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18 mayo 2015

El primer escrito de Antonio Machado en Soria: «Nuestro patriotismo y la marcha de Cádiz»

Contexto histórico del artículo     

El 20 de noviembre de 1886 en el madrileño Teatro de Apolo fue estrenado con mucho éxito el “episodio nacional cómico-lírico-dramático en dos actos y nueve cuadros” titulado simplemente Cádiz, cuya acción transcurre en aquella ciudad y sus alrededores desde 1810 a 1812. Los tres autores (Javier de Burgos el libro, Federico Chueca y Joaquín Valverde, padre, la música) vieron cómo inmediatamente se desgajó de la obra y se hizo muy popular en bandas de música y en otros formatos el pasodoble o marcha que se canta al final del primer acto, el llamado “Final I”, aclamando la llegada de los voluntarios aragoneses que vienen a ayudar a los gaditanos sitiados por los franceses, y cuya letra dice así:
 
¡Que vivan los valientes / que vienen a ayudar
al pueblo gaditano / que quiere pelear.
todos con bravura / esclavos del honor
juremos no rendirnos / jamás al invasor!
 
Cuando diez años después del estreno de Cádiz suba al madrileño Teatro Eslava una especie de homenaje y parodia titulada La marcha de Cádiz, zarzuela cómica en un acto y tres cuadros, de Celso Lucio y Enrique García Álvarez, música de los maestros Valverde (hijo) y Estellés, estrenada el 10 de octubre de 1896 (ambientada en la época finisecular del estreno, en la obra se narran los apuros de un alcalde de pueblo que busca recursos y una orquesta para que en las fiestas suene la célebre marcha), las palabras finales de la captatio benevolentiae, son: “La marcha aquí terminó; / si no te parece mal, /aplaude, lo pido yo, / por el himno nacional.”
 
Tanto fue así que incluso un diario importante, El Imparcial, convocó un concurso para premiar una nueva letra que cumpliera esa nueva función de himno nacional; y con letra o sin ella fue masivamente utilizado en los años de la guerra de Cuba y la pérdida de las colonias como símbolo de un patriotismo poco reflexivo y alejado de la realidad.
 
Pero inmediatamente hubo gentes que no se enardecían, precisamente, escuchando la marcha de Cádiz, y escribieron críticamente sobre la situación poniendo esa música como punto de referencia. Suele citarse como ejemplo el artículo que escribió don Antonio Machado en sus primeros tiempos de su estancia en Soria, “Nuestro patriotismo y la marcha de Cádiz”, aparecido en 1908 en un número especial y colectivo de los diarios sorianos dedicado al centenario del comienzo de la Guerra de la Independencia; pero este escrito permaneció escondido para casi todo el mundo hasta que un erudito soriano lo sacó a relucir muchos años después. (José Tudela, Celtiberia, 21, 1961)
 

El artículo

 
En un raro impreso, como decíamos, se publicó en 1908 el primer escrito de don Antonio Machado sobre Soria, un artículo que aparece en el homenaje que la prensa soriana dedicó a los héroes de la Guerra de la Independencia, en una publicación del 2 de mayo de 1908, de la que luego hablaremos, comentando también la ideología que lo inspira. El artículo con el que don Antonio Machado rindió su homenaje al patriotismo de los españoles de 1808, es el siguiente:

«Nuestro patriotismo y la marcha de Cádiz»

 
Los últimos años de vida española han cambiado profundamente nuestra psicología. Acabamos de cosechar muy amargos frutos; y el recuerdo del reciente desastre nacional, surge en nuestro espíritu como una nube negra que nos vela el épico sol de otros días.
 
Tras un largo período de profunda inconsciencia, en que no faltaron lauros para los viejos héroes, ni patrióticas charangas, ni cantos de cuartel, perdimos —como todos sabéis— los preciosos restos de nuestro imperio colonial. Fue éste un golpe previsto por una minoría inteligente y que sorprendió a los más. Imaginaos al pueblo español como a un hombre que, inesperadamente, recibiera un fuerte garrotazo en la cabeza, cayera a tierra sin sentido y, al recobrarlo, le levantara preguntando: ¿Dónde estoy?
 
Comenzamos a despertar y a mirar en torno nuestro. Acaso, el golpe recibido nos pondrá en contacto con nuestra conciencia.
 
Por lo pronto, nuestro patriotismo ha cambiado de rumbo y de cauce. Sabemos ya que no se puede vivir ni del esfuerzo, ni de la virtud, ni de la fortuna de nuestros abuelos; que la misma vida parasitaria no puede nutrirse de cosa tan inconsciente como el recuerdo; que las más remotas posibilidades del porvenir distan menos de nosotros que las realidades muertas en nuestras manos. Luchamos por libertarnos del culto supersticioso del pasado.
 
¿Nos sirvió, acaso, el heroísmo de Castro y Palafox, defensores de Gerona y Zaragoza, para salvar nuestro prestigio en jornadas recientes que no quiero recordar? ¿Vendría en nuestra ayuda la tizona de Rodrigo, si tuviéramos que luchar otra vez con la morisma? No creemos ya en los milagros de la leyenda heroica.
 
Somos los hijos de una tierra pobre e ignorante, de una tierra donde todo está por hacer. He aquí lo que sabemos.
 
Y preferimos esta triste verdad a las estrofas fanfarronas de aquel poeta, que encarándose con España, le decía, entre otras cosas:
 
… porque indómitos y fieros,
saben hacer sus vasallos
frenos para sus caballos
de los cetros extranjeros.
 
Sabemos que esto no es verdad. Y cuando en versos del mismo poeta leemos:
 
… que no puede esclavo ser
pueblo que sabe morir…
 
Sonreímos amargamente pensando que, si nuestro pueblo no sabe otra cosa, será siempre esclavo; porque la libertad se basa en la virtud contraria; en saber vivir, precisamente en lo que pretenden ignorar esos vasallos indómitos y fieros.
 
Sabemos que la patria no es una finca heredada de nuestros abuelos; buena no más para ser defendida a la hora de la invasión extranjera. Sabemos que la patria es algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo. El pueblo que la descuida o la abandona, la pierde, aunque sepa morir. Sabemos que no es patria el suelo que se pisa, sino el suelo que se labra: que no basta vivir sobre él, sino para él; que allí donde no existe huella del esfuerzo humano, no hay patria, ni siquiera región, sino una tierra estéril, que tanto puede ser nuestra como de los buitres o de las águilas que sobre ella se ciernen. ¿Llamaréis patria a los calcáreos montes, hoy desnudos, y antaño cubiertos de espesos bosques, que rodean esta vieja y noble ciudad? Eso es un pedazo de planeta por donde los hombres han pasado, no para hacer patria, sino para deshacerla. No sois patriotas pensando que algunos sabréis morir por defender estos pelados cascotes; lo seréis acudiendo con el árbol o con la semilla, con la reja del arado o con el pico del minero a esos parajes sombríos y desolados, donde la patria está por hacer.
 
Hoy que removemos las nobles cenizas de los héroes de 1808, rindámosles el homenaje serio y respetuoso que merecen. Ellos conservaron, a costa de su sangre, la tierra que hoy debemos labrar. No insultemos su memoria con vanidosas fanfarronadas, ni hagamos resurgir aquella profunda inconsciencia que, al son de la marcha de Cádiz nos llevó a perder nuestras colonias. Convencidos de que sabemos morir —que ya es saber— procuremos ahora aprender a vivir, si hemos de conservar lo poco que aún tenemos”.

Un raro impreso soriano          

Este impreso, titulado La Prensa de Soria al 2 de mayo de 1808, se compone de tres hojas grandes de doble folio, con pie de imprenta de los tres periódicos que en 1908 se publicaban en la capital: Avisador Numantino,Noticiero de Soria y Tierra Soriana. Lleva la fecha de 2 de mayo de 1908, fue número único y era su precio 10 céntimos. Se trata del homenaje que la prensa soriana rindió a los héroes de la Guerra de la Independencia en su centenario. El texto va a cinco columnas con cuatro grabados en la página primera: los retratos de Daoiz y Velarde y del Teniente Ruiz, la “Defensa del Parque” (cuadro de Sorolla) y “Los fusilamientos de la Florida” (de la Moncloa, de Goya).
 
Se conoció este impreso, que no rescató hasta 1961, gracias al soriano don Joaquín Arjona y García-Alhambra, que lo conservaba con otros viejos impresos sorianos coleccionados por su padre don Joaquín, que fue colaborador en la prensa soriana y en el Recuerdo de Soria y fundador y director del Diario de Soria, de efímera vida. En esta conmemorativa publicación colaboraron todos los que solían hacerlo en los periódicos citados y en el “Recuerdo de Soria”, que se publicaba por aquellos años. En este impreso figura el interesantísimo artículo de Antonio Machado que, sin duda, fue el primer escrito publicado por él en esa ciudad y al que haremos, a continuación, algunos comentarios.
 
José Tudela, que fue amigo de Antonio Machado en la ciudad castellana, describió entonces este número de esta forma:
 
 Merece conocerse esta rara publicación soriana de 1908, pues, a pesar de no ser muy antigua no teníamos noticia de ella los que ahora nos interesamos por las viejas cosas de Soria; por esta razón numeramos, reseñamos y clasificamos, por temas, estas colaboraciones:
 
 1º “Alocución de la Alcaldía”, firmada por el alcalde Ramón de la Orden. 2º “El 2 de Mayo”, por F. Las Heras. 3º “A través de un siglo”, por Benito Artigas. 4º “El tío Jacinto de Medinaceli”, por Pascual P. Rioja. 5º “De momento”, por Luis Posada. 6º “Salutación”, por Santiago Ruiz Lería. 7º “A la picota del campo de Santa Bárbara (Soria)”, por Bonifacio Sanz. 8º “Documento notable” (Es un acta del Ayuntamiento de Soria, de 13 de octubre de 1812). 9º “Ante el Centenario”, por G.S. 10º “Autógrafo de la Independencia”. (Es el expediente de José Monclús, cabo 1º, solicitando ascenso por méritos de guerra, firmado en Zaragoza el 22 de septiembre de 1808). 11º “Nuestro Patriotismo y la Marcha de Cádiz”, por Antonio Machado. 12º “Aprendiendo de la Historia”, por José María Palacio. 13º “Remembranzas”, por Dionisio Sanz. 14º “Soria hace un siglo”, por Enrique G. Noguerol. 15º “Pro Patria”, por Joaquín Arjona. 16º “Napoleón el insidioso”, por Santiago Aparicio. 17º “Justicia”, por Pedro de San Martín. 18º “Acta de junta general de la Cuadrilla de San Esteban”, por la copia Luis Peña. 19º “¡Qué lástima!” (poesía), por Philipo (Felipe Las Heras). 20º “Un recuerdo de familia”, por J. José García. 21º “1808” (poesía) por Descartes (¿?). 22º “Siempre vive con grandeza quien hecho a grandeza está” (verso de José Zorrilla como título), por Lucas Abad. 23º “Mayo de 1908” (poesía), por Ricardo Tovar. 24º “Un niño patriota y mártir. Tradición soriana de la Guerra de la Independencia”, por Enrique Ramírez. 25º “Pericón, coronel de las tropas imperiales” (tradición soriana), por Mariano Granados. 26º “Diálogo” (poesía), por Antonio Carrillo de Albornoz. 27º “Dominguín”, por Jesús López Gómez. 28º “La Torca de Fuencaliente”, por Manuel Ayuso Iglesias. 29º “Pensamiento”, por H. 30º “Patriotismo” (poesía), por C. 31º “El barranco de los franceses”, por L.H.
 
Se pueden clasificar estas colaboraciones por sus temas en tres grupos: patrióticas, históricas y económicas.
 
Las patrióticas son dieciséis: 1, 2, 5, 6, 7, 9, 12, 16, 17, 19, 21, 22, 23, 26, 29 y 30, y de ellas, cinco son poesías y once artículos, en los que se recuerda y ensalza, en forma más o menos tópica, la gesta del pueblo español contra las tropas de Napoleón.
 
Las históricas son doce: 4, 8, 10, 14, 15, 18, 20, 24, 25, 26, 28 y 31, de ellas tres reproducen documentos de aquél tiempo; ocho relatan curiosas tradiciones sorianas de aquella guerra, y en una tan sólo se ha hecho investigación histórica local del mismo tema.
 
Las económicas son tres: 3, 10 y 13, aunque dos de ellas, la 3 y la 13, pudieran haber sido clasificadas como patrióticas, pero las incluimos aquí porque ambas terminan propugnando la necesidad de impulsar el resurgimiento nacional después del “Desastre” de 1898; y, por tanto, queda una sola colaboración dedicada íntegramente al aspecto económico de este resurgimiento, que es la colaboración de Antonio Machado. Su título —“Nuestro Patriotismo y la Marcha de Cádiz”— ya muestra un nuevo modo de entender este sentimiento.
 
Es muy significativo que sea un poeta, uno de los más grandes poetas españoles, el que, en lugar de conmemorar poéticamente, con un poema, la gesta española contra los franceses, lo haga con un artículo en prosa exaltando ¡temas económicos!, y no los grandes temas económicos nacionales, sino su proyección provincial, local, conminando a los sorianos, con graves y doloridos acentos, para que labren las tierras yermas susceptibles de cultivo, para que dejen de talar sus montes, y para que repueblen de árboles sus desnudos páramos y serrijones, conmemorando así, en forma digna y duradera, en su centenario, a los héroes de aquella guerra, haciendo y levantando la Patria en ruinas, en lugar de ensalzarla y glorificarla con infecundos cánticos.
 
Estas ideas regeneradoras de Machado, que ha de repetir luego en versos magníficos, le causaron al poeta algunos malentendidos provincianos, que vieron, no solo en este artículo, sino también en poemas de Campos de Castilla un ataque a los propios campesinos castellanos.
 
La ideología de este artículo de Antonio Machado, está directamente influida por la llamada literatura del “Desastre” y aun por la precursora de este “cambio de psicología”, al que alude el poeta. Es bien sabido que la pérdida de los últimos restos de nuestro imperio colonial, como consecuencia de las catastróficas batallas navales de Santiago de Cuba y de Cavite, en 1898, provocó toda una literatura del “Desastre”. Esta denominación de “Desastre”, la dio Sagasta a aquel hecho histórico, al dar cuenta de él al Congreso y, luego, se generalizó para designar sus consecuencias.
 
Esta literatura se caracteriza por la crítica acerba de aquellos acontecimientos; por su violenta reacción contra la ideología ignara y orgullosa que los provocó, por el cambio en la manera de enfocar la política, por el distinto modo de sentir el patriotismo y estuvo representada por varios escritores que reflejaron en sus campañas este estado de opinión, como Joaquín Costa, Damián Isern, Alzola, Pompeyo Gener y otros.
 
La ideología de esta literatura había tenido sus antecedentes inmediatos antes de la guerra de Cuba y anteriormente en los siglos XVII, XVIII y primera mitad del XIX. Sin entrar en el análisis que de ella han hecho, entre otros, Azorín, Laín Entralgo, Pedro Salinas, Fernández Almagro, Angel del Río y tantos otros, sólo nos interesa señalar los dos autores que más directamente pudieron influir en la ideología de este artículo de don Antonio.
 
Hay un autor, olvidados de todos estos tratadistas del “Noventa y ocho”, que fue un precursor del cambio de ideas respecto del concepto de España: Lucas Mallada, ingeniero de Minas, que publicó ocho años antes del “Desastre”, en 1890, su famosa obra Los Males de la Patria y la futura revolución española. Este libro debió ser leído por Machado, pues sus ideas respecto al patriotismo, a la pobreza de España, a los efectos de las talas y de los incendios de los bosques, a la necesidad de cultivar mejor la tierra y de buscar en las minas nuevas fuentes de riqueza, son los temas esenciales del artículo de don Antonio, y luego de algunas de sus poesías, y constituye la base ideológica del libro de Mallada.
 
Comienza Mallada en su introducción por hablar de las distintas maneras de entender el patriotismo: unos, “que todo lo ven de color de rosa, cantan las excelencias del país donde nacieron, evocan, sin cesar, las glorias de los tiempos pasados”, y otros, en cambio, lo ven todo sombrío. “Queremos (añade el ingeniero), juzgar a la patria de hoy, puestos los ojos en la patria de mañana”. “No éramos muchos ni muy creídos (dice en 1890) los que (en 1880 y 1881) asegurábamos que nuestro país es más pobre de lo que generalmente se supone”. Hoy ya es bien conocida, sobre todo por geógrafos y economistas, su tesis sobre la pobreza del suelo español, así como la clasificación y porcentaje por calidades, de las tierras de España que, aunque algo exagerada, contribuyó a abrir los ojos de los políticos avisados y a desengañar a muchos ilusos españoles.
 
Las ideas de Machado sobre el paisaje castellano y sus juicios sobre el campesino pudieran tener su origen, entre tantas otras fuentes, en las afirmaciones de Mallada: “La sequedad del suelo engendró la sequedad del espíritu y produjo la rudeza y los feroces instintos… Rechazan (los campesinos) cuanto tienda a mejorar sus condiciones sociales y se consideran dichosos en su abandono y en su estado próximo al idiotismo” (página 21) y en otro lugar (página 23), al increpar a los campesinos que tienen aversión al árbol, prorrumpe indignado en esta exclamación, que es casi un verso: “¡Bárbaros países de rudos moradores!”.
 
¿Acaso no tienen estas frases su eco en las poesías que escribe Machado poco después de este inicial artículo?
 
La denudación de la tierra y la desolación del paisaje es otro de los temas predilectos de las increpaciones de Mallada que, a su condición de geólogo prestigioso, quizás el más famoso de su tiempo, unía su sensibilidad patriótica y su talento literario, como puede verse por las pequeñas muestras que aquí se insertan.
 
“Aquellas montañas coronadas de flores en pasados siglos tienen sus rocas al descubierto; antes eran cruzadas, en todos sentidos, por inmensos rebaños, albergaban felices moradores, las surcaban sendas en todas direcciones: hoy no encontraréis más que ruinas, enormes peñascos y grandes cantaleras. ¡Nada que pueda alterar el silencio más absoluto!” (pág. 22). Otro ejemplo más: A los pueblos que talan sus montes les dice, después de llamarles bárbaros y rudos: “Merecéis, en cambio, no tener ni una flor, ni una gota de agua en vuestros campos asolados por millones de voraces insectos… Seguid, incultos labriegos, seguid calentando vuestros tristes hogares con paja y con los excrementos de vuestras bestias”. (página 23).

En su artículo, Machado sólo se refiere a las talas de los bosques, pero no a los incendios de pinares, porque aún no había pasado un verano en Soria, ya que llegó a esta ciudad en octubre de 1907 y este artículo debió de escribirlo en abril de 1908, ya que tenía que publicarse el 2 de mayo siguiente. Esto explica este silencio; pero luego, en alguno de los veranos que allí pasó, contemplaría, desde su observatorio predilecto, el castillo, el tristísimo y dramático incendio de los pinares sorianos que todos los veranos contemplaban, contristados e indignados, los habitantes de la ciudad.
 
Este triste espectáculo era familiar a quienes vivían en Soria a principios de siglo. Una negra cortina de humo cubría el horizonte occidental de aquel paisaje, entre las sierras de Frentes y Urbión y, por la noche, se veía el trágico resplandor de las llamas. Esto explica los fuertes y magníficos versos con que comienza el poeta su soberbio poema “Por tierras de Castilla”, título de la primera vez que lo publicó, cambiando luego por el de“Por tierras de España”, precisamente por la santa indignación de los próceres sorianos.
 
El hombre de estos campos que incendia los pinares
y su despojo aguarda como botín de guerra,
antaño hubo raído los negros encinares,
talado los robustos robledos de la sierra. […]
 
Machado, poeta de los árboles, elige en primer lugar, para denunciar la villanía del hombre de estos campos”, la actividad destructora que más podía conmoverlo. La evocación deja paso a las consecuencias de tales actos en el presente: las tierras devastadas son improductivas, “malditas”:
 
Hoy ve a sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra. […]
 
Miseria y desolación son los resultados. La palabra “lares” quiere expresar la organización patriarcal de la familia, la casa a que está ligado el futuro de los hijos, por lo que forma una antítesis violenta con “huyendo”. La desolación causada por los hombres se abate sobre la tierra misma: la tempestad arrastra los limos de los campos y los hace áridos y estériles. Los ríos son sagrados pues, según el poeta, el agua es bendita, lleva la vida. La maldicióndel último verso viene después de palabras que evocan lo sagrado (lares, sagrados ríos). Todo es como si se hubiese cometido un pecado irreparable. Y así, se insinúa la maldición de Caín: “trabaja, sufre y yerra”.
 
Los cuatro serventesios siguientes trazan un retrato físico y moral. Después de evocar su origen (“Es hijo de una estirpe de rudos caminantes”), hace un retrato admirable del “hombre malo del campo y de la aldea”, como lo definirá una estrofa más adelante:
 
Pequeño, ágil sufrido, los ojos de hombre astuto,
hundidos, recelosos, movibles; y trazadas
cual arco de ballesta, en el semblante enjuto
de pómulos salientes, las cejas muy pobladas. […]
Por tierras de España [XCIX]

Pero, ahora, hemos de seguir mostrando la influencia del libro de Mallada en el alma de nuestro poeta.
 
Los duros apóstrofes de este poema tienen su enlace con el párrafo de Mallada: “Y llegados a este punto… viene a nuestra memoria el triste espectáculo de tantos bosques incendiados todos los veranos. ¿Se observan, en nación alguna tan numerosos ni tan grandes atentados contra la propiedad?”.

Nos queda por señalar la influencia que en Machado ejercieron los escritos de Joaquín Costa; pues creemos que fueron estos dos autores los que más directamente influyeron en su ideología.
 
Es extraño que no se haya señalado que en Joaquín Costa debieron influir los escritos de su paisano y coetáneo Lucas Mallada, que era también de Huesca y tenía tan sólo cuatro años más que él; pues por su profesión, ingeniero de Minas, había publicado la Descripción del mapa geológico de ocho provincias, entre 1880 y 1881, la Explicación del mapa geológico de España y una serie de artículos que luego reunió en folleto, procedente del libro ya citado, titulado “Causas de la pobreza en España”; por lo tanto, había andado, pisoteado pudiéramos decir, muchas provincias de España; de modo que, en su tiempo, no había ningún otro español mejor conocedor del territorio nacional.
 
Antes que Costa, habló Mallada del nuevo patriotismo, antes que él clamó contra el hacha devastadora y denunció el desbarajuste de la Administración; y aún le precede también en los apóstrofes, en su estilo oratorio, que ambos imitan de Castelar y de los oradores de su tiempo.
 
Aunque parezca extraño, es Joaquín Costa menos lírico, menos apasionado que su amigo y paisano Lucas Mallada, al atacar los males de la destrucción forestal. En el capítulo sobre “El arbolado y la patria”, de su famosa obra Fórmula de la Agricultura en España, no vemos los apasionados apóstrofes de Mallada, sino una larga serie de explicaciones; primero de los beneficios del arbolado, y después de los desastrosos efectos que produce su destrucción. Todo, con un gran afán educador; y aunque la pintura de estas calamidades es elocuente, faltan en ella la indignación, el arrebato lírico que en otras ocasiones muestra el verbo profético del “león de Graus” y que, en cambio, vemos en esta ocasión en la prosa del ingeniero oscense, al que pudiéramos llamar “apóstol de la pobreza de España”, porque fue quien la predicó como realidad incógnita.
 
Se invierten aquí los papeles: es Costa, el político, el jurista, el sociólogo, quien analiza y explica con razones, hechos y ejemplos, los beneficios del arbolado y los perjuicios de su tala; y es el ingeniero, el geólogo y el geógrafo, Mallada, quien, en proféticas imprecaciones, tonantes de indignación, amenaza a incendiarios y taladores.
 
Hay que tener en cuenta, además, para comprender mejor la realidad de estos dos influjos, la vinculación de estos dos escritores a la Institución Libre de Enseñanza; Costa como profesor, y, como protector, Mallada y, además, que en ella se educaron don Antonio Machado y todos sus hermanos, y que el amor al árbol fue una de las normas educativas de la Institución. Bajo el influjo de estas lecturas y de esta orientación pedagógica, se explica el modo de reaccionar de don Antonio, ante el paisaje de los alrededores de Soria. Le impresionan profundamente su grandeza, su sobriedad, su austero y fuerte colorido… y, aunque lo ve salpicado de “oscuros encinares”, lo que en él predominan son las “cárdenas roquedas”, “desnudos pedregales y pelados serrijones”, “calvas sierras”, “malezas y jarales, yerbas monteses, zarzas y cambrones”…
 
Parece que no hemos cambiado mucho.
 
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Sobre Lucas Mallada y Joaquín Costa pueden consultarse estos archivos.

11 abril 2015

Sevilla y Soria, dos paisajes del alma en la poesía de Antonio Machado

La crítica temática ha podido desentrañar en la obra poética de Antonio Machado un número reducido de temas: el amor, la muerte, el tiempo, el ansia de absoluto (o el afán de Dios)… Temas solidarios, en constantes correspondencias, que constituyen el núcleo informativo de una poesía sinfónica, grave, auténtica, profunda. Estos temas aparecen en la poesía como concreciones de una experiencia humana depurada por la palabra poética recatada que borra «la historia» para contar «la pena» (Soledades. Galerías. Otros poemas, VIII; en adelante: Sol.) y se vale para ello de un conjunto de símbolos que, más allá de la letra de la partitura, entran en estrecha correspondencia para tejer una red de significaciones y sugerencias sinfónicas.
 
Ahora bien, la partitura poemática es siempre un espacio poético, reflejo las más veces en la sustancia de la poesía de un espacio «real», es decir, de un paisaje visto o recordado, y es este paisaje re-creado el que genera el espacio simbólico abierto por el poema. El mismo Machado es muy consciente de la necesidad de esta multivalencia cuando aconseja dar doble luz al verso «para leído de frente y al sesgo», y es precisamente esta lectura al sesgo la que abre perspectivas de significaciones temáticas sugeridoras.
 
Entre los varios espacios poéticos que configuran el mundo de la poesía de Machado, dos sobresalen por su recurrencia y por su presencia en toda la obra. Cada uno procede de un paisaje privilegiado, tan profundamente interiorizado que es para el poeta un verdadero «paisaje del alma». Es obvio que un paisaje del alma no es sólo una imagen de representación, sino todo un complejo de ideas, de sentires, de afectos, etc., un complejo sin fondo, consciente e inconsciente. Por mera comodidad de abstracción podríamos titularlos, respectivamente, paisaje del alma de Sevilla y paisaje del alma de Soria.
 
El primero, el más naturalmente arraigado, es el paisaje de la infancia sevillana, el que constituye, naturalmente, el primer cuadro biográfico del poema «Retrato» (Campos de Castilla, XCVII; en adelante C. C.): «Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla / y un huerto claro donde madura el limonero».
 
El segundo se fija más tarde, de 1907 a 1912 y más lentamente, en el retablo del alma.

El paisaje del alma

Examinemos primero, atendiendo a una lógica expositiva interna, el paisaje del alma que se fija en las tierras sorianas, en contacto directo con las realidades castellanas. Los poemas escritos en Soria revelan, a partir del choque afectivo que fue el encuentro, ya desde el primer viaje en mayo de 1907 (Sol, IX), con las tierras del alto llano numantino, un lento proceso de identificación con ese paisaje desnudo y abierto hacia un horizonte lejano en el que la tierra y el cielo yuxtaponen sus colores, lo blanco o lo morado, según la estación, recortado por el puro azul o la plomiza nube.

En esas tierras, «tan tristes que tiene alma» (C.C., CXIV, v. 565), el poeta encuentra un no sé qué reflejo de algo suyo. Por debajo, y a pesar de las adherencias míticas que la mitificada historia de Castilla, tan de moda en las primeras décadas del siglo XX, pone a esas crestas, a esas lomas, a esa curva del río, haciéndolas «crestas militares», «barbacanas», «recamados escudos», «curva de ballesta», etc., Machado se «abreva» con repetida complacencia en ese paisaje incansable contemplado desde la altura de un alcor, desde los álamos del río o desde algún camino blanco. El poema es entonces la re-creación de un paisaje visto con los ojos del alma, no alterado en su sustantividad, pero animado y humanizado de modo adjetivo para que sea también reflejo de la tonalidad anímica del poeta. De este modo se restituye el lazo de comunión afectiva con esa naturaleza, pues la relación de intimidad establecida es mucho más profunda, mucho más «vital», cabe insistir, que la visión histórica o social, auténtica por cierto, pero más bien adverbial. Cuando en «Orillas del Duero» (C.C., CII), el poeta exclama «tierra mía» (v. 18), puede que en su grito haya algo de exaltación patriótica (y el contexto impone tal lectura), pero la exclamación que sigue: «¡La agria melancolía / que puebla tus sombrías soledades!», es confesión de una intimidad melancólica compartida entre el yo poético profundo y esas tierras que desde la primera mirada le llegaron al alma («Campos de Soria», v. 139). Cuando se despide de ellas, en 1912, después del largo recorrido de insaciable contemplación, Machado, utilizando una vez más la prosopopeya para alzar el objeto a la altura de lo humano, pregunta a los campos de Soria: «¿o acaso estabais en el fondo de ella?» (v. 140), en el fondo del alma, de su alma. Lo cual es confesar que contemplar el paisaje soriano es, en cierto modo, contemplar la propia alma. La contemplación de lo de fuera es también autocontemplación. Esta dimensión profunda, íntima, del lirismo machadiano no borra ni adultera el compromiso patriótico y social del poeta, al contrario, lo enriquece, integrándolo en una totalidad humana. Sólo que el compromiso histórico es expresión de la ética de quien piensa que «estar en el mundo» impone una misión que cumplir, mientras que la preocupación por el «ser en el mudo», siempre viva, implica una perpetua búsqueda de sí.

Pero Soria es para Machado infinitamente más que el descubrimiento de algo suyo en el paisaje. Soria es el encuentro con el amor, con esa plenitud del amor que el poeta anduvo buscando hasta los treinta y cuatro años por los «caminos blancos» de «la blanca juventud nunca vivida» (Sol., I), tantas veces cantada y lamentada en sus Soledades y en sus Galerías. El poeta lleva a Soria, en 1907, su tristeza de hombre solitario, con añoranza de esa juventud perdida que «dos veces no pasa» por la puerta de la existencia (Sol., XLIII). Esta tristeza es la que permite establecer el lazo empático con la tierra desnuda y triste de Castilla, una Castilla que fue guerrera pero también mística…

La unión con Leonor es una «Pascua de resurrección»; el poema que lleva este título es un himno primaveral a las futuras madres, a la fecundidad, es la jubilosa exaltación de una primavera florida y anunciadora del fruto futuro… Debe subrayarse que es la única composición en toda la obra que, en sus cadencias y en sus palabras, rebosa de vital alegría.
Pronto la muerte rompe «el hilo entre los dos». Pero esta unión brutalmente cortada se fija y entra en el recuerdo en su momento de plenitud.

En adelante, en Baeza, en Segovia, durante la guerra y, desde luego, en varios poemas de C. C. escritos en Baeza, en Nuevas Canciones (N. C.), en Poesías de la guerra, el paisaje de Soria será mucho más que las imágenes de una tierra desnuda, triste, espiritualizada; será realmente un paisaje del alma, cuyo centro doloroso será el indisociable fundido de dos imágenes íntimas. La primera es la del balcón (el suyo, el de los dos) que da a la plaza de las acacias, representación, abierta hacia el campo, de la íntima felicidad; la otra es la imagen del «muro blanco y el ciprés erguido» del alto Espino, desde donde, más allá de la paramera y de la curva del río, se columbran los montes de violeta o el blanco Moncayo. Dos imágenes en el paisaje del alma, como dos entrañables símbolos de amor y muerte.

El paisaje de la infancia

Antes de ver cómo el recordado paisaje soriano se hace sustancia poética en los poemas posteriores a 1912, es oportuno volver al otro paisaje del alma, el de la infancia, borrado o por lo menos ocultado por el fuerte cuadro vivo que orienta los ojos del poeta hacia «lo esencial castellano» y al mismo tiempo, según se ha sugerido y según la ley del doble espejismo, hacia la búsqueda de algo de sí en las mismas cosas contempladas. De hecho, la luz de Sevilla no ilumina ninguno de los versos escritos en las altas tierras, como si otra patria materna hubiera ocultado las raíces primigenias.

Sin embargo, la experiencia poética plasmada en Soledades. Galerías. Otros poemas es, esencialmente, una afanosa búsqueda de sí mismo en el retablo de la memoria, en el cual el patio del palacio de Sevilla, «con su rumor de fuente», es el predilecto cuadro de referencia. Es bien sabido ya, desde Freud y tantos otros, que la casa familiar de la infancia es, para decirlo con palabras de Bachelard, el privilegiado «espacio de la estabilidad del ser» (Bachelard, 1957, p. 27). Además, es un aspecto de la obra de nuestro poeta que, por ser muy estudiado por la crítica, no necesita explicaciones que serían redundancias. Es preciso, no obstante, para entender el alcance de lo que será, a partir de octubre de 1912, patético enfrentamiento de dos paisajes del alma, puntualizar algunos aspectos de esa poética del espacio de la infancia.

En primer lugar, este espacio recordado se concentra en el cuadro bien recortado de un patio (o de un huerto o de una plaza) abierto hacia el añil del cielo y con algunos elementos fijos: la fuente, los naranjos, el limonero y a veces el ciprés erguido. Se trata, pues, de un paisaje fijado en el lienzo de la memoria pero que, según las vivencias, se anima discretamente gracias a algunas notas adjetivales, como toques impresionistas y sinestésicos: «los naranjos encendidos», las «frutas redondas y risueñas» (Sol., III), «la fruta bermeja», «los frutos de oro» (VII). El patio, la fuente, los naranjos, el limonero con, por encima, el cielo azul configuran un paisaje interior, un paisaje del alma, moldeable pero indeleble, punto extremo y privilegiado del diálogo del ser que es con el ser que fue. Generalmente, este paisaje irrumpe en el poema como una cálida iluminación que brota con deslumbrante sensación de plenitud («La plaza y los naranjos encendidos», III). Sensación de total plenitud y pura armonía claramente expresada por grupos adjetivales de valor absoluto: «frutas redondas y risueñas», «frutos de oro». Este destello efímero de plenitud recobrada afirma la certidumbre de un paraíso infantil (vivido sin conciencia) al cual se acerca el adulto (consciente) sólo a través de fugaces intuiciones. Porque si este paisaje del patio de Sevilla, por su constante presencia, dice al alma que hay algo en el ayer que «es siempre todavía», la conciencia clara le dice al hombre que «ayer es nunca jamás» (manera lírica de plantear el conflicto entre el deseo de afirmación ontológica, según Parménides, y la aguda conciencia del irremediable fluir heraclitano). De aquí el irreductible sentimiento de nostalgia que envuelve siempre las más logradas coincidencias afectivas con lo que fue. Es más; este anhelo de vivir de nuevo la plenitud de la infancia parece ser el impulso compensatorio de una frustración afectiva del hombre adulto.

Con qué alegría, al seguir las galerías del alma, el poeta encuentra el alma niña: «Galería del alma… ¡El alma niña! / Su clara luz risueña». Pero es para sentir más hondamente la soledad presente y añorar «aquel latido de la mano buena / de nuestra madre…». La expresión del deseo de «volver a nacer» «y caminar en sueños / por amor de la mano que nos lleva» (Sol., LXXXVII), es confesión de nostalgia de un paraíso perdido, de nostalgia de la «vida buena» (LXXVII) que se vivió, cuando niño, bajo la protectora afección de la madre. Visitando (en 1898 ó 1903, la fecha tiene poca importancia) «el patio de la casa que le vio nacer», el poeta fija las sensaciones, impresiones, intuiciones y sentimientos suscitados por el encuentro con un espacio que ya es paisaje del alma, en un poema que exigiría minucioso análisis (Sol., VII). Cada palabra, cada sonoridad, cada ritmo contribuye, en un primer momento, a crear (a captar) cierta misteriosa palpitación del aire, cierta vibración del tiempo («el hálito de abril»), en un ambiente cargado de presagios. Poco a poco, vacilando, asoma la intuición de una «ilusión candida y vieja», de algo de ayer que flota en el aire, y esta intuición depara la percepción sinestésica de «algún vagar de túnica ligera», de «un aroma de ausencia», de «unas fragancias vírgenes y muertas». El corazón en espera identifica, en esta «tarde sin flores», «el buen perfume de la hierba buena / y de la buena albahaca» (y la repetición de buena es a la vez plegaria y acción de gracias). Y el poeta se identifica («Sí, te conozco») con ese aroma del recuerdo, ese aroma que es la buena ternura de la madre.
Mas generalmente, la palpitación que anima la imagen del paisaje de la infancia es añoranza de plenitud afectiva. Más aún para quien se ve caminar por el camino blanco de la «juventud nunca vivida» (Sol., LXXXV), es decir, sin amor. Como escribe Bachelard, «el inconsciente […] está alojado en el espacio de su dicha» (Bachelard, 1957, pp. 29). El recuerdo del patio de Sevilla trae consigo, explícita o implícitamente, la presencia femenina y protectora de la madre. Por eso también, por eso sobre todo, el patio de Sevilla, el huerto claro, es paisaje del alma.

Enfrentamiento de dos paisajes

Se ha dicho ya que este primigenio paisaje no se hace sustancia poética durante los años vividos en Soria, como si no fuera entonces referencia activa en la vida interior. Pero el recuerdo permanece, tal vez estático, en la memoria, como dicen los primeros versos de «Retrato» (C.C., XCVII).

Aunque Baeza, ese pueblo «destartalado y sombrío» (C.C., CXXVIII), nada tiene que ver con la clara Sevilla, llegar a Baeza es, para Machado, volver a su tierra. Repetidos recuerdos, nos dice en varias composiciones («Recuerdos», CXVI; «Caminos», CXVIII, CXXI, CXXV), afirman que Andalucía es la tierra donde nació, que es su patria, y sin embargo, no vuelve a la vida ese paisaje del alma que informó tantas silvas y canciones de su primera colección. Tres poemas de abril de 1913 (CXXIV, CXXV, CXXVI), primera primavera sin Leonor desde 1909, más que otros, expresan el patético enfrentamiento de los dos paisajes del alma, el de Sevilla y el de Soria, el del patio de la infancia y el, alternativamente, del balcón a la plaza abierto (imagen del amor) o el del muro blanco y el ciprés erguido (imagen de la muerte de la amada), el del cariño materno y el de la plenitud amorosa. En realidad son dos poemas, ya que el tercero, el titulado «A José María Palacio» (CXXVI), no plantea ningún enfrentamiento: es una elegía inconfesada, o mejor, disfrazada tras un himno mezzo voce a la primavera y al paisaje sorianos. De este poema, cumbre del lirismo contemporáneo, tenemos el análisis impecable y conmovido de Ricardo Senabre, análisis de frente y «al sesgo» que revela cómo «la floración primaveral, entendida como resurrección, se traspasa imaginativamente a la esposa muerta» (Senabre, 1976).

Fijémonos, pues, en el texto más explícito de lo que bien podemos llamar enfrentamiento de los dos paisajes, en el poema CXXV, el que empieza por «En estos campos de la tierra mía». El poeta se siente «extranjero en los campos» de su tierra y da las razones, entre paréntesis: «tuve patria donde corre el Duero» y explica que esta patria es una totalidad de espacio y tiempo, de paisaje (peñas, encinares) e historia («Castilla, mística y guerrera»). No sorprende, pues ya en «Campos de Soria» y en «Recuerdos» (CXVI) había expresado, en la desesperanza de la despedida, todo su amor por aquellas tierras que se llevaba en el corazón («conmigo vais, mi corazón os lleva», CXIII, vii). Pero el poema no es la evocación de la patria de adopción (la vuelta atrás ocupa el breve espacio de un paréntesis de seis versos), es, al contrario, un lamento al comprobar que se ha roto el lazo con la tierra de la infancia: «¡Oh tierra en que nací!, cantar quisiera». Todo es patetismo, en efecto, en este poema. En los diez primeros versos, las reiteraciones lexicales (tres veces la palabra tierra con el posesivo, dos la palabra campo con su adscripción «de mi tierra» y «de mi Andalucía») y las reiteraciones sintácticas son verdaderas imploraciones. La convocación, luego, en una amplia frase panorámica, que se extiende en dieciséis versos, de todas las imágenes de Andalucía que el recuerdo proporciona y que tuvieron vida, todas, es imprescindible notarlo, en poemas de Soledades. Galerías…, es una patética invocación, una llamada. Ni siquiera la evocación del patio de Sevilla (el mismo exactamente que permitió el feliz encuentro con el pasado en el poema «El limonero lánguido», comentado más arriba), con su «huerto» y «el limonero / de ramas polvorientas», y «la fuente» y «[el] aroma de nardos y claveles / y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena», permite restablecer el contacto afectivo. El patetismo alcanza aquí su clímax; a pesar de rodos los esfuerzos, de la voluntad, de la razón del corazón, el alma no reconoce como suyo el paisaje de la infancia. «Mas falta el hilo que el recuerdo anuda / al corazón […] o estas memorias no son almas». Sí, este poema es expresión de un íntimo conflicto, que puede leerse de frente, conflicto entre dos paisajes del alma, y al sesgo, entre dos amores, el amor materno y el amor de la amada.

Vence, al parecer, el paisaje de Soria. Efectivamente, en un poema posterior, el soneto II de «Los sueños dialogados» (N.C.), confiesa el poeta: «Nadie elige su amor […] Mi corazón está donde ha nacido / no a la vida, al amor, cerca del Duero».

Sin embargo, los dos versos finales del poema CXXV, que comentamos:

Un día tornarán, con luz de fondo ungidos,
los cuerpos virginales a la orilla vieja
…afirman una certidumbre.
 
El poema es expresión de un patético esfuerzo para reanudar el hilo con el paisaje de la infancia, y es también la comprobación de que es un deseo imposible… por el momento. Pero el mañana no está inscrito en un momento; lo dice el futuro. Estos versos finales bien pueden leerse y glosarse así: Los «cuerpos virginales», puros, volverán desde el fondo de la perspectiva del tiempo vivido, consagrados por la luz primigenia, la luz de la infancia. En cuanto a «la orilla vieja», si orilla es, simbólicamente, orilla de la vida, es decir, orilla de la muerte, como sugieren varios críticos, sería el final de la vida. Si esto es así, estos últimos versos pueden verse como premonición, otra premonición de nuestro poeta…


Obras citadas



Sólo son dos. Pero este estudio debe mucho a los innumerables comentarios sobre la obra de Antonio Machado. Como cualquier labor crítica, es resultado del lento madurar, durante más de teinta años, de una reflexión, varia y múltiple, fervorosamente aplicada a comprender la poesía de estos «universales del sentimiento» que Antonio Machado, más que nadie, supo decir y sugerir.

·   Bachelard, Gaston (1957): La poétique de l’espace. Paris, PUF.
·   Senabre, Ricardo (1976): «Amor y muerte en Antonio Machado (El poema «A José María Palacio»)», Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, núm. 304-307, pp. 944-971.

12 marzo 2015

Unamuno, el viajero. Los paisajes del alma

Miguel de Unamuno. Por tierras de Portugal y de España«Estética montesina», un monodiálogo de 1902, me parece otro de esos textos programáticos en que se cifra todo el sentido de este modo de viajar. El texto tiene un arranque más narrativo que ensayístico y en él relata una experiencia fundamental acaecida cuando ya el monte le era familiar y «mantenía con él comunicación amigable». Vemos allí al viajero en una situación bastante común y reiterada en estos escritos: saliendo al campo una tarde y durmiendo la siesta al pie de un mesto. Durante el sueño se produce una revelación tras la cual despierta «adoctrinado, preñado mi ánimo de vagas ideas que pedían luz, expresión y libertad». Todo este relato es el recuento de un merodear ocioso —«Nada tenía que hacer; el tiempo era mío»—, durante el cual observa las mil formas vivas, animales y vegetales, de la Naturaleza, la gran variedad que reviste el deseo de vivir, que concluye con un canto a la Belleza en tanto que verdadero motor o impulso vital en lo que ésta tiene de «eternización de la momentaneidad».

          
Miguel de Unamuno
El viaje en Unamuno no es una salida, sino el punto de llegada de una experiencia que se proyectó a lo largo del tiempo y en muy variados espacios, que ahora me propongo explicar y exponer con algún detalle, tomando como corpus principal los textos reunidos en el primer tomo de la Obras Completas, Paisaje, pero sin descuidar otros que, diseminados en obras de muy distinta naturaleza, abordan y refieren la experiencia del viaje, experiencia que desde unas primeras andanzas más próximas a la jocosa ironía postromántica, a los cuadros o relaciones de corte costumbrista y a los arabescos modernistas, acaban forjando la imagen mucho más honda, esencial y permanente del viajero como peregrino de la belleza y de la inmortalidad. Porque si bien es indiscutible la tesis de Luciano Egido, cuando en Salamanca, la gran metáfora de Unamuno, afirma que Salamanca es la cita permanente de Unamuno y que éste, «irremediablemente, fue a todas partes con la imagen de Salamanca en los ojos», mostrando con todo tipo de detalles los múltiples recuerdos salmantinos que a lo largo de la vida del autor irrumpen aquí y allá, también es innegable la poderosa presencia e influencia de otros lugares recorridos y sentidos por don Miguel, hasta el punto de llegar a constituir constelaciones casi permanentes en su universo viajero.
 
Es hacia esas otras constelaciones hacia donde apunta mi trabajo, donde pretendo ver por dónde anduvo, y quién fue y qué sintió y pensó o soñó en esos lugares. Analizaré, por tanto, las geografías que recorre, los motivos que le llevan a ellas, los medios de que se vale para esos viajes, y la actitud o los modos y maneras con que el viajero mira y sueña y escribe, porque estamos ante un escritor que muestra una clara conciencia de las razones y designios que le impulsan a emprender sus gozosas andanzas, aunque de vez en cuando se autorretrate como un «forzado del cálamo» y se deslicen en sus páginas leves quejas del tipo «Es cosa terrible esto de ver algo para escribir de ello, más bien que escribir porque se ha visto. Pero el oficio…», lamento no exclusivo del escritor-viajero, sino constante en el Unamuno articulista o publicista, como es bien sabido, y que, en lo referido a las relaciones de viaje, irá desapareciendo con el paso del tiempo.
 
… durante el verano y en las siempre breves vacaciones de que durante el curso puedo gozar, salgo a hacer repuesto de paisaje, a almacenar en mi magín y en mi corazón visiones de llanura, de sierra o de marina, para irme luego de ellas nutriendo en mi retiro. Así como también llevo al campo el recuerdo de las espléndidas visiones de esta dorada ciudad de Salamanca […]. Así llevo la ciudad al campo y traigo el campo a la ciudad. Pero la ciudad que es a su vez campo, la ciudad hecha naturaleza serena, impasible y notable.

 
Tal declaraba Unamuno en 1911, en un texto —«Ciudad, campo, paisajes y recuerdos»— que puede considerarse un verdadero manifiesto-programa del viajero en tanto que excursionista o peregrino de la belleza que una y otra vez —hasta los últimos años de su vida— emprende pequeños viajes o excursiones a puntos concretos de nuestra geografía, parajes naturales de Castilla, Extremadura, Portugal, Aragón, Mallorca, Canarias, Galicia, Cantabria, La Mancha o el País Vasco, porque para este infatigable peregrino de la belleza no hay paisaje feo —según sostiene en más de una ocasión—, en parte porque no admite ponerle puertas ni etiquetas a la belleza —una y otra vez niega determinadas analogías y, como buen romántico, rechazará que se confunda tristeza con fealdad, por ejemplo— y en parte porque se enfrentará a lo nuevo con una mirada virginal y desprejuiciada, aniñada, actitud adoptada ya en un temprano trabajo, «Las procesiones de Semana Santa» (1891), cuya materia u objeto obliga al viajero-narrador a plantearse cuál debe ser la actitud adecuada para representarse lo poético de cualquier solemnidad, respondiéndose que habrá de ser el regreso a la infancia, el aniñarse de espíritu, cuando todo era nuevo, siempre nuevo, y «toda impresión venía humeante y chorreando vida». Creo que tenemos aquí una clave para entender el principal quiebro del viajero Unamuno: esa disposición auroral o virginal propia de la niñez que sólo el radical cambio que supuso el traslado a Castilla pudo propiciar.
 
Estamos ante un viajero que, en los tiempos en que viajar era ya una moda y casi una vulgaridad, elegirá para sus andanzas parajes muy alejados de la rutas frecuentadas por los turistas, porque rechaza al prototipo «superficial y cómodo» que simplemente aspira en sus viajes «a matar unos días viviendo con la sobrehaz del alma»; censurará a quienes viajan más por ostentación y vanidad en vez de «para recordarlo y paladearlo a solas y para encender con el recuerdo de esos viajes a ajenas tierras el tibio y recalentador apego al rinconcito en que se nació o en que se vive en nido propio». Por eso defenderá siempre la lentitud frente a la moderna superstición de la aceleración y gustará de aproximarse a su destino «por camino largo, tomándolo a sorbos, a modo de quien lo saborea», sabedor de que «no se mueve por sí aquel a quien su automóvil lo lleva a cien kilómetros por hora, y sé más, y es que no se entera por el camino por el que va». Por eso, viajará a pie, a caballo, —(«Dejaba a mi cabalgadura rienda al cuello, que fuese a su talante […] iba leyendo entre las cumbres y en los desfiladeros la lección eterna de la Naturaleza»)— o en carros de trajinantes y arrieros, ligero de equipaje, «sin arqueólogo alguno ni más cicerone que un chiquillo cualquiera que topáramos al azar en las calles»; un viajero que lleva los ojos del alma bien abiertos porque, cuando se llega a un lugar, «importa más penetrar en la idea que sus moradores, sobre todo los naturales, tienen de ella, que no aferrarnos a nuestra propia visión inmediata». Y así, arremeterá contra aquellos de sus compatriotas que, o bien sucumben ante el vértigo de la velocidad, alterando sustancialmente el sentido de las salidas al campo, o eligen para sus escapadas otros destinos, cegados como parecen estarlo por reclamos de tarjeta postal:
 
Es una lástima que la ramplonería de la rutina española lleve a tantas gentes a pueblecillos triviales, de una lindeza de cromo que encanta a los merceros enriquecidos, y haga les asuste pasar incomodidades para ir a gozar de visiones que están fuera del tiempo.
 
De hecho, no abunda en las páginas unamunianas el autorretrato del viajero visto desde fuera, aunque son numerosas las estampas o visiones íntimas, las del hombre interior. Aun así, contamos con algún pequeño esbozo, como el citado en la nota 19, donde se observa la extrañeza que ese hombre, o ese grupo de amigos, entregados a esfuerzos físicos e incomodidades varias sin propósito material ni lucrativo alguno causa entre los lugareños, por lo que éstos deducen que a tales penalidades les moverán motivos expiatorios:
 
La España pintoresca y legendaria sería mucho mejor conocida que lo es —por los españoles, se entiende— si tuviéramos mejores caminos y vías de comunicación o si fuésemos más entusiastas y menos comodones. Entre nosotros, el amor a la hermosura y a la tradición no ha llegado aún a formas de piedad. Y así, cuando hace aún pocos días marchaba yo con dos amigos a visitar el célebre monasterio de Guadalupe, las gentes sencillas de aquellas tierras no se explicaban las molestias que soportábamos sino atribuyéndolo a que lo hiciésemos por promesa o votos religiosos.
 
Son ciertamente otros los motivos que lo llevan de aquí a allá: estéticos, sensuales, cordiales, intelectivos o simplemente físicos. «Para recreo de los ojos y sugestión del corazón» le parece estar hecha la visión que se extiende ante él cuando en 1909 recorre el valle canario de Tejeda, dado el reposo que aquel paraje que parece carecer de materialidad tangible le proporciona. En otra ocasión, tras la subida a la cumbre del Teix, en Mallorca, comentará exaltado:
 
Esto de ascender a las cimas de las montañas, y más si son rocosas, es un placer que tiene tanto de sensual como de estético, es una voluptuosidad de la fatiga. No cabe decir en qué tal cima es distinta de la otra, como no cabe expresar en qué se diferencia el gusto de un manjar del de otro manjar cualquiera. […] cada cumbre es como otra música que nos pide otra distinta letra. Y yo espero que con el tiempo me brote en la fantasía la planta de la semilla que me dejó en ella el haber puesto el pie en la cumbre del Teix y el haber respirado en ella el aire que como entre sus dos manos batió el Señor entre el cielo y el mar henchidos de luz de aquella isla de oro.
 
Y es que, para este impar viajero, tanto como «las sacudidas del cuerpo» que le deparan dichas salidas, cuentan las sacudidas del alma causadas por la novedad de las visiones, que le agitan y cansan incluso más que el ajetreo del caballo. Consuelo, descanso, limpieza o depuración y restauración de alma y cuerpo, la obtención de «aluviones de energía», y múltiples enseñanzas de distinto tipo son otros de los motivos que le llevan a emprender esas excursiones cuya práctica, ya desde su juventud, le permite transformar la experiencia sentimental en sensitiva, el amar en querer, y recuperar así el impulso natural y la espontaneidad característicos de la niñez, condición de la libertad. Por ello, cuando esas excursiones se realizan dentro de la propia patria, aprendemos así a quererla: «Cóbrase en tales ejercicios y visiones ternura para con la tierra, siéntese la hermandad con los árboles, con las rocas, con los ríos; se siente que son de nuestra raza también, que son españoles. Las cosas hacen la patria tanto o más que los hombres».
 
Ejercicios llama Unamuno a sus peregrinaciones. Ejercicios estéticos y espirituales, porque esas salidas en que se lanza a leer en el libro de la Naturaleza y a educar el sentimiento de la misma, el amor inteligente y cordial al campo, le parecen «uno de los más refinados productos de la civilización y la cultura». Tarea ardua y difícil que llega a constituirse en designio permanente del viajero desde que en su infancia bilbaína experimenta una de sus primeras emociones románticas ante el panorama asombroso que se le reveló en los Caños, «con aquel ceñudo fondo del oscuro Arnótegui, y el río saltando entre pedruscos y la Isla y toda la hoz aquella…».
 
No recuerdo haber visto convenientemente destacada esta «Estética montesina» de 1902 —la fecha es significativa— que contiene importantes claves para entender la actitud del viajero unamuniano —alpino y excursionista, o no— según veremos enseguida, al abordar los motivos y fines de estas excursiones que he calificado de ejercicios estéticos y espirituales porque Unamuno admite la máxima byroniana según la cual «un paisaje es un estado de conciencia» —pero también, a la vez, un estado de conciencia es un paisaje— y aspira en sus escritos a convertir esa máxima en sello personal inconfundible, lo cual situará al narrador–viajero en el extremo opuesto de los pintoresquistas o descripcionistas:
 
El descripcionismo es un vicio en literatura y no son los más diestros y fieles en describir un paisaje los que mejor lo sienten, los que llegan a hacer del paisaje un estado de conciencia, según la feliz expresión de lord Byron. Este mismo lord Byron sintió el mar como nadie, y no necesitó largas y prolijas descripciones para comunicarnos su sentimiento. ¿Es que se ha dicho acaso sobre el mar nada más sugerente y profundo que las últimas estrofas del Child Harold y, sobre todo, aquellos tres versos de la estrofa 182 del canto IV y último?
Unchangeable save to thy wild waves, play;
Time writes no wrinkle on thine azure brow
Such as creation’s dawn beheld, thou rollest now.
 
Esto es: «Incambiable excepto al juego de tus salvajes olas; el tiempo no traza arrugas en tu frente azul; ruedas hoy tal como te vio el alba de la creación».
 
Por entender de este modo la expresión literaria del paisaje, Unamuno — como Azorín— hablará de la ausencia del mismo en nuestra literatura, aun siendo el paisaje el principal estímulo para la creación artística, verbal o no, porque ciertos paisajes «nos meten al ánimo el ansia tormentosa de decir lo indecible, de dejar en la alada palabra que vuela sonora, y pasa, y se pierde, lo que no pasa ni se pierde: la visión que queda», declara en una ocasión, formulando acto seguido su personal aspiración al deseado sincretismo artístico tan anhelado ya por los románticos: «Decir lo que se ve y decirlo de modo que se vea oyéndolo; ver lo que se oye: he aquí todo el secreto del Arte». Por ello en sus novelas excepción hecha de Paz en la guerra, la ausencia de «color temporal o local»es rasgo destacado, no sólo debido al propósito de darles la mayor intensidad y el mayor carácter dramático posibles (al reducirlas a diálogo y relato de acción y sentimientos) sino por realzar el paisaje literario, que para el autor tenía un valor estético independiente y no una mera función ancilar o decorativa, y por ello a ese elemento lo dotaba de una forma literaria específica: el poema o la relación de viaje.
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23 febrero 2015

23 de febrero de 1039: Muerte de Antonio Machado




José Machado, en su libro de memorias [José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999.] narra el último encuentro entre los tres hermanos:

A esta habitación venía nuestro hermano Manuel todos los domingos todos los domingos —el resto de la semana nos veíamos diariamente— a reunirse con Antonio y cambiar impresiones sobre sus trabajos. Y allí, apiñados alrededor de aquella mesa camilla, nos sentábamos los tres hermanos [...]. Y entre el humo de los cigarrillos y las inevitables tazas de café, tramaban los dos poetas los argumentos de sus comedias y yo les leía la copia de los actos ya hechos.
Así ocurrió hasta aquel domingo en que se dijeron adiós, sin sospechar siquiera que sería ya la última vez que se verían en la vida Manuel y Antonio.

En efecto, a mediados de julio de 1936, Manuel Machado viajó a Burgos con su mujer para visitar a una tía de ésta. Allí les sorprendió la guerra, en la llamada zona nacional, y allí permanecieron hasta el fin de la misma.

En la mañana del 18 de julio de 1936 suenan los primeros cañonazos en el Cuartel de la Montaña de Madrid. Es el comienzo de una lucha —aún no terminada—, ya que en España se realizó sólo el prólogo de la más sangrienta hecatombe conocida.

El poeta, separado de su hermano Manuel, sigue en Madrid con sus hermanos Francisco y José. Miguel Pérez Ferrero relata así los primeros momentos de la guerra en la casa de los Machado:

Antonio Machado, con toda la familia que con él habita, permanece en Madrid los primeros tiempos. Apenas si sale de casa. Puede decirse que no sale. Su pensamiento está, de seguro, con el hermano ausente, del que nada sabe, y en la incógnita que reservará cada minuto a transcurrir. A su domicilio le llevan papeles en blanco para llenarse con listas de firmas, al objeto de que él estampe, en cabeza, la suya valiosa. Son adhesiones al gobierno, a los partidos, a los grupos El poeta se siente cada vez más agobiado de mortal cansancio. Está enfermo.

La situación de la capital se agrava para quienes se proponen resistir al ejército que la sitia y, más que una ciudad sitiada, después de experimentar y aun seguir experimentando las sacudidas de la revolución, es puro frente de batalla.

Del 7 de noviembre de 1936 es el conocido serventesio:

¡Madrid, Madrid!, ¡qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.          [LXXXIX, en Poemas sueltos] 




“Madrid, baluarte de nuestra guerra de independencia”. Artículo de Antonio Machado en “Hora de España” (7-11-1937) en el que se recuerda el poema escrito justo un año antes [LXXXIX, en Poemas sueltos]. En él se puede leer:

“Madrid, el frívolo Madrid nos reservaba la sorpresa de revelarnos, a tono con las circunstancias más trágicas de la vida española, toda  la castiza grandeza de su pueblo. En los rostros madrileños, durante unos días de seriedad, vimos a España entera en su mejor retrato. Madrid, frunciendo el ceño oportunamente, había eliminado al señorito y ya podía sonreír otra vez.
El Enemigo —los traidores de dentro y los invasores de fuera— se iba poco a poco aproximando a Madrid. La aviación enemiga multiplicaba sus asesinatos monstruosos [...] No entraron. No podían entrar.”

“En noviembre, el peligro inminente que se cierne sobre la invicta capital alcanza las más terribles proporciones.
Entonces, amigos muy queridos y admirados por él —los dos poetas, León Felipe y Rafael Alberti— llaman a su puerta para tratar de convencerle cariñosamente de que debe alejarse de Madrid.

En un principio se niega terminantemente a dejar a [sic] su querida ciudad; pero lo que le decide a partir es el imperativo moral —ya sabéis que su bondad era tan grande como su inteligencia— de poner a salvo a su anciana madre, a sus hermanos y a las niñas que hay en la casa, sus sobrinas, a las que quiere como un padre.” 

Rafael Alberti evocaba en 1945 con estas palabras la salida de Antonio Machado de Madrid:

A la Alianza de Intelectuales se le encomendó, entre otras, la visita a Antonio Machado para comunicarle la invitación. Y una mañana bombardeada de otoño, el poeta León Felipe y yo nos presentamos en su casa.
Salió Antonio Machado, grande y lento, y tras él, como la sombra fina de una rama, salió su madre [...] Machado nos escuchó, concentrado y triste [...] Se resistía a marchar. Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta con apremio. Se luchaba ya en las calles de Madrid y no queríamos —pues todo podía esperarse de ellos— exponerlo a la misma suerte de Federico [García Lorca].
Después de insistirle, aceptó [...]
Y llegó la noche del adiós, la última noche de Machado en Madrid. ¡Noche inolvidable en aquella casa de soldados! Se encontraba allí lo más alto de las ciencias, las letras y las artes españolas [...]. Afuera, el corazón de España latía a oscuras, con su alto cielo de otoño interrumpido ya de resplandores de los primeros cañonazos.[...] Y mientras, en aquel saloncillo del 5º Regimiento, en medio del silencio que dejaba de vez en cuando el feroz duelo de artillería, un hombre extraordinario, aún más viejo de lo que era y erguido hasta donde su vencimiento físico se lo permitía, con sencillas palabras de temblor, agradecía, en nombre de todos, a aquellos nobles soldados, que así preciaban la vida de sus intelectuales, repitiendo razones de fe, de confianza en el pueblo de España [...] Poco más tarde, desde su huertecillo de Valencia, escribía el poeta, insistiendo una vez más en su creencia ciega en el pueblo de España:
 “En  España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre”

La revista “Hora de España”, editada en Madrid desde enero de 1937 y que llegó a ser la más importante publicación literaria periódica de aquellos años, adoptó desde su primer número [derecha] la costumbre de ceder el primer lugar en cada uno de ellos a Antonio Machado. Fue allí donde se recogieron las últimas reflexiones de Juan de Mairena bajo la forma “Lo que hubiera dicho Juan de Mairena”, ya que desde su primera aparición constaba en su “biografía” que había muerto en 1909.

En la capital valenciana sólo permanecieron unos días. El estado de salud de Antonio Machado era preocupante. Gracias a unos amigos, pudieron instalarse en Rocafort, cerca de Valencia, en una casa con jardín.

Unos meses después de la muerte de Federico García Lorca, que inspira el poema El crimen fue en Granada [LXXXIV, en Poemas sueltos], otra muerte, la de su “queridísimo maestro” don Miguel de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936, le hace escribir:

Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca ni lo creeré jamás.
Su estado físico se va desmoronando. A mediados de 1937 escribe a David Vidgodsky:
En efecto, soy viejo y enfermo, aunque usted por su mucha bondad no quiera creerlo: viejo porque paso de los sesenta, que son muchos años para un español; enfermo, porque las vísceras más importantes de mi organismo se han puesto de acuerdo para no cumplir exactamente su función. Pienso, sin embargo, que hay algo en mí todavía poco solidario de mi ruina fisiológica, y que parece implicar salud y juventud de espíritu, si no es ello también otro signo de senilidad, de regreso a la feliz creencia en la dualidad de sustancias.
De todos modos, mi querido Vigodsky, me tiene usted del lado de la España joven y sana, de todo corazón al lado del pueblo, de todo corazón también enfrente de esas fuerzas negras —¡y tan negras!— a que usted alude en su carta.
En este tiempo, la obra poética de Antonio Machado alcanza sólo la escasa cantidad de veinte poemas. Sin embargo, son suficientes para comprobar en la mayoría de ellos un resurgimiento de la inspiración.


La revista “Ayuda” publicó la elegía a Federico García Lorca, de Antonio Machado, el 17 de octubre de 1936. Dibujo de José Machado.

El poema escrito con motivo del asesinato de García Lorca ocupa un lugar destacado. Está dividido en tres partes. La primera es la narración del crimen, con ritmo y tonalidades de romance popular. La escena está descrita de un modo épico, subrayado por el apóstrofe final:

[...] Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.   [...]

En la segunda parte, el poeta establece un diálogo con la muerte, mientras suenan insistentemente los yunques de las fraguas[15]. Este diálogo no es sino la reanudación del que está presente a lo largo de toda la obra del poeta granadino:

“Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!”
La tercera y última parte es un piadoso ruego a los lectores:
  Se le vio caminar
                                 Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!          
El crimen fue en Granada  [LXXXIV , en Poemas sueltos]  
Algunos poemas vuelven al tema del recuerdo: de Soria [LXXIV, en Poemas sueltos], de la Sevilla de la infancia [LXXVIII, en Poemas sueltos]. Otros se refieren directamente a la guerra como el dedicado A Líster, jefe de los ejércitos del Ebro [LXXXI, en Poemas sueltos], o el que pide el mayor castigo para Franco: Al otro conde don Julián [LXXX, en Poemas sueltos].

Pero, sin duda, el más impresionante y de mayor calidad poética es el titulado La muerte del niño herido [LXXVI, en Poemas sueltos], publicado en 1938, en el que las imágenes alucinadas que grita el niño en su delirio febril, las interrogaciones intensamente doloridas de la madre, el “moscardón” de un invisible avión entre la luz blanca de la luna y la oscuridad de la ciudad apagada en la noche se funden en un cuadro trágico que termina en la reiteración de la frialdad de la mano del hijo muerto:


   Otra vez es la noche Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!

   —Duerme, hijo mío. Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;

   fuera la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.

   —¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!     
          
La muerte del niño herido [LXXVI , en Poemas sueltos]

Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas, el 1 de mayo de 1937.
           
En abril de 1938 lo trasladan, junto a su madre, su hermano José y la familia de éste, a Barcelona. Allí, en la “Torre Castañar”, muy enfermo ya, pero rodeado de la cariñosa atención de amigos como Tomás Navarro Tomás, siguió trabajando para “Hora de España” y “La Vanguardia”. El invierno es  especialmente crudo; apenas hay alimentos. Barcelona está a punto de caer, y el 22 de enero de 1939 son evacuados de la ciudad. Viajan hacia Gerona en un coche que ha puesto a su disposición el doctor Puche, amigo y médico que ha estado tratando al poeta. El 26 de enero cae Barcelona; el 27, llegan a una casa cerca de Figueras, donde se les une un grupo en el que figuran diversas personalidades del mundo universitario y escritores como Corpus  Barga. 

Al día siguiente, son trasladados hacia Francia en unas ambulancias, pero los chóferes deben dejarlos a mitad del camino. El tramo final hacia la frontera hubieron de hacerlo a pie ese mismo día, bajo la lluvia. Antonio Machado perdió la maleta en la que iban sus únicas pertenencias y, sin duda ninguna, sus últimos escritos —había trabajado mucho en los últimos tiempos, a pesar de la enfermedad, para atender las numerosas solicitudes de colaboración que se le hacían—. Corpus Barga hubo de llevar en sus brazos a la madre de Machado durante gran parte del trayecto. Tras pasar la frontera el 28 de enero, pasaron la primera noche en un vagón vacío de ferrocarril. El día 29, el “Comité d’accueil aux intellectuels espagnols”, algunas autoridades francesas y miembros del gobierno republicano que se hallaban en Perpiñán se ocuparon de ellos. Les ofrecieron ir a París, pero Antonio Machado declinó ante el penoso estado en que se encontraban tanto él como su madre. Por fin, se les pudo alojar en un pequeño hotel del pueblecito pesquero de Collioure.

 El 9 de febrero escribe su última carta, al poeta José Bergamín, en la que agradece la ayuda que le brinda: “bien para continuar aquí en las condiciones actuales, bien para trasladarme a alguna localidad no lejana donde poder vivir en un pisito amueblado en las condiciones más modestas”, y expresa su deseo de “resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo o trasladarme a la U.R.S.S.”.

Aquellos fueron sus últimos días:

Realmente —cuenta su hermano José [18]— venía herido de muerte del fatal éxodo, que los demás logramos sobrellevar a duras penas[...].En sus últimos días dos veces salió a ver conmigo el mar que tanto anhelaba. La última, sentados en una barca de la playa, me dijo: ¡Quién pudiera quedarse aquí, en la casita de algún pescador, y ver desde una ventana el mar, ya sin más preocupaciones que trabajar en el arte!

Al día siguiente, sábado, empezó a sentir una gran angustia del corazón. Al llegar el miércoles de ceniza, cinco días después, amaneció mortal. A las cuatro de la tarde de este día murió.
Su cabeza se mantuvo firme hasta pocas horas antes de su fin, que perdido ya el conocimiento se nos fue para siempre.
Al día siguiente fue enterrado en el cementerio de Collioure. Su féretro, cubierto con la bandera republicana, fue llevado a hombros por seis soldados de la República.


Entierro de Antonio Machado Ruiz
Poeta y, sobre todo, hombre entre los hombres.


Su madre, Ana Ruiz, murió el día 24, tras enterarse de la muerte de su hijo, en uno de esos extraños momentos de lucidez que a veces preceden a la agonía.     
                  
Algunos días después, José Machado encontró en un bolsillo del gabán de su hermano un arrugado trozo de papel. En él había escrito el poeta tres anotaciones con un lápiz que le había pedido días antes.

La primera, del monólogo de Hamlet: “Ser o no ser”. La segunda, un solo verso:

   Estos días azules y este sol de la infancia.   [XCII , en Poemas sueltos]

La tercera, una de las Otras canciones a Guiomar, con una ligera variante:

   Y te daré mi canción:“Se canta lo que se pierde”,con un papagayo verdeque la diga en tu balcón.

Las angustias del tiempo y la muerte, el recuerdo de la infancia, el amor que se vive y se pierde, la canción del poeta.





NOTAS:

[1] José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999. (Estas líneas se escriben en 1940)

[2] Miguel Pérez Ferrero: Vida de Antonio Machado y Manuel, Ed. Espasa-Calpe, col. “Austral, nº 1.135, Madrid, 1973.