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23 febrero 2015

23 de febrero de 1039: Muerte de Antonio Machado




José Machado, en su libro de memorias [José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999.] narra el último encuentro entre los tres hermanos:

A esta habitación venía nuestro hermano Manuel todos los domingos todos los domingos —el resto de la semana nos veíamos diariamente— a reunirse con Antonio y cambiar impresiones sobre sus trabajos. Y allí, apiñados alrededor de aquella mesa camilla, nos sentábamos los tres hermanos [...]. Y entre el humo de los cigarrillos y las inevitables tazas de café, tramaban los dos poetas los argumentos de sus comedias y yo les leía la copia de los actos ya hechos.
Así ocurrió hasta aquel domingo en que se dijeron adiós, sin sospechar siquiera que sería ya la última vez que se verían en la vida Manuel y Antonio.

En efecto, a mediados de julio de 1936, Manuel Machado viajó a Burgos con su mujer para visitar a una tía de ésta. Allí les sorprendió la guerra, en la llamada zona nacional, y allí permanecieron hasta el fin de la misma.

En la mañana del 18 de julio de 1936 suenan los primeros cañonazos en el Cuartel de la Montaña de Madrid. Es el comienzo de una lucha —aún no terminada—, ya que en España se realizó sólo el prólogo de la más sangrienta hecatombe conocida.

El poeta, separado de su hermano Manuel, sigue en Madrid con sus hermanos Francisco y José. Miguel Pérez Ferrero relata así los primeros momentos de la guerra en la casa de los Machado:

Antonio Machado, con toda la familia que con él habita, permanece en Madrid los primeros tiempos. Apenas si sale de casa. Puede decirse que no sale. Su pensamiento está, de seguro, con el hermano ausente, del que nada sabe, y en la incógnita que reservará cada minuto a transcurrir. A su domicilio le llevan papeles en blanco para llenarse con listas de firmas, al objeto de que él estampe, en cabeza, la suya valiosa. Son adhesiones al gobierno, a los partidos, a los grupos El poeta se siente cada vez más agobiado de mortal cansancio. Está enfermo.

La situación de la capital se agrava para quienes se proponen resistir al ejército que la sitia y, más que una ciudad sitiada, después de experimentar y aun seguir experimentando las sacudidas de la revolución, es puro frente de batalla.

Del 7 de noviembre de 1936 es el conocido serventesio:

¡Madrid, Madrid!, ¡qué bien tu nombre suena,
rompeolas de todas las Españas!
La tierra se desgarra, el cielo truena,
tú sonríes con plomo en las entrañas.          [LXXXIX, en Poemas sueltos] 




“Madrid, baluarte de nuestra guerra de independencia”. Artículo de Antonio Machado en “Hora de España” (7-11-1937) en el que se recuerda el poema escrito justo un año antes [LXXXIX, en Poemas sueltos]. En él se puede leer:

“Madrid, el frívolo Madrid nos reservaba la sorpresa de revelarnos, a tono con las circunstancias más trágicas de la vida española, toda  la castiza grandeza de su pueblo. En los rostros madrileños, durante unos días de seriedad, vimos a España entera en su mejor retrato. Madrid, frunciendo el ceño oportunamente, había eliminado al señorito y ya podía sonreír otra vez.
El Enemigo —los traidores de dentro y los invasores de fuera— se iba poco a poco aproximando a Madrid. La aviación enemiga multiplicaba sus asesinatos monstruosos [...] No entraron. No podían entrar.”

“En noviembre, el peligro inminente que se cierne sobre la invicta capital alcanza las más terribles proporciones.
Entonces, amigos muy queridos y admirados por él —los dos poetas, León Felipe y Rafael Alberti— llaman a su puerta para tratar de convencerle cariñosamente de que debe alejarse de Madrid.

En un principio se niega terminantemente a dejar a [sic] su querida ciudad; pero lo que le decide a partir es el imperativo moral —ya sabéis que su bondad era tan grande como su inteligencia— de poner a salvo a su anciana madre, a sus hermanos y a las niñas que hay en la casa, sus sobrinas, a las que quiere como un padre.” 

Rafael Alberti evocaba en 1945 con estas palabras la salida de Antonio Machado de Madrid:

A la Alianza de Intelectuales se le encomendó, entre otras, la visita a Antonio Machado para comunicarle la invitación. Y una mañana bombardeada de otoño, el poeta León Felipe y yo nos presentamos en su casa.
Salió Antonio Machado, grande y lento, y tras él, como la sombra fina de una rama, salió su madre [...] Machado nos escuchó, concentrado y triste [...] Se resistía a marchar. Hubo que hacerle una segunda visita. Y ésta con apremio. Se luchaba ya en las calles de Madrid y no queríamos —pues todo podía esperarse de ellos— exponerlo a la misma suerte de Federico [García Lorca].
Después de insistirle, aceptó [...]
Y llegó la noche del adiós, la última noche de Machado en Madrid. ¡Noche inolvidable en aquella casa de soldados! Se encontraba allí lo más alto de las ciencias, las letras y las artes españolas [...]. Afuera, el corazón de España latía a oscuras, con su alto cielo de otoño interrumpido ya de resplandores de los primeros cañonazos.[...] Y mientras, en aquel saloncillo del 5º Regimiento, en medio del silencio que dejaba de vez en cuando el feroz duelo de artillería, un hombre extraordinario, aún más viejo de lo que era y erguido hasta donde su vencimiento físico se lo permitía, con sencillas palabras de temblor, agradecía, en nombre de todos, a aquellos nobles soldados, que así preciaban la vida de sus intelectuales, repitiendo razones de fe, de confianza en el pueblo de España [...] Poco más tarde, desde su huertecillo de Valencia, escribía el poeta, insistiendo una vez más en su creencia ciega en el pueblo de España:
 “En  España lo mejor es el pueblo. Por eso la heroica y abnegada defensa de Madrid, que ha asombrado al mundo, a mí me conmueve, pero no me sorprende. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre”

La revista “Hora de España”, editada en Madrid desde enero de 1937 y que llegó a ser la más importante publicación literaria periódica de aquellos años, adoptó desde su primer número [derecha] la costumbre de ceder el primer lugar en cada uno de ellos a Antonio Machado. Fue allí donde se recogieron las últimas reflexiones de Juan de Mairena bajo la forma “Lo que hubiera dicho Juan de Mairena”, ya que desde su primera aparición constaba en su “biografía” que había muerto en 1909.

En la capital valenciana sólo permanecieron unos días. El estado de salud de Antonio Machado era preocupante. Gracias a unos amigos, pudieron instalarse en Rocafort, cerca de Valencia, en una casa con jardín.

Unos meses después de la muerte de Federico García Lorca, que inspira el poema El crimen fue en Granada [LXXXIV, en Poemas sueltos], otra muerte, la de su “queridísimo maestro” don Miguel de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936, le hace escribir:

Señalemos hoy que Unamuno ha muerto repentinamente, como el que muere en guerra. ¿Contra quién? Quizá contra sí mismo; acaso también, aunque muchos no lo crean, contra los hombres que han vendido a España y traicionado a su pueblo. ¿Contra el pueblo mismo? No lo he creído nunca ni lo creeré jamás.
Su estado físico se va desmoronando. A mediados de 1937 escribe a David Vidgodsky:
En efecto, soy viejo y enfermo, aunque usted por su mucha bondad no quiera creerlo: viejo porque paso de los sesenta, que son muchos años para un español; enfermo, porque las vísceras más importantes de mi organismo se han puesto de acuerdo para no cumplir exactamente su función. Pienso, sin embargo, que hay algo en mí todavía poco solidario de mi ruina fisiológica, y que parece implicar salud y juventud de espíritu, si no es ello también otro signo de senilidad, de regreso a la feliz creencia en la dualidad de sustancias.
De todos modos, mi querido Vigodsky, me tiene usted del lado de la España joven y sana, de todo corazón al lado del pueblo, de todo corazón también enfrente de esas fuerzas negras —¡y tan negras!— a que usted alude en su carta.
En este tiempo, la obra poética de Antonio Machado alcanza sólo la escasa cantidad de veinte poemas. Sin embargo, son suficientes para comprobar en la mayoría de ellos un resurgimiento de la inspiración.


La revista “Ayuda” publicó la elegía a Federico García Lorca, de Antonio Machado, el 17 de octubre de 1936. Dibujo de José Machado.

El poema escrito con motivo del asesinato de García Lorca ocupa un lugar destacado. Está dividido en tres partes. La primera es la narración del crimen, con ritmo y tonalidades de romance popular. La escena está descrita de un modo épico, subrayado por el apóstrofe final:

[...] Muerto cayó Federico
—sangre en la frente y plomo en las entrañas—
Que fue en Granada el crimen
sabed —¡pobre Granada!—, en su Granada.   [...]

En la segunda parte, el poeta establece un diálogo con la muerte, mientras suenan insistentemente los yunques de las fraguas[15]. Este diálogo no es sino la reanudación del que está presente a lo largo de toda la obra del poeta granadino:

“Porque ayer en mi verso, compañera,
sonaba el golpe de tus secas palmas,
y diste el hielo a mi cantar, y el filo
a mi tragedia de tu hoz de plata,
te cantaré la carne que no tienes,
los ojos que te faltan,
tus cabellos que el viento sacudía,
los rojos labios donde te besaban
Hoy como ayer, gitana, muerte mía,
qué bien contigo a solas,
por estos aires de Granada, ¡mi Granada!”
La tercera y última parte es un piadoso ruego a los lectores:
  Se le vio caminar
                                 Labrad, amigos,
de piedra y sueño en el Alambra,
un túmulo al poeta,
sobre una fuente donde llore el agua,
y eternamente diga:
el crimen fue en Granada, ¡en su Granada!          
El crimen fue en Granada  [LXXXIV , en Poemas sueltos]  
Algunos poemas vuelven al tema del recuerdo: de Soria [LXXIV, en Poemas sueltos], de la Sevilla de la infancia [LXXVIII, en Poemas sueltos]. Otros se refieren directamente a la guerra como el dedicado A Líster, jefe de los ejércitos del Ebro [LXXXI, en Poemas sueltos], o el que pide el mayor castigo para Franco: Al otro conde don Julián [LXXX, en Poemas sueltos].

Pero, sin duda, el más impresionante y de mayor calidad poética es el titulado La muerte del niño herido [LXXVI, en Poemas sueltos], publicado en 1938, en el que las imágenes alucinadas que grita el niño en su delirio febril, las interrogaciones intensamente doloridas de la madre, el “moscardón” de un invisible avión entre la luz blanca de la luna y la oscuridad de la ciudad apagada en la noche se funden en un cuadro trágico que termina en la reiteración de la frialdad de la mano del hijo muerto:


   Otra vez es la noche Es el martillo
de la fiebre en las sienes bien vendadas
del niño. —Madre, ¡el pájaro amarillo!
¡Las mariposas negras y moradas!

   —Duerme, hijo mío. Y la manita oprime
la madre, junto al lecho. —¡Oh flor de fuego!
¿Quién ha de helarte, flor de sangre, dime?
Hay en la pobre alcoba olor de espliego;

   fuera la oronda luna que blanquea
cúpula y torre a la ciudad sombría.
Invisible avión moscardonea.

   —¿Duermes, oh dulce flor de sangre mía?
El cristal del balcón repiquetea.
—¡Oh, fría, fría, fría, fría, fría!     
          
La muerte del niño herido [LXXVI , en Poemas sueltos]

Discurso a las Juventudes Socialistas Unificadas, el 1 de mayo de 1937.
           
En abril de 1938 lo trasladan, junto a su madre, su hermano José y la familia de éste, a Barcelona. Allí, en la “Torre Castañar”, muy enfermo ya, pero rodeado de la cariñosa atención de amigos como Tomás Navarro Tomás, siguió trabajando para “Hora de España” y “La Vanguardia”. El invierno es  especialmente crudo; apenas hay alimentos. Barcelona está a punto de caer, y el 22 de enero de 1939 son evacuados de la ciudad. Viajan hacia Gerona en un coche que ha puesto a su disposición el doctor Puche, amigo y médico que ha estado tratando al poeta. El 26 de enero cae Barcelona; el 27, llegan a una casa cerca de Figueras, donde se les une un grupo en el que figuran diversas personalidades del mundo universitario y escritores como Corpus  Barga. 

Al día siguiente, son trasladados hacia Francia en unas ambulancias, pero los chóferes deben dejarlos a mitad del camino. El tramo final hacia la frontera hubieron de hacerlo a pie ese mismo día, bajo la lluvia. Antonio Machado perdió la maleta en la que iban sus únicas pertenencias y, sin duda ninguna, sus últimos escritos —había trabajado mucho en los últimos tiempos, a pesar de la enfermedad, para atender las numerosas solicitudes de colaboración que se le hacían—. Corpus Barga hubo de llevar en sus brazos a la madre de Machado durante gran parte del trayecto. Tras pasar la frontera el 28 de enero, pasaron la primera noche en un vagón vacío de ferrocarril. El día 29, el “Comité d’accueil aux intellectuels espagnols”, algunas autoridades francesas y miembros del gobierno republicano que se hallaban en Perpiñán se ocuparon de ellos. Les ofrecieron ir a París, pero Antonio Machado declinó ante el penoso estado en que se encontraban tanto él como su madre. Por fin, se les pudo alojar en un pequeño hotel del pueblecito pesquero de Collioure.

 El 9 de febrero escribe su última carta, al poeta José Bergamín, en la que agradece la ayuda que le brinda: “bien para continuar aquí en las condiciones actuales, bien para trasladarme a alguna localidad no lejana donde poder vivir en un pisito amueblado en las condiciones más modestas”, y expresa su deseo de “resistir en Francia hasta encontrar recursos para vivir en ella de mi trabajo o trasladarme a la U.R.S.S.”.

Aquellos fueron sus últimos días:

Realmente —cuenta su hermano José [18]— venía herido de muerte del fatal éxodo, que los demás logramos sobrellevar a duras penas[...].En sus últimos días dos veces salió a ver conmigo el mar que tanto anhelaba. La última, sentados en una barca de la playa, me dijo: ¡Quién pudiera quedarse aquí, en la casita de algún pescador, y ver desde una ventana el mar, ya sin más preocupaciones que trabajar en el arte!

Al día siguiente, sábado, empezó a sentir una gran angustia del corazón. Al llegar el miércoles de ceniza, cinco días después, amaneció mortal. A las cuatro de la tarde de este día murió.
Su cabeza se mantuvo firme hasta pocas horas antes de su fin, que perdido ya el conocimiento se nos fue para siempre.
Al día siguiente fue enterrado en el cementerio de Collioure. Su féretro, cubierto con la bandera republicana, fue llevado a hombros por seis soldados de la República.


Entierro de Antonio Machado Ruiz
Poeta y, sobre todo, hombre entre los hombres.


Su madre, Ana Ruiz, murió el día 24, tras enterarse de la muerte de su hijo, en uno de esos extraños momentos de lucidez que a veces preceden a la agonía.     
                  
Algunos días después, José Machado encontró en un bolsillo del gabán de su hermano un arrugado trozo de papel. En él había escrito el poeta tres anotaciones con un lápiz que le había pedido días antes.

La primera, del monólogo de Hamlet: “Ser o no ser”. La segunda, un solo verso:

   Estos días azules y este sol de la infancia.   [XCII , en Poemas sueltos]

La tercera, una de las Otras canciones a Guiomar, con una ligera variante:

   Y te daré mi canción:“Se canta lo que se pierde”,con un papagayo verdeque la diga en tu balcón.

Las angustias del tiempo y la muerte, el recuerdo de la infancia, el amor que se vive y se pierde, la canción del poeta.





NOTAS:

[1] José Machado: Últimas soledades del poeta Antonio Machado, Ediciones de la Torre, Madrid, 1999. (Estas líneas se escriben en 1940)

[2] Miguel Pérez Ferrero: Vida de Antonio Machado y Manuel, Ed. Espasa-Calpe, col. “Austral, nº 1.135, Madrid, 1973.

 

12 febrero 2015

Alonso Quijano El héroe olvidado de la tragedia quijotesca

Cuando se habla de la inmortal obra de Miguel de Cervantes, pensamos siempre en la estrafalaria figura de un hidalgo manchego capaz de realizar las acciones más inverosímiles y sorprendentes. Sin embargo, el lector no puede olvidar que el relato de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha ofrece dos biografías distintas, aunque éstas se hallen vividas o interpretadas por una misma persona. Hay que hablar de dos personajes de mentalidad y formas de vida muy distintas. En primero lugar, tenemos al hidalgo bueno y culto Alonso Quijano y en segundo lugar al caballero andante, buscador de aventuras, don Quijote de la Mancha. De don Quijote sabemos mucho, pero...
 


 


Don Quijote. Discurso de la Edad Dorada

 
¿Qué sabemos de Alonso Quijano? No es fácil contestar a la pregunta. Para poder dar una respuesta satisfactoria tenemos que organizar laboriosamente todo el material disponible. Cuando el lector realiza este trabajo, éste descubre con sorpresa un hecho incuestionable. Casi toda la información que poseemos del hidalgo manchego la tenemos en las dos primeras páginas del libro. Aparte de esto, encontramos datos sueltos que se van intercalando a lo largo de toda la obra como breves cuñas explicativas de la existencia de Alonso Quijano. Así sabemos que de joven tuvo problemas físicos muy serios, que era una persona que sentía una fuerte atracción por el mundo de la farándula, que tenía por lo menos una hermana, etc., y pocos datos más. Pero, ¿qué puede deducir el lector de todo esto? Algo muy importante. Si el narrador omnisciente es capaz de ofrecernos detalles tan particulares de la vida del hidalgo, igualmente podría informarnos sobre aspectos mucho más importantes y centrales de su existencia. Los datos que no nos ofrece, —el pasado familiar, los años de niñez y mocedad, etc.—, deben ser considerados como una ocultación informativa consciente y voluntaria. Parece que al autor sólo le interesa la vida y la acción de don Quijote, marginando, si no despreciando, olímpicamente la existencia de Alonso Quijano. Volveremos sobre este punto más adelante, cuando tengamos las razones suficientes para poder explicar este hecho tan sorprendente.
 
¿Qué significa este desfase informativo si hay, como se ha dicho, una voluntad clara tanto en la comunicación como en la ocultación? En primer lugar, la vida de Alonso Quijano debe interpretarse como una existencia sin la suficiente garra o interés para ser objeto de escritura. Por eso, en unas cuantas líneas se despachan cincuenta años de existencia. Inversamente, la corta vida de don Quijote, ya se reduzca ésta a unos dos meses, como quieren algunos críticos, o se amplíe a un año, como proponen otros estudiosos, acapara toda la atención del narrador y, por tanto, abarca todo el espacio del relato. Por estas simples consideraciones cabe afirmar que Alonso Quijano como experiencia vital no interesa. La novela se centra y valora la vida y la acción de don Quijote de la Mancha. Alonso Quijano se subordina a don Quijote de la Mancha. En el relato interesa el caballero andante y no el hidalgo de gotera. Sin embargo, es imposible querer entender la personalidad de don Quijote si previamente no se analiza la psicología y la acción de Alonso Quijano. Para llegar a don Quijote hay que pasar por los espacios existenciales del hidalgo manchego.
 
Asumamos este criterio e intentemos analizar la vida y la obra de Alonso Quijano para llegar a entender las claves emocionales de don Quijote de la Mancha. ¿Es posible realizar esta empresa con los datos que nos ofrece el texto? Como se ha dicho con anterioridad, éstos no sobrepasan unas cuantas líneas. Poco material para un intento tan ambicioso. Asumimos el riesgo conscientes de que en ocasiones es tan importante lo que se silencia como lo que se afirma. Por eso, entre asertos y ocultaciones intentemos dar respuesta al plan proyectado.
Como se afirmaba al principio de este trabajo, la historia de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es la superposición de dos vidas distintas encarnadas por una misma persona, se llame ésta Alonso Quijano o don Quijote de la Mancha. Dicha historia abarca los cincuenta años de existencia de nuestro protagonista. Sin embargo, el noventa por ciento del tiempo narrado corresponde al hidalgo Alonso Quijano y no llega a un diez por cierto el tiempo de vida que corresponde al caballero don Quijote. Sorpresivamente, esos cincuenta años de existencia de Alonso Quijano se reducen en la obra propiamente a un par de páginas y los meses de vida protagonizados por don Quijote acaparan casi el cien por cien de la extensión de la novela. Sorpresivamente se encuentra el lector que la existencia del hidalgo queda ninguneada a pesar de novelarse medio siglo de su vida mientras los pocos meses de actividad caballeresca de don Quijote merecen cientos de páginas de escritura, propiamente toda la novela.
 

 
Después de todas estas consideraciones, se impone nuevamente la pregunta inicial. ¿Qué sabemos de Alonso Quijano? Según los datos que nos ofrece el narrador o narradores del primer relato o primer Quijote, Alonso Quijano era un hidalgo medio de un pueblo perdido de La Mancha. Tenía más o menos cincuenta años. Era, a su vez, una persona querida y admirada por todos sus coterráneos por su bondad y por su sabiduría. Por lo que sabemos, sus medios económicos sólo le permitían llevar una vida digna, aunque sujeta a ciertas estrecheces económicas. Las escasas rentas que podía sacar de su pequeña hacienda sólo le daban para comer con suficiencia pero sin excesos y para vestir con dignidad pero sin lujos. Como hidalgo de la España del S. XVI o principios del S. XVII no trabajaba, simplemente porque el trabajo significaba la descalificación del prestigio y del rango que implicaba el título de hidalguía. Por otro lado, poco trabajo le podía ocasionar una hacienda tan reducida y parca como era la de nuestro hidalgo. Con el ama, la sobrina y “un mozo de campo y plaza” podía cubrir perfectamente las necesidades de la tierra y de la casa.
 
¿Cómo podía ser la vida de este hidalgo con esa pequeña propiedad y en un pueblo perdido de La Mancha? ¿Cómo podía llenar las horas del día y los días del mes? Para responder a esta pregunta seguimos al pie de la letra las pistas que nos ofrece el propio relato. La administración de la hacienda tenía que ser una tarea sencilla en el tiempo. Poco tenía que dirigir y cuidar donde casi no había qué administrar. En casa no hacía labor ninguna, porque para ello estaban las otras personas de la casa. ¿La caza podía funcionar como paliativo de este estado de inactividad? Es verdad que en ciertas épocas, no muy lejanas, dedicaba horas del día a la caza con su “galgo corredor”. Pero sus condiciones físicas y psicológicas no eran las apropiadas para grandes y continuados ejercicios corporales. De joven experimentó ciertas molestias renales, lo que le impediría toda acción física, incluida la caza. Por otra parte, su edad, “frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”, no era la más idónea para llevar a cabo actividades cinegéticas. De todo esto se deduce que no era una persona ni con aptitudes ni con demasiada inclinación hacia la actividad física. Por otra parte, la administración de su hacienda le debía exigir muy poco tiempo de su dedicación diaria. Podía dedicar parte del día a la plática con sus amigos el cura y el barbero, ya que a lo largo de la obra se nos presenta como un perfecto y consumado dialogador. ¿Cuántas horas del día podía dedicar al trato con sus amigos? Pensemos que unas horas como mucho. Otros ratos los tenía que dedicar a la lectura, ya que en los momentos lúcidos se nos presenta como hombre de profundos y muy amplios conocimientos. Es decir, según lo que se puede deducir de lo que nos comunica el propio relato, los únicos pasatiempos reales que tenía el hidalgo eran la lectura y la plática con sus amigos.
 
Alonso Quijano en la vida real y diaria no tenía nada que hacer; y si algo hacía, eso era bien poco: lecturas, pláticas y una corta actividad administrativa. La característica vital de Alonso Quijano en esas circunstancias que presentaba su vida a los cincuenta años era una casi total inactividad que le tenía que llevar a una monotonía brutal. La vida de Alonso Quijano en esa aldea perdida de La Mancha debía ser de una uniformidad completa y de un aburrimiento insufrible.

 
Si ésta era la vida del presente existencial de Alonso Quijano, ¿qué nos ofrecía su pasado? Una vida a los cincuenta años con una experiencia rica en vivencias y en recuerdos del pasado podría funcionar como razón compensatoria a una existencia tranquila y sosegada en época de madurez. Para probar y profundizar en esta idea es necesario estudiar el pasado del hidalgo para poder comprender mejor su presente en esa edad de clara decadencia física. El texto nos revela que Alonso Quijano era una persona sin acción y sin aventuras ni el presente ni en el pasado.
 
La impresión que puede sacar el lector de los parcos pero interesantes apuntes que ofrece el relato es que nuestro hidalgo nunca había salido de su comarca. Cuando el caballero se lanza al mundo de aventuras, después de un día de camino sobre los débiles lomos de Rocinante, Don Quijote miraba “a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha necesidad” (I-II).

 ¿Qué significa esta frase? Sencillamente, Don Quijote desconocía el lugar. La acción previa a la salida y la propia salida revelan un conocimiento exacto del lugar. No hay dudas en su acción. Don Quijote muestra una total seguridad. Sin embargo, cuando, después de caminar unas cuantas millas, otea el horizonte para comprobar si en el camino existen majadas o castillos demuestra que ese lugar le resultaba desconocido. Alonso Quijano nunca pudo estar en esos parajes, porque de otra forma el lugar le resultaría conocido. ¿A qué distancia se podía encontrar de su lugar? Haciendo un cálculo aproximado, se puede afirmar que como máximo a unos treinta kilómetros. No parece lógico pensar en una distancia superior. ¿Qué distancia mayor podría recorrer en un día el famélico y viejo Rocinante? Por otro lado, la carretera que toma el hidalgo manchego es equiparable a una de nuestras autopistas o carreteras nacionales actuales. ¿Sería y es con pocos cambios la nacional que va de La Mancha a Andalucía a través de Sierra Morena? El desconocimiento completo que ofrece Don Quijote en una carretera tan importante y en una distancia tan reducida nos revela un hecho palpable: el héroe cervantino no había salido nunca de su lugar o de su comarca. Sólo había podido llegar al Toboso, “un lugar cerca del suyo”, donde tuvo lugar ese supuesto encuentro con la mujer de sus sueños y de sus delirios. Si ha permanecido en casa a lo largo de sus cincuenta años de existencia, con excepcionales salidas a lugares cercanos de su hacienda, cabe deducir que la inexistencia de acción y de experiencias en el caso de nuestro hidalgo era total. La quietud emocional y el sosiego vital eran las características de su vida.
 
¿Qué podemos deducir de la vida sentimental de Alonso Quijano? Una existencia sin grandes aventuras de acción pero rica en experiencias emocionales podía representar una vida llena de alicientes, cuyos recuerdos dieran sentido y razón a un vivir tranquilo y sosegado. ¿Éste era el caso de Alonso Quijano? De la propia obra se pueden colegir todos los datos necesarios para proponer la radiografía sentimental de nuestro hidalgo.

El resultado de una lectura medianamente atenta sobre el apartado de los amores de nuestro personaje es tan sorprendente como dramático. Alonso Quijano, hidalgo de cincuenta años, no ha conocido mujer. Es decir, la vida sentimental del héroe cervantino era tan vacua como su acción aventurera. Cuando decide convertirse en caballero andante y buscaba “una dama de quien enamorarse”, requisito imprescindible de su nueva condición caballeresca, tuvo un gran problema. Pero este dilema no derivaba del excesivo número de candidatas sino de la falta de las mismas. Alonso Quijano a pesar de su edad era un impenitente solterón. Si hubiera tenido alguna aventura amorosa, por pequeña que ésta fuera, la elección hubiera sido fácil o, por lo menos, dicho amor o el personaje de la aventura hubiera estado presente en el momento de la deliberación. En la triste historia del caballero no había propiamente candidatas. Tuvo que optar por una mujer que en el pasado fue moza labradora de muy buen parecer, de quien estuvo enamorado, aunque ella, como nos dice el relato, no se dio cata de ello. Por lo que parece, el amor que profesaba el personaje hacia Aldonza Lorenzo tenía un origen lejano. El propio Don Quijote nos dice que eran como mínimo doce años: “…osaré jurar con verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre de estos ojos…” (I-XXV).
 
¿La realidad de estos amores radicaba en su ocasionalidad o en su permanencia? Es difícil poder llegar a una conclusión definitiva. Lo que se afirma en una parte se niega en otras. Creo que cada lector tiene la última palabra. ¿Fue un amor duradero en el tiempo? No lo podemos afirmar. ¿Fue un amor platónico nacido de la contemplación de la mujer o de las referencias que sobre ella llegaban a los oídos del hidalgo? Tampoco lo podemos decir. Hay razones para defender una tesis como existen pruebas suficientes para sostener el otro punto de vista. Lo único cierto es el sentimiento amoroso que experimentó el hidalgo manchego por esa moza labriega de buen ver, pero de costumbres un tanto disolutas y frívolas.
 
Se puede afirmar que hacia los cuarenta años se debió enamorar platónicamente de esa “moza de buen ver” a pesar de su fama y de su conducta. Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, más de doce años, no se había atrevido en ocasión alguna a mostrar sus sentimientos a la joven. Es posible que durante ese tiempo dedicara buena parte del día a imaginar lances y situaciones con Aldonza Lorenzo. Por el conducto de la imaginación, representaría el papel de héroe triunfador que lograba alcanzar las metas que se proponía. Lo malo de la situación era que la vivencia descansaba en los espacios del ensueño y de la evocación. La imaginación suplantaba la realidad. Don quijote era muy dado al ensueño y a la fantasía. Este dato queda perfectamente explicado a partir de esa querencia natural que el hidalgo sentía por la farándula y por la ficción literaria.
 
Los amores de Alonso Quijano revelan una personalidad un tanto patológica. Si Alonso Quijano vivía ensimismado en sus amores sin dar a conocer dichos sentimientos a la persona amada era simplemente por su timidez un tanto enfermiza. Este dato implica la imposibilidad de propiciar un encuentro con la mujer amada para la comunicación de sus sentimientos. Si no se atrevía a establecer una simple relación dialogal, mucho menos se atrevería a proponer una relación más profunda con la persona de la que estaba enamorado. Alonso Quijano era un solterón irredento a causa de una timidez en grado patológico. Si esto era así, cabe concluir esta breve exposición afirmando que la vida sentimental del hidalgo manchego se caracterizaba por su pobreza absoluta y por su vacío total.
 
Por lo tanto, la vida de Alonso Quijano en ese pueblo perdido de una región olvidada sin vivencias y sin expectativas se tenía que caracterizar por una monotonía completa, por una vulgaridad total y por un tedio insufrible. En su existencia de hidalgo de aldea no había ni acción, ni amores, ni trabajo, etc. ¿Qué había entonces? Monotonía y aburrimiento. Toda su vida se tenía que reducir a un pasar en la cotidianeidad más completa sin más expectativas que el tedioso discurrir de todos los días. Desde este punto de vista, la existencia del hidalgo manchego, tanto en su pasado como en su presente, tuvo que ser dramática por la falta de expectativas y por la ausencia de recuerdos o experiencias del pasado. Alonso Quijano vivía un presente vacuo sin motivaciones en el pasado y con un futuro tan poco atractivo como desalentador era su presente y tuvo que ser su pasado. Desde este punto de vista, se puede afirmar que la personalidad humana del hidalgo manchego era tan triste como trágica.
 
Si a partir de estas breves pinceladas sobre la vida de Alonso Quijano, ofrecemos un cuadro sinóptico sobre el ser y el estar del hidalgo manchego, llegaríamos a las siguientes conclusiones.
 
  • Alonso Quijano era un hombre bueno y honrado, querido y admirado por sus coterráneos. El cariño que en todo momento mostraban hacia él tanto el cura, el barbero, el bachiller, etc., como el bueno de Sancho, así lo viene a demostrar. Las respuestas que asumen cura, barbero, bachiller, etc., frente a la supuesta locura de Don Quijote son consecuencia de la sincera amistad que profesaban al hidalgo y del fuerte cariño que sentían por él. Alonso Quijano era un hombre querido por todos sus convecinos.
 
  • Alonso Quijano era un intelectual, hombre de letras, de profundos y muchos conocimientos. Los saberes que demuestra a lo largo de toda su vida caballeresca lo certifican. Por otro lado, se puede deducir de la lectura de la obra que Alonso Quijano como hombre de letras fue un autodidacta. Nunca salió de su comarca. No asistió a universidad o centro docente señalado. ¿Qué estudios pudo realizar en la pequeña aldea de donde era natural? Muy pocos y muy rudimentarios. Sin embargo, demuestra unos conocimientos fuera de lo común. Buenos ratos de ocio, que eran muchos en su vida, como nos dice el autor de la narración, tuvo que dedicarlos a la lectura y al cultivo intelectual. A sus cincuenta años, Alonso Quijano es un hombre sabio de amplios y profundos conocimientos.
 
  • Alonso Quijano era un hombre de parco pero de buen vivir. Como se ha dicho con anterioridad, los recursos de la hacienda le daban justamente para una comida suficiente y un vestido digno. Nunca ha pasado hambre ni ha conocido el frío. Si en ningún momento de su vida de caballero andante vive angustiado por la comida es porque nunca ha tenido el más mínimo problema de alimentación. Igualmente, si nunca presenta el más mínimo deseo por los bienes materiales, especialmente los económicos, es porque nunca ha conocido el sabor de su carencia. Sus bienes podían ser escasos, pero eran suficientes para poder llevar una vida digna sin grandes alardes y gastos pero también sin fuertes necesidades. Alonso Quijano vivía feliz en una aproblemática y atractiva medianía económica.

  • Alonso Quijano era un impenitente solterón, caracterizado por su timidez patológica. Los amores platónicos con Aldonza Lorenzo son la mejor prueba de lo expuesto. A sus cincuenta años no ha conocido mujer. Toda su experiencia amatoria se reduce a un casto mirar, si esto es realidad. Ciertas insinuaciones por parte de cierta crítica muy actual sobre la posible homosexualidad de Alonso Quijano rondan la estupidez más completa y demuestran una fuerte miopía crítica. Alonso Quijano era un hombre sin experiencias amorosas debido a una especie de timidez patológica. Lo demuestra ese ir y venir a esa aldea cercana para ver en la distancia, presumiblemente sin ser visto, a la mujer de sus amores: Aldonza Lorenzo.
 
  • Alonso Quijano era una persona carente de experiencias físicas y afectivas. Con un pasado vacuo y con un presente sin alicientes presentaba un futuro sin expectativas. La monotonía y el aburrimiento eran una constante en su existencia. A sus cincuenta años, presentaba un futuro muy poco prometedor. Nuestro hidalgo manchego vivía en la decrepitud de la edad. Como hidalgo, había pasado toda su juventud y madurez en un pequeño pueblo de La Mancha, haciendo dejación de la costumbre habitual de los hidalgos: el ejército, las Américas, etc. La vida aventurera propia de los hidalgos españoles de la época fue suplantada en el caso del hidalgo manchego por una medianía vital sin alicientes ni expectativas. La mediocridad era el valor que mejor define la vida de Alonso Quijano.
 
  • Alonso Quijano era un hombre soñador e imaginativo. A falta de vivencias, lo único que tenía el buen hidalgo era su imaginación. Era una persona con fuerte tendencia hacia la fantasía. La inclinación que había sentido siempre, especialmente en sus años de mocedad, hacia el mundo de la farándula, demostraba esta tendencia hacia lo irreal y lo fantasioso. Nuevamente los amores utópicos y atípicos con Aldonza confirmaban este carácter fantasioso e imaginativo de nuestro personaje. La más que probable falta de experiencias vitales era compensada por la fuerza de la fantasía y de la imaginación.
 
  • Alonso Quijano, persona imaginativa, en medio del aburrimiento y de la inactividad, se dejaba llevar por la fantasía y por la imaginación. La edad del hidalgo, “frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”, era problemática, ya que el hombre debió tomar conciencia de su declive físico y de su cercana decrepitud. En el caso de Alonso Quijano, finales del S. XVI, habría que hablar de un estado de clara decadencia física. En estos momentos y en estas circunstancias, Alonso Quijano daba rienda suelta a su fantasía para colmar por la vía de la ensueño y de la fantasía las carencias existenciales que presentaba. El punto de referencia lo encontraba en los libros de caballerías, donde la valentía y la fortaleza de unos jóvenes caballeros hacían posible las más extraordinarias aventuras en nombre del amor y de la justicia. Es decir, los libros de caballerías formaban un género de ficción donde el amor y las aventuras físicas eran el cuerpo de sus contenidos. Es lógico que Alonso Quijano se dejara arrastrar por este tipo de literatura de evasión, que llenaba con creces las necesidades espirituales y emocionales de su vacío corazón. La ficción le ofrecía lo que no le aportaba la realidad. Por eso, vive cada vez más ensimismado en los mundos ficticios de la literatura hasta llegar a identificar la poesía con la realidad.

 
 

06 febrero 2015

Quijotismo ¿para qué hoy como ayer?

Tomamos vistas casi instantáneas de la realidad que pasa, y como son características de esa realidad nos basta con ensartarlas a lo largo de un devenir abstracto, uniforme e invisible, situado en el fondo del aparato del conocimiento para imitar lo característico del devenir mismo(…) no hacemos más que accionar una especie de cinematógrafo interior.
Henri Bergson. La evolución creadora.
 
Y trataba de imaginarse lo que le ocurriría a la llama cuando se apagaba una vela y trataba de recordar, en vano, la llama sin la vela que la alimentara.
 
Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.
 
Este año se conmemora el quinto centenario de la publicación de la segunda parte de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615) de Miguel de Cervantes. El cuarto centenario de la primera parte del Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605) dio lugar en la sociedad española a una oleada de quijotismo. Este artículo pretende solo recordar la dialéctica que se desarrolló en aquel tiempo entre los que entonces comenzó a denominarse “intelectuales”. No sé si el lector podrá sacar algunas conclusiones. Para mí es un punto de partida de reflexión hacia el presente, que no sé si continuaré, asfixiado en el momentum.
 
Reciente aún y todavía dolorosa la herida que el desastre de 1898 había infligido en la conciencia nacional, no olvidado el desconsolador diagnóstico de Silvela ante la postración del país —"España sin pulso"—, los españoles cultos y semicultos sintieron la íntima necesidad de afirmar que su patria, tras las declinantes y derrotadas glorias del pasado, podía seguir siendo algo en el futuro. Tal fue el presupuesto emocional de ese quijotismo. A los 12 años de la conmemoración del Quijote, aún seguía expresando Ortega aquel vehemente anhelo de su resurrección. No parece un azar que como la de un Quijote cuerdo vea la figura de Azcárate, a la muerte de este eximio leonés: "Enjuto, de aventajada estatura, le veíamos pasar, emocionados, como un Don Quijote vuelto a la cordura". Tengo para mí que esa quijotesca rememoración del anciano krausista, no menos aplicable a Giner de los Ríos, fue determinada por el vario quijotismo —el de Cajal, el de Menéndez Pelayo, el de Unamuno, el de Azorín, el de Antonio Machado, el del propio Ortega— que la ocasión de 1905 suscitó en las clases cultas de España.
 
Los primeros propugnadores de la moral quijotesca como recurso básico para conseguir la tan ansiada regeneración de España fueron, en cuanto yo sé, los sabios de la restauración y la regencia. En Cajal tuvieron su más calificado y explícito representante. En su conferencia Psicología de Don Quijote y el quijotismo (mayo de 1905), Cajal propuso a los españoles sacar de su postración a la maltrecha España, cultivando la ciencia y la técnica con una esforzada moral quijotesca. "El quijotismo de buena ley", dijo, "tiene en España ancho campo en que ejercitarse". Y después de exponer con levantada retórica las diversas tareas posibles, añadió: "He aquí las estupendas y gloriosas aventuras de nuestros quijotes del porvenir". De 1905 es asimismo la azoriniana declaración de ese general quijotismo. "Nuestra vida", se pregunta Azorín en Madrid, poco antes de iniciar su tan conocida peregrinación por la ruta de Don Quijote, "¿no es como la del buen caballero andante que nació en uno de estos pueblos manchegos? Tal vez nuestro vivir, como el de don Alonso Quijano el Bueno, es un combate inacabable, sin premio, por ideales que no veremos realizados... Yo amo esa figura dolorosa que es nuestro símbolo y nuestro espejo". Ya en su presentación al público lector como Azorín había escrito José Martínez Ruiz: "Nosotros, como el hidalgo manchego, tenemos algo de soñadores, una ilusión que nos vivifica". Más intuitivo y más literato que Cajal, pero no menos quijotista que él, Azorín ve en el quijotismo la más derecha vía para la regeneración de España.
 
Otro testimonio, también de 1905. Desde Leipzig, donde está iniciando su formación germánica, Ortega explica epistolarmente a su padre lo que, a su juicio, es la melancolía; ve a Don Quijote como máximo héroe del temple melancólico y confiesa su propio sentir con estas palabras: "Es preciso obrar grandes y bellas y nobles locuras... Este ideal, esta locura es, lo que representa Don Quijote... El modelo es, pues, Don Quijote: fue bueno y fue caballero andante de Dulcinea; seamos buenos y seamos caballeros andantes de esta angustiada Dulcinea de nuestra patria". No quedará aquí, lo veremos, este juvenil quijotismo de Ortega.
 
A los pocos años de la conmemoración del Quijote, Antonio Machado cantará en el poema A una España joven el ánimo quijotesco con que su generación irrumpió en la vida de España. A todos sus miembros, dice, "en una nave de oro nos plugó navegar / hacia los altos mares, sin aguardar ribera", y en versos ulteriores declara con desgarro el fracaso de la varia y común locura y confiesa su menesterosa esperanza en los jóvenes que van a renovar su empeño. Bajo forma de mito, otra vez cabalgaba Don Quijote —o intentaba cabalgar— sobre la tierra de España.
 
 
El patentísimo quijotismo de Unamuno —"este donquijotesco don Miguel de Unamuno", dirá de él Antonio Machado, a su vez calificado como Alonso Quijano“, El Bueno”—, requiere un delicado análisis diacrónico. A raíz del desastre colonial, escribirá: "¡Muera Don Quijote para que renazca Alonso Quijano el Bueno!"; grito que expresaba el más hondo sentir de En torno al casticismo (1895) ante la realidad histórica y el destino de España. Años más tarde se rectificará a sí mismo: "En esa ridícula literatura (la regeneracionista) caímos casi todos los españoles, unos más y otros menos... Yo di un ¡muera Don Quijote!, y de esta blasfemia, que quería decir lo contrario de lo que decía —así estábamos entonces—, brotó mi Vida de Don Quijote y Sancho y mi culto al quijotismo como religión nacional".
 
Dos quijotismos sucesivos, uno quijánico y otro quijotesco; si se quiere, un quijanismo y un quijotismo. El primero albergaba el propósito de actualizar lo mejor del humanismo español —Vives, fray Luis— y tuvo tosca expresión literaria en una metáfora doblemente hidroterápica: "chapuzamiento en pueblo", conocimiento vivo de la intrahistoria de España, faena, decía aquel Unamuno, sólo accesible a españoles europeizados, y "ducha de cultura europea". Frente a ese quijotismo quijánico se levantó el ulterior —y en la vida de Unamuno, definitivo— quijotismo quijotesco: la apelación al ejemplar señorío moral de Don Quijote vivo y hazañoso. Según él, la misión de España consistiría, por una parte, en afirmar vigorosamente su personalidad intrahistórica, y tomando de la cultura europea no más que lo para nosotros conveniente, en tratar de imponer a Europa, por otra, nuestro íntimo modo de ser. La conversión cuasirreligiosa a una vida traspasada por la certidumbre o por el ansia de la inmortalidad personal, y recogida por un pensamiento trascendente a la razón moderna, sería la meta ideal de ese quijotesco empeño. A su logro se lanzó con todo su talento y todo su coraje el gran don Miguel.
 
En 1912 publicó Unamuno su Del sentimiento trágico de la vida. Dos años más tarde, Ortega —con él, expresa o tácitamente, toda su generación, esa que hoy solemos llamar del 14— dará al quijotismo, vivo en su alma ya en 1905, una decisiva y fecunda versión nueva.
 
El quijotismo de Unamuno fue notoriamente anticervantino; el autor del Quijote habría sido un afortunado, pero punto menos que inconsciente revelador del ideal latente en los senos intrahistóricos de nuestro pueblo. Dos cartas de Ortega, una a su novia, otra a su entrañable amigo Navarro Ledesma, las dos de 1905, dan inicial testimonio del nuevo modo de concebir el quijotismo. Dice en la primera: el Quijote "lo escribió un hombre que había estado durante casi toda su vida lleno de buena fe ante la existencia, como tú, como yo, como todos los que tenemos una propensión y una necesidad ardientes, quemantes, de todas las formas de lo heroico. Cervantes lo escribió cuando había ya perdido esa buena fe y cuando ese amor a lo heroico había dejado de ser activo y aún le quedaba el, amor pasivo que llora sobre la imposibilidad de ser héroe". Escribe en la segunda, comentando la unamuniana Vida de Don Quijote y Sancho" que acaba de leer: "Comete... el error de desconsiderar a Cervantes, cuando acaso no existirá obra (de las que sean evangelios humanos hablo) que sea más obra y carne y sangre de su autor que ésta".
 
Nueve años después, con la mole cárdena de El Escorial a la vista, dará expresión definitiva a su cervantismo, a su quijotismo cervantino. Oigámosle: "He aquí una plenitud española... Si supiéramos con evidencia en qué consiste el espíritu de Cervantes, la manera cervantina de acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en, esas cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad, y un estímulo poético lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política. Si algún día viniera alguien y nos descubriera el perfil del estilo de Cervantes, bastaría con que prolongáramos sus líneas sobre los demás problemas colectivos para que despertáramos a nueva vida". Acaso la lectura del libro de Navarro Ledesma El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, que Ortega conoció y comentó antes de su impresión, fuese el punto de partida de su alta y nueva estimación de Cervantes.
 
Pienso que este lúcido cervantismo es también el que años más tarde informará las páginas de El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro, y acaso también la nueva visión de Cervantes, no excluyente, a mi juicio, de la anterior, que en su plena madurez hispánica y mental el propio Castro propondrá. Y también, asimismo, el que da nervio a Cervantes, clave de España, de Julián Marías. Más aún: me atrevo a sostener que el proyecto de reforma de la vida española explícito en Ortega e implícito en la obra de los restantes miembros de su generación -proyecto todavía vigente y todavía no realizado- no es sino el resultado de concretar en nuestro siglo, y según muy varias direcciones, la profunda exigencia intelectual, política y moral de esa fecunda unificación entre el mensaje del Quijote y la mente de su creador.
 
Exhortación. Quijotismo, ¿para qué? Empapados día tras día por el ansia de vivir presente, —lucro, ocio, placer de unos; necesidad y miseria de muchos— que hoy somete a nuestra sociedad, no pocos, demasiados serán los españoles que sólo con un gesto de despectivo desentendimiento responderán a tal interrogación. No quiero estar, no estoy entre ellos. Ante todo, porque, como acabo de decir, considero vigente, no superado y todavía no cumplido el proyecto de vida colectiva que nos legaron aquellas generaciones. Hijo histórico de ellas creo yo ser. Mas también porque el futuro de España menesterosamente está pidiendo la voz convocante, la enérgica voluntad reformadora, la inteligencia, la ejemplaridad moral y la tenacidad que —con las adiciones y modificaciones que el curso de la historia haya hecho ineludibles— con tanto apremio requiere la ejecución de ese proyecto.
 

27 enero 2015

John Dos Passos. ‘Viajes de entreguerras’


 

John Dos Passos
Viajes de entreguerras
Traducción de Juan Gabriel Vázquez
Península. Barcelona, 2005
 
John Dos Passos (1896-1970) es conocido sobre todo por novelas como Manhattan Transfer (1925) y las que integran la trilogía USA: El paralelo 42 (1930), 1919 (1932) y El gran dinero (1936), escritos políticamente comprometidos que dibujan un retrato caleidoscópico de una sociedad mecanizada y profundamente dividida entre un pequeño grupo de privilegiados y la masa alejada del poder. Sus novelas posteriores, peor recibidas por la crítica, evidencian un viraje hacia posturas cada vez más conservadoras, así como la pérdida del espíritu mordaz que caracterizaba a las primeras. Merecen destacarse también entre sus obras las que recogen sus experiencias de viajero infatigable. Entre estas se encuentra Journeys between wars (1938), donde presentó una selección de textos ya publicados, ligeramente revisados para la ocasión, junto con otros nuevos. Este es el libro cuya versión española acaba de editar Península con el título de Viajes de entreguerras. Se trata de un volumen misceláneo, brillante y, además, de un extraordinario interés histórico, pues describe lugares y momentos críticos de aquel mundo convulso. Un interés añadido es que proporciona algunas claves del giro ideológico de Dos Passos, producido justamente en esos años.
 
Tras una breve introducción, abren el volumen seis fragmentos, seleccionados por el autor, de los que componían su primer libro de viajes, Rocinante vuelve al camino (1922). En ellos, a través de descripciones de lugares y gentes de Castilla, muestra su admiración por una vida apegada al pasado y carente de artificio, que veía como contrapunto de la Norteamérica que conocía. Jorge Manrique y Don Quijote son referencias obligadas en unas páginas que muestran también la inquietud por un futuro vislumbrado en que aquel mundo iba a colisionar, inevitablemente, con la vorágine capitalista que se desarrollaba en su entorno.
 
 Los textos que aparecen a continuación corresponden al libro Orient Express, publicado en 1927 y basado en un viaje de 1921 en el que fueron visitados los Balcanes, Turquía, el Cáucaso y Oriente Medio. Encontramos aquí algunos momentos de un interés histórico extraordinario y de gran brillantez, como la descripción fotográfica de un Estambul controlado por los aliados en plena guerra de liberación del territorio turco, cuando el futuro de la ciudad era un enigma. Son memorables también las instantáneas del Cáucaso unos años después de la revolución rusa. En Irán el relato adquiere un tono desenfadado y humorístico, y el interés decae después en el interminable trayecto entre Bagdad y Damasco. Sus experiencias en la primera de estas ciudades le llevan a un lúcido análisis del triste destino colonial al que se enfrentaban aquellas tierras recién liberadas del dominio turco. Es este un tema, como puede verse, de extrema actualidad.
 
Los capítulos que siguen, agrupados bajo el epígrafe Visado Ruso , están entresacados del libro En todos los países (1934), y narran experiencias en una visita a Rusia en 1928, que suponía un intento de tomar el pulso a la Rusia revolucionaria. Hay aquí descripciones de Leningrado, el Cáucaso de nuevo y Moscú, e interés sobre todo en un contacto directo con la gente. Las conversaciones hacen aflorar la esperanza de personas noblemente empeñadas en la construcción de un mundo distinto, oscurecida sin embargo por presentimientos del terror estalinista.
 
La siguiente sección del libro, Introducción a la Guerra Civil, recoge algunos fragmentos viejos sobre España y América, y otros inéditos en libro sobre la Guerra Civil española. Las visitas a México y Guatemala en los años 20 dejan entrever episodios de la eterna lucha del campesino por conquistar la tierra que trabaja a terratenientes e internacionales fruteras. Se presenta también una biografía apasionada del gran Emiliano Zapata.
 
La parte dedicada a la Guerra Civil comienza con un recorrido agudo y rápido por la historia de España, que culmina con una emocionada bienvenida a la II República, “la República de los Hombres Honestos”. Hay presentimientos aciagos, sin embargo, en el relato de los sucesos de Casas Viejas y en la crónica de un mitin socialista en Santander ante la hostilidad de la burguesía local: “Eran muchos socialistas; les tomó un buen rato pasar con sus banderas y sus niños y sus lazos rojos y sus cestas de comida. El odio silencioso de la gente sentada en los cafés fue algo embarazoso. Los socialistas pasaban en fila, inocentes como un rebaño de ovejas en el país de los lobos.”
 

28 octubre 2011

Juan Mari Bandrés, un hombre bueno y clave en nuestra Democracia, ha fallecido hoy

Juan María Bandrés Molet (San Sebastián, 12 de febrero de 1932 - 28 de octubre de 2011), ha fallecido hoy los 79 años tras una larga enfermedad cerebral. Nacionalista vasco de izquierdas en sus inicios, siempre fue activo defensor de los derechos humanos tanto como abogado como político. Estaba casado con María Josefa “Pepita” Bengoechea y tenía dos hijos, Jon y Olivia.

Juan Mari Bandrés en la Tribuna
del Congreso de los Diputados
Bandrés pasará a la historia como una de las figuras clave de la transición y formó parte de la ponencia que debatió el Estatuto Vasco de Autonomía. Fue senador de las Cortes Constituyentes en 1977 y diputado de Euskadiko Ezkerra (EE) desde 1979 a 1989.

En 1952, tras acabar sus estudios licenciándose en Derecho, cumple el servicio militar en sanidad, en el Hospital Militar de Tetuán, durante año y medio. Al volver a San Sebastián, abrió su propio bufete, especializándose en asuntos laborales y de derechos humanos. De pensamiento católico muy cercano al clero nacionalista vasco, colaboró desde 1963 en la revista Cuadernos para el Diálogo de la que fue redactor. Durante los años de la dictadura franquista, entre 1963 y 1975, defiende ante la Jurisdicción Militar y el recién creado Tribunal de Orden Público a más de quince procesados, muchos de ellos jóvenes militantes de Euskadi Ta Askatasuna (ETA) acusados de propagada ilegal y actos todavía no violentos. A raíz del estado de excepción declarado por el asesinato de Melitón Manzanas a manos de ETA en agosto de 1968, fue deportado durante tres meses a Purchena (Almería).

Tras la deportación, continúa la defensa incansable de todos los que solicitan sus servicios por causa de delitos políticos relacionados con la represión franquista en el País Vasco. Como abogado se encargó también de la defensa de Jokin Gorostidi e Itziar Aizpurua en el proceso de Burgos de 1970, así como de la de Garmendia en 1975.

Juan Mari Bandrés y Mario Onaindía
con el Presidente Adolfo Suárez
Bandrés participó en la creación de EE y fue elegido presidente de la formación en su congreso constituyente de marzo de 1982. Junto con Mario Onaindía fue protagonista de las conversaciones con el último Gobierno de la UCD para lograr, ese mismo año, la renuncia a la violencia de ETA político-militar y para la reinserción social de sus miembros. Negoció con Rosón –primero– y Barrionuevo –después– la vuelta de los exiliados y la salida de prisión de los presos políticos.

En 1988 firmó el Pacto de Ajuria Enea por la paz y contra el terrorismo, y decidió aceptar la Constitución rectificando el “No” dado diez años antes. En 1993, EE se integró en el Partido Socialista de Euskadi (PSE-PSOE). Formó parte como abogado en procesos como el de Burgos.

A petición de los familiares y siempre de forma desinteresada, ha colaborado en la liberación de muchos secuestrados de ETA, actuando de mediador, como en el caso del secuestro de Felipe Huarte en febrero de 1973. En 1994 dejó de ejercer como abogado, para pasar a dedicarse por entero a la defensa de los derechos humanos, participando, entre otros ejemplos, en instituciones como Amnistía Internacional, la Comisión Internacional de Juristas de Ginebra o la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). De esta última fue nombrado presidente en 1995.

Además de su extensa y fructífera trayectoria política, Juan Mari era un hombre afable y bonachón, de formas suaves e impecables, que desprendía una gran humanidad, lo que hacía que despertara simpatía en sus interlocutores. El afecto y admiración que su histórica labor ha despertado de forma prácticamente unánime ha hecho que, en vida, haya sido ampliamente homenajeado y reconocido en muy diversos foros.

El 28 de noviembre de 1997, el Consejo de Ministros le concedió la Gran Cruz de la Solidaridad en reconocimiento a su defensa de los derechos y libertades.

1984 fue un año pródigo en reconocimientos. En mayo, en reconocimiento de su labor en pro de los derechos humanos, recibió el premio “Universalia”. En octubre obtuvo también el premio “Memorial Juan XXIII”, otorgado por la organización Pax Christi Internacional, por su trabajo en favor de la pacificación del País Vasco por la vía del diálogo y la negociación. En diciembre, recibió el galardón “Derechos Humanos y Constitución” y la Cruz de Honor de la Orden de San Raimundo de Peñafort, concedida por el Ministerio de Justicia.


Memorias para la paz,
de J. M. Bandrés

En 1998 Bandrés recibió el Premio Olof Palme por su lucha en defensa de los derechos humanos.

El 30 de abril de 2003, Juan María Bandrés, por “su defensa del Derecho con pasión y convicción, aún en las circunstancias más difíciles”, fue galardonado con el Premio Manuel Irujo de Justicia, otorgado por el Gobierno Vasco.

El 10 de diciembre de 2004, estando ya convaleciente de los dos infartos cerebrales que minaron seriamente su salud, se le realizó un emotivo homenaje en el ayuntamiento de San Sebastián, en el que participaron representantes institucionales y de todos los partidos políticos vascos, coincidiendo con el Día Internacional de los Derechos Humanos, en reconocimiento tanto a su compromiso ético y político como a su trabajo en defensa de los derechos humanos. El entonces alcalde donostiarra Odón Elorza dijo que Bandrés ya no podía hablar pero perduraba “su ejemplo” y “muchas de sus palabras vuelven a ser actualidad en una coyuntura concreta”.

En 2009 le fue concedida la distinción Lan Onari (Buen Trabajo), otorgada por el Gobierno Vasco, institución que también lo declaró en 2010 Vasco Universal.
 
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Reacciones de hoy: “No ha disfrutado del nuevo tiempo”

·         Patxi López ha lamentado hoy que el fundador de Euskadiko Ezkerra, Juan María Bandrés, no haya podido disfrutar del “nuevo tiempo” que se ha abierto en Euskadi tras el cese de la actividad terrorista de ETA “por el que tanto peleó”. El Lehendakari ha hecho un breve comentario en Twitter sobre el fallecimiento esta madrugada de Bandrés, ha indicado: “Ha muerto Bandrés. Un luchador por la libertad que por desgracia no ha podido disfrutar este nuevo tiempo en Euskadi por el que tanto peleó”, en alusión a la etapa que se abre tras la declaración de cese definitivo de la violencia.

·         El Consejo de Ministros, reunido horas después, le ha concedido la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica "por su legado como legislador y representante político de los vascos".

·         El presidente del PP, Mariano Rajoy, ha enviado un telegrama a la hija de Juan María Bandrés, transmitiéndole su "más sincero" pésame por la muerte de uno de las figuras "claves" de la política española en la defensa de los derechos humanos. "Quiero transmitirte mi más sincero pésame por el fallecimiento de tu padre. Su figura ha sido clave en la política española y en la defensa de los derechos humanos. Reiterándote mis condolencias que ruego que hagas extensivas a toda tu familia recibiendo un fuerte abrazo", ha escrito Rajoy.

·         El candidato socialista, Pérez Rubalcaba, ha destacado la "contradicción" que supone que no pueda presenciar el fin de la violencia etarra cuando fue una de las personas que más lucho por lograr la paz en Euskadi: "Fue una persona importantísima y eso hace que este fallecimiento tenga algo especial. Siempre trató de que el País Vasco alcanzara la paz y es una contradicción que no pueda vivir este final de ETA. Así le quiero recordar y así me gustaría que le recordaran los vascos y los españoles", ha subrayado el candidato socialista y exministro del Interior.

Hoy, después de una semana de la declaración de cese definitivo de ETA, podría resultar oportuno recuperar parte del talante que Bandrés demostró en 1982, durante la negociación con el Gobierno de la UCD que condujo a la disolución de ETA político-militar.

24 octubre 2011

Sarkozy dice que España "ya no está en primera línea de la crisis"


España "ya no está en primera línea" de la crisis de la deuda. Es decir, la economía española ha salido de la zona de riesgo de verse arrastrada por el efecto contagio de la suspensión de pagos de Grecia. Así lo ha certificado, al menos, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, al término del Consejo Europeo celebrado en Bruselas. Sarkozy, cuyo partido pertenece a la misma familia ideológica que el PP español, ha tenido exquisito cuidado en no inmiscuirse en la campaña electoral española y ha atribuido los méritos, por igual, a los "enormes esfuerzos" del presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, como a la "responsabilidad" del líder de la oposición, Mariano Rajoy. Zapatero y Sarkozy se han reunido esta mañana en Bruselas por espacio de unos 15 minutos, pero la conversación se ha centrado en la situación creada por el anuncio de cese definitivo de la violencia por parte de ETA, según fuentes de Moncloa.

El espaldarazo del presidente francés a la economía española se ha producido en una rueda de prensa conjunta con la canciller alemana, Angela Mérkel, quien ha guardado silencio. Todavía el sábado, en un acto con las juventudes de su partido , Merkel reclamaba nuevos ajustes al Gobierno español. "España ha hecho mucho, pero probablemente tendrá que hacer mucho más para restaurar la confianza de los mercados", advirtió.

Fuentes de Moncloa han replicado a la canciller alemana recordado que España ha tomado "medidas adicionales" para asegurar el cumplimiento del objetivo de déficit público, fijado este año en el 6%. "El esfuerzo suplmentario que reclama Merkel ya se ha hecho", subrayan las mismas fuentes. Desde julio pasado, el Gobierno ha tomado una serie de medidas para ahorrar un total de 7.654 millones de euros. Esta cantidad procede de los ingresos por la subasta del espacio radioeléctrico (2.000 millones), de la minoración en el pago de intereses de la deuda sobre las previsiones iniciales (2.000), de la prescripción de medicamentos genéricos (400), de los anticipos del impuesto de sociedades (2.600) y de la no disponibilidad de gastos de diversos ministerios (650). Todo ello, según las mismas fuentes, permite al Gobierno disponer de un "colchón" financiero para compensar el previsible desvío del déficit de las comunidades autónomas, que al cierre del primer semestre ya rozaba el 1,3% del PIB, previsto para todo el año.

Lo cierto es que España llegó a la cumbre de Bruselas con el temor de verse señalada, junto a Italia, como uno de los países cuyo desequilibrio fiscal amenaza la estabilidad de toda la zona euro. Incluso se rumoreó que el presidente español había sido convocado, con Berlusconi, a una reunión en la que Merkel y Sarkozy leerían la cartilla a las dos grandes economías periféricas. Pero no ha sido así. Zapatero ha recibido algunos elogios, como los de Sarkozy, mientras que el primer ministro italiano ha debido soportar las recriminaciones no solo de Francia y Alemania, sino de la Comisión y el Consejo Europeo por no poner en práctica los ajustes prometidos.