13 diciembre 2014

Alemania, la hegemonía sobre Europa


Una victoria en 2005 y sendas reelecciones en 2009 y 2013 han convertido a Angela Merkel en uno de los líderes europeos actuales más longevos en el cargo. Al mérito de haber superado exitosamente tres citas electorales se le añade el hecho de que dos de ellas han sido durante una de las crisis económicas más profundas que Europa ha sufrido en décadas.

Sus inicios fueron agridulces. La situación de la economía alemana a su llegada al cargo en 2005 era mala, con un paro elevado y un bajo crecimiento. Sin embargo, las expectativas sobre el futuro eran más favorables. Lo más difícil ya lo había hecho su antecesor Schröder con la Agenda 2010, un plan que Merkel reconoció como positivo para Alemania al llegar a la cancillería. El país encontraría gracias a este plan su nuevo rumbo y su lugar dentro de la economía internacional, pero sus efectos se han demostrado una década después incompatibles con el desarrollo general tanto de la Eurozona como de la Unión Europea. Y es que la cara del modelo germano es la cruz de muchos países comunitarios.

Comienza el desequilibrio




Uno de los logros de la Agenda 2010 había sido, desde el punto de vista macroeconómico y empresarial, la paulatina reducción de costes laborales dentro de las fronteras alemanas. Cuando Merkel  llega al poder esta tendencia continúa, y dado el apego que desde el partido democristiano CDU/CSU se le tenía a la hoja de ruta que el SPD había iniciado con la Agenda 2010, no iba a ser ella quien la detuviese. El objetivo era sacar a Alemania del bajo crecimiento, así como reintegrar nuevamente a la economía productiva a los millones de parados que se habían ido generando desde la reunificación alemana; la manera, fomentando la exportación de bienes, especialmente a países de la zona euro, ya que gracias a la competitividad ganada en los últimos años mediante los ajustes laborales, las empresas alemanas habían mejorado enormemente su posición en el mercado internacional y sus productos tenían mejor salida. Además, la medida era doblemente efectiva, ya que desde la entrada en circulación de la moneda única los países de la Eurozona habían perdido la herramienta monetaria para ganar en competitividad devaluando sus monedas. Ahora decidía el Banco Central Europeo por todas.


Así, la estrategia de austeridad mas la ya plenamente integrada política de I+D en las empresas alemanas, permitió al país mantener un modelo basado principalmente en la industria tecnológica y de bienes de equipo altamente competitiva a la vez que aguantar el tirón de la deslocalización hacia Europa del este —Polonia, República Checa o Rumanía— y los productos más baratos de otras economías como China. De hecho, entre los años 2003 y 2008, el mayor exportador global de bienes fue Alemania. A partir de ese año quedó superada por la potencia asiática y Estados Unidos, aunque de momento mantiene un liderazgo indiscutible en Europa.

La cuestión es que ese modelo de fomento de la exportación en detrimento del mercado interior fue creando año tras año mayores desequilibrios en las balanzas comerciales con otros países. Desde la teoría, lo ideal es que los saldos comerciales entre países estén compensados y, en caso de que en algún momento haya desequilibrios, estos no se alarguen demasiado en el tiempo. Sin embargo, el ejemplo alemán se aleja bastante del óptimo. Año tras año exportaba por mucho más valor de lo que importaba a pesar de comerciar prácticamente con los mismos tipos de artículos —aquí entra el valor añadido y la calidad de los productos alemanes—. Así, los estados que no pudieron compensar sus desequilibrios con Alemania exportando la diferencia a terceros países, tuvieron que recurrir al endeudamiento para suplir ese desequilibrio y aunque durante la primera década del siglo XXI los países comunitarios, especialmente los de la periferia europea, tenían un endeudamiento público bajo, el privado empezó a aumentar a un ritmo considerable. Cabe destacar además que salvo Alemania, pocos países de la Unión Europea tienen saldos comerciales positivos por una afección habitual en las economías desarrolladas: dificultad para vender sus productos en el exterior —a veces causado por la baja competitividad— y las masivas importaciones de materias primas o productos baratos de otros países. Por tanto, y a pesar de que por aquellos años Alemania estuviese encantada con su situación comercial, estaba obligando a bastantes economías europeas a endeudarse para seguir comprando productos alemanes. Miles de millones de euros iban agrandando año tras año un enorme agujero comercial que casi se tornaba en espiral ya que pocos países, por no decir ninguno, podían hacer el esfuerzo competitivo necesario para atajar su déficit con Alemania.

Sin embargo, entre el comienzo del nuevo milenio y el estallido de la crisis, Alemania era problema y también solución. Gracias al euro, la libertad de movimiento de capitales —entre otras cosas—, el superávit comercial y los buenos resultados empresariales que los germanos cosechaban, los desequilibrios que otros países tenían con los teutones fueron financiados en gran medida por los bancos alemanes, además de empezar a invertir ingentes cantidades de dinero en la pujante periferia europea, caso de Irlanda, España o Grecia. Así pues, todo quedaba en casa. Las economías europeas podían seguir comprando masivamente a Alemania ya que esta dejaba pagarlo cómodamente a plazos, mientras que las cada vez mayores cantidades de capital que industrias y bancos germanos acumulaban buscaban destino con impaciencia al ser su país un mercado saturado y sin rentabilidad ninguna. Miles de millones de euros alemanes fueron a parar al entonces boyante sector español de la construcción, a la Irlanda bautizada como “tigre  celta” o a la Grecia renacida con los Juegos Olímpicos de Atenas en 2004. Hasta 2008, todo aquello fue un aparente win-win sin fin. Sin embargo, la burbuja que la barra libre de financiación alemana y la adicción que esta había creado en buena parte de la Unión era considerable. Y ninguno estaba preparado para que la fiesta terminase.

Berlín, capital europea de facto



El eje París-Berlín ha sido fundamental dentro de la construcción europea. Incluso integrando otros núcleos de poder más periféricos como Londres, Roma o Madrid, la Unión tuvo durante algunas décadas una repartición de poder algo más descentralizada. Sin embargo, la llegada de Merkel a la cancillería alemana ha puesto de relieve que Berlín ha de ser un centro, por no decir el centro, indiscutible.

El hábil juego de la política exterior alemana en los últimos tiempos ha sido enormemente fructífero para ellos y en gran medida también para la Unión. Schröder tuvo que hilar fino con las relaciones transatlánticas, ya que aunque Alemania participó en la invasión de Afganistán en el marco de la lucha contra los talibanes, rehusó colaborar en la similar operación en Irak en 2003, lo que tambaleó sus relaciones con Estados Unidos y parte de los socios europeos. Sin embargo, la entonces vocación pacifista del país se ha reconocido a largo plazo como positiva para Alemania, ya que evitó participar en el desastre que se ha convertido Irak y ahuyentó los fantasmas que podían quedar sobre el país germano respecto a su belicosidad.

Sin embargo, este desencuentro entre Berlín y Washington permitió a Alemania seguir fomentando su Ostpolitik. La expansión de la comunidad europea hacia el este en 2004 supuso un desplazamiento del centro de gravedad político de la Unión desde la zona atlántica hacia la región centroeuropea. Y de los beneficiados, además de los nuevos integrantes, Alemania era de los principales. Ganaba países vecinos a su causa política, eliminaba trabas económicas y comerciales entre los nuevos adheridos y su país y sobre todo, aparecían nuevos territorios mucho más competitivos sobre los que deslocalizar parte de la producción industrial y de servicios alemana, que a su vez estaba geográficamente próxima a la propia Alemania. Y eso sin contar con los crecientes flujos migratorios que acudían al país germano gracias a la libertad de movimiento de personas, algo que se traducía en mano de obra barata y cualificada.

En igual medida, y aquí viene uno de los grandes valores añadidos políticos de Alemania, es la sintonía entre Berlín y Moscú. A pesar de la aparente enemistad que separa la Europa occidental de Rusia, la confianza existente entre Putin y en especial Merkel es absoluta. Líderes pragmáticos y con un sentido de estado considerable, ambos presidentes han construido otro de los ejes vertebradores del continente, el nexo entre el oeste y el este europeo. Aunque no es una relación que se airee demasiado, la importancia del gas y el petróleo ruso para el oeste, así como la maquinaria europea para el este son de vital importancia. Y ambos saben lo que se juegan. Como dato, durante el año 2014 —especialmente duro en las relaciones UE-Rusia— Putin ha hablado por teléfono con Merkel en 35 ocasiones; con Obama sólo 10.

De puertas para adentro, Alemania también ha proyectado su poder sobre las estructuras comunitarias. Hasta la llegada de la crisis en 2008, sus mayores esfuerzos estaban encaminados a que desde el BCE se controlase la inflación —único objetivo de la institución— para mantener estables los precios y mantener así la competitividad. Sin embargo, con el estallido de la crisis, su posición dominante se ha extendido a otras estructuras comunitarias dada la inacción de las instituciones comunitarias y descoordinación del resto de socios europeos, especialmente Francia. Así pues, por voluntad propia u obligada por las circunstancias, Alemania se ha erigido como guardián de la construcción europea, faro del progreso y látigo de la díscola periferia comunitaria.

Una crisis y muchos dilemas


En términos generales, tanto en Alemania como en buena parte de Europa se tiene una visión sentimental y sesgada de los porqués de la crisis continental. Independientemente de que gran número de los alemanes crea que la periferia europea está de fiesta, no  trabaja y sean vagos por naturaleza, el gobierno germano no se rige por esa visión. No obstante, es una buena cortina de humo, como así demostraron los arrolladores resultados del CDU/CSU en las elecciones de 2013. Simplemente, lo que Alemania lleva haciendo desde 2008 es defender sus intereses en el sentido más amplio. El desequilibrio generado por su agresiva política comercial ha llegado a ser tan grande y su facilidad crediticia ha sido tan alegre que ellos mismos han acabado siendo rehenes de su éxito. En este sentido, crearon tales interdependencias con tantos países europeos que han acabado encadenados al destino de estos, por lo que la caída de uno significa que Alemania puede ser arrastrada detrás. Y aunque es evidente que los alemanes no quieren caer por culpa de otros, Europa tampoco se puede permitir que su locomotora económica se debilite.

El fin de fiesta de la periferia europea ha despertado del sueño a numerosas empresas de Alemania, especialmente sus bancos. Se han encontrado con miles de millones de euros comprometidos en dudosas y peligrosas inversiones —incluyendo deuda soberana— que pueden no retornar a manos alemanas, generando un dominó que afectaría igualmente y de manera grave a la economía germana. Los rescates en Grecia, Irlanda, Portugal y España siguen esta lógica, apoyada por la necesidad del BCE de evitar que todo el entramado económico comunitario se hunda. El interés alemán en estas operaciones es, en un primer momento, recuperar todo o gran parte del dinero invertido, algo difícil en países con unos niveles de endeudamiento público y privado tan altos. Para ello, han recomendado encarecidamente seguir las recetas que ellos aplicaron cuando su situación era aparentemente la misma que la europea actual —bajo crecimiento y alto desempleo—: austeridad y devaluación interna. Rescatar la Agenda 2010 y hacer una versión extendida de la misma. Bajo esta lógica, el adelgazamiento del gasto público estatal y promover medidas flexibilizadoras del mercado laboral permitirán la devaluación interna del país, que unida a la inyección de capitales procedente del BCE, debería servir para la recuperación de los países comunitarios en crisis.

Sin embargo, las recomendaciones alemanas están lejos de seguir el altruismo. Alemania necesita irremediablemente que los socios europeos se recuperen económicamente. Si bien es cierto que la UE no puede subsistir sin Alemania, lo es igualmente que la economía alemana necesita del resto de las europeas para seguir funcionando. El persistente mensaje de austeridad y devaluación ha acabado calando en la troika europea —Comisión Europea, BCE y Fondo Monetario Internacional—. Para los dos primeros pesa más la influencia alemana en sus instituciones que la idoneidad de las medidas; para el FMI, imbuido desde hace décadas de una perspectiva neoliberal, se ajusta perfectamente a su visión.

Sin ser menos cierto que muchas economías europeas necesitan ganar en competitividad de cara al futuro, esto se está haciendo a base de destruir la demanda interna de los países al empobrecer a la población. Alemania necesita que los socios europeos vuelvan a comprar sus exportaciones, pero estos no lo pueden hacer siguiendo las recetas alemanas, ya que se debilita su economía y su capacidad de compra. Además, en ese periplo devaluativo, al ganar en competitividad exterior, incluso pueden desplazar en el mercado a los productos alemanes. Un terrible círculo donde no se tiene claro en qué punto está la salida.

Con el tiempo, la fe depositada en Alemania y su líder se desvanece. Al descontento surgido en el sur europeo se le ha ido sumando la poca colaboración del presidente francés Hollande una vez sustituye a Sarkozy en el Elíseo —aunque no haya hecho de verdadero contrapoder— y en los últimos tiempos, el hartazgo del BCE de seguir recibiendo órdenes de Berlín y del Bundesbank. Así, tarde, pero todavía a tiempo, el sector que exige en la UE otra forma de hacer las cosas, distinta “a la alemana”, gana terreno, mientras que los germanos cada vez se ven más arrinconados y sin que sus planes de reordenar la economía europea y su construcción política hayan salido como tenían previsto.

11 diciembre 2014

Apertura de datos públicos: ‘Open Government’ Data vs. Open ‘Government Data’

El que esfera, desespera

Hoy, fecha de inauguración del portal de transparencia del Gobierno de España, es un buen día para recordar de qué hablamos cuando hablamos de apertura de datos públicos. Una fuente mayor de confusión proviene de la expresión en inglés “Open Government Data”. El adjetivo “open”, ¿a quién determina? ¿A “government”, o a “data”?
No se apresuren con sus respuestas. Antes, echen un vistazo a este grafo, opengovdonde todo parecequedar hermosamente explicado. Lo he tomado de una página del Gobierno de la Columbia Británica, en Canadá.
Para entender qué son los “Open Government Data”, proponen tres esferas que se intersectan parcialmente:
  • Open Government: una forma abierta y colaborativa de gobernar;
  • Open Data: datos que se publican para ser usados;
  • Government Data: datos de titularidad pública.
¡Eureka! Entonces, “Open Government Data” es la zona donde se solapan las tres esferas. En nuestro grafo, la zona granate.
¡¡Pero no!! ¿Realmente queremos referirnos sólo a los datos de Gobierno abierto? Cuidado, porque se trata de un grave error que está afectando a más de una estrategia de apertura. Me explico.

Según este diagrama, “Open Government Data” serían únicamente a los datos que reúnan estas 4 condiciones:
  • Ser datos: por lo tanto, que sean procesables por máquinas.
  • Ser públicos en un doble sentido: de titularidad pública y que sean publicables.
  • Ser abiertos: estar publicados online para su reutilización.
  • Ser datos de Gobierno abierto: servir para la transparencia y la rendición de cuentas.
El problema está en la última condición, que contamina el resultado. El sector central del grafo hace el uso más restrictivo posible del término “open government data”, al considerar que “open government” es el determinante de los “data”; esto es, que estamos hablando únicamente de datos para la transparencia.
Sin embargo, la reutilización de datos públicos persigue también otros fines. Se consideran materia prima para el desarrollo económico y la innovación social. Por lo tanto, nuestra área de interés serían los “Government’s Open Data“, que abarcaría la suma del área central (granate) y de la inmediatamente inferior (roja); es decir, nuestro objeto debe abarcar la apertura de todo tipo de datos del sector público.

Un gráfico que da en el clavo

open gov dataVeamos ahora otro grafo, aparentemente similar. Nuevamente, hace uso de tres esferas que se solapan. Pero esta vez, cada esfera se refiere a un concepto más nuclear que en el caso anterior:
  • Government: instituciones públicas;
  • Data: información desagregada;
  • Open: cualquier variedad del conocimiento abierto.
Aquí sí funciona: los datos públicos abiertos son todos los datos de titularidad pública que se abren. Se diferencian de:
  • Open data: datos abiertos de cualquier origen;
  • Government data: datos del gobierno, abiertos y cerrados;
  • Open Government: una forma de gobernar.

Death by power-point

Hey, ¡pero si estas eran las mismas tres esferas de antes! ¿Cómo es posible que ahora sí funcionen? Bueno, esta es la moraleja del cuento:
Cuidado con los grafos: deben servir para ilustrar, no para demostrar
Las infografías, los gráficos y la visualización de datos precisan de personas que sepan entender los datos, que conozcan qué conclusiones son válidas y cuáles no, que sepan poner en contexto la información. Lo que venían siendo investigadores, estadísticos, periodistas y demás profesionales. Lo mismo que no se aconseja lanzar la máquina a buscar correlaciones sin un aparato teórico que las interprete, es aconsejable abstenerse de dibujar aquello que no entendemos.
Por cierto, veréis una multiplicidad de grafos compuestos de tres esferas. La razón no es que la realidad se componga esencialmente de relaciones dialécticas entre tríadas, sino simplemente que las imágenes que solapan áreas de cuatro o más esferas son horrorosas y prácticamente indescifrables. Cuidado con los grafos.

Abrir es más que transparentar

En el caso que nos ocupa, la confusión viene alimentada por la extraña relación entre Gobierno abierto y datos abiertos. Los datos abiertos son materia prima para casi cualquier asunto interesante, no sólo para mejorar la gobernanza. Sin embargo, en muchos países han estado tan ligados que se han formulado reproches a Gobiernos cuando han abierto datos “no sensibles”. En ese sentido puede interpretarse incluso el artículo de Harlan Yu and David G. Robinson (2012): “The New Ambiguity of Open Government”. Yo diría que la mayor parte de Latinoamérica sigue enganchada a una concepción de los datos abiertos constreñida al territorio de la gobernanza; esto es, al pequeño cuadrante del primer grafo.
En Europa, hemos entendido en seguida que la información del sector público es un activo para el desarrollo económico. En cambio, nos está costando más entender que la clave está en los datos, no en los documentos, al tiempo que nos estamos sumando con cierta pereza al movimiento mundial por el Gobierno abierto.

Entonces, ¿cómo traducimos “Open Government Data”?

Mi expresión favorita para traducir al español “open government data” es “apertura de datos públicos”, como forma de reconocer que lo importante está en la acción, en la apertura vista como un curso de acción continua que no tiene fin. Esta traducción tiene truco: no se refiere a los datos, sino a las políticas de apertura de datos, que es algo que me parece mucho más interesante.
Seguramente, estaremos de acuerdo en unos pocos puntos que deben cumplirse para hablar de “apertura de datos públicos”:
  • concentrarse en datos, en información procesable;
  • cumplir con los “8 principios de los datos abiertos”;
  • reconocer la utilidad de todo tipo de datos públicos;
  • acompañar la apertura de acciones de promoción de la reutilización.

10 diciembre 2014

Neoliberalismo, Globalización y Antiglobalización



El cuerpo doctrinario conocido como liberalismo surge en el siglo XVIII, de la mano de su teórico más importante, Adam Smith. Surge como un cuestionamiento de las restricciones feudales al comercio y la producción, crítica económica al patrimonialismo y a las barreras para la libertad de intercambio de trabajo por salarios, impulsó la transformación de la producción simple en acumulación y lo amplia a capital. En el combate de las limitaciones que el feudalismo imponía al desarrollo de las fuerzas productivas, el liberalismo cumplió funciones revolucionarias en un sentido amplio, si bien con consecuencias nefastas para las explotaciones agrícolas de auto-consumo, a las que expulsó de los campos para convertirlas en proletarios y de las masas de las colonias y semicolonias que contribuyeron con su sudor y sangre a la acumulación originaria o primitiva del capital.

Adam Smith

El liberalismo fue la ideología dominante en los países de desarrollo industrial temprano, con Inglaterra como ejemplo clásico de imperio dominante liberal; sin embargo, fue resistido por las naciones de despegue industrial tardío, como EE.UU., Alemania, Japón, que impulsaron políticas proteccionistas y de impulsó al consumo y mercados internos, desarrollando y ampliando la industrialización y la masificación del mercado interno por medio del trabajo asalariado. Más adelante, en la década de los 60 y los 70 en países de Asia seguirán el mismo camino.

La resistencia al auge del Keynesianismo se organiza en torno a las instituciones educativas como: la Universidad de Chicago, el London School of Economics y el Instituto Universitario de Altos Estudios Internacionales de Ginebra. Dada la entrada del capitalismo en su “edad de oro” los argumentos por la implantación de un capitalismo duro y libre de reglas, no encuentran un eco muy amplio, sus argumentos acerca de los valores positivos de la desigualdad social y el desempleo estructural, sonaban solamente en círculos reaccionarios muy limitados. Otras influencias derivan de la admiración por el Maltusianismo y el social darwinismo, ambos del siglo XIX.

En un clásico del pensamiento neoliberal, “el camino de la servidumbre” de Von Hayek define: “es la sumisión del hombre a las fuerzas impersonales del mercado la que, en el pasado, me hizo posible el desarrollo de una civilización, que sin ello no habría podido desarrollarse; es mediante esta sumisión como participamos cotidianamente en la construcción de algo más grande de lo que todos nosotros podemos comprender plenamente”.

Los ejes del pensamiento neoliberal, como vemos se expresan en la sumisión “a las fuerzas impersonales del mercado”, considerando toda lucha como una rebelión contra “un sistema de coordinación neutro, impersonal, benéfico universalmente y que traduce un conjunto de mecanismo que funcionan espontáneamente”. No existe racionalidad posible frente a algo más grande de lo que todos podemos comprender plenamente, o más bien, permite cualquier irracionalidad e inhumanidad como producto.

Características principales del neoliberalismo

   En lo económico:


·    Libertad absoluta de mercados: limitando la reglamentación e intervención estatal al mínimo, desregulando los mercados en especial el financiero, e impulsando el abandono de criterios de sustentabilidad ecológica a favor de criterios de rentabilidad.

·      Privatización o liquidación de los servicios y monopolios estatales.

·  Intervención sobre las variables macroeconómicas para evitar déficits  presupuestarios y comerciales, reducción de inversiones sociales.

·   Contención de los salarios en busca de un competitividad internacional y aumentar la tasa de ganancia del capital.

·     Contrarreforma fiscal, aumentando los impuestos indirectos, principalmente sobre el consumo (IVA) y disminuyendo los directos sobre los ingresos altos; promoción de políticas fiscales atractivas para el capital financiero internacional especulativo.

·      Promoción del comercio orientado hacia las exportaciones.

   En lo ideológico:

·    Mercantilización de derecho y conquistas de los trabajadores; conversión de los mismos en bienes y servicios a ser adquiridos en el mercado. La salud, la educación, y el seguro social, dejan de ser derechos indiscutibles de la dimensión humana y se convierten en mercancías, al margen de las funciones estatales.

·   Identificación de lo estatal con todo lo malo, corrupto e ineficiente y al  mercado con lo eficiente y bueno.

·   Imposición de un sentido común neoliberal, con gran penetración en las masas, apuntalada por la liquidación de todo pensamiento alternativo en los grandes medios de comunicación y por una paralela de la contracultura revolucionaria.

·    Al mismo tiempo, potenció en el seno de las organizaciones populares y de izquierda a la corriente posibilista, que no encuentra alternativa alguna y se convierte en portavoz del pragmatismo derrotista que no vislumbra nada fuera de la atenuación de los rasgos externos de la política neoliberal.

·  Desarrolla una esfera del consumo virtual, a través de la televisión fundamentalmente, donde su carácter simbólico no disminuye su capacidad de legitimar al neoliberalismo como sistema de vida y reproducción de las relaciones sociales.

·     Caracterización como utópica de toda opción de organización social diferente y alternativa.

   Efectos del liberalismo en las sociedades:

·     Los individuos se manejan competitivamente en la búsqueda de maximizar su producto. Sin embargo, la realidad social, económica y política muestra que los que confluyen en el mercado, se agrupan en torno a intereses de clase y que la opción por las políticas refleja correlaciones de fuerzas entre la clases y fracciones de éstas. Son los capitalistas organizados en corporaciones e instituciones internacionales los que mandan sobre el mercado.

·     La intervención estatal ha cambiado de signo, no ha desaparecido; los estados intervienen para privatizar, antes que para nacionalizar, intervienen para socializar las deudas de los banqueros repartiendo sobre toda la población al rescate de los ahorradores defraudados. Sin ningún pudor, intervienen para entregar los fondos del IPS a la patronal industrial, a tasas por debajo de la media del mercado y sin garantías reales que garanticen su devolución. 

·   Actúan contra las huelgas y tomas de tierra, interviniendo a favor de la patronal o los latifundistas, consistiendo la actuación de grupos parapoliciales y paramilitares contra los luchadores populares y sus organizaciones.

·      La desregulación se traslado de protagonistas. De regular para la sociedad, se regula para los sectores afines empresariales y contra los trabajadores y campesinos. Se limita el consumo local para priorizar el despegue de los sectores agroexportadoras. La regulación del FMI, Banco Mundial y otras dependencias del imperialismo acrecientan su control sobre el espacio local.

·    La privatización no liquida los monopolios, solo los cambios de signo; de público a privado, frecuentemente, en procesos viciados con características de corrupción y arreglos para privatizar a favor de los amigos.

·      Cambios violentos en la restructuración de la clase trabajadora, dislocando a la misma en fracciones y segmentos polarizados.

·  Merecen una especial mención especial los jóvenes y las mujeres que constituyen los sectores más golpeados por el martillo neoliberal, y con índices de desempleo muy duros.

La globalización


El proceso de la globalización no es nuevo en los análisis marxistas. Ya en los principios de su actividad, Marx y Engels señalaban el carácter eminentemente internacional del proceso de formación y reproducción de capital. En palabras del Manifiesto Comunista: “espoleada por la necesidad de dar cada vez mayor salida a los productos, la burguesía recorre el mundo entero. Necesita anidar todas las partes, establecerse en toas partes, crear vínculos en todas partes”.
“Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía ha dado un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materia prima indígena, sino materia original venida de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no solo se consumen en le propio país, sino en todas las partes del globo”.
“… Se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones. Y esto se refiere tanto a la producción material, como a la intelectual… en una palabra: se forja un mundo a su imagen y semejanza”.
Las consecuencias de la globalización, entendida como un proceso que profundiza las fases anteriores del desarrollo capitalista y que, adicionalmente, deslocaliza y simplifica los procesos productivos, no son otras que aquellas que ya Marx veía como consecuencia de la Ley General de Acumulación Capitalista. Por otra parte, la concentración y centralización del capital. Y por último, la proliferación de quienes viven en la más abyecta miseria material y espiritual, lo único que a nivel planetario y con descomunal deterioro del ecosistema.

Karl Marx
Karl Marx
Al revisar la historia de la humanidad, se ve que la ampliación de los mercados, ya sea por el pillaje abierto o disfrazado de apertura mercantil, se inicia vigorosamente con el desembarco de las potencias europeas en América. Se toma un gran empuje con la revolución industrial y los avances tecnológicos debidos a la invención del motor de vapor, que impulsaría el auge de los ferrocarriles y los grandes cargueros movidos por éste. Asociado al fenomenal impulso de los medios de transporte, se produce un auge sin precedentes del comercio entre las nacientes naciones imperialistas.

La siguiente fase fue impulsada por el motor de combustión interna, que provoco el auge del automóvil y la definitiva globalización de la revolución de los transportes de masas. Este proceso de internacionalización sufrió un estancamiento prolongado con la crisis de los años 30 y fue retomada con menos fuerza después de la II Guerra Mundial.

Ahora bien, para captar mejor el fenómeno, es preciso profundizar un poco más en las fases de desarrollo del capital. Como ya se señalo, en la segunda fase se internacionalizó el capital comercial. En la tercera, a la que Lenin llamó imperialismo o fase superior a la internacionalización del capital comercial se sumo la del capital financiero, comprendido por Lenin como la fusión de los capitales bancario e industrial. Esta fusión se manifestó en la inversión directa e indirecta, en distintos países.

La fase actual se caracteriza por la profundización de las fases anteriores y la deslocalización de los procesos productivos industriales ya fragmentados, para disminuir los costos de las materias primas y auxiliares y la mano de obra, sacrificando a su vez la menor ganancia posible vía impuestos.

Todo ello, acompañado por un proceso revolucionario colosal y veloz en la composición organizada del capital y los medios de comunicación. Es evidente que el proceso se acelera bruscamente a partir de los 80, y que la caída del bloque soviético, los avances hacia la liberalización de China, Vietnam y otros estados anteriormente no vinculados profunda y abiertamente al mercado capitalista global, ha dado un impulso fundamental a esta tendencia.

Pero en lo fundamental, el discurso de los “globalitarios” apunta a construir una suerte de realidad virtual: la absoluta inviabilidad de cualquier opción por fuera de las leyes neoliberales de la globalización en marcha. Es lo que los franceses denominan “pensamiento único” y que algunos sectores de la izquierda reformista están adoptando en forma absolutamente acrítica con respecto al proceso histórico-social real del capitalismo contemporáneo. El mito neoliberal de la globalización apunta hacia el carácter supuestamente inexorable e inescrutable de la globalización, esconde las responsabilidades concretas de los gobiernos y las clases dominantes, en los desastres sociales que sus políticas producen y se convierte en medio de justificación ante las masas.

Características de la globalización


Los elementos fundamentales se caracterizan y diferencia a esta situación, de la mera aceleración de la internacionalización y marcan el surgimiento de un nuevo modo de restructuración de la economía mundial son los siguientes:

·  Expansión capitalista a escala realmente planetaria, cubriendo efectivamente, de una manera u otra, todas las formaciones sociales. Globalización tanto de la esfera de la producción como de la comercialización, yendo mas allá, “de la simple yuxtaposición de mercados nacionales, a la unificación efectiva del mercado mundial, y éste como horizonte natural, de las grandes transnacionales”. (Husson 1994)

·  Constitución de bloques regionales supranacionales en niveles desconocidos hasta ahora, donde veremos que el movimiento transversal de la comunicación, es acompañado, de reestructuraciones verticales de las economías regionales en torno a tres polos: EE.UU., Europa y Japón.

·      Surgimiento de compañías totalmente mundializadas, que actúan a partir de una base planetaria de desarrollo, producción y distribución de sus productos y servicios. (Petrella 1989)

·      Crecimiento de los procesos de mundialización sin una simultánea aparición de organismos supranacionales de regulación. El refuerzo de instituciones supranaciones se ve rebasado por lo hechos. El FMI, el Banco Mundial, la OMC y estructuras menos formalizadas cumplen funciones crecientes de ordenamiento de los procesos globales, como demuestran sus actuaciones frente a la crisis de la bolsa de octubre del 87, la guerra del golfo, las crisis mexicanas del 82 y la del 95. Esta coordinación de esfuerzos del imperialismo, no elimina las contradicciones internas, por lo que es difícil coincidir con las tesis del Ultraimperialismo, que pretende que las potencias imperialistas están regidas por un solo centro decisorio. En ese marco se inscriben las pensiones entre MERCOSUR y NAFTA.

·      Los flujos financieros se desplazan con absoluta libertad y facilidad. Este mercado mundial de capital-dinero se ha constituido a través del proceso de internacionalización progresiva del capital, y ha tenido un salto cualitativo excepcional con el proceso de globalización. Su característica principal se da en el hecho de que una masa creciente de rentas fructifica, independientemente de la utilización de un factor productivo directo, sea en forma de capital productivo, trabajo o tierra.

·      Revolución tecnológica e informática.

·      El carácter predominante de la cultura de la imagen por encima de la palabra escrita, que marca una revolución en sí misma, controlada por un sector monopolístico muy concentrado, es impulsado a su vez por el carácter inmaterial que va adquiriendo la producción de mercancías, donde los costos de investigación de mercados, diseño, desarrollo de producto y marketing son una parte cada vez más dominante de los costos de las mercancías.

Estas son algunas de las características de esta nueva fase del capitalismo, contrario sensu de las opiniones de sus apologistas. La misma no implica el fin de la historia, ni mucho menos de la lucha de clases; marca una inflexión en el desarrollo del capital, que se debe encarar con herramientas apropiadas para darle una respuesta con contenido transformador, que aprovechando el desarrollo de las fuerzas productivas que la misma libera, ponga limites a su carácter de clase.

La globalización se interrelaciona con el neoliberalismo y ambas forman parte de una contraofensiva del capital a nivel global, intenta construir una nueva relación entre el capital y el trabajo en todos los terrenos, social, político y económico.

Antiglobalización

El movimiento antiglobalización, es un amplio conjunto de movimientos sociales formado por activistas provenientes de distintas corrientes políticas, que a finales del siglo XX convergieron en la critica social al denominado pensamiento único y a la globalización. Acusan a este proceso de que, mientras beneficia a las multinacionales y a los países más ricos, acentúa la precarización del trabajo, consolida un modelo de desarrollo económico injusto e insostenible, y socava la capacidad democrática de los estados, entre otros aspectos negativos. Generalmente, los activistas y simpatizantes mantienen una ideología izquierdista, contraria al liberalismo económico (economía de mercado y comercio libre). Existe cierta controversia sobre el término que define este movimiento. Sus partidarios prefieren el término “altermundismo” o “alterglobalización” para evitar definirse por opción y porque el termino “antiglobalización” daría una imagen imprecisa y negativa. El nombre altermundismo viene precisamente del lema “Otro mundo es posible”, nacido en el Foro Social Mundial, que cada año reúne a movimientos sociales de izquierda política internacional.

Características del movimiento antiglobalización

En el contexto de la crisis del “socialismo real”, el movimiento altermundista es un movimiento contestatario de carácter mundial y constituye una respuesta de la izquierda a la fata de representación y a la globalización neoliberal. Si bien el movimiento antiglobalización ha sido perpetrado por elementos contrarios a la revolución y está yendo hacia el reformismo, no es menos cierto que ha logrado éxitos, como las cumbres sin acuerdos, la no implementación del ALCA, etc. Pero es necesario, como inclusive se ha llegado a reconocer en los Manifiestos del Movimiento de Resistencia Global, que la lucha sistemática a través de un trabajo continuado y a largo plazo, con abandono de las dinámicas tradicionales de acción que lo han caracterizado hasta ahora.

Este movimiento contempla en su programa puntos muy interesantes, como poner fin al terrorismo del Estado, el retiro de las tropas de ocupación de Irak, la solución pacífica al conflicto Palestino-Israelí, reducción de los gastos militares, la prohibición de las armas de destrucción masiva, el cumplimiento por su parte de los Estados Unidos y sus aliados de la Carta de las Naciones Unidas.

También hay consenso en cuanto a la exigencia de la supremacía de los Derechos Humanos por encima de los Tratados Comerciales, el reclamo de los Derechos de las Comunidades a la tierra, el agua, los bosques y la cultura. A lo que se agrega la condonación de la deuda externa de los países más pobres, la puesta en vigor de la Tasa Tobin, la reforma del FMI, el Banco Mundial y la OMC y su accesibilidad a los países en vías de desarrollo. Incluyen además, el cumplimiento por todos los países del Protocolo de Kyoto sobre el calentamiento global y el control de los productos transgénicos, el derecho a la información así como la protección de las culturas de las naciones y pueblos contra la cultura extranjerizante, globalizada, y la lucha contra la feminización de la explotación. Entre otros, son lo temas que contempla en sus debates el movimiento antiglobalizante.

Comercio entre los grandes países emergentes

El fenómeno de la globalización es producto del proceso del desarrollo histórico del capitalismo y constituir una fase peculiar de éste, la lucha contra este fenómeno exige el movimiento antiglobalización una dinámica que combine la movilización de masas, los medios técnicos y las experiencias concretas con un proyecto de transformación general sistemática. Aunque es desconocido hasta donde llega la importancia de este movimiento en las luchas sociales, por una nueva globalización, hasta hoy muestra constancia y una gran solidaridad. A esto se suma que importantes movimientos de izquierda de muchos países del mundo van encontrando en el movimiento una organicidad y una estrategia de trabajo encaminada a la integración de fuerzas y la posibilidad de construir un camino alternativo a la globalización en neoliberal. Lo que constituye a pesar de sus limitaciones y debilidades, una perspectiva loable del movimiento antiglobalización, que va camino a convertirse en un nuevo actor mundial dentro de las relaciones internacionales con el que habrá que contar en un futuro no muy lejano.

24 febrero 2012

A media luz: EL EMBARGO

A media luz: EL EMBARGO: En las últimas horas ha alterado el tedio a que nos tiene acostumbrados la actualidad la noticia de que ayer se llevó a cabo un pec...

Apolo y Dionisos, los nombres de la tragedia

 
Siempre he creído que la desventura de Nietzsche consiste en haber desfallecido en manos de un sinnúmero de intérpretes. Estoy persuadido que esta gigantomaquia que se ha hecho del incendiado de Turín ha contribuido tanto a la fascinación que sentimos por él como a su incomprensión. ¿Cómo someter ese pensamiento a un espíritu de sistema si él mismo se niega a ser sistematizado? ¿Acaso no el mismo profesor de Basilea señalaba en El ocaso de los ídolos su enorme desconfianza en los grandes espíritus sistemáticos? "Desconfío de todos los sistemáticos y los evito. El gusto por el sistema es una falta de probidad". Entonces, ¿cómo someter a una ratio un pensar que se conduce como una forma de ruptura, de fragmentación, de lucha contra la imposición, es decir, del cálculo y la medida, o, lo que en otros términos se denominó el proyecto de la matematización de la naturaleza? Desde luego aquí hay un contrasentido. Y sin embargo, hoy, aquí, estamos enfrascados en desentrañar los misterios de ese pensamiento críptico, ese pensamiento donde "el desierto crece".

Cuando se entra al gran teatro nietzscheano cobra en nosotros fisonomía y perfil un raro desasosiego que se filtra cuando tiemblan los fundamentos que dan credibilidad a todo cuanto nos ha sido lo más familiar, el cimiento de nuestras certezas, la base de nuestras percepciones e ideaciones y, lo que es más grave, de nuestras prácticas que son las que conforman eso que llamamos "realidad". Pero también, en medio de esta zozobra, nos asalta la curiosidad por asistir a esta fiesta orgiástica de lo que podríamos llamar nuestra modernidad en llamas, en la cual la vida pierde su odiosa gravedad y todo se mezcla con todo.

Por ello, y justifico aquí mis prejuicios, siempre he tenido innumerables reparos a tratar de manera sistemática el pensamiento del "loco de Turín", quizá porque desespero del mismo dicterio de este pensador, en el sentido de que la fuerza de una interpretación que quiere llegar al fondo de las cosas descubre que ese fondo no es más que otra interpretación. Más aún, diría que el anhelo de verdad que motiva al intérprete en su lectura lo conduce a descubrir que esa misma verdad sólo es una máscara: Nietzsche nos advierte que: "Todo lo que es profundo ama la máscara; las cosas más profundas de todas sienten incluso odio por la imagen y el símbolo". Es decir, que todo tiene un origen discursivo y no trascendental. Por ello, es que como se ha dicho, "la muerte de Dios" remata en la evidencia de que el uso de la verdad no puede sustraerse a una cierta dosis de discrecionalidad y, en cuanto tal, es susceptible de manipulación. Baste recordar aquí aquellas palabras del pensador de Así habló Zaratustra del que Heidegger dijera que su rigor sólo era comparable al de Aristóteles, Schelling, Hegel o al de Leibniz:

"Y por lo que se refiere a nuestro porvenir costará trabajo encontrarnos en la pista de esos jóvenes egipcios que rondan por la noche violando los templos, abrazan las estatuas y quieren desnudar completamente, descubrir, sacar a plena luz, lo que por buenas razones estaba oculto. Nosotros ya no encontramos placer en esa cosa de mal gusto, la voluntad de verdad, de la 'verdad a toda costa', esa locura de joven enamorado de la verdad; tenemos demasiada experiencia para ello, somos demasiado serios, demasiado alegres, estamos demasiado probados por el fuego, somos demasiado profundos… Ya no creemos que la verdad siga siendo verdad cuando se le quita su velo, hemos vivido demasiado para creerlo. Para nosotros hoy es cuestión de conveniencia no querer verlo todo desnudo, no querer asistir a todas las cosas, no querer comprenderlo y saberlo todo".
Por lo anterior, descreo que el pensamiento de maestro de Basilea esté desnudo de secretos. Más bien estoy persuadido que su pensamiento se halla aún, en cierta medida, intacto y en posesión de muchos de sus enigmas. Ésta, como puede advertirse ya, desde un principio, es sólo una interpretación más y por ello está cargada.

Nosotros somos "sólo los intérpretes de interpretaciones", decía Montaigne que se hacía eco de la descripción que daba Platón del rapsoda como èrmeneon èrmenen en el Ión. No le faltaba razón a Montaigne. La Atenas del siglo V había concebido la preeminencia del hombre y le había dado expresión. Este momento marcó el cenit de su genio secular en las realizaciones filosóficas, poéticas y políticas. La supremacía ateniense era un lugar común tanto para Kant como para Schelling, tanto para Shelley y Hölderlin como para Nietzsche.

Un enorme movimiento espiritual, desde el idealismo alemán, los movimientos románticos, hasta la mitografía freudiana de la vida psíquica (con sus raíces en Rousseau, Kant y el mismo Nietzsche) son, en definitiva, activas meditaciones sobre Atenas. "Sage ist Athen?" ("Dime, ¿dónde está Atenas?") preguntaba Hölderlin en su himno Der Archipelagus. Renan respondió que Atenas se hallaba oculta dentro del hombre moderno y que el mundo sólo se salvaría cuando retornara al Partenón y rompiera sus vínculos con la barbarie.

El sentimiento barroco y neoclásico habían situado el corazón del "milagro griego" en la épica homérica, en la perdurable capacidad de Homero para instruir al hombre civil en las artes de la guerra y el orden doméstico. El siglo XIX identificó la esencia del helenismo con la tragedia ateniense. Los motivos de esta identificación van mucho más allá de las preferencias estéticas y didácticas. Los grandes sistemas filosóficos a partir de la revolución francesa fueron, sin duda, sistemas trágicos. Pusieron en metáforas la premisa teológica de la caída del hombre.

Las metáforas son varias, los conceptos fichteanos y hegelianos de autoalienación, el diagnóstico de Schopenhauer sobre la conducta humana regida por la voluntad coercitiva, y el análisis nietzscheano de la decadencia, la versión freudiana del advenimiento de la neurosis y de la desazón después del crimen edípico original; la ontología heideggeriana de una caída respecto de la primigenia verdad del ser. Como quiera que sea, filosofar después de Rousseau y Kant, encontrar un medio conceptual para expresar la condición psíquica, social e histórica del hombre consiste en pensar "trágicamente". Es encontrar en la obra trágica, como Nietzsche encontró en Tristán, el "opus metaphisicum par excellence".

Esto significa que el discurso filosófico formal, desde Kant, Nietzsche y Heidegger, implica o articula una teoría del efecto trágico y que, casi instintivamente, recurre a pasajes de la tragedia para dar decisivas ilustraciones. Los puntos de referencia están expuestos en la famosa Décima carta de Schelling, donde nos dice que la tragedia griega "honra la libertad humana por cuanto hace que sus héroes luchen contra la fuerza superior del destino". "Las exigencias y limitaciones del arte" piden la derrota del hombre en su lucha, aun cuando la culpabilidad que acarrea la derrota esté rigurosamente dispuesta por el destino. El fatum en la tragedia griega es un poder invisible, inaccesible a las fuerzas naturales y ejerce su imperativo hasta sobre los dioses. Pero la derrota del hombre cristaliza su libertad, su lúcida compulsión a obrar polémicamente, lo cual determina la sustancia de su yo, la materia de la cual está hecho:


"La tragedia, decía en su día Hölderlin, es la más rigurosa de todas las formas poéticas, hecha enteramente para que, en ausencia de toda ornamentación, mediante tonos casi únicamente graves, de los cuales cada uno constituye por sí un todo propio, progrese en un movimiento armónico exponiendo, desde este decidido rechazo de todo lo accidental, el ideal de un todo viviente de una manera tan concisa, completa y rica como posible".
Para el romanticismo, la tragedia simbolizaría lo originario en un proceso en el que se insinúa la unidad a través de la contradicción y la destrucción de lo particular. Lo que hace del mundo un devenir incesante es la urgencia que esta unidad sufriente experimenta de continuo de salir de sí misma, de exteriorizarse. Como quiera que sea, hemos de decir que a cada momento recordamos aquellos datos sobre las disertaciones que Nietzsche hiciera sobre Homero, sobre el drama musical griego y sobre Sócrates y la tragedia, el destronamiento de un santón filosófico que había ocupado el pedestal filosófico sin que nadie lo atacara.

La tesis de Nietzsche señala que la tragedia griega había sido grandiosa, sobre todo en sus orígenes, pues procedía de la música y de la danza coral. Entonces no imperaba el drama: no la acción, sino el pathos, la pasión. El carácter de la tragedia era lírico musical, las figuras se incorporaban como nobles esculturas. Después, en este drama musical había penetrado el diálogo, con él la razón calculadora y especuladora y Sócrates como su precursor más peligrosos con su optimismo de la virtud y su dialéctica. Entonces la tragedia, profundamente pesimista, murió a causa de su optimismo. No pretendo señalar qué fue la tragedia para Nietzsche. Mi ambición es menor, yo sólo me ocuparé de intentar explicar por qué eligió Nietzsche unas figuras míticas para expresar su pathos sobre la tragedia.

Pienso que estas figuras míticas tienen que ver con la concepción del sujeto, es decir, de un sujeto soberano, de ese "sujeto que ha sido hasta ahora en la tierra el mejor dogma" (Genealogía de la moral), del "yo" del que el genio de Basilea dijera "que vemos exactamente tan lejos como el prejuicio de la razón nos obliga, la unidad, la identidad, la duración, la sustancia, la causa, la materialidad, el ser, y en cierto modo nos inserta en el error, nos hace necesario el error; porque a base de una verificación rigurosa, estamos en nuestro interior seguros de que aquí está el error". (El ocaso de los ídolos)

Ya Crescenciano Grave nos dice en El pensamiento y lo trágico que "trágico significa, en primer lugar, la afirmación simultánea del ser y del devenir… Trágico significa en segundo lugar, igualar el querer con el crear", para rematar señalando que "La verdad de un pensamiento está en función de las fuerzas que la determinan: el pensar acontece sólo como esta determinación de fuerzas y lo que busca aclarar es esa misma determinación que lo fuerza a pensar". Juliana González, en un espléndido ensayo sobre Nietzsche, nos señala que la tragedia griega en Nietzsche "expresa… la síntesis radical de los dos grandes opuestos: Dionisos, concebido como 'el Fondo último y abismal de la existencia'… y Apolo: la bella forma de la representación y la ensoñación; 'principio de individuación' y símbolo del mundo de la apariencia" para finalmente apuntar con palabras de Nietzsche que: "Seguimos el drama y penetramos en el tumultuoso mundo de sus motivos, pero así y todo, sentimos que lo que pasa ante nosotros no es más que una imagen simbólica, cuya más profunda significación casi adivinamos; entonces anhelamos rasgar el velo para que se revele la imagen original que está detrás".

Con estas dos ideas de principio, intentaremos bordar sobre la naturaleza de estas dos figuras míticas. En primer lugar tenemos que advertir que la idea de naturaleza dionisíaca en Nietzsche supone la erupción de pulsiones no mediadas que rebasan toda idea de subjetividad conmensurable o racionalizada. La función disolutiva que Nietzsche le adjudica a la naturaleza tiene por objeto proponer una imagen del mundo intraducible a la autorrepresentación estable y contenida del sujeto. La naturaleza no puede, en su versión dionisíaca, construir el fundamento de la subjetividad porque su irrefrenable extroversión no da lugar ni tiempo para la representación clara y ordenada de un yo. Pero también imposibilita esta operación porque al no ser jerarquizables las expresiones de dicha naturaleza, no puede postularse la unidad de la conciencia cuya prueba era, precisamente, su capacidad para ordenar el mundo y proveerle jerarquía. Ya no es la "iluminación externa" platónica, según la figura arquetípica del ojo alcanzando un objeto con un rayo de luz exploratorio. Una y otra vez el impulso hacia la contemplación objetiva, el análisis lógico, la clasificación científica, todo lo que nos separa y empuja al intelecto occidental. San Agustín, el Lutero tardío, e incluso Kierkeggard, el psicólogo o "el caballero de la fe", todos sucumben ante eso. Este espíritu conceptualizador lo va alejando todo lentamente de lo genuinamente ontológico, llevándolos hacia lo meramente teorético; de la inmersión en el ser hacia el diagnóstico técnico del concepto de la existencia.

Pero para Nietzsche la naturaleza no es sólo dionisíaca sino también apolínea: en lugar de representaciones en sentido metafísico, lo que tenemos con Nietzsche son transfiguraciones singulares de energía. La individuación apolínea no está hecha de representaciones que reflejan el mundo, ni se deduce de un orden superior que le preceda. Siempre es acto, escenificación posible y provisoria que a la larga queda reabsorbida por el fondo disolvente de la naturaleza dionisíaca. Este acontecer singular burla fugazmente al caos dionisíaco, y en este burlar nos hacemos figurables como individuos.

No es más que un acontecer. No existe ni como evolución de una idea universal del sujeto ni como el despliegue de una sustancia oculta o esencial. Como tampoco esa inclinación hacia ese "ver", ese "observar". De allí que entre individuación (como figuración apolínea) e individualidad (a imagen de un concepto) hay más que una diferencia retórica. La individuación es siempre un triunfo precario y provisorio contra un fondo disolvente que es el caos natural: "Es preciso, dice Zaratustra, tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina". Fatalidad o juego, según la perspectiva que se asuma, la individuación no condensa en una sustancia. Es incesante metamorfosis, irrepresentable por su continuo movimiento. No puede constituir un yo porque su propio metabolismo niega la estabilidad requerida para ello. Su plasticidad es su defensa pero también su imposibilidad para perpetuarse.

En contraste con la idea de interioridad sustancial, la individuación está expuesta al vacío sin fondo, del mismo modo como burla ese vacío transfigurándose en relato. Sólo así se entiende el relato como recreación y no como sustancia. Potencia de la paradoja: para que se produzca la afirmación de lo singular o de la diferencia debe darse este juego en que el vacío se conjura con el relato. A diferencia de la individualidad que se funda en una sucesión de puntos continuos, la individuación es movimiento, recreación, creatividad incesante que imprime forma al caos. Lo singular se juega en esta plasticidad de pulsiones que se congregan en torno a ciertos acontecimientos. La diferencia opuesta a la identidad, aparece como una secuencia de actos de diferenciación; configuración singularizante de fuerzas que logran levantar un relato y burlar con ello la eterna repetición de lo mismo; figuraciones que asumen su provisionalidad y que en esa provisionalidad logran sustraerse a la succión de lo indiferenciado.

El tránsito de lo apolíneo a lo dionisíaco es imposible de prescribir ni de atesorarse. La contradicción se refleja en la oposición. Como señala Deleuze: 
 "Apolo diviniza el principio de individuación, construye la apariencia de la apariencia, la hermosa apariencia, el sueño o la imagen plástica, y de este modo se libera del sufrimiento (…) Dionisos, en cambio, retorna a la unidad primitiva, destroza al individuo, lo arrastra al gran naufragio y lo absorbe en el ser original: de esta manera reproduce la contradicción como dolor de la individuación, pero los resuelve en un placer superior, haciéndolos participar en la sobreabundancia del ser único o del querer universal".
Si Nietzsche apela a esas figuras de la mitología es porque desde allí pretende resistir toda definición esencialista y dejar al sujeto vibrando en un estado cuya máxima tersura viene dada por su máxima precariedad: precariedad en que el ser se da con toda fuerza de una epifanía y toda la debilidad de una mera apariencia. Entiéndase por epifanía esa certeza palpable en la cual desaparece el divorcio entre la esencia y la apariencia, entre lo atemporal y lo contingente, entre lo ideal y lo sensible. La epifanía es la fuerza de la presencia, la percepción como revelación, es decir, intensificación de lo sensible en los éxtasis de la sensibilidad, de lo contingente en la plenitud del instante, y de lo aparente en la inmensa creatividad de las figuraciones apolíneas. 
"Dionisos y Apolo no se oponen pues como términos de una contradicción, sino más bien como dos modos antitéticos de resolverla: Apolo, mediatamente, en la contemplación de la imagen plástica; Dionisos, inmediatamente, en la reproducción, en el símbolo musical de la voluntad". 
 Así lo señalaba el mismo Nietzsche:

"En el fondo, sólo me he esforzado en adivinar por qué lo apolíneo griego ha tenido que surgir de un subsuelo dionisíaco; en por qué el griego dionisíaco ha tenido necesariamente que convertirse en apolíneo".
Todo ello, al punto que en estas superficies y no detrás de ellas, se juega lo inconmensurable del tiempo, el misterio del ser, la riqueza de lo humano. El ser se da como cascada: condenado a no sedimentar pero liberado del trabajo de fundamentar una representación "válida" de sí mismo. Tiene una dimensión poiética en cuanto lo apolíneo transfigura las fuerzas de la naturaleza en creaciones del arte. En este punto no habría que olvidar que para Nietzsche el acto del conocimiento, siguiendo a Spinoza, comprendía también un acto de risa, un acto de duelo y un acto de maldición. Para él el acto de conocer comprendía de manera inconsciente esa mezcla de estados anímicos. El conocimiento y el amor, por ejemplo, resultaban de una confrontación en el campo de batalla del inconsciente; en ese campo intervenían nuestras facultades de despreciar y de ridiculizar, de acoger bien, de estimar y de experimentar dolor. Exactamente como lo experimentaban Zaratustra y Dionisos. No es mediación sino develamiento: la experiencia que se da como inédita, la forma como creación, el fenómeno como epifanía (como fuerza de la presencia).

Contra la dialéctica platónica que hace de la reminiscencia el hilo de Ariadna que permite salir del laberinto del mundo sensible al mundo de las ideas, se levanta el flujo heracliteano que sitúa en la caída, y no en la perdurabilidad ni en el ascenso, el arte de transfigurar. Así pues, podemos decir que Nietzsche elige el Olimpo porque éste supera en belleza al mundo de las ideas de Platón. Oponer los dioses griegos al Dios santo no es sólo un ejercicio narrativo. Lo que más le interesa a Nietzsche es contrastar la autocomprensión que se revela precisamente en el tipo de dios que cada cultura postula. Importa la diferencia entre una cultura que elige reflejarse en dioses poblados de fisuras y otra que elige someterse a un Dios que se plantea como modelo normativo de consistencia. Importa contrastar una cultura de perspectivas plurales con otra cultura logocentrada que sólo admite una interpretación legítima para el Verbo.

El Olimpo irrumpe aquí como imagen divinizada del perspectivismo. El componente errático, pasional, pulsional o irracional en el comportamiento de los dioses que lo habitan muestra, como virtud, este valor de exponerse a cambios de perspectiva y, en consecuencia, a la propia falta de unidad. Representa con ello, una tragedia pero también un triunfo: la victoria sobre el propio miedo a la inconsistencia, la aceptación de la contradicción y la fisura. Opone al cálculo lo que la razón conmensuradora más rehuye, a saber, este vaivén de pérdidas y fugas de energías. Pero a cambio cosecha incesante expresividad y autorrecreación. La reinterpretación del Olimpo también supone una crítica y un desprendimiento respecto de la moral cristiana. Nietzsche quiere obrar él mismo como Apolo frente a nosotros: pluraliza a los dioses para relativizar aquel Dios que monopoliza nuestra lectura del mundo. Ver otros dioses no sólo es el comienzo para poner el nuestro en perspectiva: también es el comienzo para preguntar por nuestra pertenencia a una cultura y a un tipo de subjetividad que ha llegado a regirse por ese Dios único.

Con la inocencia helénica que Nietzsche reivindica para una era postmoral, busca recuperar dos experiencias reprimidas por la era moral-metafísica: la experiencia en la que el sujeto "suelta" su identidad, renuncia a la espesura de su propia subjetividad para experimentar la vorágine de una biografía que reconoce como ser en el devenir y la experiencia de apertura a una autorrecreación incesante dentro de la propia biografía. La inocencia del devenir radica en la aceptación de estos extremos, del movimiento que permite desplazarse entre antípodas. La riqueza de la vida, para el filósofo, radica en la potencia para conjurar y conjugar estos extremos mediante infinitud de combinaciones: desidentidad y singularidad. Por ello va y vuelve del Olimpo. En los dioses del Olimpo, como dijera en El nacimiento de la tragedia,

  "(...) habla una religión de la vida, no del deber, o de la ascética, o de la espiritualidad; todas estas figuras respiran el triunfo de la existencia, un exuberante sentimiento de vida acompaña a su culto (…) comparada con la seriedad, santidad y rigor de otras religiones, corre la griega peligro de ser infravalorada como si se tratase de un jugueteo fantasmagórico".
La crítica a la moral cristiana permite hacer ver que no hay un solo modo de vivir el misterio. El Olimpo no sólo abarca experiencias extremas sino también alienta las formas inagotables en que tales experiencias pueden combinarse. Lo que se valora no es la persistencia de una combinación sino su poder de transfiguración y recreación. La voluntad de poder entendida positivamente, como voluntad afirmativa, podrá entonces medirse según como elijamos reflejarnos en nuestros propios dioses y fantasías.
"En sí, la concepción de los dioses no tiene que llevar necesariamente a esa depravación de la fantasía (…) hay formas más nobles de servirse de la ficción poética de los dioses que para esta autocrucifixión y autoenvilecimiento del hombre (…) ¡esto es cosa que, por fortuna, aún puede inferirse de toda mirada dirigida a los dioses griegos (…) en los que el animal se sentía divinizado en el hombre y no se devoraba a sí mismo, no se enfurecía contra sí mismo!".
El conjunto de los dioses del Olimpo sugiere una existencia contradictoria y poblada de emociones erráticas, pero esto no es sino un "dato" (factum) del devenir: devenir que no sólo transfigura a sus personajes sino también la mirada que los resignifica. De allí que la moral helénica -si a esto puede seguirse llamando moral- enseña a vivir en la mezcla de lo humano, asumir el carácter espurio de la realidad en que somos buenos y malos, veraces y mentirosos, humanos, demasiado humanos. Así planteadas las cosas, la crítica reaparece con fuerza a la luz del Olimpo: el socratismo y el cristianismo constituyen, desde este punto de vista, los cimientos valóricos sobre los cuales pudo construirse un modelo de sujeto al que se le ahorran el pluralismo de la experimentación. Desde el Olimpo se muestra la mezquindad de la moral respecto de la experimentación y la diversidad, y la máscara de virtud con que dicha mezquindad se disimula.

El recurso del Olimpo diversifica, en suma, el blanco de la crítica: la extroversión del dolor impugna la interiorización de la culpa perpetua; el juego del devenir socava la unidad del sujeto que porta la culpa; la afirmación de la transfiguración desenmascara el miedo a la experimentación tras la careta de la virtud. Dionisos y Apolo no son más que metáforas para un tiempo en que el héroe trágico puede reaparecer en su singularidad, pero liberado del signo de su fatalidad.

05 febrero 2012

A media luz: NO TODO VA A SER LA AMBICIÓN

Por Javier Astasio



Menos mal que, al final, se impuso el sentido común. Menos mal que el marketing y la presunta buena imagen de Carmen Chacón no han pasado por encima de la sensatez del "hombre tranquilo".

Yo no soy militante del PSOE, pero os juro que llegué a asustarme con la actitud de alguien que se dirigía a sus compañeros a gritos. Creo que el discurso de Chacón ha sido populista y oportunista en exceso. También creo que le ha podido la ambición y que no ha medido bien sus fuerzas.

Por segunda vez se ha quedado con la cara de niña sin Barbie el día de Reyes. Siento mucho tener que decirlo, pero creo que le falta temple y que no ha medido bien sus fuerzas. Ha hecho mal en recoger —sibilinamente eso sí— fragmentos del discurso que el PP elaboró contra  Rubalcaba, asociándole, incluso, con el pasado. Y eso no es justo, porque, si ella, que ha tocado poder prácticamente, desde que era una adolescente, no lleva tanto tiempo como Rubalcaba en gobiernos y ejecutivas, ha sido, simplemente, por una cuestión de edad.

La prensa ha reforzado esa dicotomía de pasado y futuro y creo que lo ha hecho injustamente, porque en los equipos de uno y otro hay gente del aparato y hay gente que ha estado ya en el Gobierno.

Otra cosa. Fue obscena la actitud de la candidata tratando de hacerse perdonar su catalanidad. Menos mal que los abuelos sólo son y sólo pueden ser cuatro, porque, si no, Carme Chacón hubiese encontrado diecinueve, uno para cada comunidad autónoma y otros dos para Ceuta y Melilla. Fue demasiado evidente y no hay nada peor que descubrir la trama de una pieza de teatro antes de que concluya. Es penoso.

Ya hay quien está hablando de Chacón como futura candidata a La Moncloa. Creo que se ha estrellado por dos veces y las dos veces se la ha visto demasiado "afectada". Le pasa a mucha gente: los triunfos que corresponden a cada vida le llegan demasiado pronto y demasiado juntos y no se acostumbran a levantarse tras las derrotas. La ambición, señora exministra, es importante, pero no todo va a ser la ambición Estoy convencido de que Rubalcaba lo hará bien y de que no dejará su partido en manos de un secretario general tan siniestro como algunos que hemos conocido recientemente. Esperemos que le vaya bien a Rubalcaba, porque le irá bien al PSOE, a la izquierda y a los españoles. Con un poco de suerte, tendrá la posibilidad de ponerles el cascabel a los obispos.

Publicado por a las 01:11