Observación ésta importante a nuestro propósito, pues la moderna novela «dialogal-comentadora» usa un estilo de diálogo en el que la lengua de los interlocutores es la misma lengua culta y literaria del autor: se renuncia al decoro costumbrista para preservar sólo un decoro esencial. Menos acertado me parece dar por «modelo indudable» de los diálogos entre Don Quijote y Sancho los de León Hebreo, aunque Cervantes los conociese y mencionase.
El aspecto metanovelístico de la obra cervantina es uno de los que más han interesado a Juan Goytisolo, quien, de encomiasta de la picaresca, pasa de 1970 en adelante a cervantinizar dentro y fuera de sus novelas. Dentro: en Reivindicación del Conde Don Julián (1970), con sus airados escrutinios de la tradición literaria española, de la cual La Celestina y el Quijote serían los más preciosos tesoros; o en Juan sin Tierra (1975), donde el pastiche mixto de las canciones de hdenie las cuitas de Dorotea y el fúnebre cortejo pastoril de Crisóstomo no es burla de aquellos bucólicos episodios, sino homenaje a Cervantes por medio del cual escarnece el desamparado realismo socialista de ciertos críticos; o en Paisajes después de la batalla (1982), dependiente en primer término de Bouvard et Pécuchet y, por tanto, con fundamento último en el arte paródico de Cervantes.
En «Vicisitudes del mujedarismo» aparece, junto a la metanovela, otro aspecto preferido por el asiduo huésped de África. Enemigo acérrimo de la España centralista, unitaria y ortodoxa, toma Goytisolo de Américo Castro el término «mudejarismo» para definir el estilo arabizado del Arcipreste de Hita en clima cristiano, y se complace en hallarlo no sólo en el autor del Libro de Buen Amor, sino en el Mío Cid y en Don Juan Manuel, en San Juan de la Cruz, en Cervantes, en el Galdós de Aita Tettauen, así como, desde luego, en sus propias novelas: Don Julián, Juan sin Tierra, Makbara. No ya por la invención de Cide Hamete, sino por su diseminación de perspectivas acerca del problema morisco, el cautiverio de Argel o la expansión turca, Cervantes abre en su Quijote y en algunas de sus novelas y comedias, horizontes de tolerancia y de insinuada atracción hacia virtudes y delicias islámicas opuestas a la estrechez inmóvil de la España que le correspondió sufrir. Declara el antiguo paladín de la picaresca:
De haberme propuesto un panorama de la trascendencia de Cervantes, y no un fragmento o detalle del panorama, tendría que rememorar aquí, en la línea de aprovechamiento del Quijote como patrón metafictivo, el ciclo Antagonía, de Luis Goytisolo, tetralogía en la cual la escritura se refleja a sí misma y la lectura se refracta desde uno o varios lectores inmanentes al texto hacia los que están fuera de él. Del caso Luis Goytisolo podría predicarse lo que Carlos Fuentes escribía en su Cervantes o la crítica de la lectura (México: J. Mortiz, 1976, p. 95):
Cervantes, como don Quijote, es leído por los personajes de la novela Quijote, libro sin origen autoral y casi sin destino, agonizante apenas nace, reanimado por los papeles del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli, que son vertidos al castellano por un anónimo traductor morisco y que serán objeto de la versión apócrifa de Avellaneda... Puntos suspensivos. El círculo de las lecturas se reinicia: Cervantes, autor de Borges; Borges autor de Pierre Ménard; Pierre Ménard, autor del Quijote.
Vértigos parecidos puede suscitar un muy reciente espécimen de novela española: La orilla oscura (1985), de José María Merino. Pero creo que Juan y Luis Goytisolo, Merino y otros de semejante orientación (¿dónde está la línea fronteriza, si existe, entre la vigilia y el ensueño?) deben más a Borges y a su inmediata familia ultramarina que propiamente a Cervantes, el cual conocía demasiado bien dónde estaba esa frontera.
Diálogo cervantino y diálogo moderno
Paso al segundo aspecto anunciado: el diálogo. No me refiero a heteroglosia (Bajtín) o intertextualidad (Kristeva), ni al «discurso sobre discursos», ni a la polifonía propia de toda novela lograda. Me refiero al diálogo como comunicación oral entre dos sujetos distintos (o más de dos, pero necesariamente dos). Dentro de esta acepción tradicional, nadie deja de advertir la novedad que introducen el Quijote y algunas de las novelas ejemplares (sobre todo el Coloquio de los perros) en el uso del diálogo.
Con la fortuna que le caracterizaba al formular rotundamente sus percepciones, Ortega y Gasset definió la aludida novedad óptimamente en su «Adán en el Paraíso» (1910):
Si la novela describe los actos de los personajes y aun el paisaje que los rodea, es sólo para explicar y posibilitar la sugestión directa de los afectos interiores a las almas. [...] Pero la vida de nuestro espíritu es sucesiva, y el arte que las expresa teje sus materiales en la apariencia fluida del tiempo. [...] Por eso, el principio unitivo que emplea este arte temporal es el diálogo. [...] En la novela el diálogo es esencial, como en la pintura la luz. La novela es la categoría del diálogo. [...] Ahora bien: el Quijote es un conjunto de diálogos. Tal vez esto dio motivo a discusiones entre los retóricos y gramáticos de su tiempo; certifique quien sepa de estas materias si puede referirse a algo parecido lo que Avellaneda dice al comienzo de su prólogo: "Como casi es comedia toda la Historia de Don Quijote de la Mancha..." [4]
Anthony Close ha tratado de explicar la insinuación de
Avellaneda mostrando la vinculación del diálogo entre
Don Quijote y Sancho con
La Celestina y las comedias en prosa de
Lope de Rueda y de
Timoneda; pero el fino análisis que hace Close de ese nexo (
Don Quijote habla como el amo, el noble, el enamorado; Sancho como el simple, el necio, el gracioso) no le impide admitir otros orígenes: los coloquios satíricos, las formas dialogales de la «
novella», los debates académicos y las varias aplicaciones de la retórica, los diversos géneros parodiados, etc. [
5] Y ha habido quien, como
Enrique Tierno Galván, a nuestro juicio con acierto, ha considerado a don Quijote un «dialogante intelectual»: «sus conversaciones se aproximan mucho a la estructura del diálogo didáctico, y cuando él habla, nada importa que haya o intervenga un cabrero más o un clérigo menos»[
6].
Lo que estos y otros críticos han ido poniendo de manifiesto con sus exploraciones es la complejidad del diálogo cervantino. Por mi parte, intenté mostrar cómo del «diálogo hacia» que con tanta facundia prodigó Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache pudo Cervantes aprender otra modalidad de «diálogo con» (el Coloquio de los perros) donde ya no hay dos interlocutores proporcionadamente activos, sino un locutor pleno (Berganza) y un sublocutor (Cipión). Ambos tipos de diálogo coinciden en ser un comentario compartido (en el fondo, inacabable) acerca de la experiencia del mundo y de la valoración de esa experiencia.
Una de las más fecundas contribuciones de Cervantes a la novela moderna es ese traslado del interés primario en la acción al interés por el comentario sobre ella y sobre el mundo; comentario que se desenvuelve por medio del discurso narrante (lo que los narradores piensan luego escriben) y a través de la interlocución (lo que los personajes dicen luego viven).
Provocaría estupor imaginar que Don Quijote hubiese cabalgado a solas durante sus tres salidas o que se hubiese hecho acompañar de un criado que, en vez de inspirarle confianza y conquistar día tras día plena capacidad de réplica, se hubiese reducido a su función servicial o a su estricto papel de escudero, como en los libros de caballerías parodiados. A partir del capítulo 7 de la Parte I se escucha a Don Quijote y Sancho en conversación a través de la cual se oye la voz del primero como la del amigo y maestro que pronuncia una estimación, convoca un recuerdo, dibuja una esperanza. En adelante, los coloquios entre ambos importarán tanto como las aventuras e irán sobrepujando a éstas.
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| Caballero Bonald |
Aunque las academias no se distinguen precisamente por el acierto de la inspiración, la Academia Española reemplazó desde su edición del Quijote en 1780 el incongruo del capítulo 10 de la Parte I («De lo que más le avino a Don Quijote con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses»: el lance con el vizcaíno había terminado en el capítulo anterior y los yangüeses no aparecen hasta el capítulo 15) por este otro: «De los graciosos razonamientos que pasaron entre Don Quijote y Sancho Panza su escudero». El nuevo define bien el contenido: coloquios del amo y el criado sobre la ínsula, la reciente pelea, la conveniencia de ocultarse, el bálsamo de Fierabrás, Dulcinea, la ínsula de nuevo y los pobres alimentos que en buena paz y compaña comieron aquella noche. Sobre todo, el nuevo título compendia la curiosidad de los lectores por conocer los comentarios de los caminantes acerca de cuanto van viviendo juntos.
En esa Parte I no escasean los títulos capitulares que enuncian «discretas razones» (capítulo 19), «sabrosos razonamientos» (cap. 31), «discreto(s) coloquio(s)» (cap. 49), y en la Parte II abundan los «razonamientos», «pláticas», «preguntas», «respuestas», «cartas» y «consejos» de los dos peregrinos entre sí o con otros personajes.
Como una de las cumbres del coloquial entre Don Quijote y Sancho se recordará el capítulo 20 de la Parte I. Puesto que la aventura de los batanes es una expectativa de aventura desmentida por la luz de la mañana, la noche entera se les va al temeroso criado y al valeroso caballero en coloquios, hasta que éste tiene que advertir a aquél que en adelante no le hable demasiado: «que en cuantos libros de caballerías he leído que son infinitos, jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su señor como tú con el tuyo», invocando como dechados de taciturnidad al respetuoso Gandalín y al silencioso Gasabal. Pero Sancho no tardará en incumplir el aviso, como lo prueban sus vivaces razones sobre el yelmo o bacía y su petición de romper «aquel áspero mandamiento del silencio», petición tan generosamente otorgada por Don Quijote que es él quien desborda de elocuencia al pintarle al criado la vida de un caballero andante y disertar sobre linajes, etc. (cap. 21).
Posteriormente, Sancho volverá al tema expresando su deseo de regresar a su casa con su mujer e hijos «con los cuales, por lo menos, hablaré y departiré todo lo que quisiere», pues no le parece soportable buscar aventuras, recibir palos y, sobre eso, haber de coserse la boca «sin osar decir lo que el hombre tiene en su corazón, como si fuera mudo» (cap. 25). Don Quijote le contraviene, y el diálogo prende de nuevo y se anima. Así en esta tensión entre el deseo de hablar de Sancho y la acalladora corrección de Don Quijote cuando aquel se desmanda, corrección anulada tan pronto Sancho se humilla y Don Quijote puede desahogar su no menos intenso afán de comunicación expansiva, van uno y otro comentando realidades e imaginaciones a lo largo de su transeúnte convivencia. Y atestigua emotivamente la necesidad del novelista de satisfacer la urgencia de hablar de sus criaturas y la bien supuesta curiosidad de los lectores por oírles hablar, lo que el narrador dice antes de empezar a alternar en capítulos paralelos las vicisitudes del uno y del otro: «Cuéntase, pues, que apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote sintió su soledad, y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarle el gobierno, lo hiciera» (II, cap. 44), porque «la ausencia de Sancho» le hacía parecer triste y melancólico. Tan patentes como esa tristeza son el alborozo del Caballero al reconocer regresado y vivo al compañero con su rucio («El rebuzno conozco, como si le pariera, y tu voz oigo, Sancho mío», cap. 55) y su contento al recobrar la libertad cuando los dos salen del castillo ducal, comparable a un cautiverio (cap. 58).
Según consenso general de lectores y críticos, es gracias al dialogo como se aproximan las dos conciencias en principio tan dispares y se interpenetran y trasfunden. Comparando el
Quijote y
Huck Finn desde el punto de vista del diálogo,
Stephen Gilman llegaba a ver como fundamento de éste no ya la experiencia, sino la evaluación de la experiencia en su progresión: «Si el diálogo épico sostiene valores aceptados, personificados en el héroe, y si los diálogos dramáticos presentan valores aceptados, pero en azarosa lucha unos con otros, el diálogo novelístico se presenta como no aceptado todavía, no en lucha, sino en el mismo momento de su creación humana» [
7].
Con toda evidencia, aunque en el diálogo del Quijote desempeñe importante papel genético el de La Celestina y el de la comedia en prosa del siglo XVI, su calidad no es principalmente dramática, sino novelística, y a mi entender esta calidad se debe a que no es tanto diálogo expresivo (de una conciencia) ni apelativo (a la conciencia de otro) cuanto un diálogo referencial a dos voces: comentario contrastado del mundo.
No menos importante que el quijotesco en la forja de la novela moderna es el diálogo del Coloquio de los perros con su tonalidad monodialogal y digresiva que, inspirada —creo— en el Guzmán de Alfarache, toma un sesgo de iluminación curativa hasta allí insólito.
En un artículo escrito en 1971 aunque no publicado hasta 1975,
Stephen Gillman había apoyado la hipótesis de que el
Guzmán de Alfarache influyese en el
Coloquio de los perros, donde Cipión cumpliría función análoga a la del «lector» (a quien se dirigía Guzmán) frente a Berganza, que, en figura de pícaro, narra, digresa, satiriza; y en otro artículo compuesto en 1975 y publicado en 1977, esbozó el complejo sistema monologal del
Guzmán en contraste con el diálogo extrovertido y recíproco del
Quijote [
8].
En él escribía:
La especial viveza del Coloquio de los perros, en su encanto dialogal, reside... en ese juego de la locuacidad crítica interrumpida, reanudada, vuelta a interrumpir, contrastada por el freno del "chitón" de Cipión, animada por las promesas y los incumplimientos de Berganza, método que es el introducido por Mateo Alemán en su libro famoso... asimilado y sobrepujado por el Cervantes del Coloquio. Sobrepujado en sentido ético a causa de la consistente bondad de Berganza y en sentido estético porque el monodiálogo de Guzmán consigo o con el lector en el caudaloso vehículo de dos gruesos tomos queda transformado en un coloquio breve entre dos canes, con todo lo que esto supone de claridad dialéctica y atmósfera de prodigio. Cervantes, además, hace que Berganza filosofe no para condenar la condición humana, sino para mostrarnos cómo le fue posible y no difícil distinguir el mal del bien y abarcar nítidamente la realidad social. Sirviendo a sus amos y conociendo gentes, aprende Berganza a desenmascarar a los hombres, a iluminarlos (sátira de luz) y a comprender que, incluso para un perro vagabundo, el más fructuoso empleo es la caridad.
La locuacidad correctiva del Guzmán se transfigura... en el Coloquio cervantino, en una locuacidad distintiva que deslinda, alumbra y comprende desde la bondad.
En el trabajo publicado en 1977, extendía el hipotético influjo a la segunda parte del Quijote, «donde la reflexión abunda más que en la primera, de acuerdo con el mayor relieve de la cordura desengañante sobre la engañosa locura» (p. 728).
Dos precisiones debo hacer ahora. Una es que no acierto a ver tanta diferencia como antes veía entre el diálogo Quijote-Sancho (en ambas partes de la novela) y el diálogo Cipión-Berganza. Noto, por el contrario, que en el diálogo del Quijote hay una tensión entre el hablante supralocuente y el sublocuente, si bien el primero es unas veces Don Quijote con sus ilusiones (refrenadas por el sensato Sancho, que toma el papel de moderador) y otras veces lo es Sancho con sus refranes y simples descomedimientos (corregidos y aun castigados por el idealista Don Quijote, que adopta entonces la función del mesurador), mientras que en el Coloquio siempre es Berganza el desbordante y guiado, y Cipión siempre el que repara y guía.
La segunda precisión tiene más que ver con la novela contemporánea. Ante tantas novelas monologales o monodialogales como en los años 60 se publicaban en España (Tiempo de silencio, de Martín-Santos; Señas de identidad, de Juan Goytisolo; Cinco horas con Mario, de Delibes; la insufrible San Camilo 1936, de Cela, Parábola del náufrago, de Delibes o Reivindicación del Conde Don Julián, de Goytisolo), me inclinaba yo a mediados de los 70 a poner en conexión esta primacía del monólogo con el dificultoso diálogo «hacia» un destinatario inasible representado en los comienzos de la novelística moderna por la picaresca y, más particularmente, por el Guzmán de Alfarache: el dialogar potencialmente albergado en el molde del monólogo revelaría tanto en la picaresca como en la novela entonces vigente la necesidad de un contacto que nunca se corroboraba pero continuamente se proponía.
Recuérdese lo que Gonzalo Sobejano escribía en los 70 sobre algunos rasgos de la más moderna novela:
... el carácter proteico del protagonista que afanosamente busca su identidad, la condición laberíntica del espacio humano en que el personaje se mueve, la discontinuidad en la rememoración del pasado; el paso de la elegía a la sátira y a la confesión, o la orquestación de estas actitudes en complejos variables, el predominio del punto de vista que trata de abarcar la heterogeneidad del contexto social a través de un diversifica do monólogo; la instauración de un marco discursivo dentro del cual se narra una historia o partes de historias; el desdoblamiento del yo en un tú reflejo que sirve al narrador como receptor de su angustia. Pues bien, Guzmán es otro Proteo. Laberíntico es el espacio cortesano, italiano y sevillano en que ese picaresco Proteo cambia de oficios y disfraces, y relativamente discontinua su evocación de estados vividos y experiencias desaprovechadas. El Guzmán es la confesión general de un pecador, dentro de la cual van envueltas la sátira moral de la sociedad descarriada y la poética elegía de la nada terrena. Finalmente, es el Guzmán una historia que admite largo y plural discurso, y en este discurso el protagonista se proyecta en un tú, un vosotros, un nosotros, arrojándose hacia el interlocutor múltiple a través de un monólogo que, no pudiendo se diálogo con, procura siempre ser un diálogo hacia: hacia todos y cada uno.

Era 1975 el año que marcaba el fin de la época de Franco, y lo escrito se refería a la novelística que podía ya contemplarse a cierta distancia: la de los años 60. Pero, por esos primeros años 70 se estaba abriendo paso, en un clima de ruptura, un tipo de novela cuyos rasgos determinantes venían a ser a fines de esa década, la memoria en forma preferentemente dialogada, la autocrítica de la escritura, y la fantasía. Y estos tres rasgos se remontan directa o indirectamente al paradigma cervantino, ya no al picaresco.
Prescindiendo aquí de la metanovela y la autocrítica (estudiadas con profusión casi maniática en los últimos años), puesto que Sterne, Gide y Borges o Cortázar habían sido acicates más intensos que Cervantes, y dejando a un lado también la fantasía, espoleada más bien por un Lewis hroll e incluso un Todorov, ¿qué hay de la posible ejemplaridad en la memoria «en forma dialogada»? Novelas españolas contemporáneas que practican el diálogo dual al servicio de la memoria (aunque no sólo de la memoria) son, entre algunas que pueda olvidar, las siguientes: la tetralogía de José María Vaz de Soto, Diálogos de la vida y de la muerte; hmen Martín Gaite, Retahílas, 1974; El cuarto de atrás, 1978; Miguel Delibes, Las guerras de nuestros antepasados, 1975; htas de amor de un sexagenario voluptuoso, 1983; Lourdes Ortiz, Luz de la memoria, 1976; Urraca, 1982; Gonzalo Torrente Ballester, Fragmentos de apocalipsis, 1977; La Isla de los Jacintos Cortados, 1980; Juan Marsé, La muchacha de las bragas de oro, 1978; Juan García Hortelano, Gramática parda, 1982; Álvaro Pombo, Los delitos insignificantes, 1986.
Refiriéndose a la primera novela del elenco, también Sobejano escribía en 1974:
... novela ésta realizada en forma y temperatura de diálogo entre dos antiguos amigos que, al borde de los cuarenta años, traen al recuerdo su desastrada pero ilusionada convivencia en el Madrid de los años 50 y juegan a los cambios de personas y de tiempos verbales poniendo al descubierto sus amores y sus vidas hasta que, consumado el encuentro dialogal, se precipitan en la muerte. Diálogos del anochecer podría verse como un adelanto de Retahílas, la novela de Carmen Martín Gaite, y ambas me recuerdan, por lo limitado e intenso de su fiebre dialogal, el Coloquio de Cipión y Berganza, prodigio de la comunicación verdadera en tasadas horas nocturnas [
9].
En otro ensayo, publicado en la revista Ínsula a fines de 1979, «Ante la novela de los años setenta», seguía con la misma analogía no sólo para esas dos novelas sino para otras de las que entretanto habían aparecido:
Uno de los hechos característicos de la novela del decenio anterior... consistía en la articulación autodialogal del discurso narrativo, en el uso mayoritario o total del 'tú' autorreflexivo equivalente a un 'yo' desdoblado. Ahora, en cambio, se intenta romper esa inmanencia por medio de un diálogo entre dos interlocutores no idénticos...
Por principio puede aceptarse que hay casi siempre un interlocutor protagonista, comparable al Berganza autobiográfico del Coloquio de los perros, frente al otro interlocutor, comparable a Cipión por su mayor parsimonia y sus funciones auxiliares. Este otro interlocutor puede representar una consistencia, aunque más tenue, análoga a la del protagonista, o su identidad puede resultar problemática, insuficiente o fantasmal [
10].
En algunas de estas novelas de los años 70 las premisas compositivas son las mismas del
Coloquio cervantino: diálogo a sólo dos voces; un interlocutor que, como Cipión, exhorta, frena, impulsa, urge: exhorta al conocimiento a través de la palabra, frena las murmuraciones o las quejas impertinentes, impulsa a rememorar el pasado proponiendo un orden, urge a terminar cuando el tiempo apremia; otro interlocutor que responde y expone o se confiesa; reconstrucción de la biografía propia en la parte hablada por el que responde; digresiones frecuentes de éste; crítica directa o indirecta del mundo; marco nocturno de los coloquios. Así sucede en la tetralogía de
Vaz de Soto, en
Retahílas [
11] y
El cuarto de atrás de hmen Martín Gaite, o en
Las guerras de nuestros antepasados, de Miguel Delibes.
De 1979 a 1986 la novela cardinada en el diálogo de dos interlocutores audibles ha ido enrareciéndose en cantidad, y la índole del diálogo ha ido haciéndose menos conectiva, más reveladora de la soledad. Aunque «las cartas a un amigo son lo único que se parece un poco a hablar» [
12], dos de las novelas más recientes entre las escogidas son novelas epistolares con un solo epistológrafo. En
La isla de los Jacintos Cortados (Torrente Ballester). un profesor universitario fatigado escribe una larga carta de amor (más bien, un diario recóndito), con interpolaciones mágicas, a una joven cuya conquista pretende y no logra, y aunque las interpolaciones forman a modo de un
retablo de Maese Pedro dentro del cual quiere el escritor introducir a su amiga a fuerza de fantasía, la carta misma es un «diálogo hacia», no un «diálogo con». En
htas de amor de un sexagenario voluptuoso de Delibes un mediocre periodista retirado envía frecuentes cartas de enamorada curiosidad a una viuda cuyas respuestas el lector sólo indirectamente conoce y que al final escapa con un amigo de aquél dejando burlado al solicitante, y aunque la trama no excluya la posibilidad de que Delibes se haya inspirado en
El casamiento engañoso cervantino, las misivas del solterón no le libertan de su soledad. Más cervantismo, en este caso «quijotesco» y no «cipiónico», podría hallarse en la fantasmagoría de
García Hortelano,
Gramática parda, donde la superdotada niña Duvet Dupont que aspira a ser
Flaubert y la desenfadada sirvienta Venus holina Paula, natural de Extremadura, que con ella conversa infundiéndole saber con su propia ciencia infusa componen en atmósfera irrealista una pareja reminiscente de la integrada por Don Quijote y Sancho. La Urraca de Lourdes Ortiz escribe sus diálogos con un monje cuyas parcas intervenciones van sólo destinadas a estimular la confesión memorial de la reina prisionera. Y en una novela como
Los delitos insignificantes, de
Álvaro Pombo, el intelectual solitario y el chantajista vacante se aproximan homosexualmente a través de largos diálogos que nada confirman sino la imposibilidad de entendimiento, llevando al primero a un fulminante suicidio.
No es insensato del todo, invocar la lección cervantina para estas novelas de que se ha hecho mención. Se aludió arriba al precedente de Ritmo lento, cuyo protagonista, cumpliendo en una casa de reposo la recomendación de un psiquiatra, escribía acerca de su pasado, sus relaciones con el padre, la familia, las mujeres, ciertos amigos. Del esquema básico del psicoanálisis proceden las notas que configuran los diálogos de Vaz de Soto, Martín Gaite y Delibes: la búsqueda de interlocutor, la curación por la palabra, el hablar asociativo de uno y el controlador e interpretativo de otro.
No obstante, esta procedencia, o precisamente por ella, parece razonable suponer en tales novelas el respaldo, siquiera remoto, de las pláticas de Don Quijote y Sancho, cuyo hablar compartido era un irse haciendo entre el mundo, y del coloquio de Cipión y Berganza, cuyo hablar era un pensarse, un irse recordando, identificando y juzgando ante la vida. El escritor español, con más o menos conciencia de ello, guarda en su memoria docta el sedimento de la lectura de Cervantes; quizá por eso no siente la necesidad de invocarlo y «cervantea» sin saberlo, como Juan Goytisolo alegaba.
Por lo demás,
Sigmund Freud, de adolescente, se sintió tan impresionado por el
Coloquio de los perros que llegó a experimentarse a sí mismo como un redivivo Cipión y adoptó este nombre en su trato amistoso con un compañero de estudios, Silberstein, al que llamaba Berganza [
13]. El «
Ich, Cipión» de Freud sirva de refrendo de la universalidad y perennidad de la obra cervantina, que, de acuerdo con lo declarado por Juan Benet, resulta difícil que pueda influir directamente en los hombres de hoy, pero que fluye hacia todos con la ancestral virtud de un evangelio.
Notas
1. Juan Benet, «Onda y corpúsculo en el Quijote» (1979), en La moviola de Eurípides y otros ensayos, Madrid, Taurus, 1981, p. 81.
2. Juan Goytisolo, «La picaresca, ejemplo nacional» (1957), en Problemas de la novela, Barcelona, Seix Barral, 1959, p. 92.
3. Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio, 7.ª ed., Barcelona, Seix Barral, 1979, p. 62. Citas subsiguientes se indican con el número de página puesto entre paréntesis. Lo mismo ha de entenderse respecto a otros textos en este trabajo.
4. José Ortega y Gasset, Obras completas, I, 6.ª ed., Madrid, Revista de Occidente, pp. 488-489.
5. Anthony Close, «Characterization and Dialoque in Cervantes's comedias en prosa». Modern Language Review, 76 (1981), pp. 338-356.
6. Enrique Tierno Galván, Razón mecánica y razón dialéctica, Madrid, Tecnos, 1969, p. 37.
7. Stephen Gilman, «Cervantes en la obra de Mark Twain», en Homenaje a Cervantes: Cuadernos de Ínsula, 1947, p. 222.
8. Gonzalo Sobejano, «Un perfil de la picaresca: el pícaro hablador» en Studia hispanica in honorem R. Lapesa, vol. II, Madrid, Gredos, 1975, pp. 467-485. Idem, «De Alemán a Cervantes: monólogo y diálogo», en Homenaje al Prof. Muñoz Cortés, vol. II, Universidad de Murcia, 1977, pp. 713-729.
9. Gonzalo Sobejano, Novela española de nuestro tiempo, 2.ª ed., Madrid, Prensa Española, 1975, pp. 590-591.
10. Gonzalo Sobejano, «Ante la novela de los años setenta», Ínsula, 396-397 (Noviembre-Diciembre 1979), pp. 1 y 22. (Reimpreso en F. Rico, ed., Historia y crítica de la literatura española, vol. 8, D. Ynduráin, ed., Época contemporánea: 1939-1980, Barcelona, Crítica, 1980, pp. 500-508).
11. José María Vaz de Soto, Fabián, Madrid, Akal, 1977, p. 49. Cervantes, como es bien sabido, no sigue en el Quijote una «cronología estricta». Lo que parece querer decir el personaje de la novela de Vaz de Soto es que las aventuras de Don Quijote se narran como hechos sucesivos.
12. hmen Martín Gaite, La búsqueda de interlocutor, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1982, p. 190.
13. Stanko B. Vranich, «Sigmund Freud and 'The Case History of Berganza'. Freud's Psychoanalitic Beginnings», The Psychoanalytic Review, 63 (1976), pp. 73-82.