12 febrero 2015

Alonso Quijano El héroe olvidado de la tragedia quijotesca

Cuando se habla de la inmortal obra de Miguel de Cervantes, pensamos siempre en la estrafalaria figura de un hidalgo manchego capaz de realizar las acciones más inverosímiles y sorprendentes. Sin embargo, el lector no puede olvidar que el relato de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha ofrece dos biografías distintas, aunque éstas se hallen vividas o interpretadas por una misma persona. Hay que hablar de dos personajes de mentalidad y formas de vida muy distintas. En primero lugar, tenemos al hidalgo bueno y culto Alonso Quijano y en segundo lugar al caballero andante, buscador de aventuras, don Quijote de la Mancha. De don Quijote sabemos mucho, pero...
 


 


Don Quijote. Discurso de la Edad Dorada

 
¿Qué sabemos de Alonso Quijano? No es fácil contestar a la pregunta. Para poder dar una respuesta satisfactoria tenemos que organizar laboriosamente todo el material disponible. Cuando el lector realiza este trabajo, éste descubre con sorpresa un hecho incuestionable. Casi toda la información que poseemos del hidalgo manchego la tenemos en las dos primeras páginas del libro. Aparte de esto, encontramos datos sueltos que se van intercalando a lo largo de toda la obra como breves cuñas explicativas de la existencia de Alonso Quijano. Así sabemos que de joven tuvo problemas físicos muy serios, que era una persona que sentía una fuerte atracción por el mundo de la farándula, que tenía por lo menos una hermana, etc., y pocos datos más. Pero, ¿qué puede deducir el lector de todo esto? Algo muy importante. Si el narrador omnisciente es capaz de ofrecernos detalles tan particulares de la vida del hidalgo, igualmente podría informarnos sobre aspectos mucho más importantes y centrales de su existencia. Los datos que no nos ofrece, —el pasado familiar, los años de niñez y mocedad, etc.—, deben ser considerados como una ocultación informativa consciente y voluntaria. Parece que al autor sólo le interesa la vida y la acción de don Quijote, marginando, si no despreciando, olímpicamente la existencia de Alonso Quijano. Volveremos sobre este punto más adelante, cuando tengamos las razones suficientes para poder explicar este hecho tan sorprendente.
 
¿Qué significa este desfase informativo si hay, como se ha dicho, una voluntad clara tanto en la comunicación como en la ocultación? En primer lugar, la vida de Alonso Quijano debe interpretarse como una existencia sin la suficiente garra o interés para ser objeto de escritura. Por eso, en unas cuantas líneas se despachan cincuenta años de existencia. Inversamente, la corta vida de don Quijote, ya se reduzca ésta a unos dos meses, como quieren algunos críticos, o se amplíe a un año, como proponen otros estudiosos, acapara toda la atención del narrador y, por tanto, abarca todo el espacio del relato. Por estas simples consideraciones cabe afirmar que Alonso Quijano como experiencia vital no interesa. La novela se centra y valora la vida y la acción de don Quijote de la Mancha. Alonso Quijano se subordina a don Quijote de la Mancha. En el relato interesa el caballero andante y no el hidalgo de gotera. Sin embargo, es imposible querer entender la personalidad de don Quijote si previamente no se analiza la psicología y la acción de Alonso Quijano. Para llegar a don Quijote hay que pasar por los espacios existenciales del hidalgo manchego.
 
Asumamos este criterio e intentemos analizar la vida y la obra de Alonso Quijano para llegar a entender las claves emocionales de don Quijote de la Mancha. ¿Es posible realizar esta empresa con los datos que nos ofrece el texto? Como se ha dicho con anterioridad, éstos no sobrepasan unas cuantas líneas. Poco material para un intento tan ambicioso. Asumimos el riesgo conscientes de que en ocasiones es tan importante lo que se silencia como lo que se afirma. Por eso, entre asertos y ocultaciones intentemos dar respuesta al plan proyectado.
Como se afirmaba al principio de este trabajo, la historia de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha es la superposición de dos vidas distintas encarnadas por una misma persona, se llame ésta Alonso Quijano o don Quijote de la Mancha. Dicha historia abarca los cincuenta años de existencia de nuestro protagonista. Sin embargo, el noventa por ciento del tiempo narrado corresponde al hidalgo Alonso Quijano y no llega a un diez por cierto el tiempo de vida que corresponde al caballero don Quijote. Sorpresivamente, esos cincuenta años de existencia de Alonso Quijano se reducen en la obra propiamente a un par de páginas y los meses de vida protagonizados por don Quijote acaparan casi el cien por cien de la extensión de la novela. Sorpresivamente se encuentra el lector que la existencia del hidalgo queda ninguneada a pesar de novelarse medio siglo de su vida mientras los pocos meses de actividad caballeresca de don Quijote merecen cientos de páginas de escritura, propiamente toda la novela.
 

 
Después de todas estas consideraciones, se impone nuevamente la pregunta inicial. ¿Qué sabemos de Alonso Quijano? Según los datos que nos ofrece el narrador o narradores del primer relato o primer Quijote, Alonso Quijano era un hidalgo medio de un pueblo perdido de La Mancha. Tenía más o menos cincuenta años. Era, a su vez, una persona querida y admirada por todos sus coterráneos por su bondad y por su sabiduría. Por lo que sabemos, sus medios económicos sólo le permitían llevar una vida digna, aunque sujeta a ciertas estrecheces económicas. Las escasas rentas que podía sacar de su pequeña hacienda sólo le daban para comer con suficiencia pero sin excesos y para vestir con dignidad pero sin lujos. Como hidalgo de la España del S. XVI o principios del S. XVII no trabajaba, simplemente porque el trabajo significaba la descalificación del prestigio y del rango que implicaba el título de hidalguía. Por otro lado, poco trabajo le podía ocasionar una hacienda tan reducida y parca como era la de nuestro hidalgo. Con el ama, la sobrina y “un mozo de campo y plaza” podía cubrir perfectamente las necesidades de la tierra y de la casa.
 
¿Cómo podía ser la vida de este hidalgo con esa pequeña propiedad y en un pueblo perdido de La Mancha? ¿Cómo podía llenar las horas del día y los días del mes? Para responder a esta pregunta seguimos al pie de la letra las pistas que nos ofrece el propio relato. La administración de la hacienda tenía que ser una tarea sencilla en el tiempo. Poco tenía que dirigir y cuidar donde casi no había qué administrar. En casa no hacía labor ninguna, porque para ello estaban las otras personas de la casa. ¿La caza podía funcionar como paliativo de este estado de inactividad? Es verdad que en ciertas épocas, no muy lejanas, dedicaba horas del día a la caza con su “galgo corredor”. Pero sus condiciones físicas y psicológicas no eran las apropiadas para grandes y continuados ejercicios corporales. De joven experimentó ciertas molestias renales, lo que le impediría toda acción física, incluida la caza. Por otra parte, su edad, “frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”, no era la más idónea para llevar a cabo actividades cinegéticas. De todo esto se deduce que no era una persona ni con aptitudes ni con demasiada inclinación hacia la actividad física. Por otra parte, la administración de su hacienda le debía exigir muy poco tiempo de su dedicación diaria. Podía dedicar parte del día a la plática con sus amigos el cura y el barbero, ya que a lo largo de la obra se nos presenta como un perfecto y consumado dialogador. ¿Cuántas horas del día podía dedicar al trato con sus amigos? Pensemos que unas horas como mucho. Otros ratos los tenía que dedicar a la lectura, ya que en los momentos lúcidos se nos presenta como hombre de profundos y muy amplios conocimientos. Es decir, según lo que se puede deducir de lo que nos comunica el propio relato, los únicos pasatiempos reales que tenía el hidalgo eran la lectura y la plática con sus amigos.
 
Alonso Quijano en la vida real y diaria no tenía nada que hacer; y si algo hacía, eso era bien poco: lecturas, pláticas y una corta actividad administrativa. La característica vital de Alonso Quijano en esas circunstancias que presentaba su vida a los cincuenta años era una casi total inactividad que le tenía que llevar a una monotonía brutal. La vida de Alonso Quijano en esa aldea perdida de La Mancha debía ser de una uniformidad completa y de un aburrimiento insufrible.

 
Si ésta era la vida del presente existencial de Alonso Quijano, ¿qué nos ofrecía su pasado? Una vida a los cincuenta años con una experiencia rica en vivencias y en recuerdos del pasado podría funcionar como razón compensatoria a una existencia tranquila y sosegada en época de madurez. Para probar y profundizar en esta idea es necesario estudiar el pasado del hidalgo para poder comprender mejor su presente en esa edad de clara decadencia física. El texto nos revela que Alonso Quijano era una persona sin acción y sin aventuras ni el presente ni en el pasado.
 
La impresión que puede sacar el lector de los parcos pero interesantes apuntes que ofrece el relato es que nuestro hidalgo nunca había salido de su comarca. Cuando el caballero se lanza al mundo de aventuras, después de un día de camino sobre los débiles lomos de Rocinante, Don Quijote miraba “a todas partes por ver si descubriría algún castillo o alguna majada de pastores donde recogerse y adonde pudiese remediar su mucha necesidad” (I-II).

 ¿Qué significa esta frase? Sencillamente, Don Quijote desconocía el lugar. La acción previa a la salida y la propia salida revelan un conocimiento exacto del lugar. No hay dudas en su acción. Don Quijote muestra una total seguridad. Sin embargo, cuando, después de caminar unas cuantas millas, otea el horizonte para comprobar si en el camino existen majadas o castillos demuestra que ese lugar le resultaba desconocido. Alonso Quijano nunca pudo estar en esos parajes, porque de otra forma el lugar le resultaría conocido. ¿A qué distancia se podía encontrar de su lugar? Haciendo un cálculo aproximado, se puede afirmar que como máximo a unos treinta kilómetros. No parece lógico pensar en una distancia superior. ¿Qué distancia mayor podría recorrer en un día el famélico y viejo Rocinante? Por otro lado, la carretera que toma el hidalgo manchego es equiparable a una de nuestras autopistas o carreteras nacionales actuales. ¿Sería y es con pocos cambios la nacional que va de La Mancha a Andalucía a través de Sierra Morena? El desconocimiento completo que ofrece Don Quijote en una carretera tan importante y en una distancia tan reducida nos revela un hecho palpable: el héroe cervantino no había salido nunca de su lugar o de su comarca. Sólo había podido llegar al Toboso, “un lugar cerca del suyo”, donde tuvo lugar ese supuesto encuentro con la mujer de sus sueños y de sus delirios. Si ha permanecido en casa a lo largo de sus cincuenta años de existencia, con excepcionales salidas a lugares cercanos de su hacienda, cabe deducir que la inexistencia de acción y de experiencias en el caso de nuestro hidalgo era total. La quietud emocional y el sosiego vital eran las características de su vida.
 
¿Qué podemos deducir de la vida sentimental de Alonso Quijano? Una existencia sin grandes aventuras de acción pero rica en experiencias emocionales podía representar una vida llena de alicientes, cuyos recuerdos dieran sentido y razón a un vivir tranquilo y sosegado. ¿Éste era el caso de Alonso Quijano? De la propia obra se pueden colegir todos los datos necesarios para proponer la radiografía sentimental de nuestro hidalgo.

El resultado de una lectura medianamente atenta sobre el apartado de los amores de nuestro personaje es tan sorprendente como dramático. Alonso Quijano, hidalgo de cincuenta años, no ha conocido mujer. Es decir, la vida sentimental del héroe cervantino era tan vacua como su acción aventurera. Cuando decide convertirse en caballero andante y buscaba “una dama de quien enamorarse”, requisito imprescindible de su nueva condición caballeresca, tuvo un gran problema. Pero este dilema no derivaba del excesivo número de candidatas sino de la falta de las mismas. Alonso Quijano a pesar de su edad era un impenitente solterón. Si hubiera tenido alguna aventura amorosa, por pequeña que ésta fuera, la elección hubiera sido fácil o, por lo menos, dicho amor o el personaje de la aventura hubiera estado presente en el momento de la deliberación. En la triste historia del caballero no había propiamente candidatas. Tuvo que optar por una mujer que en el pasado fue moza labradora de muy buen parecer, de quien estuvo enamorado, aunque ella, como nos dice el relato, no se dio cata de ello. Por lo que parece, el amor que profesaba el personaje hacia Aldonza Lorenzo tenía un origen lejano. El propio Don Quijote nos dice que eran como mínimo doce años: “…osaré jurar con verdad que en doce años que ha que la quiero más que a la lumbre de estos ojos…” (I-XXV).
 
¿La realidad de estos amores radicaba en su ocasionalidad o en su permanencia? Es difícil poder llegar a una conclusión definitiva. Lo que se afirma en una parte se niega en otras. Creo que cada lector tiene la última palabra. ¿Fue un amor duradero en el tiempo? No lo podemos afirmar. ¿Fue un amor platónico nacido de la contemplación de la mujer o de las referencias que sobre ella llegaban a los oídos del hidalgo? Tampoco lo podemos decir. Hay razones para defender una tesis como existen pruebas suficientes para sostener el otro punto de vista. Lo único cierto es el sentimiento amoroso que experimentó el hidalgo manchego por esa moza labriega de buen ver, pero de costumbres un tanto disolutas y frívolas.
 
Se puede afirmar que hacia los cuarenta años se debió enamorar platónicamente de esa “moza de buen ver” a pesar de su fama y de su conducta. Sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, más de doce años, no se había atrevido en ocasión alguna a mostrar sus sentimientos a la joven. Es posible que durante ese tiempo dedicara buena parte del día a imaginar lances y situaciones con Aldonza Lorenzo. Por el conducto de la imaginación, representaría el papel de héroe triunfador que lograba alcanzar las metas que se proponía. Lo malo de la situación era que la vivencia descansaba en los espacios del ensueño y de la evocación. La imaginación suplantaba la realidad. Don quijote era muy dado al ensueño y a la fantasía. Este dato queda perfectamente explicado a partir de esa querencia natural que el hidalgo sentía por la farándula y por la ficción literaria.
 
Los amores de Alonso Quijano revelan una personalidad un tanto patológica. Si Alonso Quijano vivía ensimismado en sus amores sin dar a conocer dichos sentimientos a la persona amada era simplemente por su timidez un tanto enfermiza. Este dato implica la imposibilidad de propiciar un encuentro con la mujer amada para la comunicación de sus sentimientos. Si no se atrevía a establecer una simple relación dialogal, mucho menos se atrevería a proponer una relación más profunda con la persona de la que estaba enamorado. Alonso Quijano era un solterón irredento a causa de una timidez en grado patológico. Si esto era así, cabe concluir esta breve exposición afirmando que la vida sentimental del hidalgo manchego se caracterizaba por su pobreza absoluta y por su vacío total.
 
Por lo tanto, la vida de Alonso Quijano en ese pueblo perdido de una región olvidada sin vivencias y sin expectativas se tenía que caracterizar por una monotonía completa, por una vulgaridad total y por un tedio insufrible. En su existencia de hidalgo de aldea no había ni acción, ni amores, ni trabajo, etc. ¿Qué había entonces? Monotonía y aburrimiento. Toda su vida se tenía que reducir a un pasar en la cotidianeidad más completa sin más expectativas que el tedioso discurrir de todos los días. Desde este punto de vista, la existencia del hidalgo manchego, tanto en su pasado como en su presente, tuvo que ser dramática por la falta de expectativas y por la ausencia de recuerdos o experiencias del pasado. Alonso Quijano vivía un presente vacuo sin motivaciones en el pasado y con un futuro tan poco atractivo como desalentador era su presente y tuvo que ser su pasado. Desde este punto de vista, se puede afirmar que la personalidad humana del hidalgo manchego era tan triste como trágica.
 
Si a partir de estas breves pinceladas sobre la vida de Alonso Quijano, ofrecemos un cuadro sinóptico sobre el ser y el estar del hidalgo manchego, llegaríamos a las siguientes conclusiones.
 
  • Alonso Quijano era un hombre bueno y honrado, querido y admirado por sus coterráneos. El cariño que en todo momento mostraban hacia él tanto el cura, el barbero, el bachiller, etc., como el bueno de Sancho, así lo viene a demostrar. Las respuestas que asumen cura, barbero, bachiller, etc., frente a la supuesta locura de Don Quijote son consecuencia de la sincera amistad que profesaban al hidalgo y del fuerte cariño que sentían por él. Alonso Quijano era un hombre querido por todos sus convecinos.
 
  • Alonso Quijano era un intelectual, hombre de letras, de profundos y muchos conocimientos. Los saberes que demuestra a lo largo de toda su vida caballeresca lo certifican. Por otro lado, se puede deducir de la lectura de la obra que Alonso Quijano como hombre de letras fue un autodidacta. Nunca salió de su comarca. No asistió a universidad o centro docente señalado. ¿Qué estudios pudo realizar en la pequeña aldea de donde era natural? Muy pocos y muy rudimentarios. Sin embargo, demuestra unos conocimientos fuera de lo común. Buenos ratos de ocio, que eran muchos en su vida, como nos dice el autor de la narración, tuvo que dedicarlos a la lectura y al cultivo intelectual. A sus cincuenta años, Alonso Quijano es un hombre sabio de amplios y profundos conocimientos.
 
  • Alonso Quijano era un hombre de parco pero de buen vivir. Como se ha dicho con anterioridad, los recursos de la hacienda le daban justamente para una comida suficiente y un vestido digno. Nunca ha pasado hambre ni ha conocido el frío. Si en ningún momento de su vida de caballero andante vive angustiado por la comida es porque nunca ha tenido el más mínimo problema de alimentación. Igualmente, si nunca presenta el más mínimo deseo por los bienes materiales, especialmente los económicos, es porque nunca ha conocido el sabor de su carencia. Sus bienes podían ser escasos, pero eran suficientes para poder llevar una vida digna sin grandes alardes y gastos pero también sin fuertes necesidades. Alonso Quijano vivía feliz en una aproblemática y atractiva medianía económica.

  • Alonso Quijano era un impenitente solterón, caracterizado por su timidez patológica. Los amores platónicos con Aldonza Lorenzo son la mejor prueba de lo expuesto. A sus cincuenta años no ha conocido mujer. Toda su experiencia amatoria se reduce a un casto mirar, si esto es realidad. Ciertas insinuaciones por parte de cierta crítica muy actual sobre la posible homosexualidad de Alonso Quijano rondan la estupidez más completa y demuestran una fuerte miopía crítica. Alonso Quijano era un hombre sin experiencias amorosas debido a una especie de timidez patológica. Lo demuestra ese ir y venir a esa aldea cercana para ver en la distancia, presumiblemente sin ser visto, a la mujer de sus amores: Aldonza Lorenzo.
 
  • Alonso Quijano era una persona carente de experiencias físicas y afectivas. Con un pasado vacuo y con un presente sin alicientes presentaba un futuro sin expectativas. La monotonía y el aburrimiento eran una constante en su existencia. A sus cincuenta años, presentaba un futuro muy poco prometedor. Nuestro hidalgo manchego vivía en la decrepitud de la edad. Como hidalgo, había pasado toda su juventud y madurez en un pequeño pueblo de La Mancha, haciendo dejación de la costumbre habitual de los hidalgos: el ejército, las Américas, etc. La vida aventurera propia de los hidalgos españoles de la época fue suplantada en el caso del hidalgo manchego por una medianía vital sin alicientes ni expectativas. La mediocridad era el valor que mejor define la vida de Alonso Quijano.
 
  • Alonso Quijano era un hombre soñador e imaginativo. A falta de vivencias, lo único que tenía el buen hidalgo era su imaginación. Era una persona con fuerte tendencia hacia la fantasía. La inclinación que había sentido siempre, especialmente en sus años de mocedad, hacia el mundo de la farándula, demostraba esta tendencia hacia lo irreal y lo fantasioso. Nuevamente los amores utópicos y atípicos con Aldonza confirmaban este carácter fantasioso e imaginativo de nuestro personaje. La más que probable falta de experiencias vitales era compensada por la fuerza de la fantasía y de la imaginación.
 
  • Alonso Quijano, persona imaginativa, en medio del aburrimiento y de la inactividad, se dejaba llevar por la fantasía y por la imaginación. La edad del hidalgo, “frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años”, era problemática, ya que el hombre debió tomar conciencia de su declive físico y de su cercana decrepitud. En el caso de Alonso Quijano, finales del S. XVI, habría que hablar de un estado de clara decadencia física. En estos momentos y en estas circunstancias, Alonso Quijano daba rienda suelta a su fantasía para colmar por la vía de la ensueño y de la fantasía las carencias existenciales que presentaba. El punto de referencia lo encontraba en los libros de caballerías, donde la valentía y la fortaleza de unos jóvenes caballeros hacían posible las más extraordinarias aventuras en nombre del amor y de la justicia. Es decir, los libros de caballerías formaban un género de ficción donde el amor y las aventuras físicas eran el cuerpo de sus contenidos. Es lógico que Alonso Quijano se dejara arrastrar por este tipo de literatura de evasión, que llenaba con creces las necesidades espirituales y emocionales de su vacío corazón. La ficción le ofrecía lo que no le aportaba la realidad. Por eso, vive cada vez más ensimismado en los mundos ficticios de la literatura hasta llegar a identificar la poesía con la realidad.

 
 

09 febrero 2015

El auge de la crueldad

Por Luis Goytisolo


Visualizar la barbarie en directo siempre ha gozado de gran predicamento; lo nuevo es que ahora se ofrece estés donde estés y al momento. Quemar a un rehén y las degollinas del Califato intensifican el efecto contagio

Casi podría decirse que la crueldad está ya en el principio. Es decir: como por encima de los orígenes de la humanidad, en ese tiempo anterior al que se refieren la mayor parte de las creencias religiosas: dioses que devoran a sus hijos, o que destruyen ciudades por la conducta lasciva de sus habitantes, o que castigan a toda la especie humana porque alguien se comió una manzana. De ahí que la imagen que tenemos de las antiguas civilizaciones esté indefectiblemente teñida asimismo de crueldad: sus guerras, sus conquistas, la propia vida cotidiana. Una imagen siempre vinculada, a modo de inevitable contrapartida, a la expansión y el esplendor de absolutamente todos los imperios.
Su brusca reaparición, tras varias décadas de buenismo que la daba poco menos que por extinguida, no supone de hecho una novedad ni a nivel individual ni colectivo, trátese de la ejecución de prisioneros, rehenes o como se quiera llamarles, o del típico crimen pasional fruto de los celos o el despecho. Lo que sí ha cambiado, lo único que ha cambiado, es su percepción por parte de la sociedad. Y es que desde los asesinatos cometidos por miembros del Califato o por las milicias enfrentadas del ámbito islámico hasta la reconstrucción del asesinato de una mujer a manos de alguien que por lo general tenía ya antecedentes, la televisión y demás pantallas grandes y pequeñas hoy nos informan de los hechos al momento. Esto es lo realmente nuevo: estés donde estés y al momento.
Visualizar la crueldad lo más en directo posible es algo que siempre ha gozado de gran predicamento. Si en la Antigüedad constituía un espectáculo de circo, a lo largo de los 1.000 años de Edad Media la quema de brujas y herejes y demás suplicios públicos fueron un espectáculo de lo más reconfortante por lo que tenían de acatamiento a las leyes divinas y humanas. Una práctica que se prolongó desde el Renacimiento hasta el Siglo de las Luces, cuando la posesión de un libro prohibido podía conducir a su portador directamente a la hoguera. Las principales plazas públicas de ciudades como París, Londres o Madrid se convertían entonces en atestados anfiteatros de un ritual que convocaba tanto al bajo pueblo como a nobles y miembros de la realeza.
Sólo en el curso del siglo XIX la reiterada argumentación de pensadores e ideólogos consiguió erradicar paulatinamente tales hábitos, según se imponía en las conciencias su carácter inhumano. De ahí que en el curso de la primera mitad del siglo XX, probablemente el periodo más sangriento de la historia de la humanidad, las atrocidades cometidas durante las dos guerras mundiales, no menos que durante las revoluciones de diverso signo, fueran en lo posible silenciadas. Y, alcanzada la paz, el mundo entero pareció al fin decidido a iniciar una nueva era, protagonizada por los derechos humanos tanto individuales como colectivos. Claro que entretanto, a modo de réplicas de un terremoto, siguieron produciéndose guerras y revoluciones de lo más sangrientas en lugares remotos, pero el progreso en todos los órdenes llegó a parecer una realidad incuestionable, pasando la consideración de la crueldad de castigo ejemplar a la de delito, la ejerciera quien la ejerciera, no menos repudiable el abuso de poder que el maltrato machista. Y esas guerras y revoluciones, en la medida en que lejanas para Occidente —Camboya es el mejor ejemplo— tenían más de mera noticia, de cuento de terror, que de algo susceptible de repercutir de algún modo en nuestra vida cotidiana.
La apreciación de este tipo de hechos, como tantas otras cosas, cambió a comienzos del presente siglo. Y el hito o punto de referencia indiscutible del cambio fue el atentado de las Torres Gemelas, un espectáculo de muerte y destrucción sin equivalencia histórica en la medida en que el mundo entero pudo contemplarlo desde su propia casa a los pocos momentos, cuando no mientras estaba sucediendo. El atentado y sus repercusiones, Afganistán, Irak de nuevo… No en vano, políticos como Cheney o Rumsfeld —como agobiado éste último— habían anunciado que se iban a ver obligados a realizar cosas terribles… Es decir: pagar con la misma moneda. La mejor ilustración de tal enunciado, más que Guantánamo, sería la difusión de las imágenes que se filtraron de la prisión de Abu Ghraib, cerca de Bagdad, que hubieran hecho las delicias del marqués de Sade.
Claro que, como viéndolas venir, el cine, la televisión, los juegos de consola, etcétera, llevaban ya un tiempo ofreciendo imágenes de situaciones hasta entonces poco menos que inéditas. El cine tradicional, por ejemplo, podía contener escenas de una gran dureza, pero no recuerdo una sola película de relieve de la que brotaran imágenes como de casquería. Mientras que ahora, según se van cerrando cines y los productores adaptan sus productos a los gustos del mercado, la recreación en el horror se repite hasta la saciedad a modo de variantes de unos pocos modelos temáticos: asesinos seriales, ajustes de cuentas, crímenes relacionados con policías corruptos, mafias, droga y —no faltaría más— atentados terroristas. Dicho en imágenes: cuerpos destrozados, sangre, fuego, fogonazos, llamaradas en expansión… Razón por la que palabras como final, letal, mortal, total, etcétera, acostumbren a formar parte del título. Películas y series temáticamente intercambiables: una avalancha de más de lo mismo sólo explicable por su éxito, engañosamente dignificado por alguna que otra excepción de verdadera calidad. Y todo ello en paralelo a una rápida expansión de la violencia real que, promovida por actividades criminales relacionadas con la droga y la explotación sexual, especialmente en Latinoamérica, y con enfrentamientos étnicos o religiosos en África, ha hecho peligrosos, cuando no invivibles, una serie de países que tan sólo hace unos pocos años podían ser visitados sin problemas.
Lo realmente decisivo, no obstante, ha sido el contagio, el paso de todo ello a las redes sociales y demás fórmulas de difusión que ofrece Internet. Un buen ejemplo lo tenemos, a escala menor, en las innovaciones detectables en el comportamiento de niños y adolescentes. Romper cosas, experimentar la crueldad con animales, por ejemplo, ha sido siempre algo consustancial al comportamiento del niño, a su toma de contacto con la realidad, progresivamente encauzada y diluida por la educación. Pero fenómenos como el bullying, o las con frecuencia temibles novatadas ahora tan de moda, sólo son explicables por el contagio y la imitación de conductas similares difundidas en la Red, al igual que otras prácticas en auge como la violación en grupo, la pedofilia, la llamada violencia de género, con frecuencia crímenes pasionales de amantes despechados.
Ni más ni menos que lo que está sucediendo con la imagen del terrorismo islámico desarrollado en los escenarios más diversos —de Nueva York a París, de Pakistán a Nigeria—, de efecto directamente proporcional a su detallismo. El quemar vivo a un rehén y las degollinas que organiza el Califato en los territorios bajo su control, sin ir más lejos, y que, por mucho que las cadenas televisivas eviten ofrecerlas en toda su crudeza, su difusión en las redes es determinante con el consiguiente efecto contagio o llamada. Contemplar al encapuchado que, cuchillo en mano, acaricia el cuello que se dispone a cercenar ante las cámaras, despierta la vocación de hacer lo propio en los más diversos rincones del mundo. Es decir: lograr establecer el contacto adecuado, ser puesto a prueba, recibir la preparación y los medios necesarios para hacer algo parecido en alguna parte. Y si no se era creyente, se hace creyente, y si hay que autoinmolarse, se autoinmola. Lo esencial es aparecer en las redes igualmente encapuchado, igualmente protagonista de un acto que será contemplado en el mundo entero. Un triunfo personal a la vez que anónimo, algo que quienes lo contemplen ansíen a su vez imitar. Una ejecución en la que el verdadero protagonista es el verdugo, no la víctima.
El influjo de tal éxito de público lo podemos percibir hasta en la moda, en el vestir. De unos años a esta parte, la moda masculina está experimentando un retorno a los modelos románticos: barbas puntiagudas, abrigos como levitas, pantalones estrechos, estrecha la silueta considerada en su conjunto. Pero si se ensaya otro tipo de barba —abierta en abanico bajo un cráneo pelado— el personaje en cuestión se asemejará a un ayatolá, del mismo modo que si se afila no ya la barba sino el rostro entero, el cuerpo entero como adelgazándose en enérgicos movimientos, todo él como un cuchillo, su estampa será muy similar a la de un miembro de alguna de esas milicias yihadistas. Vamos, lo que se entiende por un peligro potencial, lo que el bueno de Lombroso no hubiera dudado de calificar de “criminal nato”.
Luis Goytisolo es escritor.

08 febrero 2015

Monterroso, el breve


Caricatura de Augusto Monterroso


   Cuentan de él que en una recepción de mucha gala —zapatos brillantes, lamés y lentejuelas— le presentaron a la mujer de un embajador, o un banquero, o algo, diciendo que era el autor del conocido cuento del dinosaurio. La señora le tendió la mano con indolencia, agitó un par de veces las pestañas pintadas de rímel como el casco de un petrolero y dijo: «Ah, el cuento del dinosaurio, recién lo estoy leyendo, ya le contaré cuando termine». Nadie dijo nada, naturalmente, pero hay que reconocer al comentario cierta falta de oportunidad tratándose de un cuento que tiene exactamente siete palabras, cuarenta caracteres, diecisiete consonantes, veintiuna vocales, cuatro tildes —«Cuando despertó, el dinosaurio aún seguía allí»—, y que pasa por ser el más corto de la historia de la literatura, tan corto que una señora decente puede leerlo de un tirón mientras parpadea.
   Y es que hay que reconocerle a Monterroso una manifiesta tendencia al miniaturismo ya desde su propio nombre, podado a lo largo de los años hasta convertirse en Tito. Este amor a la brevedad lo explicó en una conferencia que impartió, junto a Bryce Echenique. Cuando éste comentó que escribía casi sin corregir, Monterroso le respondió que en su caso corregía casi sin escribir, lo que provocó sonrisas y codazos cómplices en el auditorio.
   Porque a Tito lo que de verdad le gustaba eran las palabras, sobre todo esas esquinadas, gamberras, que visten un doble significado y que dan para juegos, tropezones y equívocos. Y decía: «El dulce lamentar de dos pastores» no es lo mismo que «El dulce lamen tarde dos pastores». Y ahí se quedaba tan ancho. Como un tahúr del Mississippi —manguitos y chaleco de seda—, sacaba las palabras en un fajo para hacer con ellas malabares, trucos de ilusionista, fintas y volatines. Y decía: AMAR DESEA LOLA ESE DRAMA.
   O esa otra frase que durante un tiempo utilizó como divisa de su escudo de armas, y que puede leerse igual en ambas direcciones: ACÁ SOLO TITO LO SACA, que tiene su gracia transgresora y equívoca.
   Al parecer guardaba una foto en la que se le veía junto a un amigo, y en la que él mismo había escrito: «Tito posando al lado de una persona de altura normal», porque, coherente con la brevedad de su literatura, se fue también él mismo resumiendo, plegando y replegando, haciendo breve, que no es ni mucho menos lo mismo que pequeño.
   Parece que una vez sus alumnos de la universidad le preguntaron si podían tratarle de tú. Y Monterroso, solemne, les dijo que sí, pero que sólo durante la clase. La última vez que estuvo en España fue en el Escorial, donde impartía un curso, y escribió una dedicatoria en uno de sus libros que firmó «a.mtr», todo con minúsculas.
   Todo el mundo, por cierto, lo trataba de tú. Aún había clases.

07 febrero 2015

Édouard Louis. 'Para acabar con Eddy Bellegueule'

Para acabar con Eddie Bellegueule

Édouard Louis

Ediciones Salamandra

Traducción: María Teresa Gallego Urrutia

Salí corriendo de repente. Sólo me dio tiempo a oír a mi madre, que decía Pero ¿qué hace ese idiota? No quería estar con ellos, me negaba a compartir con ellos ese momento. Yo estaba ya lejos, había dejado de pertenecer a su mundo, la carta lo decía. Salí al campo y estuve andando gran parte de la noche: el ambiente fresco del norte, los caminos de tierra, el olor de la colza, muy intenso en esa época del año. Dediqué toda la noche a elaborar mi nueva vida, lejos de allí.

«La verdad es que la rebelión contra mis padres, contra la pobreza, contra mi clase social, su racismo, su violencia, sus atavismos, fue algo secundario. Porque, antes de que me alzara contra el mundo de mi infancia, el mundo de mi infancia se había alzado contra mí. Para mi familia y los demás, me había convertido en una fuente de vergüenza, incluso de repulsión. No tuve otra opción que la huida. Este libro es un intento de comprenderla.» Édouard Louis

Casi unánimemente la crítica de Para acabar con Eddy Bellegueule ha sido favorable. Es cierto que este libro muestra y denuncia la ideología de cierta clase pobre, sucia, homófoba y racista —el padre violento casi siempre pegado al dios televisor; el colegio, violento y estúpido hasta el absurdo—, con una atención al detalle que a menudo deja helado al lector.
El libro se lee como el argumento de un proyecto vital, y se vislumbran pedacitos de la vida de un homosexual hijo de la baja prole. Este libro —y no es la menor de sus cualidades— no sólo pone narrativamente en primer plano al joven Eddy, sino que da voz a tantas fugas silenciosas, tantos odios que desembocaron en sentimientos de culpa. Sin embargo, a pesar de —o debido a— esta proximidad con el lector, tanto Para acabar con Eddy Bellegueule como la cantidad críticas ditirámbicas que ha recibido me ponen en guardia; diré por qué. No niego ni el valor de su autor ni la singularidad de su historia, pero si tenemos en cuenta a otros que también concibieron un libro pretendiendo el afán de universalidad, la lectura se vuelve más importante que las intenciones que llevaron a la escritura.
La crítica saluda el "grito de ira" de Édouard Louis, "su disgusto por el mito —persistente— de que los proletarios son como bestias valientes que ansían el agradable y profundo gusto por la buena vida", al tiempo que invalida la forma en que sus padres ("el padre [...] homofóbico, por supuesto”) y todo su entorno social (que "probablemente no se leyó la novela”) se comportan. Esta crítica burguesa helada ante el terror que siente por la “violencia” de los trabajadores, temblando ante la dura realidad de la pobreza, pretende, en esta ocasión, descubrir una salida. Y exhala un suspiro de alivio: ¡menos mal!, Eddy (Edward) se salva; pudo llegar al otro lado, gracias a los "maestros sobresalientes" y a la escuela republicana francesa. Edward huyó y eso es bueno, porque “a veces es difícil resistirse a huir”. The End, final feliz.
Así, por unanimidad, y por una buena razón, al describir un mundo de paletos incultos y violentos, Édouard Louis dibuja el hueco que facilita una salida hacia un universo burgués, moderno y apaciguado. El oscuro submundo de la plebe en esta historia se encuentra con el mundo luminoso de la clase dominante, urbana y educada, que, entre otras cosas, publica libros y escribe reseñas en las mejores revistas. Eddy, por lo tanto, es otra opción —o la suya o morir— por la que salir de las tinieblas a la luz. Sólo hay una posibilidad de superar esta distinción clase: la fuga. Sin embargo, lejos de ser subversivo, el relato de esta historia de éxito reasegura el dominio de los códigos burgueses y sus símbolos (otra vez) diciendo que son estos los únicos que tenemos para luchar "para salir adelante", y (re) crear la ilusión de que esos caminos son accesibles para todos.
Sin embargo, si esta separación legítimamente permea la subjetividad del novelista, no es así siempre en la realidad. No hay salidas laterales, ni necesariamente el pobre rural es racista mientras que el otro, urbano, burgués, necesariamente tolerante. A menudo veo desprecio en el mundo de los que tienen y saben. Estos son los que admiran la valentía excepcional de Eddy Bellegueule en esta novela, sin siquiera cuestionar la propia naturaleza de esta excepción. Para Édouard, Louis es un superviviente en una república que ha abandonado desde hace mucho tiempo la idea de abrir otras rutas a los jóvenes que no sean las de la reproducción de su clase. El autor-narrador-protagonista (las fronteras son difusas) encontró la fuerza para derrocar al estigma de la homosexualidad y la oportunidad de conocer a algunos maestros de valía, pero ¿qué pasa con todos los demás? Para un Eddy Bellegueule salvado, ¿cuántos son sacrificados? El número de hijos de desempleados y trabajadores en las escuelas y universidades es reducido. Porque los que tienen poder no tienen ninguna intención de compartir, ni de ver sus valores discutidos por la advenimiento de extraños a su clase. La “paz social” se basa en la aceptación silenciosa de la desigualdad creciente y persistente. Lejos de molestar al orden establecido, la gran historia de alguien impecable, brillante, fantástico, ayuda a exonerar a los herederos de este sistema. Para acabar con Eddy Bellegueule es su buena conciencia del momento actual.
Y eso es bueno: el autor ya no está enojado con sus padres, se trasladó al otro lado de la barrera y "su libro lo excusa todo”. Pero el perdón no exime a los verdugos de la ira contra los ricos, contra los que acumulan privilegios, y contra este sistema que, por cada promesa de opulencia, hunde en la pobreza a los demás. Para terminar “realmente” con Eddy Bellegueule, es inútil tratar de erradicar todo lo que de popular hay en sí mismo, tampoco mostrar simplemente la realidad de la propia salvación ante la violencia y el odio, sino que debe combatir las raíces.

06 febrero 2015

Quijotismo ¿para qué hoy como ayer?

Tomamos vistas casi instantáneas de la realidad que pasa, y como son características de esa realidad nos basta con ensartarlas a lo largo de un devenir abstracto, uniforme e invisible, situado en el fondo del aparato del conocimiento para imitar lo característico del devenir mismo(…) no hacemos más que accionar una especie de cinematógrafo interior.
Henri Bergson. La evolución creadora.
 
Y trataba de imaginarse lo que le ocurriría a la llama cuando se apagaba una vela y trataba de recordar, en vano, la llama sin la vela que la alimentara.
 
Lewis Carroll. Alicia en el país de las maravillas.
 
Este año se conmemora el quinto centenario de la publicación de la segunda parte de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615) de Miguel de Cervantes. El cuarto centenario de la primera parte del Quijote (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, 1605) dio lugar en la sociedad española a una oleada de quijotismo. Este artículo pretende solo recordar la dialéctica que se desarrolló en aquel tiempo entre los que entonces comenzó a denominarse “intelectuales”. No sé si el lector podrá sacar algunas conclusiones. Para mí es un punto de partida de reflexión hacia el presente, que no sé si continuaré, asfixiado en el momentum.
 
Reciente aún y todavía dolorosa la herida que el desastre de 1898 había infligido en la conciencia nacional, no olvidado el desconsolador diagnóstico de Silvela ante la postración del país —"España sin pulso"—, los españoles cultos y semicultos sintieron la íntima necesidad de afirmar que su patria, tras las declinantes y derrotadas glorias del pasado, podía seguir siendo algo en el futuro. Tal fue el presupuesto emocional de ese quijotismo. A los 12 años de la conmemoración del Quijote, aún seguía expresando Ortega aquel vehemente anhelo de su resurrección. No parece un azar que como la de un Quijote cuerdo vea la figura de Azcárate, a la muerte de este eximio leonés: "Enjuto, de aventajada estatura, le veíamos pasar, emocionados, como un Don Quijote vuelto a la cordura". Tengo para mí que esa quijotesca rememoración del anciano krausista, no menos aplicable a Giner de los Ríos, fue determinada por el vario quijotismo —el de Cajal, el de Menéndez Pelayo, el de Unamuno, el de Azorín, el de Antonio Machado, el del propio Ortega— que la ocasión de 1905 suscitó en las clases cultas de España.
 
Los primeros propugnadores de la moral quijotesca como recurso básico para conseguir la tan ansiada regeneración de España fueron, en cuanto yo sé, los sabios de la restauración y la regencia. En Cajal tuvieron su más calificado y explícito representante. En su conferencia Psicología de Don Quijote y el quijotismo (mayo de 1905), Cajal propuso a los españoles sacar de su postración a la maltrecha España, cultivando la ciencia y la técnica con una esforzada moral quijotesca. "El quijotismo de buena ley", dijo, "tiene en España ancho campo en que ejercitarse". Y después de exponer con levantada retórica las diversas tareas posibles, añadió: "He aquí las estupendas y gloriosas aventuras de nuestros quijotes del porvenir". De 1905 es asimismo la azoriniana declaración de ese general quijotismo. "Nuestra vida", se pregunta Azorín en Madrid, poco antes de iniciar su tan conocida peregrinación por la ruta de Don Quijote, "¿no es como la del buen caballero andante que nació en uno de estos pueblos manchegos? Tal vez nuestro vivir, como el de don Alonso Quijano el Bueno, es un combate inacabable, sin premio, por ideales que no veremos realizados... Yo amo esa figura dolorosa que es nuestro símbolo y nuestro espejo". Ya en su presentación al público lector como Azorín había escrito José Martínez Ruiz: "Nosotros, como el hidalgo manchego, tenemos algo de soñadores, una ilusión que nos vivifica". Más intuitivo y más literato que Cajal, pero no menos quijotista que él, Azorín ve en el quijotismo la más derecha vía para la regeneración de España.
 
Otro testimonio, también de 1905. Desde Leipzig, donde está iniciando su formación germánica, Ortega explica epistolarmente a su padre lo que, a su juicio, es la melancolía; ve a Don Quijote como máximo héroe del temple melancólico y confiesa su propio sentir con estas palabras: "Es preciso obrar grandes y bellas y nobles locuras... Este ideal, esta locura es, lo que representa Don Quijote... El modelo es, pues, Don Quijote: fue bueno y fue caballero andante de Dulcinea; seamos buenos y seamos caballeros andantes de esta angustiada Dulcinea de nuestra patria". No quedará aquí, lo veremos, este juvenil quijotismo de Ortega.
 
A los pocos años de la conmemoración del Quijote, Antonio Machado cantará en el poema A una España joven el ánimo quijotesco con que su generación irrumpió en la vida de España. A todos sus miembros, dice, "en una nave de oro nos plugó navegar / hacia los altos mares, sin aguardar ribera", y en versos ulteriores declara con desgarro el fracaso de la varia y común locura y confiesa su menesterosa esperanza en los jóvenes que van a renovar su empeño. Bajo forma de mito, otra vez cabalgaba Don Quijote —o intentaba cabalgar— sobre la tierra de España.
 
 
El patentísimo quijotismo de Unamuno —"este donquijotesco don Miguel de Unamuno", dirá de él Antonio Machado, a su vez calificado como Alonso Quijano“, El Bueno”—, requiere un delicado análisis diacrónico. A raíz del desastre colonial, escribirá: "¡Muera Don Quijote para que renazca Alonso Quijano el Bueno!"; grito que expresaba el más hondo sentir de En torno al casticismo (1895) ante la realidad histórica y el destino de España. Años más tarde se rectificará a sí mismo: "En esa ridícula literatura (la regeneracionista) caímos casi todos los españoles, unos más y otros menos... Yo di un ¡muera Don Quijote!, y de esta blasfemia, que quería decir lo contrario de lo que decía —así estábamos entonces—, brotó mi Vida de Don Quijote y Sancho y mi culto al quijotismo como religión nacional".
 
Dos quijotismos sucesivos, uno quijánico y otro quijotesco; si se quiere, un quijanismo y un quijotismo. El primero albergaba el propósito de actualizar lo mejor del humanismo español —Vives, fray Luis— y tuvo tosca expresión literaria en una metáfora doblemente hidroterápica: "chapuzamiento en pueblo", conocimiento vivo de la intrahistoria de España, faena, decía aquel Unamuno, sólo accesible a españoles europeizados, y "ducha de cultura europea". Frente a ese quijotismo quijánico se levantó el ulterior —y en la vida de Unamuno, definitivo— quijotismo quijotesco: la apelación al ejemplar señorío moral de Don Quijote vivo y hazañoso. Según él, la misión de España consistiría, por una parte, en afirmar vigorosamente su personalidad intrahistórica, y tomando de la cultura europea no más que lo para nosotros conveniente, en tratar de imponer a Europa, por otra, nuestro íntimo modo de ser. La conversión cuasirreligiosa a una vida traspasada por la certidumbre o por el ansia de la inmortalidad personal, y recogida por un pensamiento trascendente a la razón moderna, sería la meta ideal de ese quijotesco empeño. A su logro se lanzó con todo su talento y todo su coraje el gran don Miguel.
 
En 1912 publicó Unamuno su Del sentimiento trágico de la vida. Dos años más tarde, Ortega —con él, expresa o tácitamente, toda su generación, esa que hoy solemos llamar del 14— dará al quijotismo, vivo en su alma ya en 1905, una decisiva y fecunda versión nueva.
 
El quijotismo de Unamuno fue notoriamente anticervantino; el autor del Quijote habría sido un afortunado, pero punto menos que inconsciente revelador del ideal latente en los senos intrahistóricos de nuestro pueblo. Dos cartas de Ortega, una a su novia, otra a su entrañable amigo Navarro Ledesma, las dos de 1905, dan inicial testimonio del nuevo modo de concebir el quijotismo. Dice en la primera: el Quijote "lo escribió un hombre que había estado durante casi toda su vida lleno de buena fe ante la existencia, como tú, como yo, como todos los que tenemos una propensión y una necesidad ardientes, quemantes, de todas las formas de lo heroico. Cervantes lo escribió cuando había ya perdido esa buena fe y cuando ese amor a lo heroico había dejado de ser activo y aún le quedaba el, amor pasivo que llora sobre la imposibilidad de ser héroe". Escribe en la segunda, comentando la unamuniana Vida de Don Quijote y Sancho" que acaba de leer: "Comete... el error de desconsiderar a Cervantes, cuando acaso no existirá obra (de las que sean evangelios humanos hablo) que sea más obra y carne y sangre de su autor que ésta".
 
Nueve años después, con la mole cárdena de El Escorial a la vista, dará expresión definitiva a su cervantismo, a su quijotismo cervantino. Oigámosle: "He aquí una plenitud española... Si supiéramos con evidencia en qué consiste el espíritu de Cervantes, la manera cervantina de acercarse a las cosas, lo tendríamos todo logrado. Porque en, esas cimas espirituales reina inquebrantable solidaridad, y un estímulo poético lleva consigo una filosofía y una moral, una ciencia y una política. Si algún día viniera alguien y nos descubriera el perfil del estilo de Cervantes, bastaría con que prolongáramos sus líneas sobre los demás problemas colectivos para que despertáramos a nueva vida". Acaso la lectura del libro de Navarro Ledesma El ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, que Ortega conoció y comentó antes de su impresión, fuese el punto de partida de su alta y nueva estimación de Cervantes.
 
Pienso que este lúcido cervantismo es también el que años más tarde informará las páginas de El pensamiento de Cervantes, de Américo Castro, y acaso también la nueva visión de Cervantes, no excluyente, a mi juicio, de la anterior, que en su plena madurez hispánica y mental el propio Castro propondrá. Y también, asimismo, el que da nervio a Cervantes, clave de España, de Julián Marías. Más aún: me atrevo a sostener que el proyecto de reforma de la vida española explícito en Ortega e implícito en la obra de los restantes miembros de su generación -proyecto todavía vigente y todavía no realizado- no es sino el resultado de concretar en nuestro siglo, y según muy varias direcciones, la profunda exigencia intelectual, política y moral de esa fecunda unificación entre el mensaje del Quijote y la mente de su creador.
 
Exhortación. Quijotismo, ¿para qué? Empapados día tras día por el ansia de vivir presente, —lucro, ocio, placer de unos; necesidad y miseria de muchos— que hoy somete a nuestra sociedad, no pocos, demasiados serán los españoles que sólo con un gesto de despectivo desentendimiento responderán a tal interrogación. No quiero estar, no estoy entre ellos. Ante todo, porque, como acabo de decir, considero vigente, no superado y todavía no cumplido el proyecto de vida colectiva que nos legaron aquellas generaciones. Hijo histórico de ellas creo yo ser. Mas también porque el futuro de España menesterosamente está pidiendo la voz convocante, la enérgica voluntad reformadora, la inteligencia, la ejemplaridad moral y la tenacidad que —con las adiciones y modificaciones que el curso de la historia haya hecho ineludibles— con tanto apremio requiere la ejecución de ese proyecto.
 

03 febrero 2015

Fulgor y Muerte de Joaquin Murrieta







   Los cantautores sudamericanos Olga Manzano y Manuel Picón adaptaron la obra de Neruda Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta que fue musicalizada, convirtiéndose en la Cantata Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta. Manzano y Picón, junto al trío Alpataco y al solista Víctor Velásquez, interpretan esta emotiva cantata que fue muy famosa en los años 70 y es ya un clásico de la música sudamericana.