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13 diciembre 2014

Alemania, la hegemonía sobre Europa


Una victoria en 2005 y sendas reelecciones en 2009 y 2013 han convertido a Angela Merkel en uno de los líderes europeos actuales más longevos en el cargo. Al mérito de haber superado exitosamente tres citas electorales se le añade el hecho de que dos de ellas han sido durante una de las crisis económicas más profundas que Europa ha sufrido en décadas.

Sus inicios fueron agridulces. La situación de la economía alemana a su llegada al cargo en 2005 era mala, con un paro elevado y un bajo crecimiento. Sin embargo, las expectativas sobre el futuro eran más favorables. Lo más difícil ya lo había hecho su antecesor Schröder con la Agenda 2010, un plan que Merkel reconoció como positivo para Alemania al llegar a la cancillería. El país encontraría gracias a este plan su nuevo rumbo y su lugar dentro de la economía internacional, pero sus efectos se han demostrado una década después incompatibles con el desarrollo general tanto de la Eurozona como de la Unión Europea. Y es que la cara del modelo germano es la cruz de muchos países comunitarios.

Comienza el desequilibrio




Uno de los logros de la Agenda 2010 había sido, desde el punto de vista macroeconómico y empresarial, la paulatina reducción de costes laborales dentro de las fronteras alemanas. Cuando Merkel  llega al poder esta tendencia continúa, y dado el apego que desde el partido democristiano CDU/CSU se le tenía a la hoja de ruta que el SPD había iniciado con la Agenda 2010, no iba a ser ella quien la detuviese. El objetivo era sacar a Alemania del bajo crecimiento, así como reintegrar nuevamente a la economía productiva a los millones de parados que se habían ido generando desde la reunificación alemana; la manera, fomentando la exportación de bienes, especialmente a países de la zona euro, ya que gracias a la competitividad ganada en los últimos años mediante los ajustes laborales, las empresas alemanas habían mejorado enormemente su posición en el mercado internacional y sus productos tenían mejor salida. Además, la medida era doblemente efectiva, ya que desde la entrada en circulación de la moneda única los países de la Eurozona habían perdido la herramienta monetaria para ganar en competitividad devaluando sus monedas. Ahora decidía el Banco Central Europeo por todas.


Así, la estrategia de austeridad mas la ya plenamente integrada política de I+D en las empresas alemanas, permitió al país mantener un modelo basado principalmente en la industria tecnológica y de bienes de equipo altamente competitiva a la vez que aguantar el tirón de la deslocalización hacia Europa del este —Polonia, República Checa o Rumanía— y los productos más baratos de otras economías como China. De hecho, entre los años 2003 y 2008, el mayor exportador global de bienes fue Alemania. A partir de ese año quedó superada por la potencia asiática y Estados Unidos, aunque de momento mantiene un liderazgo indiscutible en Europa.

La cuestión es que ese modelo de fomento de la exportación en detrimento del mercado interior fue creando año tras año mayores desequilibrios en las balanzas comerciales con otros países. Desde la teoría, lo ideal es que los saldos comerciales entre países estén compensados y, en caso de que en algún momento haya desequilibrios, estos no se alarguen demasiado en el tiempo. Sin embargo, el ejemplo alemán se aleja bastante del óptimo. Año tras año exportaba por mucho más valor de lo que importaba a pesar de comerciar prácticamente con los mismos tipos de artículos —aquí entra el valor añadido y la calidad de los productos alemanes—. Así, los estados que no pudieron compensar sus desequilibrios con Alemania exportando la diferencia a terceros países, tuvieron que recurrir al endeudamiento para suplir ese desequilibrio y aunque durante la primera década del siglo XXI los países comunitarios, especialmente los de la periferia europea, tenían un endeudamiento público bajo, el privado empezó a aumentar a un ritmo considerable. Cabe destacar además que salvo Alemania, pocos países de la Unión Europea tienen saldos comerciales positivos por una afección habitual en las economías desarrolladas: dificultad para vender sus productos en el exterior —a veces causado por la baja competitividad— y las masivas importaciones de materias primas o productos baratos de otros países. Por tanto, y a pesar de que por aquellos años Alemania estuviese encantada con su situación comercial, estaba obligando a bastantes economías europeas a endeudarse para seguir comprando productos alemanes. Miles de millones de euros iban agrandando año tras año un enorme agujero comercial que casi se tornaba en espiral ya que pocos países, por no decir ninguno, podían hacer el esfuerzo competitivo necesario para atajar su déficit con Alemania.

Sin embargo, entre el comienzo del nuevo milenio y el estallido de la crisis, Alemania era problema y también solución. Gracias al euro, la libertad de movimiento de capitales —entre otras cosas—, el superávit comercial y los buenos resultados empresariales que los germanos cosechaban, los desequilibrios que otros países tenían con los teutones fueron financiados en gran medida por los bancos alemanes, además de empezar a invertir ingentes cantidades de dinero en la pujante periferia europea, caso de Irlanda, España o Grecia. Así pues, todo quedaba en casa. Las economías europeas podían seguir comprando masivamente a Alemania ya que esta dejaba pagarlo cómodamente a plazos, mientras que las cada vez mayores cantidades de capital que industrias y bancos germanos acumulaban buscaban destino con impaciencia al ser su país un mercado saturado y sin rentabilidad ninguna. Miles de millones de euros alemanes fueron a parar al entonces boyante sector español de la construcción, a la Irlanda bautizada como “tigre  celta” o a la Grecia renacida con los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004. Hasta 2008, todo aquello fue un aparente win-win sin fin. Sin embargo, la burbuja que la barra libre de financiación alemana y la adicción que esta había creado en buena parte de la Unión era considerable. Y ninguno estaba preparado para que la fiesta terminase.

Berlín, capital europea de facto



El eje París-Berlín ha sido fundamental dentro de la construcción europea. Incluso integrando otros núcleos de poder más periféricos como Londres, Roma o Madrid, la Unión tuvo durante algunas décadas una repartición de poder algo más descentralizada. Sin embargo, la llegada de Merkel a la cancillería alemana ha puesto de relieve que Berlín ha de ser un centro, por no decir el centro, indiscutible.

El hábil juego de la política exterior alemana en los últimos tiempos ha sido enormemente fructífero para ellos y en gran medida también para la Unión. Schröder tuvo que hilar fino con las relaciones transatlánticas, ya que aunque Alemania participó en la invasión de Afganistán en el marco de la lucha contra los talibanes, rehusó colaborar en la similar operación en Irak en 2003, lo que tambaleó sus relaciones con Estados Unidos y parte de los socios europeos. Sin embargo, la entonces vocación pacifista del país se ha reconocido a largo plazo como positiva para Alemania, ya que evitó participar en el desastre que se ha convertido Irak y ahuyentó los fantasmas que podían quedar sobre el país germano respecto a su belicosidad.

Sin embargo, este desencuentro entre Berlín y Washington permitió a Alemania seguir fomentando su Ostpolitik. La expansión de la comunidad europea hacia el este en 2004 supuso un desplazamiento del centro de gravedad político de la Unión desde la zona atlántica hacia la región centroeuropea. Y de los beneficiados, además de los nuevos integrantes, Alemania era de los principales. Ganaba países vecinos a su causa política, eliminaba trabas económicas y comerciales entre los nuevos adheridos y su país y sobre todo, aparecían nuevos territorios mucho más competitivos sobre los que deslocalizar parte de la producción industrial y de servicios alemana, que a su vez estaba geográficamente próxima a la propia Alemania. Y eso sin contar con los crecientes flujos migratorios que acudían al país germano gracias a la libertad de movimiento de personas, algo que se traducía en mano de obra barata y cualificada.

En igual medida, y aquí viene uno de los grandes valores añadidos políticos de Alemania, es la sintonía entre Berlín y Moscú. A pesar de la aparente enemistad que separa la Europa occidental de Rusia, la confianza existente entre Putin y en especial Merkel es absoluta. Líderes pragmáticos y con un sentido de estado considerable, ambos presidentes han construido otro de los ejes vertebradores del continente, el nexo entre el oeste y el este europeo. Aunque no es una relación que se airee demasiado, la importancia del gas y el petróleo ruso para el oeste, así como la maquinaria europea para el este son de vital importancia. Y ambos saben lo que se juegan. Como dato, durante el año 2014 —especialmente duro en las relaciones UE-Rusia— Putin ha hablado por teléfono con Merkel en 35 ocasiones; con Obama sólo 10.

De puertas para adentro, Alemania también ha proyectado su poder sobre las estructuras comunitarias. Hasta la llegada de la crisis en 2008, sus mayores esfuerzos estaban encaminados a que desde el BCE se controlase la inflación —único objetivo de la institución— para mantener estables los precios y mantener así la competitividad. Sin embargo, con el estallido de la crisis, su posición dominante se ha extendido a otras estructuras comunitarias dada la inacción de las instituciones comunitarias y descoordinación del resto de socios europeos, especialmente Francia. Así pues, por voluntad propia u obligada por las circunstancias, Alemania se ha erigido como guardián de la construcción europea, faro del progreso y látigo de la díscola periferia comunitaria.

Una crisis y muchos dilemas


En términos generales, tanto en Alemania como en buena parte de Europa se tiene una visión sentimental y sesgada de los porqués de la crisis continental. Independientemente de que gran número de los alemanes crea que la periferia europea está de fiesta, no  trabaja y sean vagos por naturaleza, el gobierno germano no se rige por esa visión. No obstante, es una buena cortina de humo, como así demostraron los arrolladores resultados del CDU/CSU en las elecciones de 2013. Simplemente, lo que Alemania lleva haciendo desde 2008 es defender sus intereses en el sentido más amplio. El desequilibrio generado por su agresiva política comercial ha llegado a ser tan grande y su facilidad crediticia ha sido tan alegre que ellos mismos han acabado siendo rehenes de su éxito. En este sentido, crearon tales interdependencias con tantos países europeos que han acabado encadenados al destino de estos, por lo que la caída de uno significa que Alemania puede ser arrastrada detrás. Y aunque es evidente que los alemanes no quieren caer por culpa de otros, Europa tampoco se puede permitir que su locomotora económica se debilite.

El fin de fiesta de la periferia europea ha despertado del sueño a numerosas empresas de Alemania, especialmente sus bancos. Se han encontrado con miles de millones de euros comprometidos en dudosas y peligrosas inversiones —incluyendo deuda soberana— que pueden no retornar a manos alemanas, generando un dominó que afectaría igualmente y de manera grave a la economía germana. Los rescates en Grecia, Irlanda, Portugal y España siguen esta lógica, apoyada por la necesidad del BCE de evitar que todo el entramado económico comunitario se hunda. El interés alemán en estas operaciones es, en un primer momento, recuperar todo o gran parte del dinero invertido, algo difícil en países con unos niveles de endeudamiento público y privado tan altos. Para ello, han recomendado encarecidamente seguir las recetas que ellos aplicaron cuando su situación era aparentemente la misma que la europea actual —bajo crecimiento y alto desempleo—: austeridad y devaluación interna. Rescatar la Agenda 2010 y hacer una versión extendida de la misma. Bajo esta lógica, el adelgazamiento del gasto público estatal y promover medidas flexibilizadoras del mercado laboral permitirán la devaluación interna del país, que unida a la inyección de capitales procedente del BCE, debería servir para la recuperación de los países comunitarios en crisis.

Sin embargo, las recomendaciones alemanas están lejos de seguir el altruismo. Alemania necesita irremediablemente que los socios europeos se recuperen económicamente. Si bien es cierto que la UE no puede subsistir sin Alemania, lo es igualmente que la economía alemana necesita del resto de las europeas para seguir funcionando. El persistente mensaje de austeridad y devaluación ha acabado calando en la troika europea —Comisión Europea, BCE y Fondo Monetario Internacional—. Para los dos primeros pesa más la influencia alemana en sus instituciones que la idoneidad de las medidas; para el FMI, imbuido desde hace décadas de una perspectiva neoliberal, se ajusta perfectamente a su visión.

Sin ser menos cierto que muchas economías europeas necesitan ganar en competitividad de cara al futuro, esto se está haciendo a base de destruir la demanda interna de los países al empobrecer a la población. Alemania necesita que los socios europeos vuelvan a comprar sus exportaciones, pero estos no lo pueden hacer siguiendo las recetas alemanas, ya que se debilita su economía y su capacidad de compra. Además, en ese periplo devaluativo, al ganar en competitividad exterior, incluso pueden desplazar en el mercado a los productos alemanes. Un terrible círculo donde no se tiene claro en qué punto está la salida.

Con el tiempo, la fe depositada en Alemania y su líder se desvanece. Al descontento surgido en el sur europeo se le ha ido sumando la poca colaboración del presidente francés Hollande una vez sustituye a Sarkozy en el Elíseo —aunque no haya hecho de verdadero contrapoder— y en los últimos tiempos, el hartazgo del BCE de seguir recibiendo órdenes de Berlín y del Bundesbank. Así, tarde, pero todavía a tiempo, el sector que exige en la UE otra forma de hacer las cosas, distinta “a la alemana”, gana terreno, mientras que los germanos cada vez se ven más arrinconados y sin que sus planes de reordenar la economía europea y su construcción política hayan salido como tenían previsto.

10 diciembre 2011

La Unión Europea avanza

La cumbre europea ha comenzado al fin un gran proyecto de unión económica que complete la unión monetaria


Ha muerto una Europa y otra ha empezado a nacer. La cumbre de Bruselas ha alumbrado por fin un gran proyecto (aunque aún incompleto) de unión económica que complete la unión monetaria iniciada con la creación del euro en 1999. Era una asignatura pendiente clave. Iba en ella la supervivencia de la moneda única, seguramente del mercado interior y quizá de la propia Unión. Para garantizarla, la cumbre ha tenido que prescindir de lastre, de quienes se negaban a dar el paso. Al final, sólo Reino Unido, por intereses nacionalistas o fundamentalistas; es decir, por miedo al ala más conservadora del partido en el gobierno, ha quedado fuera. Otros, tras un primer rechazo, como Hungría, han aceptado. acepta someter el acuerdo a su Parlamento. Suecia, la República Checa y el resto de países de la UE que no están en el euro harán lo mismo.
Contrariamente a lo que pueda parecer, no surge una UE más fracturada, porque las fracturas ya estaban, pero siempre se aplazaba su sutura. No nace una Unión con menos miembros, porque los 27 seguirán siendo los 27. Pero habrá dentro de ellos una eurozona ampliada más articulada, una Unión premium, con voluntad expresa de emprender no sólo su “integración presupuestaria”, sino también de trazar una “política económica común”. Palabras mayores. Se inaugura así la doble velocidad formal (aunque de hecho la libertad de circulación de Schengen y el propio euro ya venían a constituir dobles círculos) que permitirá cancelar el chantaje del veto de un solo socio, y por tanto la parálisis del conjunto, posibilitadas por la persistencia del voto por unanimidad. Como por ejemplo, ante la necesidad de avanzar hacia una unión económica que comportará una más honda regulación financiera y bancaria común, una convergencia impositiva (al menos en Sociedades y con la Tasa Tobin) y la desaparición de estatutos privilegiados de algunos.
Jacques Delors, presidente de la
Comisión Europea entre 1985 y 1995.
Hay que celebrar esa doble velocidad, porque la velocidad única que teníamos no era velocidad, era ir siempre al ritmo lento del socio más perezoso o egoísta. Era, cada vez más, la parálisis. Ahora habrá un “grupo de vanguardia” (como evocaba Jacques Delors), nutridísimo, quizá de 25 socios. Un “núcleo duro”, como por vez primera propusieron, en septiembre de 1994, los demócrata-cristianos alemanes Karl Lammers y Wolfgang Schauble en un sonado documento que consagró la idea de la doble velocidad. Esperaban entonces que eso no implicara “el abandono de la esperanza de que Gran Bretaña asumirá su papel en el corazón de Europa ya sí en su núcleo”, vana esperanza.
Esas formulaciones abrieron paso en el Tratado a las “cooperaciones reforzadas” y a las “cooperaciones estructuradas”, como la prevista para la eurozona en el artículo 136. Y eso no debe resultar necesariamente en una “Europa a la carta”, más desordenada, con capas impermeables de miembros siempre condenados a no promocionar de categoría. Para evitarlo conviene recordar que esas cooperaciones exigen, según el vigente tratado, que se respete y no se fragmente el acervo jurídico comunitario; que no se diluya el peso de las instituciones comunes; que se trate de asociaciones más estrechas pero siempre abiertas a la incorporación de los restantes socios.
En azul, los países
 componentes de la EFTA
La vía abierta ayer, por mayoría cualificadísima, al nuevo Tratado, certifica la segunda muerte de la EFTA, que parecía haberse infiltrado en, e infectado a, la Unión. La EFTA era la Asociación de Libre Comercio que promovió en 1959 Reino Unido para competir contra la Comunidad Económica Europea creada por el Tratado de Roma en 1957. La alternativa de una zona de mero librecambio sin articulaciones económicas superiores murió por inanición, al ingresar algunos de sus socios más relevantes (Austria, Finlandia, Suecia) en la UE en la ampliación “nórdica” de 1995. Quedó en un Espacio Económico Europeo que ha ido sirviendo como sala de espera y aprendizaje para los candidatos aún no preparados para el ingreso. Pero si la EFTA-institución quedó arrumbada, no así su filosofía, que Londres desarrollaba apoyando con gran ímpetu cualquier ampliación, porque así era más fácil diluir la articulación o cohesión interna del club, y ejerciendo todo tipo de —siempre sofisticado— filibusterismo institucional.
En realidad, todas las ampliaciones (al Oeste, al Sur, al Norte y al Este) fueron precedidas o inmediatamente seguidas de una profundización, a través de una reforma del Tratado, para que no chirriasen las costuras de una asociación inicialmente pensada para seis socios, hoy casi quintuplicada. El problema es que, como ha demostrado la poca vivacidad de los avances europeos desde la vigencia del último gran texto, el de Lisboa, éste estaba incompleto (sobre todo en lo económico, con cambios menores desde Maastricht) y era poco funcional para permitir decisiones ágiles de 27 Estados miembros.
Con la de ahora, las grandes mutaciones en la unificación económica se han producido cada veinte años. En 1970, con el Informe Werner que abrió paso a una coordinación monetaria que culminó en el Sistema Monetario Europeo (la segunda serpiente) de1979; en 1991, con el Tratado de Maastricht que diseñó la moneda única, creada en 1999. En 2011, cuando lo que se prometía como una unión fiscal limitada a vigilar la disciplina presupuestaria, ha puesto las bases de un compromiso más amplio de integración económica.

El presidente de la Comisión Europea,
José Manuel Barroso, con el
primer ministro británico David Cameron
Con el paradigma anterior, consistente en mantener a todos en el mismo barco a cualquier precio, ganaba el chantaje. Con Margaret Thatcher y John Major, pero también con Toni Blair y Gordon Brown, aunque en menor medida porque era algo más proeuropeos, en caso de conflicto el problema lo tenía Europa. Ahora el problema lo tiene Reino Unido. Si hay niebla en el canal de la Mancha, son las islas las que marginadas, contra el famoso titular de The Times, “Europa está aislada”, de la época imperial. Y si perdemos un poco de Gran Bretaña, ganamos a cambio un mucho de Polonia, la revelación europeísta de la temporada.
Con la experiencia de más de medio siglo, la nueva planta de la Unión debe plantearse la eliminación casi completa del requisito de unanimidad. No ya por furor europeísta, sino por pragmatismo. Desde que se liberalizaron los movimientos de capitales en los años ochenta y se generó la globalización, mercados y agentes financieros toman sus decisiones casi al nanosegundo. Mientras que Gobiernos e instituciones se arrastran durante meses para conseguir redactar un reglamento que, una vez impreso, requiere al instante ser modificado. Las decisiones por mayoría cualificada deben ser la norma, también por ser más rápidas. Es la única manera de adaptarse a la velocidad de los mercados e intentar encauzarlos. La vía para superar dualidad de velocidades que debe preocuparnos: la del dinero y la de la democracia.
El resultado de la cumbre es más Europa y un avance del federalismo y la cesión de soberanía al centro. Con todas sus consecuencias: se fija una regla fiscal en todas las constituciones para no superar el 0,5% estructural. En España eso ya está prácticamente hecho. Además, se avanza por el camino de las sanciones automáticas en el caso de los incumplidores, y cada país tendrá que informar de las emisiones de deuda (aunque no queda claro si habrá limitaciones para emitir).

ESPAÑA


José Luis Rodríguez Zapatero y Herman Van Rompuy, anteayer en Bruselas
Rodríguez Zapatero reconoció que el estímulo más urgente que necesita la economía española es que se rebajen los altos costes que paga por financiar su deuda y que vuelva a fluir el crédito a familias y empresas. Para lograrlo, sería fundamental el respaldo del Banco Central Europeo (BCE) y, aunque no ha querido apartarse de la ortodoxa declaración de fe en su independencia, ha pedido que tenga una “posición equilibrada”. Es decir, que como la Reserva Federal o el Banco de Inglaterra, no solo se ocupe de vigilar la inflación, sino que actúe como prestamista de último recurso. “No tengo ninguna duda de que [el BCE] sabe que tiene que contribuir a la estabilidad de la zona euro, aunque se guíe por sus propias evaluaciones y análisis.”

Rajoy y Sarkozy se reúnen antes
de la reunión de líderes del PPE
Zapatero ha jugado en Bruselas el doble papel de presidente saliente y comisionado del entrante, con el que se ha mantenido en permanente contacto. Le llamó el jueves por la noche nada más aterrizar y volvió a hacerlo el viernes. Las noticias no eran buenas: no había podido cumplir el encargo de Rajoy de garantizar para España el derecho de veto en el futuro fondo de rescate permanente, como tienen Alemania, Francia o Italia. Para ello habría sido necesario que la minoría de bloqueo se redujera del 15% al 10% de los votos, ya que la participación española es del 11,9%. Pero Zapatero ha tropezado con el argumento de que, si se ha abolido la unanimidad, es para evitar la parálisis del fondo y de que el 85% de mayoría es el mismo porcentaje vigente en el Fondo Monetario Internacional (FMI). “Se lo he explicado [a Rajoy] y lo ha entendido perfectamente.”

02 octubre 2011

Alemania nos concede una tregua

  
En medio de la hipocondría de una crisis que está alterando nuestras vidas, un rayo de luz pareció iluminar a Alemania. Ocurrió el pasado jueves en el centro de Berlín. Angela Merkel, heroína a su pesar, salvó, por ahora, a Europa y al euro allanando un estrecho cortafuegos en el tiempo de descuento de la crisis de la deuda. Una prórroga para evitar el despeñadero al que nos arrojaban ineludiblemente el arrastrar de pies de los actualmente pequeños dirigentes de la Unión Europea —los procesos de la UE se ejecutan tres meses después de tomarse—, llegando tarde y con poca fuerza como para frenar la vertiginosa celeridad con la que operan los mercados. Porque no hay Plan B, ha vuelto a repetir el comisario Almunia: “Si esto falla, será una catástrofe”. Por unos instantes —la felicidad está tejida de momentos fugaces—, bajo la futurista cúpula acristalada del Reichstag, obra de Norman Foster, Alemania volvió a ser el buen país europeísta de Adenauer y Kohl, posibilitando pensar en el regreso de una Alemania europea capaz de enterrar una Europa alemana, que una mayoría de sus ciudadanos parece sin embargo preferir. La canciller, aferrada a una coalición en la que los liberales están desaparecidos y el ala bávara de su democracia cristiana apuntada al euroescepticismo, logró un importante triunfo político en el Bundestag. Una mayoría propia, entre los suyos, a favor de ampliar el fondo de rescate europeo, que debiera hacer posible que Grecia continúe pagando sus deudas.


Nos esperan todavía días churchilianos de sudor y lágrimas. El fondo, ampliado a 440.000 millones, es insuficiente. Dos billones de euros serían el listón para que los mercados se lo piensen dos veces antes de ir a por Italia y España. Alemania advierte que no pondrá más dinero, se opone a convertir la UE en una unión de transferencias y rechaza los eurobonos. La agencia calificadora Standard & Poor’s amenaza con degradar el crédito del país. Aun a regañadientes, Alemania no tiene más remedio que defender el euro. Como ocurrió en 1914 y 1939, por otras razones y con otras consecuencias, Berlín vuelve a tener la llave. Esta vez para evitar un ciclón financiero capaz de arrastrar al continente y a todo el mundo a un agujero negro. Alemania impone su ritmo, el paso a paso: no existen soluciones mágicas, de una sola vez, para resolver la crisis europea. La respuesta no es regar con más dinero el problema. “No puedes luchar contra el fuego con más fuego”, dice el ministro de Hacienda alemán. Los países pecadores, culpables de endeudamiento, no pueden irse de rositas con una leve penitencia. The Economist recuerda esta semana que en alemán la palabra para deuda es schulden, derivada de schuld, que también significa culpa. La piedra trasatlántica lanzada desde EE UU por Obama contra los europeos, “culpables” de la crisis mundial, es indebida. Washington dista mucho de estar libre de pecado. La economía norteamericana se ha detenido; EE UU nos exportó la primera crisis; la irresponsabilidad fiscal del Congreso amenaza la recuperación; el primer país del mundo acumula una cantidad de deuda que supera a las europeas. Y el horizonte, hasta noviembre de 2012, es ya prisionero de una larguísima campaña electoral en la que lo urgente, la reelección de Obama, pasará por encima de lo importante.

 Alemania pasa a contribuir con 211.000 millones al fondo, 83.000 más que hasta ahora. Merkel se inclina por el futuro de Europa oponiéndose a un electorado escéptico, encendido por los tabloides de la prensa sensacionalista con la idea de la Europa buena: la trabajadora y austera, al norte del Rhin, que paga el despilfarro y la anarquía de los vagos del Sur. “Tenemos un interés nacional existencial en la estabilidad de Europa y el euro”, advirtió el portavoz cristianodemócrata en el debate en la Cámara baja. Un abatido Papandreu había volado a Berlín para suplicar por el rescate de Grecia: “Incluso Alemania depende de Europa, su mayor socio comercial, para su crecimiento y empleo”. Existencialismo germano doblado de egoísmo: la mayoría de sus exportaciones van a la eurozona; los bancos alemanes atesoran deuda soberana en euros. Y los derrochadores sureños han ayudado a mantener bajo el tipo de cambio del euro beneficiando las exportaciones alemanas al resto del mundo. Las élites alemanas, políticas y económicas, son mayoritariamente europeas; la gran industria también; la izquierda más radical, los neocomunistas de La Izquierda, votaron en contra; el rechazo europeo anida más en clases medias y bajas y en la pequeña empresa. El nacionalismo no es visto como la solución en Alemania, donde, a diferencia de Holanda, Austria o Finlandia, la extrema derecha xenófoba está a la baja.

30 septiembre 2011

Votos y vetos

J. I. Torreblanca

En los días buenos, la política es el arte de tomar decisiones que resuelven problemas y mejoran la vida de la gente. Pero como en la vida misma, no todos los días luce el sol y hay ocasiones en las que la política no se dignifica resolviendo los problemas, sino posponiendo sus soluciones o, directamente, agravándolos. Esa sensación tenemos en el contexto europeo, donde arrastrar los pies y diferir las soluciones parece que se ha convertido en la norma, no en la excepción.

El Bundestag ratificó ayer las medidas de urgencia tomadas en julio, mientras que el Parlamento finlandés hizo lo propio el miércoles. El caso es que, dos meses después de aquellas medidas, se supone que tenemos que congratularnos porque 11 países ya hayan ratificado la ampliación de los recursos y competencias del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (ese embrión de Fondo Monetario Europeo con el que estamos intentando hacer frente a la crisis). Aún quedan, sin embargo, otros seis por hacerlo (Austria, Chipre, Eslovaquia, Estonia, Holanda y Malta). Algunos plantean dificultades específicas, bien porque sus Gobiernos están en el campo de la ultraortodoxia económica o bien porque tienen apoyos parlamentarios de partidos xenófobos o euroescépticos que reniegan de cualquier tipo de solución que tenga un componente europeo. El resultado es que mientras sus señorías eslovacas, austríacas u holandesas se lo terminan de pensar, la crisis ya ha desbordado por completo las medidas aprobadas en julio y el debate sobre una nueva reforma y ampliación del fondo de estabilidad ya ha comenzado.

Gordon Brown, que fue un mal primer ministro pero un buen ministro de finanzas, ha estimado que los 400.000 millones de euros actuales de los que consta el fondo deberán ser ampliados hasta el billón de euros si se quiere evitar el colapso del sistema financiero, y eso en el escenario más optimista porque ese billón de euros, dice, fácilmente podría convertirse en dos. Una advertencia hecha pública el mismo día que Angela Merkel se esforzaba en el Bundestag para convencer a los miembros de su partido y de su coalición de Gobierno de que las medidas aprobadas en julio son suficientes y de que no pedirá más dinero a los contribuyentes alemanes para rescatar a Grecia. Está claro que Europa es víctima de la falta de voluntad política de sus líderes, pero también de su método para tomar decisiones.

A pesar de la similitud fonética, no hay nada más antagónico que un voto y un veto: mientras que el voto es el instrumento democrático por antonomasia, el veto es un instrumento contramayoritario y, por tanto, esencialmente incompatible con la democracia. Y aunque la Unión Europea no es una democracia, su proceso político y sus democracias nacionales están plagadas de actores con derecho de veto que son capaces de abortar en un momento dado la toma de una decisión. Hay 27 Gobiernos que tienen que acordar los textos por unanimidad (17 si se trata de la eurozona); multitud de socios de Gobierno en coalición que también tienen que ser consultados durante las negociaciones de dichos acuerdos; Parlamentos que luego los tienen que ratificar (algunos de ellos bicamerales o federales donde también los Estados o regiones pueden votar); Tribunales Constitucionales, como el alemán, que también gustan de examinar a fondo los acuerdos alcanzados; y, finalmente, en algunos casos, como ocurriera con la fallida Constitución europea, referendos populares (obligatorios u opcionales).

Hay que decir que, aquí, Alemania se lleva la palma. Su innegable eficacia económica coexiste con un sistema político que cuenta con un número exagerado de instancias decisorias y actores con derecho de veto: entre el grupo parlamentario de Merkel; la facción bávara del partido; los socios liberales de Gobierno; el Tribunal Constitucional y unas muy inconvenientes elecciones regionales cada dos por tres, nos tienen a todos en vilo.

Claramente, los alemanes son mucho mejores en ingeniería industrial que en ingeniería política. Es una pena que los déficits institucionales no se anoten en la contabilidad nacional: ahí saldríamos ganando y ellos perdiendo.

Así pues, incluso en el mejor de los casos, en un mundo ideal con Gobiernos monocolor henchidos de liderazgo, Parlamentos sumisos, Estados unitarios, electorados indiferentes y Tribunales Constitucionales dóciles seguiríamos teniendo 27 actores con derecho de veto, 17 en el caso de la eurozona. No es de extrañar que ante la mera insinuación de que la crisis del euro requeriría renegociar los Tratados europeos, cunda el pánico. Y no es de extrañar tampoco que los mercados sospechen de un sistema político (el europeo) experto en posponer tomar las decisiones importantes o directamente, evitar tomarlas.