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12 marzo 2015

Unamuno, el viajero. Los paisajes del alma

Miguel de Unamuno. Por tierras de Portugal y de España«Estética montesina», un monodiálogo de 1902, me parece otro de esos textos programáticos en que se cifra todo el sentido de este modo de viajar. El texto tiene un arranque más narrativo que ensayístico y en él relata una experiencia fundamental acaecida cuando ya el monte le era familiar y «mantenía con él comunicación amigable». Vemos allí al viajero en una situación bastante común y reiterada en estos escritos: saliendo al campo una tarde y durmiendo la siesta al pie de un mesto. Durante el sueño se produce una revelación tras la cual despierta «adoctrinado, preñado mi ánimo de vagas ideas que pedían luz, expresión y libertad». Todo este relato es el recuento de un merodear ocioso —«Nada tenía que hacer; el tiempo era mío»—, durante el cual observa las mil formas vivas, animales y vegetales, de la Naturaleza, la gran variedad que reviste el deseo de vivir, que concluye con un canto a la Belleza en tanto que verdadero motor o impulso vital en lo que ésta tiene de «eternización de la momentaneidad».

          
Miguel de Unamuno
El viaje en Unamuno no es una salida, sino el punto de llegada de una experiencia que se proyectó a lo largo del tiempo y en muy variados espacios, que ahora me propongo explicar y exponer con algún detalle, tomando como corpus principal los textos reunidos en el primer tomo de la Obras Completas, Paisaje, pero sin descuidar otros que, diseminados en obras de muy distinta naturaleza, abordan y refieren la experiencia del viaje, experiencia que desde unas primeras andanzas más próximas a la jocosa ironía postromántica, a los cuadros o relaciones de corte costumbrista y a los arabescos modernistas, acaban forjando la imagen mucho más honda, esencial y permanente del viajero como peregrino de la belleza y de la inmortalidad. Porque si bien es indiscutible la tesis de Luciano Egido, cuando en Salamanca, la gran metáfora de Unamuno, afirma que Salamanca es la cita permanente de Unamuno y que éste, «irremediablemente, fue a todas partes con la imagen de Salamanca en los ojos», mostrando con todo tipo de detalles los múltiples recuerdos salmantinos que a lo largo de la vida del autor irrumpen aquí y allá, también es innegable la poderosa presencia e influencia de otros lugares recorridos y sentidos por don Miguel, hasta el punto de llegar a constituir constelaciones casi permanentes en su universo viajero.
 
Es hacia esas otras constelaciones hacia donde apunta mi trabajo, donde pretendo ver por dónde anduvo, y quién fue y qué sintió y pensó o soñó en esos lugares. Analizaré, por tanto, las geografías que recorre, los motivos que le llevan a ellas, los medios de que se vale para esos viajes, y la actitud o los modos y maneras con que el viajero mira y sueña y escribe, porque estamos ante un escritor que muestra una clara conciencia de las razones y designios que le impulsan a emprender sus gozosas andanzas, aunque de vez en cuando se autorretrate como un «forzado del cálamo» y se deslicen en sus páginas leves quejas del tipo «Es cosa terrible esto de ver algo para escribir de ello, más bien que escribir porque se ha visto. Pero el oficio…», lamento no exclusivo del escritor-viajero, sino constante en el Unamuno articulista o publicista, como es bien sabido, y que, en lo referido a las relaciones de viaje, irá desapareciendo con el paso del tiempo.
 
… durante el verano y en las siempre breves vacaciones de que durante el curso puedo gozar, salgo a hacer repuesto de paisaje, a almacenar en mi magín y en mi corazón visiones de llanura, de sierra o de marina, para irme luego de ellas nutriendo en mi retiro. Así como también llevo al campo el recuerdo de las espléndidas visiones de esta dorada ciudad de Salamanca […]. Así llevo la ciudad al campo y traigo el campo a la ciudad. Pero la ciudad que es a su vez campo, la ciudad hecha naturaleza serena, impasible y notable.

 
Tal declaraba Unamuno en 1911, en un texto —«Ciudad, campo, paisajes y recuerdos»— que puede considerarse un verdadero manifiesto-programa del viajero en tanto que excursionista o peregrino de la belleza que una y otra vez —hasta los últimos años de su vida— emprende pequeños viajes o excursiones a puntos concretos de nuestra geografía, parajes naturales de Castilla, Extremadura, Portugal, Aragón, Mallorca, Canarias, Galicia, Cantabria, La Mancha o el País Vasco, porque para este infatigable peregrino de la belleza no hay paisaje feo —según sostiene en más de una ocasión—, en parte porque no admite ponerle puertas ni etiquetas a la belleza —una y otra vez niega determinadas analogías y, como buen romántico, rechazará que se confunda tristeza con fealdad, por ejemplo— y en parte porque se enfrentará a lo nuevo con una mirada virginal y desprejuiciada, aniñada, actitud adoptada ya en un temprano trabajo, «Las procesiones de Semana Santa» (1891), cuya materia u objeto obliga al viajero-narrador a plantearse cuál debe ser la actitud adecuada para representarse lo poético de cualquier solemnidad, respondiéndose que habrá de ser el regreso a la infancia, el aniñarse de espíritu, cuando todo era nuevo, siempre nuevo, y «toda impresión venía humeante y chorreando vida». Creo que tenemos aquí una clave para entender el principal quiebro del viajero Unamuno: esa disposición auroral o virginal propia de la niñez que sólo el radical cambio que supuso el traslado a Castilla pudo propiciar.
 
Estamos ante un viajero que, en los tiempos en que viajar era ya una moda y casi una vulgaridad, elegirá para sus andanzas parajes muy alejados de la rutas frecuentadas por los turistas, porque rechaza al prototipo «superficial y cómodo» que simplemente aspira en sus viajes «a matar unos días viviendo con la sobrehaz del alma»; censurará a quienes viajan más por ostentación y vanidad en vez de «para recordarlo y paladearlo a solas y para encender con el recuerdo de esos viajes a ajenas tierras el tibio y recalentador apego al rinconcito en que se nació o en que se vive en nido propio». Por eso defenderá siempre la lentitud frente a la moderna superstición de la aceleración y gustará de aproximarse a su destino «por camino largo, tomándolo a sorbos, a modo de quien lo saborea», sabedor de que «no se mueve por sí aquel a quien su automóvil lo lleva a cien kilómetros por hora, y sé más, y es que no se entera por el camino por el que va». Por eso, viajará a pie, a caballo, —(«Dejaba a mi cabalgadura rienda al cuello, que fuese a su talante […] iba leyendo entre las cumbres y en los desfiladeros la lección eterna de la Naturaleza»)— o en carros de trajinantes y arrieros, ligero de equipaje, «sin arqueólogo alguno ni más cicerone que un chiquillo cualquiera que topáramos al azar en las calles»; un viajero que lleva los ojos del alma bien abiertos porque, cuando se llega a un lugar, «importa más penetrar en la idea que sus moradores, sobre todo los naturales, tienen de ella, que no aferrarnos a nuestra propia visión inmediata». Y así, arremeterá contra aquellos de sus compatriotas que, o bien sucumben ante el vértigo de la velocidad, alterando sustancialmente el sentido de las salidas al campo, o eligen para sus escapadas otros destinos, cegados como parecen estarlo por reclamos de tarjeta postal:
 
Es una lástima que la ramplonería de la rutina española lleve a tantas gentes a pueblecillos triviales, de una lindeza de cromo que encanta a los merceros enriquecidos, y haga les asuste pasar incomodidades para ir a gozar de visiones que están fuera del tiempo.
 
De hecho, no abunda en las páginas unamunianas el autorretrato del viajero visto desde fuera, aunque son numerosas las estampas o visiones íntimas, las del hombre interior. Aun así, contamos con algún pequeño esbozo, como el citado en la nota 19, donde se observa la extrañeza que ese hombre, o ese grupo de amigos, entregados a esfuerzos físicos e incomodidades varias sin propósito material ni lucrativo alguno causa entre los lugareños, por lo que éstos deducen que a tales penalidades les moverán motivos expiatorios:
 
La España pintoresca y legendaria sería mucho mejor conocida que lo es —por los españoles, se entiende— si tuviéramos mejores caminos y vías de comunicación o si fuésemos más entusiastas y menos comodones. Entre nosotros, el amor a la hermosura y a la tradición no ha llegado aún a formas de piedad. Y así, cuando hace aún pocos días marchaba yo con dos amigos a visitar el célebre monasterio de Guadalupe, las gentes sencillas de aquellas tierras no se explicaban las molestias que soportábamos sino atribuyéndolo a que lo hiciésemos por promesa o votos religiosos.
 
Son ciertamente otros los motivos que lo llevan de aquí a allá: estéticos, sensuales, cordiales, intelectivos o simplemente físicos. «Para recreo de los ojos y sugestión del corazón» le parece estar hecha la visión que se extiende ante él cuando en 1909 recorre el valle canario de Tejeda, dado el reposo que aquel paraje que parece carecer de materialidad tangible le proporciona. En otra ocasión, tras la subida a la cumbre del Teix, en Mallorca, comentará exaltado:
 
Esto de ascender a las cimas de las montañas, y más si son rocosas, es un placer que tiene tanto de sensual como de estético, es una voluptuosidad de la fatiga. No cabe decir en qué tal cima es distinta de la otra, como no cabe expresar en qué se diferencia el gusto de un manjar del de otro manjar cualquiera. […] cada cumbre es como otra música que nos pide otra distinta letra. Y yo espero que con el tiempo me brote en la fantasía la planta de la semilla que me dejó en ella el haber puesto el pie en la cumbre del Teix y el haber respirado en ella el aire que como entre sus dos manos batió el Señor entre el cielo y el mar henchidos de luz de aquella isla de oro.
 
Y es que, para este impar viajero, tanto como «las sacudidas del cuerpo» que le deparan dichas salidas, cuentan las sacudidas del alma causadas por la novedad de las visiones, que le agitan y cansan incluso más que el ajetreo del caballo. Consuelo, descanso, limpieza o depuración y restauración de alma y cuerpo, la obtención de «aluviones de energía», y múltiples enseñanzas de distinto tipo son otros de los motivos que le llevan a emprender esas excursiones cuya práctica, ya desde su juventud, le permite transformar la experiencia sentimental en sensitiva, el amar en querer, y recuperar así el impulso natural y la espontaneidad característicos de la niñez, condición de la libertad. Por ello, cuando esas excursiones se realizan dentro de la propia patria, aprendemos así a quererla: «Cóbrase en tales ejercicios y visiones ternura para con la tierra, siéntese la hermandad con los árboles, con las rocas, con los ríos; se siente que son de nuestra raza también, que son españoles. Las cosas hacen la patria tanto o más que los hombres».
 
Ejercicios llama Unamuno a sus peregrinaciones. Ejercicios estéticos y espirituales, porque esas salidas en que se lanza a leer en el libro de la Naturaleza y a educar el sentimiento de la misma, el amor inteligente y cordial al campo, le parecen «uno de los más refinados productos de la civilización y la cultura». Tarea ardua y difícil que llega a constituirse en designio permanente del viajero desde que en su infancia bilbaína experimenta una de sus primeras emociones románticas ante el panorama asombroso que se le reveló en los Caños, «con aquel ceñudo fondo del oscuro Arnótegui, y el río saltando entre pedruscos y la Isla y toda la hoz aquella…».
 
No recuerdo haber visto convenientemente destacada esta «Estética montesina» de 1902 —la fecha es significativa— que contiene importantes claves para entender la actitud del viajero unamuniano —alpino y excursionista, o no— según veremos enseguida, al abordar los motivos y fines de estas excursiones que he calificado de ejercicios estéticos y espirituales porque Unamuno admite la máxima byroniana según la cual «un paisaje es un estado de conciencia» —pero también, a la vez, un estado de conciencia es un paisaje— y aspira en sus escritos a convertir esa máxima en sello personal inconfundible, lo cual situará al narrador–viajero en el extremo opuesto de los pintoresquistas o descripcionistas:
 
El descripcionismo es un vicio en literatura y no son los más diestros y fieles en describir un paisaje los que mejor lo sienten, los que llegan a hacer del paisaje un estado de conciencia, según la feliz expresión de lord Byron. Este mismo lord Byron sintió el mar como nadie, y no necesitó largas y prolijas descripciones para comunicarnos su sentimiento. ¿Es que se ha dicho acaso sobre el mar nada más sugerente y profundo que las últimas estrofas del Child Harold y, sobre todo, aquellos tres versos de la estrofa 182 del canto IV y último?
Unchangeable save to thy wild waves, play;
Time writes no wrinkle on thine azure brow
Such as creation’s dawn beheld, thou rollest now.
 
Esto es: «Incambiable excepto al juego de tus salvajes olas; el tiempo no traza arrugas en tu frente azul; ruedas hoy tal como te vio el alba de la creación».
 
Por entender de este modo la expresión literaria del paisaje, Unamuno — como Azorín— hablará de la ausencia del mismo en nuestra literatura, aun siendo el paisaje el principal estímulo para la creación artística, verbal o no, porque ciertos paisajes «nos meten al ánimo el ansia tormentosa de decir lo indecible, de dejar en la alada palabra que vuela sonora, y pasa, y se pierde, lo que no pasa ni se pierde: la visión que queda», declara en una ocasión, formulando acto seguido su personal aspiración al deseado sincretismo artístico tan anhelado ya por los románticos: «Decir lo que se ve y decirlo de modo que se vea oyéndolo; ver lo que se oye: he aquí todo el secreto del Arte». Por ello en sus novelas excepción hecha de Paz en la guerra, la ausencia de «color temporal o local»es rasgo destacado, no sólo debido al propósito de darles la mayor intensidad y el mayor carácter dramático posibles (al reducirlas a diálogo y relato de acción y sentimientos) sino por realzar el paisaje literario, que para el autor tenía un valor estético independiente y no una mera función ancilar o decorativa, y por ello a ese elemento lo dotaba de una forma literaria específica: el poema o la relación de viaje.
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06 febrero 2015

Quijotismo ¿para qué hoy como ayer?

Tomamos vistas casi instantáneas de la realidad que pasa, y como son características de esa realidad nos basta con ensartarlas a lo largo de un devenir abstracto, uniforme e invisible, situado en el fondo del aparato del conocimiento para imitar lo característico del devenir mismo(…) no hacemos más que accionar una especie de cinematógrafo interior.
Henri Bergson. La evolución creadora.
 
Y trataba de imaginarse lo que le ocurriría a la llama cuando se apagaba una vela y trataba de recordar, en vano, la llama sin la vela que la alimentara.
 
Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.
 
Este año se conmemora el quinto centenario de la publicación de la segunda parte de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615) de Miguel de Cervantes. El cuarto centenario de la primera parte del Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605) dio lugar en la sociedad española a una oleada de quijotismo. Este artículo pretende solo recordar la dialéctica que se desarrolló en aquel tiempo entre los que entonces comenzó a denominarse “intelectuales”. No sé si el lector podrá sacar algunas conclusiones. Para mí es un punto de partida de reflexión hacia el presente, que no sé si continuaré, asfixiado en el momentum.
 
Reciente aún y todavía dolorosa la herida que el desastre de 1898 había infligido en la conciencia nacional, no olvidado el desconsolador diagnóstico de Silvela ante la postración del país —"España sin pulso"—, los españoles cultos y semicultos sintieron la íntima necesidad de afirmar que su patria, tras las declinantes y derrotadas glorias del pasado, podía seguir siendo algo en el futuro. Tal fue el presupuesto emocional de ese quijotismo. A los 12 años de la conmemoración del Quijote, aún seguía expresando Ortega aquel vehemente anhelo de su resurrección. No parece un azar que como la de un Quijote cuerdo vea la figura de Azcárate, a la muerte de este eximio leonés: "Enjuto, de aventajada estatura, le veíamos pasar, emocionados, como un Don Quijote vuelto a la cordura". Tengo para mí que esa quijotesca rememoración del anciano krausista, no menos aplicable a Giner de los Ríos, fue determinada por el vario quijotismo —el de Cajal, el de Menéndez Pelayo, el de Unamuno, el de Azorín, el de Antonio Machado, el del propio Ortega— que la ocasión de 1905 suscitó en las clases cultas de España.
 
Los primeros propugnadores de la moral quijotesca como recurso básico para conseguir la tan ansiada regeneración de España fueron, en cuanto yo sé, los sabios de la restauración y la regencia. En Cajal tuvieron su más calificado y explícito representante. En su conferencia Psicología de Don Quijote y el quijotismo (mayo de 1905), Cajal propuso a los españoles sacar de su postración a la maltrecha España, cultivando la ciencia y la técnica con una esforzada moral quijotesca. "El quijotismo de buena ley", dijo, "tiene en España ancho campo en que ejercitarse". Y después de exponer con levantada retórica las diversas tareas posibles, añadió: "He aquí las estupendas y gloriosas aventuras de nuestros quijotes del porvenir". De 1905 es asimismo la azoriniana declaración de ese general quijotismo. "Nuestra vida", se pregunta Azorín en Madrid, poco antes de iniciar su tan conocida peregrinación por la ruta de Don Quijote, "¿no es como la del buen caballero andante que nació en uno de estos pueblos manchegos? Tal vez nuestro vivir, como el de don Alonso Quijano el Bueno, es un combate inacabable, sin premio, por ideales que no veremos realizados... Yo amo esa figura dolorosa que es nuestro símbolo y nuestro espejo". Ya en su presentación al público lector como Azorín había escrito José Martínez Ruiz: "Nosotros, como el hidalgo manchego, tenemos algo de soñadores, una ilusión que nos vivifica". Más intuitivo y más literato que Cajal, pero no menos quijotista que él, Azorín ve en el quijotismo la más derecha vía para la regeneración de España.
 
Otro testimonio, también de 1905. Desde Leipzig, donde está iniciando su formación germánica, Ortega explica epistolarmente a su padre lo que, a su juicio, es la melancolía; ve a Don Quijote como máximo héroe del temple melancólico y confiesa su propio sentir con estas palabras: "Es preciso obrar grandes y bellas y nobles locuras... Este ideal, esta locura es, lo que representa Don Quijote... El modelo es, pues, Don Quijote: fue bueno y fue caballero andante de Dulcinea; seamos buenos y seamos caballeros andantes de esta angustiada Dulcinea de nuestra patria". No quedará aquí, lo veremos, este juvenil quijotismo de Ortega.
 
A los pocos años de la conmemoración del Quijote, Antonio Machado cantará en el poema A una España joven el ánimo quijotesco con que su generación irrumpió en la vida de España. A todos sus miembros, dice, "en una nave de oro nos plugó navegar / hacia los altos mares, sin aguardar ribera", y en versos ulteriores declara con desgarro el fracaso de la varia y común locura y confiesa su menesterosa esperanza en los jóvenes que van a renovar su empeño. Bajo forma de mito, otra vez cabalgaba Don Quijote —o intentaba cabalgar— sobre la tierra de España.
 
 
El patentísimo quijotismo de Unamuno —"este donquijotesco don Miguel de Unamuno", dirá de él Antonio Machado, a su vez calificado como Alonso Quijano“, El Bueno”—, requiere un delicado análisis diacrónico. A raíz del desastre colonial, escribirá: "¡Muera Don Quijote para que renazca Alonso Quijano el Bueno!"; grito que expresaba el más hondo sentir de En torno al casticismo (1895) ante la realidad histórica y el destino de España. Años más tarde se rectificará a sí mismo: "En esa ridícula literatura (la regeneracionista) caímos casi todos los españoles, unos más y otros menos... Yo di un ¡muera Don Quijote!, y de esta blasfemia, que quería decir lo contrario de lo que decía —así estábamos entonces—, brotó mi Vida de Don Quijote y Sancho y mi culto al quijotismo como religión nacional".
 
Dos quijotismos sucesivos, uno quijánico y otro quijotesco; si se quiere, un quijanismo y un quijotismo. El primero albergaba el propósito de actualizar lo mejor del humanismo español —Vives, fray Luis— y tuvo tosca expresión literaria en una metáfora doblemente hidroterápica: "chapuzamiento en pueblo", conocimiento vivo de la intrahistoria de España, faena, decía aquel Unamuno, sólo accesible a españoles europeizados, y "ducha de cultura europea". Frente a ese quijotismo quijánico se levantó el ulterior —y en la vida de Unamuno, definitivo— quijotismo quijotesco: la apelación al ejemplar señorío moral de Don Quijote vivo y hazañoso. Según él, la misión de España consistiría, por una parte, en afirmar vigorosamente su personalidad intrahistórica, y tomando de la cultura europea no más que lo para nosotros conveniente, en tratar de imponer a Europa, por otra, nuestro íntimo modo de ser. La conversión cuasirreligiosa a una vida traspasada por la certidumbre o por el ansia de la inmortalidad personal, y recogida por un pensamiento trascendente a la razón moderna, sería la meta ideal de ese quijotesco empeño. A su logro se lanzó con todo su talento y todo su coraje el gran don Miguel.
 
En 1912 publicó Unamuno su Del sentimiento trágico de la vida. Dos años más tarde, Ortega —con él, expresa o tácitamente, toda su generación, esa que hoy solemos llamar del 14— dará al quijotismo, vivo en su alma ya en 1905, una decisiva y fecunda versión nueva.
 
El quijotismo de Unamuno fue notoriamente anticervantino; el autor del Quijote habría sido un afortunado, pero punto menos que inconsciente revelador del ideal latente en los senos intrahistóricos de nuestro pueblo. Dos cartas de Ortega, una a su novia, otra a su entrañable amigo Navarro Ledesma, las dos de 1905, dan inicial testimonio del nuevo modo de concebir el quijotismo. Dice en la primera: el Quijote "lo escribió un hombre que había estado durante casi toda su vida lleno de buena fe ante la existencia, como tú, como yo, como todos los que tenemos una propensión y una necesidad ardientes, quemantes, de todas las formas de lo heroico. Cervantes lo escribió cuando había ya perdido esa buena fe y cuando ese amor a lo heroico había dejado de ser activo y aún le quedaba el, amor pasivo que llora sobre la imposibilidad de ser héroe". Escribe en la segunda, comentando la unamuniana Vida de Don Quijote y Sancho" que acaba de leer: "Comete... el error de desconsiderar a Cervantes, cuando acaso no existirá obra (de las que sean evangelios humanos hablo) que sea más obra y carne y sangre de su autor que ésta".
 
Nueve años después, con la mole cárdena de El Escorial a la vista, dará expresión definitiva a su cervantismo, a su quijotismo cervantino. Oigámosle: "He aquí una plenitud española... Si supiéramos con evidencia en qué consiste el espíritu de Cervantes, la manera cervantina de acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en, esas cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad, y un estímulo poético lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política. Si algún día viniera alguien y nos descubriera el perfil del estilo de Cervantes, bastaría con que prolongáramos sus líneas sobre los demás problemas colectivos para que despertáramos a nueva vida". Acaso la lectura del libro de Navarro Ledesma El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, que Ortega conoció y comentó antes de su impresión, fuese el punto de partida de su alta y nueva estimación de Cervantes.
 
Pienso que este lúcido cervantismo es también el que años más tarde informará las páginas de El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro, y acaso también la nueva visión de Cervantes, no excluyente, a mi juicio, de la anterior, que en su plena madurez hispánica y mental el propio Castro propondrá. Y también, asimismo, el que da nervio a Cervantes, clave de España, de Julián Marías. Más aún: me atrevo a sostener que el proyecto de reforma de la vida española explícito en Ortega e implícito en la obra de los restantes miembros de su generación -proyecto todavía vigente y todavía no realizado- no es sino el resultado de concretar en nuestro siglo, y según muy varias direcciones, la profunda exigencia intelectual, política y moral de esa fecunda unificación entre el mensaje del Quijote y la mente de su creador.
 
Exhortación. Quijotismo, ¿para qué? Empapados día tras día por el ansia de vivir presente, —lucro, ocio, placer de unos; necesidad y miseria de muchos— que hoy somete a nuestra sociedad, no pocos, demasiados serán los españoles que sólo con un gesto de despectivo desentendimiento responderán a tal interrogación. No quiero estar, no estoy entre ellos. Ante todo, porque, como acabo de decir, considero vigente, no superado y todavía no cumplido el proyecto de vida colectiva que nos legaron aquellas generaciones. Hijo histórico de ellas creo yo ser. Mas también porque el futuro de España menesterosamente está pidiendo la voz convocante, la enérgica voluntad reformadora, la inteligencia, la ejemplaridad moral y la tenacidad que —con las adiciones y modificaciones que el curso de la historia haya hecho ineludibles— con tanto apremio requiere la ejecución de ese proyecto.