la nada, la muerte, la dignidad del hombre y el impulso ético, eran continuación en buena parte de su visión poética del mundo. Con menos consuelo afectivo, con menos salvación estética que en algunos poemas: la inteligencia escueta frente a lo inevitable («por que el hombre ama la verdad hasta tal punto, que acepta anticipadamente la más amarga de todas,» J. M. I) pero sin renunciar al diálogo, a la comunión con los demás: «El que no habla a un hombre, no habla al hombre; el que no habla al hombre, no habla a nadie.» (J. M. XLIX.) A diferencia de Unamuno, empeñado en hablar con Dios o consigo mismo, o de Juan Ramón Jiménez, que dialogaba a veces con los árboles (en sus Romances de Coral Gables), o sentía diluir su dolor por los espacios cósmicos, Machado siempre se entregó, o quiso entregarse, solamente a los hombres:

Poned atención:
un corazón solitario
no es un corazón.
(Nuevas canciones, LXVI.)
  Y también:

No es el yo fundamental
eso que busca el poeta,
sino el tú esencial.
  (Nuevas canciones, XXXVI.)

A Machado le sobraban razones para creer en el diálogo. No en vano se había enamorado dos veces; no en vano había sido dos veces correspondido. Y le sobraban también razones para creer en la inestabilidad del diálogo, en su carácter precario. Por ello se nos aparece como un «entusiasta precavido», como un optimista escéptico, que avanza con pies de plomo y tropieza a pesar de ello:
 
Hora de mi corazón:
la hora de una esperanza
y una desesperación.
  (Nuevas canciones, LII)  

Machado no se contentaba con dudar; dudaba, además, sobre la conveniencia de seguir dudando. No se fiaba ni de la duda. Esta desconfianza —que no impedía, por otra —166— parte, al llegar el momento oportuno y necesario, los arranques más nobles, más viriles, de uno de los hombres más auténticos y generosos de su tiempo, de un hombre íntegro y valiente tras su máscara de timidez— era en él cosa ya vieja. Le venía de la infancia. Pone en boca de Juan de Mairena una anécdota de infancia que —por figurar también en Los complementarios referida al propio Machado— tiene todo el sabor de la experiencia auténtica, vivida, en apariencia insignificante pero que deja en el niño una huella imborrable. El niño va por la calle con su madre, que le ha comprado un pedazo de caña de azúcar. Ve pasar a otro niño, con otra caña de azúcar en la mano. Le parece que la suya, la que él lleva en su mano, es la mayor, y así se lo dice a su madre. Pero ésta —personificación de la objetividad— le corrige: la del otro niño es, en verdad, más larga. ¿Dónde tenía los ojos, que no lo vio? Y esto es lo que Juan de Mairena se sigue preguntando. Es la primera lección de filosofía; se encuentra en cualquier manual: la diferencia —necesaria pero difícil— entre apariencia y realidad. La necesidad de desconfiar de las apariencias. Y se trata en este caso de una realidad penosa, molesta, antipática: el otro niño lleva una caña de azúcar más grande que la suya. Machado no olvidará jamás esta lección.
Quizá la angustia que siente el poeta, de la que nos habla constantemente, está hecha de pequeñas decepciones como la que acabamos de citar. Quizá estas decepciones no son sino el punto de partida, para intuir la verdad que Camus habría de definir, en nuestro tiempo, con muy pocas palabras: «los hombres se mueren, y no son felices». El caso es que la soledad y la angustia revolotean como insectos, como presencias sombrías y viscosas, alrededor del niño, del poeta, del filósofo.
 
Muda en el techo, quieta ¿dormida?
la gruesa gota de angustia está,
y en la mañana verdiflorida
de un sueño niño, volando va...
  (J. M., XXXI.)

Según Mairena, «el mundo del poeta es casi siempre materia de inquietud». Y Abel Martín dictamina: «A todo despertar se adelanta una mosquita negra cuyo zumbido no todos son capaces de oír distintamente, pero que todos de algún modo perciben.» ¿Todos? Quizá. Pero para algunos —para el Don Nadie, por ejemplo; para el hombre im personal, inauténtico, de que nos habla Heidegger— las voces llegan envueltas en una baraúnda tal, en un rumor tan confuso de agitaciones, de slogans, de anuncios, de proyectos falsos, que de veras es como si no llegaran a parte alguna. Después de cierto tiempo, las drogas adormecedoras que todos o casi todos se toman —nos tomamos— para acallar la inquietud interna surten efecto; no hay necesidad de aumentar la dosis, salvo en casos excepcionales; el individuo queda destruido por dentro, deja de oír el zumbido de la angustia, deja de oír casi todo lo que no sean las voces inauténticas de lo que «se dice».

Ese desconfiado prodigioso que fue Machado desconfió, por lo pronto —e instintivamente, como hombre bien nacido que era, como aristócrata del espíritu— de las voces hueras de Don Nadie. Pero desconfió también —y esto es lo que queremos subrayar ahora— de las voces de la soledad y la angustia. Mejor dicho; no las rechazó, las aceptó, pero sin dejar de luchar contra ellas. O, quizá, mejor al lado de ellas, pero para trascenderlas. Para encontrar otra cosa: un diálogo, una comunión, un tú esencial. Su existencialismo está más cerca, en el fondo, de Berdiaev, Marcel o sobre todo Buber que de Heidegger. O quizá es como si Heidegger aspirara a negarse, a trascenderse, sin conseguirlo del todo. Recayendo, con frecuencia, en la misma serena amargura. Sin aspavientos, sin gestos trágicos a lo Unamuno. Y sin dejar de forcejear, de dialogar, ni un momento con el ángel de la soledad y de la angustia.
 
«El sentimiento —dice en Los Complementarios, 1917— no es una creación del sujeto individual, una elaboración cordial del yo con materiales del mundo externo. Hay siempre en él una colaboración del , es decir, de otros sujetos. No se puede llegar a esta simple fórmula: mi corazón, enfrente del paisaje, produce el sentimiento, y, una vez producido, por medio del lenguaje lo comunico a mi prójimo. Mi corazón, enfrente del paisaje, apenas sería capaz de sentir el terror cósmico, porque aun este sentimiento elemental necesita, para producirse, la congoja de otros corazones enteleridos en medio de la naturaleza no comprendida. Mi sentimiento ante el mundo exterior, que aquí llamo paisaje, no surge sin una atmósfera cordial. Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente mío, sino más bien nuestro. Sin salir de mí mismo, noto que en mi sentir vibran otros sentires y que mi corazón canta siempre en coro, aunque su voz sea para mí la mejor timbrada. Que lo sea también para los demás, éste es el problema de la expresión lírica.» En esta larga cita se encuentra admirablemente expresada la actitud de Machado frente a la poesía, frente a la inspiración, frente a las raíces de esta inspiración: el , el nosotros, el diálogo, la comunidad, incluso cuando está hablándonos de su soledad, de su abandono, de su angustia.

Mas busca era tu espejo al otro,
al otro que va contigo

y también:

Todo narcisismo
es un vicio feo,
y ya viejo vicio.
  (Proverbios y cantares, IV, III.)
 
Sí: soledad, angustia, preocupación, zumban constantemente; y constantemente también, sin espantarlas jamás definitivamente, sigue el poeta su camino, buscando al otro. Esto es fundamental. Y explica, además, el renovado interés de los poetas de hoy por Machado y su obra. Más que nunca los poetas de las últimas generaciones han abandonado —como señala Castellet— la ruta de Juan Ramón Jiménez, incluso la de Unamuno —que sí influyó inmediatamente después de la guerra civil— para seguir a Machado, todos ellos fieles partidarios y escuderos del poeta que «buen caballero era», como dijera Alberti de Garcilaso. «Del yo —señala Emilio Alarcos Llorach— van cayendo en el nosotros. Como «social», tal poesía que no canta un yo sino pretende cantar un nosotros, que no busca resonancia en otro yo sino en otro nosotros, ha de tocar los temas que nos interesan en cuanto humanidad y no que me interesan en cuanto persona única.» «Una vez más es el hombre lo que interesa —escribe Blas de Otero en 1959—, pero no ya el hombre considerado como individuo aislado, sino como miembro de una colectividad inserta en una situación histórica determinada.» Machado es precursor de la poesía de hoy por partida doble. Por haberse interesado —apasionado será más exacto— por los temas «comprometidos»— ya desde el principio, en sus conocidos poemas «regeneracionistas» tan típicos del 98; y después, naturalmente, y con mayor vehemencia, durante la guerra civil. Y por haberse acercado al «tú» esencial —y haberlo hecho existencialmente— en forma que más allá de la desconfianza, de la soledad, de la incertidumbre, se estableciera un contacto —no por implícito menos profundo— entre el poeta y el pueblo. Pueblo no entendido como «grupo», como «masa». No hay nada menos «masa» que el pueblo tal como lo concibió Machado. «Por muchas vueltas que le doy —decía Mairena— «no hallo manera de sumar individuos» (J. M. I.) Y ello en respuesta al que afirmaba que la sociedad era una mera suma de individuos. El pueblo, para Machado, no era masa, sino comunidad depositaria de una sabiduría muy antigua. De él podía y debía aprender el poeta.
 
No sería justo afirmar que la raíz de la poesía de Machado se encuentra en la desconfianza del poeta ante la vida, la felicidad, el progreso, etc. Es cierto que Machado se nos aparece, en sus poemas primeros, como un hombre que no tuvo infancia, que se sintió solo, melancólico, profundamente serio y triste, casi desde el primer momento. Pero también es cierto que Machado tenía fe en el hombre, en el futuro del hombre. Por lo menos a ratos. Que creía en el diálogo, en la posibilidad de amar y ser amado. (También a ratos.) Y que en su franciscanismo laico no estuvo lejos de creer, en algún momento, si bien con «fe dudosa», con fe escéptica, resignada, senequista, en alguna deidad más o menos vagamente panteísta. Lo que queremos decir con nuestra insistencia en el tema de la desconfianza es simplemente que Machado seguía buscando, no se resignaba. Ni a una «solución» o falta de solución en el terreno de la religión o de la metafísica, ni a una sola postura, una sola tendencia, en el terreno de la poesía. Exploración de la soledad —por las largas galerías del alma— y de la angustia; exploración del paisaje que se hace eco de la soledad o permite distraernos de ella por un instante; exploración de los temas históricos, nacionales, colectivos; exploración del amor y de la identificación con una comunidad, son aspectos de una misma inquietud, de un mismo afán de no ceder a la desesperación.
 
Es tentador aceptar, aunque solo sea en forma preliminar, a beneficio de inventario, la tesis de Segundo Serrano Poncela relativa a la evolución de Machado y de sus «dobles»: «Abel Martín, profesor de Juan de Mairena, y éste profesor de Antonio Machado, se corresponden con la órbita cíclica del pensamiento machadiano del siguiente modo: Martín o el pensamiento metafísico, Mairena o el pensamiento crítico, y Machado el poeta. Cronológicamente, resultaría a su vez lo siguiente: Machado poeta crea como justificante teórico a Abel Martín metafísico, y éste, a su vez, segrega a Juan de Mairena, retórico y moralista. Conforme transcurren los años, el poeta se oscurece y reduce el agua del hontanar lírico, el filósofo se trasplanta al moralista y éste concluye, tras de haberse incorporado la sustancia de los dos anteriores, por ocupar todo el territorio real-ideal del primitivo Machado, al extremo de que durante los últimos tiempos de su vida el poeta sólo escribe, opina y hasta publica con el seudónimo que le presta su homónimo espiritual Juan de Mairena.» (Antonio Machado. Su mundo y su obra. Pág. 209). Juan de Mairena vendría a ser una «ficción de segundo grado», un personaje de «nivola» que acaba por influir poderosamente en su creador. Y la evolución se explicaría —en parte, y sólo en parte— por un afán de trascender la angustia que la poesía revelaba, sublimaba, pero no acababa de destruir del todo. En lugar de soledad y belleza nos encontramos con la ironía, el humor y el escepticismo de Juan de Mairena —que son también, en alto grado, formas de dominar la angustia, de canalizarla hacia terrenos menos peligrosos, de dudar de ella, ya transformada en objeto de especulación intelectual, con lo cual cae bajo el filo del escepticismo, de los sofismas, de todas las aceradas armas de disquisición con que cuenta Juan de Mairena. Y la lucha continúa. La idea de la «otredad», la «esencial heterogeneidad del ser», es, quizá, el gran puente que nos permite pasar de la poesía a la metafísica, de la soledad sentida, vivida, frente a las galerías internas o frente a un paisaje que también, con frecuencia, es fuente de tristeza:
 
Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.
  (Campos de Castilla, XXV.)

A la luminosidad, la frescura airosa de las anécdotas mairenianas. ¿Pueden llegar a entenderse el corazón y la cabeza? La angustia y la muerte rondan al poeta desde el principio. Machado se defiende, pero no tratando de olvidarlas, pues eso sería como tratar de salirse de su autenticidad, de su vida, de su tiempo, convertirse en Don Nadie, en un Don Guido cualquiera, en «ese hombre del casino provinciano», «fruta vana / de aquella España que pasó y no ha sido», en un hombre falso y vacío por haberse vuelto de espaldas al tiempo y a la angustia, por haber negado la presencia de la temporalidad y de la muerte: «Ese hombre no es de ayer ni es de mañana, / sino de nunca...) («Del pasado efímero», Campos de Castilla.)
 
Pero Machado sabe que los españoles (los auténticos, no los hombres del casino provinciano, los Don Guido, los Don Nadie) se parecen un poco a Heidegger, sin darse cuenta de ello, naturalmente; y sabe también que con el sentimiento de la muerte, con la presencia de la angustia, no hay más remedio que contar si se quiere llegar a ser hombre de veras. Pero que cada uno tiene derecho a hacerlo a su manera, con tal que sea auténtica y sincera. Las sombras que lo rodean exigen el diálogo. Pero el hombre tiene derecho a buscarse aliados. Así surgen los dos fantasmas amigos, los dos cordiales compañeros en su viaje por el tiempo, las dos sombras transparentes, serias o risueñas, sesudas o disparatadas: el filósofo Abel Martín y el moralista Juan de Mairena. Lo acompañan por las largas galerías en sombra, atraviesan con él los destartalados salones «de sal-si-puedes». ¿Que sus opiniones suenan a veces en forma algo disparatada? Mejor: así habrá diálogo entre Machado y los dos amigos imaginarios que él ha engendrado. Y el diálogo es para Machado fuente de esperanza, consuelo inagotable:
 
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—
  («Retrato», C. de C.)

De ahí la paradoja: Machado, el gran solitario, el hombre «desconfiado», el enemigo de las tertulias, resulta a la postre uno de los españoles de su tiempo que más y mejor lograron la comunicación humana. Que menos solo estuvo. Que conoció el amor, la amistad, el auténtico diálogo. Que desde el fondo de su soledad supo suscitar un movimiento de simpatía, de admiración y de amor que ha seguido dilatándose hacia adelante: los jóvenes poetas españoles, los poetas de hoy —y de mañana— le han vuelto la espalda a Juan Ramón Jiménez, desconfían algo de Unamuno, pero sienten por Machado una admiración y un amor sin límites. Seamos sinceros: si pudiéramos convocar una «junta de sombras», si pudiéramos hallarnos en presencia de los hombres del 98, iríamos a contemplar, a admirar, el rostro exaltado de Juan Ramón; escucharíamos un buen rato a Unamuno; pero para dialogar —para tener una conversación profunda, auténtica, cordial— nos acercaríamos todos a Machado.


Tiempos difíciles

 Como es sabido, Carlyle bautizó la economía de ciencia triste (dismal science), nombre que reaparece cuando la realidad se vuelve sombría, cuando aumenta la pobreza, la miseria, cuando crecen las diferencias entre ricos y pobres y estos no ven fin a sus desgracias, ni salida a la situación. Pero no es la ciencia la triste sino la misma realidad que quiere retratar y explicar, pues obviamente es incapaz de mejorarla.



Portada de hoy de El País:
"La destrucción de empleo pone a la
Seguridad Social al borde del déficit",
Merkel: "Habráaños de dificultades",
"Cospedal rebaja un 3% el sueldo
a sus funcionarios", "Imputados tres
cargos de Camps por los pagos a
Urgandarín"...
Todas las noticias, que son como enunciados definitorios de los distintos aspectos del mundo, trazan un cuadro siniestro de dificultades y estrecheces que, además, durarán años, según Angela Merkel. Los datos que hablan de deuda, déficit y ruina son incontrovertibles y sobre esa situación fatal sube al puente de mando de toda Europa la derecha con un programa último de desmantelamiento del Estado del bienestar.

Tras las duras medidas y recortes aplicados por CiU en Cataluña, vinieron ayer los del PP en Castilla-La Mancha, que no se quedan atrás y permiten calibrar el alcance de los que estará preparando Mariano Rajoy. El PSOE ya ha acusado a Cospedal de "dinamitar" el Estado del bienestar y los sindicatos anuncian acciones en la calle. Es decir, parece estar fraguándose una confrontación social. Pero ésta probablemente no será muy intensa por tres razones. La primera porque el PP llega con la legitimidad reforzada de la mayoría absoluta que le asegura la estabilidad parlamentaria pase lo que pase en la calle.

La segunda razón es que los datos, además de abrumadores, son objetivos. La situación es la que es: no hay dinero (en el mercado), no hay crédito, no se invierte, no aumenta el PIB (incluso quizá vuelva a retroceder), no se genera riqueza, no se pueden remediar las situaciones de carencia. Todo esto son hechos. Los hechos, claro, son susceptibles de interpretación pero, de momento, la única que se escucha y en la que se basan las medidas que están tomándose, tanto en España como en el resto de Europa, es la de la derecha neoliberal. Apenas hay interpretación alternativa, de izquierda.

Esa es la tercera razón. Es muy difícil que prosperen las movilizaciones extraparlamentarias cuando no están integradas en una teoría viable que dé una explicación de las circunstancias y muestre un proyecto de salida con un objetivo claramente expuesto. En la izquierda reina la confusión. Desde el momento en que no plantea la sustitución del modo de producción, del capitalismo, por otro, sus propuestas sólo pueden ser de reformas de aquel. Pero reformas son también las que hace la derecha, lo que quiere decir que el enfrentamiento entre ambas no es antagónico sino de matices. La dos, izquierda y derecha, plantean la salida de la crisis sin cambiar el modo de producción. No es suficiente acicate para mantener vivas las protestas callejeras y para que éstas tengan algún impacto en las medidas del gobierno.

En realidad, el movimiento 15-M es una especie de manifestación previa de esta situación. Su generalización apunta a la existencia de motivos para la protesta. Pero su inoperancia prueba que, si bien es relativamente fácil criticar lo existente, es mucho más complicado formular alternativas. Podría tratarse de tiempos de revolución. En verdad la palabra aparece de vez en cuando (por ejemplo, la spanish revolution), pero no encuentra revolucionarios que la invoquen ni gentes que la sigan.

viernes, 2 de diciembre de 2011

‘Asklepios, el último griego’, de Miguel Espinosa, 1985. Reeditado en Siruela, 2005.

 
PRÓLOGO
Me llamo Asklepios, y de tarde en tarde tomo la pluma para confesarme, lo cual hago por cumplir la necesidad de experimentarme verdadero, como ordenó Demócrito.
Amo la comparecencia de todas las cosas, grandes y pequeñas, en la Tierra, entre la Tierra y el Sol, y más allá del Sol, existentes. Busco lo originario, y detesto indagar el fin de cuanto está ahí y permanece, bastando a mi razón el postulado que muestra el hecho.
Me enternecen los niños y las mujeres, cuya dócil presencia se revela compañía. El Poder no tienta mi voluntad, pero siento inclinación a teorizar sobre este suceso. Denomino teorizar a enjuiciar desde principios y concluir implacablemente.
Repudio las ficciones y sus consecuencias, siéndome ajena, por consiguiente, la conciencia de casta o superioridad. No puedo admitir que se disfrace cuanto el juicio correcto ofrece como verdadero. Odio los reverenciosos, me repugnan los mágicos y aborrezco toda doctrina irracional. Me avergüenzan las retahílas de vocablos carentes de significado; no puedo soportar, por ejemplo, que alguien diga: “mi hermano espiritual”, “nuestro destino manifiesto”.
Me burlo de toda grandeza, porque pienso que cualquier grandeza es falsa. Entre vanidosos, soy el demiurgo que los hincha; entre hipócritas, el demiurgo que los escandaliza; y entre neutrales, el demiurgo que los implica. Como todo proscrito, padezco nostalgias, y éstas son las nostalgias que yo, un griego, vivo: nostalgia de la Verdad, de la Belleza y de la Bondad.
Rehúso la tristeza, pero valoro la melancolía. De vez en vez, mi naturaleza se torna melancólica, y halla su gozo en los dulces brazos del desencanto. También la acedia es pasión digna de un griego, aunque combatida por Epicuro.
No sigo camino ni ando por senda de maestro conocido; me río de todos los maestros, como adicto que soy a la capacidad de enjuiciar desde postulados y concluir implacablemente, también llamada libertad de reflexión o de ciencia, que hace posible la vida racional entre los griegos y no griegos.
De los escritores, admiro la voluntad del concepto, la voluntad de estilo y la voluntad de síntesis o facultad de acuñar expresiones. Por eso releo a Platón.
Amo a los débiles; pienso que la heroicidad aparece forzosamente en ciertos individuos, verbi gratia, en quienes trabajan y no ganan para el desayuno. Entre tales, me siento como entre los míos, y también entre quienes muerden su hogaza de salazón y contemplan sencillamente el espectáculo del sábado. Por las buenas familias, los poderosos, los exquisitos, los calologistas y los adoctrinados no siento simpatía.
Defino el Arte como la objetivización del sentir estético a través de la materia; la libertad, como posibilidad de realizar lo indeterminado; y la justicia, como un punto de vista sobre el Mundo. Amo el Arte, la libertad, la justicia y el ser-bueno. Sin embargo, nada espero de los dioses ni de los hombres. Por eso soy hombre.
Considero el Estado como organización metódica de Poder, y el Derecho, como método del Estado. Los principios del llamado Derecho Romano me parecen una antigualla, construida para asegurar a ciertos palurdos la explotación del mundo entonces conocido. Valoro lamentable que tal Derecho haya servido de ciencia asnal a centenares de generaciones aficionadas a la sopa estatal y boba.
Gusto de sacar la lengua a los fariseos, filisteos y demás etcéteras, haciéndoles comprender que nada saben, y esto juicio a juicio, sistemáticamente, sin claudicaciones. Al enfrentarme con ellos, confieso: "Nada concederé si no lo prueban signo a signo". Y jamás me he hallado en la necesidad de admitirles una verdad evidenciada según la razón por la que somos hombres.
Me llamo Asklepios, y desde Megara, cuando niño, mis padres a esta Ciudad me trajeron de la mano.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

‎'La Maruja, de Nou Barris' planta cara a Xavier Trias, alcalde convergente de Barcelona.

Maruja la digna, Maruja la luchadora no quiere medallas. Una líder vecinal del barrio de la Prosperitat de Barcelona ha rechazado este lunes en el Saló de Cent del Ayuntamiento una Medalla de Honor del consistorio en protesta por los recortes en sanidad y educación. María Ruiz Martos, Maruja, había sido propuesta por las entidades del distrito de Nou Barris en reconocimiento a su trayectoria en defensa de los derechos vecinales.

Formaba parte de la veintena de galardonados. Ha rechazado la medalla justo antes de que le fuera entregado de manos del alcalde de Barcelona, Xavier Trias (CiU), al considerar que recibirla “de los mismos que están recortando los derechos por los que había luchado no era lo más idóneo”, han resaltado las fuentes vecinales, y se ha ido con los familiares que le acompañaban.

Sin discurso prefabricado, real, cara a cara. Sin grupo de asesoría ni gabinete electoral. Maruja se convirtió en portavoz de la base popular no sólo de la ciudad al rechazar un reconocimiento por parte del Ayuntamiento, sino de todo una Cataluña que tiene en su gobierno al mayor exponente neoliberal dentro y fuera de la Ciutatella (sede del Parlament).


Los recortes en educación, la descomposición del servicio público en detrimento del privado, la sanidad, y un largo etcétera están concentrados en unos pocos segundos de hiperrealismo catalán. Maruja se ha ganado la admiración no por el gesto en sí, sino por lo que significa haber llegado ahí, ser aplaudida y haber hablado asentando cátedra. Es sólo la punta del iceberg de su historia de lucha por los derechos vecinales que le llevó a soltar verdades ante el alcalde Xavier Trías.

“Personalmente no la puedo aceptar de un Gobierno que está recortando por lo que yo he luchado y lucharemos. Gracias y permítame”, ha afirmado la vecina ante el sorprendido alcalde. Sus palabras produjeron un generoso aplauso de los asistentes a la entrega de medallas en el Consistorio barcelonés.

Maruja también estuvo implicada en la asociación de vecinos de la Prosperitat, de la que fue presidenta y consiguió la inauguración de una casa para la gente mayor. Nacida en Guadix (Granada) en 1936, Ruiz Martos llegó muy joven a Barcelona donde se integró en el movimiento vecinal de los últimos años del franquismo. Fue miembro de la asociación de vecinos de Nou Barris desde su creación en 1970 y participó en 1976 en un encierro de familiares de trabajadores de la empresa Motor Ibérica, entre ellos su marido, cuando iban a ser despedidos. Tras 28 días en una iglesia de Sant Andreu, los 300 familiares, entre los que había numerosas mujeres y niños, fueron desalojados de forma violenta.


sábado, 26 de noviembre de 2011

 
«¿Cuál es la verdad? ¿El río
que fluye y pasa
donde el barco y el barquero
son también ondas de agua?
¿O este .soñar del marino
... siempre con ribera y ancla?»




Texto: Antonio Machado, Poema XCIlI de 'Proverbios y Cantares' (CLXI), en Nuevas canciones.

Fotografía: Miguel de Unamuno en Deusto.

Cambiar el sistema

Por Ignacio Ramonet

Los eurófilos más extasiados lo machacan sin cesar: si no dispusiéramos del euro, dicen, las consecuencias de la crisis serían peores para muchos países europeos. Divinizan un euro “fuerte y protector”. Es su doctrina y la defienden fanáticamente. Pero lo cierto es que tendrían que explicarles a los griegos (y a los irlandeses, a los portugueses, a los españoles, a los italianos y a tantos otros ciudadanos europeos vapuleados por los planes de ajuste) qué entienden por “consecuencias peores”... De hecho, estas consecuencias son ya tan insoportables socialmente que, en varios países de la eurozona, está subiendo, y no sin argumentos, una radical hostilidad hacia la moneda única y hacia la propia Unión Europea (UE).

No les falta razón a estos indignados. Porque el euro, moneda de 17 países y de sus 350 millones de habitantes, es una herramienta con un objetivo: la consolidación de los dogmas neoliberales en los que se fundamenta la UE. Estos dogmas, que el Pacto de Estabilidad (1997) ratifica y que el Banco Central Europeo (BCE) sanciona, son esencialmente tres: estabilidad de los precios, equilibrio presupuestario y estímulo de la competencia. Ninguna preocupación social, ningún propósito de reducir el paro, ninguna voluntad de garantizar el crecimiento, y obviamente ningún empeño en defender el Estado de bienestar.

Continúa: Le Monde Diplomatique 

viernes, 25 de noviembre de 2011

¿Quién marca el rumbo político de Europa?

Los últimos cambios políticos son la demostración de que los dirigentes europeos perturban la estabilidad de los poderes entre la sociedad y el Estado, entre la economía y la política, sin que sepamos qué poder ejercen los ciudadanos.
Lo que ha sucedido en Europa entre la caída de los Gobiernos griego e italiano y el desastre de la izquierda española en las elecciones de este domingo, es una circunstancia en la historia de los reajustes políticos que se luchan por correr detrás del problema financiero. Parece que se hubiera superado una raya en el proceso de la crisis, que provoca una desconfianza en las instituciones y que su forma de legitimación parezca irreversible. A pesar de estas y otras preguntas, es inevitable arriesgarse y hacer balance de la situación.

Los cambios electorales, como la que quizás se produzca en Francia en seis meses, no merecen grandes comentarios. Hemos comprendido que los electores culpan a los Gobiernos de la progresiva incertidumbre en la que vive actualmente la mayoría de los ciudadanos de nuestros países y no tienen demasiadas esperanzas sobre sus sucesores, aunque en el caso italiano, después de Berlusconi es explicable que Monti, al menos por ahora, supere en popularidad a su antecesor.

Por tanto, la cuestión más importante es la concerniente al delicado momento de las instituciones. La conjunción tanto de la incertidumbre de la presión de los mercados, que hacen subir y bajar los tipos de los préstamos, como del afianzamiento de un “directorio” franco-alemán y de un dominio de los “técnicos” relacionados con la economía internacional, únicamente puede generar debates, inquietudes y justificaciones.

La paradoja de un proceso de cambio y el mantenimiento de la esencia democrática

Una de las cuestiones más recurrentes es la de la “dictadura de los comisarios”, la llegada de los “tecnócratas” a la dirección de los gobiernos. Según esta discusión se entorpecerían eventualmente algunos resortes de la democracia con el fin de rehacer la posibilidad de que ésta vuelva a surgir. Los “comisarios” hoy no podrían ser sino economistas. El ámbito y la duración del mandato de Mario Monti y Lucas Papademos deben ser lo bastante amplios para que sean eficaces. Pero en ambos casos se dice que deben limitarse para garantizar, en las mejores condiciones, el retorno a la legitimidad democrática. No hay que olvidar tampoco que esos “tecnócratas” provienen, no del mundo empresarial o exclusivamente financiero, sino —o también— del político.

Papademos no sólo fue gobernador del banco Central de Grecia y vicepresidente del Banco Central Europeo, sino que, tras la dimisión de Papandreu, el partido socialista PASOK, el partido conservador Nueva Democracia y el partido ultraderechista LAOS, que juntos contaban con 254 escaños de los 300 escaños del Legislativo, apoyaron por amplia mayoría absoluta la designación de Papademos como primer ministro, al mando de un gobierno transitorio de coalición nacional, que tendría como objetivo aprobar las medidas económicas urgentes que necesita el país para recibir el segundo tramo del rescate de la Unión Europea y la quita de la mitad de su deuda externa.

Monti, a propuesta del Presidente de la República, Giorgio Napolitano, fue elegido por amplia mayoría en el Parlamento, y se esforzó pública y privadamente por la participación en su gobierno de representantes de todos los partidos, algo que éstos fueron rechazando, tras largas conversaciones, por no querer quemarse en un Gobierno que tendrá que realizar una política económica restrictiva y la imposibilidad de ponerse de acuerdo en el reparto de los ministerios.

Es decir, han sido impuestos, sí, pero con el consentimiento del poder político, legislativo y ejecutivo. Pero, ¿y el pueblo? Ni que decir tiene que Europa únicamente se construye con el apoyo y la participación de los pueblos.

Una aclaración: cuando hablamos de que la tecnocracia sustituye a la política, nos tenemos que preguntar antes de qué política estamos hablando. La palabra "política" no implica necesariamente que ésta sea democrática, aunque deba serlo. En el caso griego y en el italiano ha habido mucha política en estos últimos años; pero tengo dudas de que haya habido mucha democracia. La democracia no es algo que se pueda valorar en abstracto: necesita de unas condiciones mínimas y básicas para que se pueda dar: por ejemplo, una cierta igualdad entre los partidos que compiten. Cuando esas mínimas condiciones no se dan en absoluto, como en Italia, dudo de que se pueda hablar de democracia. Las democracias se legitiman también por los resultados. No solamente las tecnocracias, ojo con esto, no hay que volverse angelical. Cuando las democracias no ofrecen resultados, se deslegitiman, por muchas elecciones que haya, mucho debate y mucha confrontación. Si no produce resultados, es que (aquí sí) el sistema político de esa democracia está funcionando mal.

En este contexto, hay que tener en cuenta el peligro de que afloren los iluminados “sin ideología”. Los que condujeron no hace mucho tiempo a un auténtico caos. Es urgente reforzar la UE. No podemos tomar como excusa la crisis para arremeter contra una de las mayores conquistas políticas de los últimos siglos. La UE no es sólo un asunto económico.

Hay que recordarles a los más jóvenes que la Historia de Europa fue una historia de guerras sin fin. Sin ella volvería el peligro de volver a enzarzarnos en disputas. Hay en el aire demasiado desaliento sobre la UE, algo así como ganas de volver a la estrecha política nacional o local. Sería una vuelta atrás sangrante. Si acaso la Unión debería tener mayores poderes, para empezar, contra los desvíos de los financieros, ese terrible poder paralelo, que recuerda en parte el tremendo poder paralelo de la mafia siciliana que fue la que le dio por primera vez el mando a Berlusconi. !Y fue en las urnas! No podemos, ni frente a la peor de las crisis perder la memoria histórica. Es la primera vez que Europa lleva decenas de años sin una guerra. La antigua Yugoslavia no estaba integrada en la UE. De haberlo estado quizás se hubiesen ahorrado la tragedia.

La idea que parece instalarse es la de una revolución desde arriba, que encabezarían los dirigentes de las naciones dominantes y la Comisión Europea, con la urgencia de evitar a toda costa el hundimiento anunciado del euro. Esta noción implica un cambio de estructura de la gobernanza[1] europea y por tanto de los equilibrios de poder entre la sociedad y el Estado, la economía y la política, como resultado de una estrategia preventiva por parte de las clases dirigentes.

Es esto lo que está sucediendo con la neutralización de la democracia parlamentaria, la institucionalización de los controles presupuestarios y la fiscalidad por parte de la UE, así como con la sacralización de los intereses bancarios en nombre de la ortodoxia neoliberal. Sin duda, estas transformaciones se encuentran latentes desde hace mucho tiempo, pero nunca se habían reivindicado como una nueva configuración del poder político. Por lo tanto, no se han equivocado los que presentan como una auténtica revolución la elección del presidente del Consejo Europeo por sufragio universal, lo que conferiría al nuevo edificio un halo democrático. Salvo que esa revolución desde arriba ya está en marcha, o al menos se plantea.

¿El fin de una Europa como proyecto colectivo?

Sin embargo no se puede ocultar que el éxito de esta tentativa no está en absoluto garantizado. Por lo pronto, se presentan tres dificultades que pueden unir sus efectos para llegar en una crisis empeorada y por lo tanto en el final de una Europa como proyecto colectivo. El primero se debe a que ninguna configuración institucional puede tranquilizar a los mercados, nombre en clave de la especulación, ya que ésta se alimenta a la vez de los riesgos de quiebra y de las posibilidades de ganancias que ofrecen a corto plazo. Es el principio de la proliferación de los productos derivados y del diferencial sobre los tipos de interés. Las instituciones de inversión que alimentan las operaciones bancarias en la sombra necesitan llevar los presupuestos nacionales al borde de la ruina, mientras que los bancos necesitan contar con los Estados (y los contribuyentes) en caso de crisis de liquidez. Pero tanto unos como otros forman un circuito financiero único. Mientras no se vuelva a cuestionar la “economía de la deuda”, que rige las sociedades de arriba a abajo, no será viable ninguna “solución”. Pero la gobernanza actual lo excluye a priori, aunque para ello sacrifique cualquier crecimiento durante un tiempo indeterminado.

La segunda dificultad es el aumento de las contradicciones internas de la UE. No sólo está la posibilidad de “la Europa de dos velocidades”, sino que incluso hay quienes hablan de Europa de tres o cuatro velocidades y a cada instante surgirá la amenaza del estallido de la economía de los países de la eurozona. De hecho, ya tenemos tres velocidades: los países de la UE establecieron varias reglas para entrar en la Eurozona, pero si no se cumplen, si mienten a sus ciudadanos y socios sobre la situación de sus economías, y si las agencias de calificación y Eurostat yerran totalmente, se interpretará que esas conducta “irresponsable” de los políticos, gobiernos y del sector bancario conducirá a un agravamiento de la crisis. La interpretación del eje franco-alemán es que si se quiere estar en la Eurozona hay que cumplir las reglas. Lo tomas o lo dejas. De los países que no forman parte de ella, algunos buscarán una mayor integración, mientras que otros (especialmente el Reino Unido), a pesar de su dependencia del mercado único, acabarán rompiendo o suspendiendo su pertenencia.

En cuanto al mecanismo de “sanciones” advertidas contra los malos alumnos del rigor presupuestario, sería iluso pensar que sólo puede afectar a algunos países “periféricos”. Y basta con observar cómo se ha dejado a Grecia sin fuerzas, al borde de la revuelta, para imaginar los efectos que tendría la generalización de estas “fórmulas” en toda Europa. Por último, y no por ello menos importante, el “directorio” franco-alemán, trastocado en los últimos días por el desacuerdo sobre la función del Banco Central, tiene pocas posibilidades de fortalecerse en estas circunstancias, a pesar de los intereses electorales de sus miembros, y sobre todo del presidente francés.

La coacción del caos

Pero la dificultad más difícil de vencer será el castigo de la opinión pública. Sin duda el chantaje del caos y el espantajo permanente de una rebaja de la nota pueden paralizar los reflejos democráticos. No se puede aplazar indefinidamente la necesidad de conseguir la autorización popular para poder realizar cambios a través de una revisión de los tratados, por limitada que sea. Y toda consulta implica la posibilidad de volverse contra el proyecto de la Unión. A la crisis de estrategia se añadirá entonces una crisis de representación, que también se encuentra avanzada.

En estas condiciones no es sorprendente que se alcen voces críticas. Pero lo hacen en direcciones opuestas. Unos apoyan un refuerzo de la integración europea, pero afirman que únicamente es viable con la condición de que conlleve una triple democratización: restablecimiento de la política en detrimento de las finanzas, control de las decisiones centrales mediante una representación parlamentaria reforzada, vuelta al objetivo de solidaridad y de reducción de las desigualdades entre los países europeos. Otros, como los teóricos de la de la desglobalización, ven en la nueva gobernanza el resultado de la sumisión de los pueblos “soberanos” a una construcción supranacional que sólo puede servir al neoliberalismo. Los primeros son claramente insuficientes y los segundos se encuentran peligrosamente expuestos a fusionarse con los nacionalismos que pueden llegar a ser xenófobos.

La rebeldía de los ciudadanos

La gran preguntas es saber cómo se orientará la “revuelta de los ciudadanos”, cuya intensificación ante la “dictadura de los mercados”, a los que los Gobiernos sirven de instrumento. ¿Se volverá contra la instrumentalización de la deuda, que traspasa las fronteras, o bien verá en la construcción europea, tal como se plantea actualmente, un remedio peor que la enfermedad? ¿Intentará, allí donde la gestión de la crisis concentra los poderes de hecho o de derecho, crear contrapoderes, no sólo constitucionales, sino también autónomos y si fuera necesario, insurreccionales?

¿Se conformará con reclamar la reconstitución del antiguo Estado nacional o social, hoy carcomido por la economía de la deuda, o bien buscará alternativas socialistas e internacionalistas, los fundamentos de una economía del uso y de la actividad, a escala de la globalización en la que Europa en el fondo tan sólo es una provincia?

Sólo podemos aventurar que el factor determinante para que cesen estas incertidumbres será la extensión y la distribución por Europa de las desigualdades y de los efectos de la recesión, en especial del paro. Pero la capacidad de análisis y de indignación de los “intelectuales” y los “militantes” será la que alumbre, o no, los referentes simbólicos.

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[1] 1. f. Arte o manera de gobernar que se propone como objetivo el logro de un desarrollo económico, social e institucional duradero, promoviendo un sano equilibrio entre el Estado, la sociedad civil y el mercado de la economía.
2. f. ant. Acción y efecto de gobernar o gobernarse.

martes, 22 de noviembre de 2011

Se nos ha muerto Javier Pradera (1)

 
Ayer fue para mí un día triste, muy triste. No, no hablo de resultados electorales. Estos, mas o menos, estaban ya descontados y se ha hablado y se hablará mucho más. Tiempo habrá para ello dentro de unos pocos meses, cuando el nuevo Gobierno comience a hacer su labor, a aplicar su programa, tomar decisiones y analizar cómo se va montando el variable puzzle de los grupos parlamentarios.

Me levanté mientras desayunaba por una llamada: un amigo desde Madrid me comunicaba que se nos había muerto Javier Pradera, uno de los grandes intelectuales de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI, que acaba en este año. Entre unas obras y otras, especialmente en el campo del ensayo y el artículo periodístico; también y considerablemente en el mundo editorial, Pradera se ha erigido como una figura central de la España contemporánea, "la materia gris de la cultura", como dijo sobre él el escritor Javier Cercas. Cuando se hablaba en estos términos, modestia aparte, este veterano de mil batallas sonreía y negaba el calificativo.

Javier Pradera ha muerto como había vivido: con dignidad. La dignidad del hombre que se esfuerza por ser justo, para lo que es preciso no solo conceptos, intuiciones e ideales, sino la voluntad de ponerlos y ponerse en constante prueba. Es algo que demanda no poca capacidad de resistencia. Y Pradera ha sido un resistente hasta el final. No hace mucho, quien me llamó para darme la mala nueva me comentó que estaba seriamente enfermo. Sin embargo, el mismo día en que se lo llevó su muerte, publicaba El País el que habría de ser su último artículo: Al borde del abismo".

Visto hoy, el título resulta cuanto menos irónico. La importancia de Javier Pradera trascendía mucho más allá de su trabajo, pues no era necesario haber tenido un trato íntimo con él para comprender lo que ha sido para nuestro país su trayectoria como actor y pensador político, como agente cultural de primer orden y como periodista, siempre de forma discreta y generosa, siempre sabiéndose responsabilizar de cada una de sus opiniones y posturas, siempre anteponiendo lo que creía adecuado a su propia conveniencia. Este su último artículo lo dictó, como otros, a su mujer, Natalia Rodríguez-Salmones. No veía ya las teclas. Pocas semanas antes, una perseverante enfermera se esforzaba en el hospital, con una manzana en la mano: "A ver Francisco, esto que va a comer, ¿cómo se llama?" Y Pradera, examinándola de reojo, respondía: "apple". Lúcido e irónico hasta el final que sabía estaba llegando.

 

Fue una de esas figuras singulares que inspiraron la Transición democrática española y una incipiente estirpe intelectual que, en aquellos tiempos, procuraba para España un modelo de sociedad y de cultura bastante más alto que el que después produjo la historia. En mis años de facultad, por los 70, se oía hablar de Pradera con una mezcla de enigma y de mitología, de personalidad algo sátira. En su despacho de Alianza, solía recibir a algunos postulantes, que llevaban algún desatinado ensayo en el cerebro o bajo el brazo. Al salir, afirmaban que él era solamente un fenicio, un comerciante camuflado, cosa que todo el mundo celebraba como una evidencia de lo contrario y que acrecentaba la figura.

Entre los no tan remotos tiempos en que los editores hurtaban sin piedad ni respeto la obra a sus autores y el tiempo actual, heredero directo de la salida a bolsa de los grandes grupos editoriales, donde la única perspectiva es el beneficio económico puro y duro, hubo un largo periodo en el que la edición se concibió también como un oficio de caballeros, según explica José María Guelbenzu en un artículo muy recomendable sobre Kurt Wolff.

Él pertenecía, con estilo propio, a esta clase de personas de dignidad. Su dedicación editorial abarca tres nombres míticos en la edición en lengua española: el Fondo de Cultura Económica (FCE), como primer director (1962-1966) de la delegación en España, Tecnos, Siglo XXI editores y Alianza Editorial, como miembro del consejo de dirección. En las dos primeras, al lado de otro nombre legendario, Arnaldo Orfila; en la tercera, junto con los otros dos impulsores de Alianza, José Ortega Spottorno y Jaime Salinas. Tres casas editoriales de enorme impacto en la intelectualidad de nuestro país, pero solo la última es netamente española. No hay hombre o mujer cultos del año 66 hasta ahora que no se haya formado en buena parte gracias al catálogo de Alianza Editorial. En su trayectoria literaria y de editor Pradera, era su convicción de que una editorial ha de ser una contribución necesaria al desarrollo intelectual del país, de una parte, y vehículo de conocimiento universal de otra; es decir, un constante flujo cultural de ida y vuelta. Al referirse a su labor en FCE escribió: "Aprendí mucho, aprendí la tradición de que los libros no son mercancías, sino bienes culturales. Fondo de Cultura fue y es modelo y paradigma editorial, no sólo por los libros que ha publicado sino, sobre todo, por la forma de comprender la cultura latinoamericana y española". Junto a Fernando Savater, fue director de la revista Claves de la razón práctica. Recibió el Premio Francisco Cerecedo, de la Asociación de Periodistas Europeos, en 1984.

Siempre actuó como un consejero de príncipes, en un discreto segundo plano, aunque de enorme influencia y autoridad, sin desear ni esperar otra cosa que el desempeño de ese papel, siempre atento y a veces próximo, por otra parte, a los lugares de decisión y a los movimientos del poder.

Esa actitud discreta e importante, cultivada como rasgo de carácter, le movió a la labor editorial en sellos que, como hemos señalado, se han grabado en la historia de las luces de este país, legando unos catálogos editoriales que, contemplados desde la distancia del tiempo, parecen concebidos para una sociedad de vanguardias del pensamiento y de ciudadanos ávidos de conocimiento. Y, efectivamente, hubo una época en que ése parecía un destino inexcusable, la identidad oculta de un pueblo, maltratado por circunstancias y errores históricos, al que le había llegado su hora, el momento de restañarlos y conjurarlos de una vez por todas.